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jueves, 6 de abril de 2017

Crítica de "La Bella y la Bestia" (versión de 2017)


Creo que fue Jorge Luis Borges quien dijo en cierta ocasión que todos los escritores, por muchas novelas que escriban, cuentan la misma historia una y otra vez, porque es la que llevan en el alma y en el corazón. Si tal cosa es cierta, en mi caso la historia -sin duda alguna- es La Bella y la Bestia. Fue la película de Disney que más me impactó en la infancia junto a La Sirenita, porque las dos me tocaron la fibra sensible en lo que respecta a mis anhelos, mis sentimientos y mis deseos más íntimos. Y por eso, al enterarme de que iban a filmarla en imagen real, me invadió una mezcla de miedo y emoción.
Finalmente, hoy la he visto. Y lamento decir que me he llevado una enorme decepción.
Sí, soy realista, sé que es imposible plasmar plano a plano la versión del 1991. Sí, soy práctica, sé que algunos cambios de guión podían quedar mejor. No soy una purista anti-cambios, y hay algunos que incluso me han gustado. Pero no. La película que he visto hoy no es La Bella y la Bestia de mi infancia, y lo que es peor, parece que en el fondo ni siquiera pretende serlo. Porque en la mayor parte del metraje, parecía que la intención no fuera hacer un homenaje ni un remake, sino una parodia. Una puñetera parodia.


 Mi reacción a medida que iba viendo la película

No le veo mucho sentido a avisar de los spoliers porque tooodo el mundo conoce esta historia y además a estas alturas casi todo el mundo debe haber visto ya la película, pero por si acaso, SPOILERS:



Lo que me ha gustado:


-Lumiêre y Din-Don: Un dúo genial. No sólo porque lo formen los maestros Ian McKellen y Ewan McGregor, sino porque los actores se lo han pasado genial actuando y se nota. Lumiêre es de los pocos personajes de la película que conservan intacta la esencia de sí mismos, aquello que los hacía especiales en la versión de dibujos animados. Din-Don es más amable y menos cascarrabias, pero aún así es reconocible y aceptable.

-La señora Potts y Chip: Otro dúo que me ha encantado y que sigue siendo reconocible. Sin embargo, me ha sabido mal que le quiten a Chip el protagonismo que tenía en la película de dibujos animados, donde cumple un papel fundamental para que Bella pueda salvar al príncipe. En la versión actual le restan heroísmo y minutos de metraje.

-Las canciones Qué Festín y Bella y Bestia Son: Son las ÚNICAS canciones de toda la película que suenan decentemente y no parecen parodias histriónicas de las originales. Las únicas coreografiadas con belleza y con cariño. De hecho, la escena del baile fue la única en toda la película que consiguió emocionarme, hasta el punto de hacerme saltar lágrimas. Y menos mal, porque -increíblemente- fueron las únicas que derramé durante la película.

-El padre de Bella: En la película de dibujos, Maurice es un inventor excéntrico y despistado, incapaz de valerse por sí mismo y al que su hija tiene que cuidar. En la versión actual, lo han convertido en un artista, un hombre melancólico pero fuerte, de pasado trágico, inteligente y férreamente protector con su hija. Nunca se deja engañar por Gastón, y me encanta cuando le suelta a la cara que nunca dará su consentimiento para que se case con su hija (punto importante, dentro de las burradas anacrónicas de la película, que los guionistas recuerden que en el siglo XVII era fundamental que el padre de una joven aprobara al pretendiente y consintiera de buen grado al matrimonio). Son de esos cambios que, si bien no eran imprescindibles, son aceptables y me parecen un acierto.

-Que se expliquen algunas cosas que en la versión animada quedaron sin explicación, como por ejemplo por qué nadie en el pueblo parece saber que a pocos kilómetros existe un castillo donde supuestamente vivía un príncipe, o el motivo por el cual la bruja decidió hechizar también a los sirvientes del castillo cuando en un principio eran inocentes.


Lo que no me acaba de convencer:

-¿Por qué la maldición hace que siempre sea invierno en el castillo? ¿De dónde sacan la comida entonces, si no pueden cultivarla?

