lunes, 12 de diciembre de 2022

¿Por qué "La Casa del Dragón" me ha dejado tan fría?

¿Qué tenía Juego de Tronos que le falta a La Casa del Dragón?


He tardado más de lo que pensaba en escribir esta entrada. Por una parte ha sido debido a lo mismo que me impide escribir en este blog (y escribir, en general) todo lo que quisiera: por la enorme sobrecarga de trabajo muggle que tengo.
Pero, por otra parte, también quería dejar que mi recuerdo de la serie se enfriara un poco y poder mirarla desde la distancia, con cierta objetividad, para tener capacidad de análisis. Mientras la estaba viendo, no entendía muy bien lo que me estaba pasando, porque, aunque no parecía una mala serie, lo cierto es que me estaba dejando -y me sigue dejando- más fría que un témpano.

Hay algo en lo que me parece que hemos coincidido el 99% de los espectadores: La Casa del Dragón no es una mala serie, pero no se acerca ni de lejos a la calidad de Juego de Tronos (o, al menos, a la calidad de sus cuatro primeras temporadas), y ahí es donde creo yo que está el quid de la cuestión: La Casa del Dragón, sin ser mala, tampoco termina de ser todo lo buena que podríamos esperar, porque en ella no sólo se repiten el 90% de los errores que hicieron decaer las últimas temporadas de Juego de Tronos, sino que por desgracia carece de muchos de sus puntos fuertes.

El único error de Juego de Tronos -de momento- no está cometiendo La Casa del Dragón, es la falta de fidelidad al libro. Mientras que a partir de la quinta temporada el argumento de Juego de Tronos comenzó a escindirse cada vez más de la historia literaria, incluso cuando los guionistas aún tenían las novelas Festín de Cuervos y Danza de Dragones como guía (nunca les perdonaré que destrozaran de semejante modo la trama de Dorne), La Casa del Dragón de momento es fiel en lo fundamental al libro Fuego y Sangre; ha habido cambios, pero de momento no han sido radicales. Así que, en principio, si dejamos de lado el sinsentido de los Black!Velaryon, la falta de fidelidad al libro no es un problema.

Lo que sí lo es, y ahora me doy cuenta de hasta qué punto, es la mala construcción de personajes.

Todos los espectadores de Juego de Tronos nos llevamos las manos a la cabeza cuando descubrimos cómo la última temporada se cargaba sin piedad todos los arcos evolutivos de los personajes durante las siete temporadas anteriores para ver cómo tomaban decisiones sin sentido, tenían cambios de personalidad abruptos, e ignoraban todo lo que habían sufrido, evolucionado y aprendido. Jaime, Daenerys y el Perro fueron los casos más sangrantes, aunque también hubo fallos como el de Arya, que tras estar cinco temporadas con dos objetivos muy definidos (convertirse en Mujer sin Rostro y regresar a su hogar), finalmente abandona ambos, todos los poderes aprendidos en la Casa del Blanco y el Negro no le sirven de nada excepto para vengarse de los Frey, y al final se convierte en Dora la Exploradora y pasa veinte pueblos de su familia, de Gendry, de Invernalia y del Norte. Jon sobrevive inexplicablemente porque Gusano Gris lo deja vivir inexplicablemente, y Bran, Samwell, Bronn y Brienne acaban en sus puestos finales porque patata. Quitando a Sansa Stark, ninguno de los personajes tiene una evolución coherente con su propio trasfondo. Pero al menos en Juego de Tronos ya habíamos tenido, al menos, las cuatro primeras temporadas. La serie había tenido tiempo de sobra para construir a los personajes desde el principio, sin prisas y con mimo, y nosotros habíamos tenido tiempo también para enamorarnos de ellos (sí, incluso a los malos, porque odiar a un villano con la pasión con la que los espectadores odiábamos a Cersei, a Joffrey o a Ramsay también es un modo de enamorarnos de ellos como personajes).

En cambio, los personajes de La Casa del Dragón ni siquiera han tenido esa ventaja. Han estado mal construidos desde el principio. Y creo que esto se ha debido principalmente a tres errores que los guionistas han cometido con ellos: los han blanqueado, los han simplificado, y los han utilizado como meros vehículos para poder contar la historia, en lugar de darles importancia por sí mismos. En La Casa del Dragón, las motivaciones, el trasfondo, el desarrollo y la evolución de los personajes no importa, sólo aparecen y actúan en la medida en que los guionistas los necesitan para hacer avanzar la trama.

Lo voy a explicar mejor con un ejemplo. Rhaenyra y ser Criston Cole. La importancia de estos personajes y de su relación es capital, porque en torno a ellos orbitan un cúmulo de circunstancias que terminará en el peor de los desastres. Veamos lo que pasa en el libro. Rhaenyra es una princesa joven y bonita, pero caprichosa. Eso no significa que sea mala, pero su corta edad la hace ser una inconsciente, y encima es una niña rica, mimada y hermosa, lo cual significa que está acostumbrada a que todo el mundo gire, siempre, a su alrededor.
Por otro lado tenemos a ser Criston Cole, quince años mayor que ella. Cuando ocurre el torneo de Poza de la Doncella, Rhaenyra es una niña de ocho años y ser Criston un joven de 23, que la nombra Reina del Amor y la Belleza para halagarla -y probablemente también para halagar a sus padres-. La niña, con un enamoramiento inocente e infantil que tiene más de fangirlismo que otra cosa, ruega a su padre que lo nombre su escudo juramentado y lo llama "mi caballero blanco". Para ella, él es el ideal masculino, un amor platónico al más puro estilo "niña que llora de emoción al ver a los One Direction / Backstreet Boys / inserte aquí su boy band favorita de la niñez". Para él, ella es la princesita pura e inocente a la que debe proteger.

Las cosas siguen así entre ellos después de que Alicent se case con Viserys, y de hecho, en el torneo de Desembarco del Rey que se celebra para conmemorar el quinto aniversario de ese matrimonio, ser Criston descabalga a todos los campeones de los Verdes llevando la prenda de la princesa Rhaenyra. Para entonces, ella tiene catorce años, ya no es una niña, y se ha convertido en una adolescente que sigue enamorada de ser Criston Cole, aunque de una manera ya no tan platónica. Se ha convertido en una adolescente presumida, caprichosa y terca, aunque encantadora y educada, una mezcla perfecta entre Margaery y Cersei. Por su parte, ser Criston tiene ya treinta y ocho años, no es ningún zagal, y tras haber pasado toda su juventud respetando el voto de castidad tiene unas ideas muy rígidas acerca de la moralidad y la decencia. Aspira a ser el caballero ideal en todos los aspectos, y lo que siente por Rhaenyra es amor cortés en su más pura expresión. Si recordáis vuestras clases de Literatura del colegio, el amor cortés es platónico por definición: el caballero acomete hazañas y lucha por una dama -inalcanzable por estar casada, ser de nobleza más elevada que él, o ambas cosas- la cual es a la vez distante, admirable, y representa todas las virtudes físicas y morales: para los caballeros cristianos es como la Virgen María; un caballero de Poniente como ser Criston sin duda la identificará con la figura de la Doncella. Probablemente tuvo con ella los gestos galantes que se suponía que un caballero podía tener con su dama: ofrecerle flores, cantar sus virtudes, escucharla, halagarla, hasta es posible que componer poemas o canciones en su honor.