-El papel de los lobos me parece un poco confuso. En la versión animada eran lobos normales, sin más (y era invierno en todas partes durante toda la película). Aquí parece como si fueran parte del hechizo, como una suerte de guardianes del umbral. Pero, en ese caso, ¿cuál es su función? Me dejaron bastante confundida.

-¿Por qué las tres putillas rubias se han convertido en tres pijas morenas? En la versión animada, las tres admiradoras de Gastón eran "taberneras de moral relajada", por decirlo finalmente. Dado que al remake de acción real no le pesa introducir insinuaciones picantes o dobles sentidos en el guión, ¿por qué no mantienen a las chicas como lo que son? ¿Y por qué las han "teñido" de moreno?

-El modo en que Maurice llega al castillo de la Bestia y es apresado por ella me parece ridículo. Los acontecimientos de la versión animada tenían sentido (inventor despistado se pierde, su caballo se escapa, huye de los lobos, se mete en el castillo a pedir auxilio y la Bestia lo encierra por allanamiento). Los del cuento original, también (mercader que regresa de hacer negocios, recuerda que ha olvidado traerle a su hija la rosa que ella le pidió, se mete en un castillo para coger una rosa del jardín, y la Bestia lo encierra por ladrón). Pero en la película han mezclado las dos historias y ha salido un sinsentido.

-Las canciones nuevas no están mal, pero no aportan gran cosa a la trama. La única bonita es la canción de la Bestia, y aún así, me parece que la película estaba mejor sin ella. ¿Por qué? Porque desluce al lado de la película original. En la versión animada, la Bestia mira por la ventana cómo Bella se marcha y lanza al viento un rugido de pura desesperación, cargado de tristeza, miedo y rabia, porque acaba de dejar marchar a la única mujer que ha amado, no sólo temiendo no volver a verla más, sino sabiendo que si no regresa ya no habrá forma de romper el hechizo. Y todos esos sentimientos los expresa mediante un acto animal, salvaje, en contraposición al civilizado y educado comportamiento que mostraba poco antes, mostrando así cómo le afecta la marcha de la única persona capaz de volver a hacerle sentirse humano. Comparado con toda esta fuerza dramática, ver a la Bestia cantando cómo echa de menos a Bella y cómo la esperará pacientemente es... no sé cómo decirlo... ¿descafeinado?

-El personaje abiertamente gay yo creía que era LeFou, pero NO. Es el pueblerino anónimo que se siente muy feliz cuando la cantante-armario lo viste de reinona. ¿En serio? ¿Siriusly fucking really? Para una vez que meten homosexualidad en un cuento clásico, y la meten con calzador y de manera ridícula. No, gracias.


Lo que NO me ha gustado:

-El prólogo inicial DA VERGÜENZA AJENA. Así, en mayúsculas. Resulta que el príncipe, que en la versión animada era una especie de Joffrey Baratheon egoísta y consentido, aquí ES EL PUTO REY DE LOS GOBLINS. ¡En serio! ¿Fui yo la única que se acordó inmediatamente de A través del Laberinto al ver esa escena? ¡Si hasta lo maquillan igual, por Dios! Es el Rey de los Goblins, sólo que en vez de rodearse de goblins bailongos, se rodea de zorrillas bailongas. ¡Vivan las orgifiestas multiculturales! OMG...

-Bella no es Bella. Es Hermione Granger cosplayeando a Bella. De verdad, no he visto al personaje de la película animada NI UNA VEZ en toda la película. Emma Watson no se cree el papel que está interpretando, es inexpresiva, forzada, incapaz de insuflar vida a la Bella de Disney, de transmitir una gota de su personalidad, su pasión, su inocencia, su compasión... Nada. Es como una cáscara vacía. Un cosplay muy bonito, con unos vestidos muy bonitos, pero debajo no hay nada.