El problema es que ser Criston, ya madurito, no aspira a más, pero Rhaenyra es una moza de dieciséis años que va más caliente que la cabeza de una cerilla y está acostumbrada a conseguir todo lo que quiere. Su amor por ser Criston no es platónico, sino totalmente terrenal, por eso rechaza una y otra vez a todos los pretendientes que le propone su padre y no quiere casarse, porque a quien ama es a ser Criston. Cuando el rey Viserys la amenaza directamente con que si no se casa con ser Laenor Velaryon la despojará del título de Princesa de Rocadragón, ella protesta acusando a ser Laenor de ser homosexual, lo cual es cierto, pero al haber rechazado ya a tantos pretendientes Viserys no ceja y mantiene su amenaza de nombrar heredero a Aegon si ella no contrae matrimonio. En el fondo, tiene su lógica: si Rhaenyra va a ser reina, necesita un heredero, y no va a poder tenerlo si no se casa. Pero ella, desesperada, decide acudir a los aposentos de ser Criston, y sintiéndose segura tras tantas muestras de amor cortés, se ofrece físicamente a él, declarándole su amor y ofreciéndole su virginidad. De ese modo, piensa Rhaenyra, ser Laenor ya no la querrá como esposa y ser Criston deberá conservar su honor renunciando a la capa blanca y casándose con ella.

Y aquí es donde ser Criston sufre un shock. Para él, un hombre con un estricto sentido de la moral que se ha ceñido rígidamente a las normas del amor cortés, la actitud de Rhaenyra es inconcebible, es un puñetazo en toda la cara. Su princesa perfecta y pura se está comportando como una fulana, pretende pecar contra la decencia y contra los dioses, la Virgen María se acaba de transformar en Eva. ¡Y él ha pasado los últimos veinte años de su vida, toda su juventud, justando y esforzándose en ganarse el favor de una doncella que no lo merece! ¡No era una calumnia lo que la reina Alicent y sus partidarios Verdes decían de ella! ¡Rhaenyra no es digna de ser una reina, y menos de su favor!

Y así es como se fastidia todo. Ser Criston la rechaza violentamente, y lleno de amargura y desengaño, pasa a servir a la que ante sus ojos sí se ha comportando con decencia e intachable moral: la reina Alicent. Por su parte, Rhaenyra, furiosa y dolida por el rechazo, es encontrada por ser Harwin Strong llorando con desconsuelo su despecho. Y ser Harwin, que carece de los escrúpulos de ser Criston, la consuela y acaba llevándosela al huerto. No queda claro su Rhaenyra lo convierte en su amante por amor, por despecho o por una mezcla de ambas, pero lo cierto es que así sucede, y de este modo la relación de amor platónico e ideal que había entre ella y ser Criston se convierte en odio y en rencor.

Vale, bien. Ahora la gran pregunta: ¿Qué hemos visto de todo esto en la serie?

Absolutamente nada.

Rhaenyra y sus motivaciones van cambiando conforme le interesa a los guionistas de la serie. Para empezar, su reticencia a contraer matrimonio no tiene nada que ver con un amor platónico por ser Criston; hablando con su tío Daemon, ella afirma tener miedo a quedarse embarazada. Esto es comprensible si recordamos la forma en la que muere su madre, pero automáticamente dicha motivación se derrumba cuando esa misma noche se muestra dispuesta a perder la virginidad con su tío Daemon, y acto seguido se pone a fornicar con ser Criston una vez su tío le falla. ¿De repente ya no tiene miedo a quedarse embarazada?

Por otra parte, ser Criston no parece tener ningún problema moral en fornicar con la princesa, lo cual tampoco es tan raro si tenemos en cuenta que la serie ha obviado completamente la trama de amor cortés ni se ha molestado en presentar al caballero como el epítome de la moralidad y la virtud que supuestamente es. Al parecer, todo su resentimiento viene del despecho, de sentirse despreciado porque Rhaenyra no tiene ninguna intención de renunciar al trono por él. Lo cual a su vez tampoco tiene sentido, porque eso debería implicar que Rhaenyra es una mujer ambiciosa que está dispuesta a todo por mantener el poder y conseguir el trono, pero luego a lo largo de la serie la vemos afirmar que el trono es una carga, que ella sólo lo acepta por deber, que está incluso dispuesta a renunciar a él para evitar una guerra. Más adelante, parece que ama a ser Harwin, pero luego resulta que le da exactamente igual que muera.

En definitiva, que no sabemos ni quiénes son ni lo que quieren, porque sus personalidades y sus motivaciones cambian de capítulo a capítulo -a veces, incluso dentro del mismo capítulo- según lo que los guionistas quieran contar.

Pero es que con los demás personajes de La Casa del Dragón pasa exactamente lo mismo. A Alicent le sucede otro tanto: odia tanto a Rhaenyra por mentirosa y ligera de cascos que la quiere matar, pero luego no la puede destronar, pobrecita, porque de adolescentes eran amigas. Primero es una histérica obsesionada en que su hijo Aegon tiene que reinar porque si no Rhaenyra los matará a todos, pero luego resulta que la acepta como reina de buena gana y solo quiere poner a Aegon de rey por haber malinterpretado las palabras de Viserys en su lecho de muerte. ¿Y Daemon? En el libro es un aventurero oportunista, una especie de Han Solo oscuro que usa descaradamente a las demás personas para sus fines y que no tiene reparos en vengarse de quienes lo desafían, pero que nunca hace daño directo si puede evitarlo y tampoco golpea en primer lugar. Él no ama a Rhea Royce y aún así no tiene reparos en intentar aprovecharse de su muerte reclamando las propiedades de su esposa cuando ésta fallece, pero aun así él no la mata ni intenta hacerle daño, porque por poco que le guste, es su esposa, y él es un hombre de honor. El Daemon de la serie, en cambio, es frío o tierno según le conviene a los guionistas. No tiene ningún reparo en montar una carnicería en el Lecho de Pulgas y tampoco en matar a sangre fría a su primera esposa cuando le conviene, pero luego no es capaz de ordenar que le hagan una cesárea a Laena para salvar su hijo y es un papá sumamente cariñoso con sus niñas. Respeta a Rhaenyra y la apoya en todas sus decisiones, pero luego de repente se convierte en un maltratador que la amenaza. El Daemon de los libros tiene un objetivo muy claro (reinar como heredero de su hermano), y todas sus acciones están encaminadas a conseguirlo. En la serie no sabemos muy bien quién es, qué quiere y cuáles son sus objetivos. 

Lo que pasa con unos personajes tan inconsistentes es que no te los crees, y eso es lo que me ha pasado a mí. Cuando un personaje se construye así de mal, no hay quien se sienta identificado con él porque no tiene profundidad alguna. La princesa Rhaneys no tenemos muy claro si odia o ama a Rhaenyra, y tampoco por qué demonios no mata a los Verdes cuando podría haberlo hecho. En cuanto a Craghas Drahar, se convierte en el villano más pobre y desaprovechado de la historia de la televisión. Y así con todo el mundo.

Otro gran problema que ha tenido esta serie ha sido el desarrollo apresurado. Para mi gusto, las cosas han ido demasiado deprisa esta temporada. Uno de los aciertos de Juego de Tronos fue el mimo que puso al principio en el desarrollo de los personajes y del escenario de fondo en el que se iban a mover: conocemos los lugares, las leyes, las costumbres, conocemos a los personajes, cómo son, qué aman, que odian, qué les importa, qué les motiva y a qué le tienen miedo. La historia va fluyendo, sin prisa pero sin pausa, mientras los vamos conociendo. En cambio, La Casa del Dragón parecía tener tanta prisa en llegar a un punto definido de la trama (la muerte de Viserys), que el guión se tropieza consigo mismo haciendo que todas las cosas pasen rápidamente y sin explicación, sin profundizar en ellas: Criston tiene que matar a Joffrey y lo mata porque patata, Daemon se tiene que casar con Laena y se casa porque patata, Rhaenyra tiene que liarse con ser Harwin y nos encontramos con esa relación de golpe y porrazo sin desarrollo ninguno, ser Harwin tiene que morir y su hermano lo mata porque patata. Yo personalmente hubiera preferido que la primera temporada tuviera un ritmo más lento, que hubiera finalizado con la muerte de ser Laenor (que en el libro muere de verdad) o con la boda de Rhaenyra y Daemon, para que las cosas pasasen más despacio y nos diera tiempo a conocer mejor a los personajes.

 Lo cual nos lleva al siguiente punto: demasiadas muertes y demasiado rápidas.

-Si algo distinguió la serie Juego de Tronos fue el sentimiento de que nadie estaba a salvo. Todos los personajes podían morir, ninguno tenía inmunidad de guión, y muchos de los fallecimientos eran inesperados, sangrientos y terribles. Juego de Tronos era despiadada, pero sabía dosificar. Las muertes de la primera temporada están bien justificadas, ocurren por un motivo muy definido, y aunque impactan por su crudeza, ni son gratuitas ni son demasiadas. Tenemos la de tres personajes secundarios (el desertor de la Guardia de la Noche, Mycah y Jory Cassel); todas ellas están ahí tanto para hacer avanzar la historia como para desarrollar a tres personajes principales (Ned Stark, Arya Stark y Jaime Lannister, respectivamente). Y tenemos las de cuatro personajes importantes (Viserys Targaryen, Robert Baratheon, Ned Stark y Khal Drogo); todas ellas necesarias asimismo para desarrollar la historia. De todas estas muertes, la más impactante por inesperada y cruel es la de lord Eddard, y ocurre al final de la temporada, ¿por qué? Para que los espectadores hayamos podido enamorarnos de él. Conocemos a Ned, lo apreciamos, y por eso su muerte fue un impacto tan grande que marcó un hito en la historia de la televisión. En cambio, La Casa del Dragón se dedica a salpicar la pantalla de muertes que no sólo son absurdas (ese torneo a muerte del primer capítulo como si los torneos, en vez de espectáculos lúdicos y deportivos para nobles pijos, fueran peleas de gladiadores en las Arenas de Meereen), sino que son tan apresuradas que las únicas emociones que provocan en el espectador son la sorpresa o el asco, porque no hemos tenido tiempo de conocer a los personajes ni de cogerles cariño. En la primera temporada, al margen de las muertes absurdas del torneo y de ese duelo entre un Bracken y un Blackwood (sin sentido alguno en cuanto a que ni los personajes ni la rivalidad entre sus Casas vuelve a ser mencionada en toda la temporada), vemos morir a Aemma Arryn, a Rhea Royce (cuya muerte no aparece en pantalla), a Craghas Drahar (cuya muerte tampoco aparece en pantalla), a ser Harwin Strong y a su padre ser Lyonel, a ser Joffrey Lonmouth, a Laena, al criado al que hacen pasar por Laenor, a lord Beesbury, a Vaemond Velaryon y a Lucerys Targaryen, sin que ninguna de esas muertes nos importe lo más mínimo, porque ni conocemos en profundidad a los personajes ni hemos tenido tiempo de cogerles cariño. De los tropecientos mil desembarqueños que son asesinados por Daemon al principio y por Rhaenys y su dragón al final, ni hablamos. Parece que los guionistas de HBO no han aprendido que el motivo por el que la ejecución de lord Stark, la Boda Roja, el sacrificio de Shireen o el duelo entre Oberyn Martell y la Montaña impactaron tanto a los espectadores no fue por la cantidad de sangre, sufrimiento y gritos que aparecían en pantalla, sino porque conocíamos a los personajes y los queríamos.

El tercer gran fallo que le he visto a La Casa del Dragón ha sido su trama lineal. Uno de los motivos por el que conocemos tan poco a los personajes es porque, además de haber hecho un desarrollo deficiente de los mismos, la serie se centra exclusivamente en una sola trama: la de los Targaryen y los Velaryon. Toda la acción transcurre entre Desembarco del Rey, Rocadragón y Marcaderiva; el resto de escenarios de Poniente y el resto de Casas no están ahí, no existen, no importan para nada. Pero resulta que al final sí tienes importancia, tanto durante esta temporada como en las siguientes, y sólo por eso la serie tendría que haber hecho un esfuerzo activo en presentárnoslos. ¿Por que no una trama en las Tierras de los Ríos donde pudiéramos conocer a los Strong en Harrenhal? ¿Por qué no una trama en Roca Casterly para que podamos profundizar en los gemelos Lannister? ¿Por qué no una trama en Bastión de Tormentas donde conociéramos a lord Borros y a sus hijas? ¿Por qué no, y esto me parece un pecado capital, una trama en Invernalia donde conozcamos a Cregan Stark, que tantísima relevancia va a tener en muchos de los sucesos de la Danza de Dragones? ¿Por qué no haber dedicado más minutos de metraje para conocer a ser Joffrey o a lord Beesbury? La introducción de todas estas tramas secundarias no sólo habría enriquecido la serie y nos habría permitido conocer más y mejor a los personajes, sino que habría permitido ralentizar la historia y haber permitido que fuera desarrollándose poco a poco, igual que ocurre en Juego de Tronos. Al despreciar la trama de todos estos personajes secundarios, lo que hace la serie es ir haciéndolos aparecer de repente, como pegotes, según va conviniendo a la trama principal, en lugar de hacerlos confluir de manera natural hacia ella. 

Y por último, la serie adolece de una enorme falta de verosimilitud. Aquí es cuando me salta el típico listillo de siempre objetando: "¿Verosimilitud? ¡Pero si es una serie de fantasía y hay dragones!". Creo que ya he hablado varias veces en este blog de pacto ficcional. Por medio de este pacto, se establece un acuerdo tácito entre autor y lector (o espectador): el emisor establece unas normas al principio de la narración "este mundo es como la Europa medieval, pero con dragones", y el receptor acepta suspender la incredulidad en lo que a los elementos mágicos se refiere mientras el emisor respete sus propias normas y mantenga la verosimilitud. En el mundo de Poniente, que los Targaryen monten dragones que vuelan por el aire y echan fuego por la boca es creíble, respeta el pacto ficcional ("en este mundo hay dragones"). Que ser Criston Cole asesine a ser Joffrey Lonmouth en medio de un banquete de bodas y se libre impunemente del asesinato en vez de acabar cargado de cadenas camino de Muro no es verosímil ni respeta el pacto (habíamos quedado en que este es un mundo medieval donde se respetan las leyes). Que Rhaenys se cargue a cuatrocientos desembarqueños inocentes al aparecer en Pozodragón pero que luego tenga reparos morales en matar a los Verdes (que han conspirado para quitarle el trono a su sobrina y cuya muerte evitaría una guerra civil) pudiendo hacerlo en el acto y sin riesgos no es verosímil ni respeta el pacto (o Rhaenys es incapaz de hacerle daño a nadie, o puede matar sin parpadear, pero no las dos cosas). Que en Desembarco del Rey se organicen torneos donde los nobles mandan a sus hijos a morir sabiendo que pueden ser asesinados impunemente y a propósito durante los combates no es verosímil ni respeta el pacto (¿Quién, siendo noble y teniendo comida, dinero y buena vida aseguradas, querría arriesgarse a participar en un sangriento combate a muerte, a no ser que se trate de obligaciones inevitables como ir a la guerra o de defender su honor en un duelo?). Que una mujer, a las pocas horas de parir, sea capaz de vestirse y montar a horcajadas en un dragón no es verosímil ni respeta el pacto (las mujeres Targaryen, por jinetes de dragón que sean, no son inmunes al dolor ni tienen regeneración automática tras el parto; de hecho en el libro Rhaenyra deja claro que debido a su reciente parto no podrá montar durante un tiempo).

Y aquí se resumen los principales problemas de esta serie. Me da mucha rabia, porque tenían entre las manos un buen material que bien adaptado podría haber estado a la altura de las primeras temporadas de Juego de Tronos, pero por desgracia no ha sido así. Los guionistas han preferido rodar la historia aprisa y corriendo, más pendientes de respetar la agenda woke que de contar bien la historia y de desarrollar adecuadamente a los personajes. Aún así, la serie es bastante decente y muy superior a esos desastres absolutos que han sido La Rueda del Tiempo y Los Anillos de Poder, porque por muy malo que sea el cocinero cuando tienes tan buenos ingredientes es difícil hacer un plato incomestible. Pero no deja de producirme tristeza haber degustado una hamburguesa del McDonalds cuando en manos de un cocinero decente esto podría haber sido un filete a la Rossini.