-Yo no entiendo cómo ha habido tanta gente que ha fruncido el ceño por personajes gays, cuando hay algo realmente es descacharrante: ¿¿UN CURA NEGRO?? ¡Que estamos en la Francia del XVII, por Dios! ¡Que en aquellos momentos el mundo occidental era UNA PUTA PIGMENTOCRACIA! Si llegan a situar la acción en, qué sé yo, la colonia francesa de Martinica, pues todavía me lo creo. Me puedo tragar que entre las damas bailongas del principio hubiera chicas negras porque al Rey de los Goblins le molaban las orgías multirraciales. Incluso me creo que Plumette sea mestiza, porque al fin y al cabo es una sirvienta. Pero, ¿una soprano negra? Y lo que es más increíble, ¿¿un cura negro en un pueblecito provinciano francés de XVII?? Lo siento, pero NO. Me da igual lo políticamente correcto que sea llenar el cupo racial en las películas de hoy en día. NO. ¿Por qué no meten a un oriental, ya de paso? ¿A un maestro de esgrima japonés para que le enseñe kendo a su majestad el príncipe? ¡Si habría sido igual de coherente!

-Las canciones antiguas (a excepción de las dos que he mencionado antes, que son las únicas que se salvan), son otro gran momento de VERGÜENZA AJENA. No sólo por el pésimo doblaje (el modo en que las bocas de los actores y las voces dobladas se descoordinan es realmente vergonzoso), sino que encima son ridículas. De verdad, no me viene a la cabeza otra palabra. La canción original de Gastón era un gesto espontáneo de los aldeanos, que lo admiraban y respetaban hasta la adoración (y una crítica ácida e inteligente al caciquismo rural, a la gente de pueblo que le sigue la corriente sin rechistar al vecino mandón y con dinero, en este caso es Gastón: el único que posee armas de fuego y que puede mantener a un criado). En cambio, en la película actual los aldeanos sólo le siguen la corriente a LeFou porque éste les paga para que canten (!), destruyendo así la verosimilitud de las escenas posteriores, pues si los del pueblo no adoran a Gastón y sólo le cantaban por dinero, no se explica que luego lo sigan ciegamente cuando acusa a Maurice de locura, a Bella de brujería (¡en contra del criterio del cura! Claro, como es negro, nadie le hace ni puto caso), y organiza una turba para cazar a la Bestia. Y algo muy mal deben haber hecho en esta película para que cuando suenan Bella y su reprise yo no sintiera emoción sino bochorno. ¡La canción de mi infancia, por Dios! ¡La que me define! ¡La que he cantado para mí misma doscientas veces mientras iba por la calle!

-Esta sí es grave: no me creo la historia de amor entre la Bella y la Bestia. En absoluto. No sólo por culpa de una Emma Watson que no se cree el papel que interpreta, sino también por culpa de una Bestia a la que tampoco puedo reconocer. Su evolución es inverosímil y tiene lugar a trompicones. Esto se ve muy bien al principio; en la versión animada, es la propia Bestia quien comprende de inmediato que debe enamorar a Bella si quiere conseguir romper la maldición. Aunque sus malos modos, su carácter rudo y su despotismo están ahí, es él quien le ofrece una habitación cómoda, quien la acompaña hasta allí y quien la invita a cenar. Puede que en un principio sean sus sirvientes los que le dan las ideas, pero él las acepta de inmediato y las lleva a cabo. En la versión de imagen real, no. Aquí son los sirvientes los que de espaldas a la Bestia sacan a Bella del torreón, la llevan a sus aposentos y le dan de cenar. Con la escena de la biblioteca, otro tanto; en la versión animada, la Bestia se rompe la cabeza por buscar un regalo que haga ilusión a Bella, se le ve confuso, emocionado, ansioso, y finalmente feliz de haber acertado. En la actual, sin embargo, entran en la biblioteca por las buenas y a él se le ocurre la idea de regalarle los libros como de pasada. Es una de las escenas más mágicas de la película original, y aquí carece por completo de magia. ¿Cuál es el resultado? Que la Bestia va a rescatar a Bella de los lobos y NO ME LO CREO. Que Bella comienza a sonreír a la Bestia y a cantar Algo Nuevo en el jardín y NO ME LO CREO. No hay ninguna chispa entre los personajes; la química y la complicidad entre ellos eran mil veces mayor en la película de animación.

-Pero lo peor, realmente PEOR, es el final. Porque yo a esta película puedo perdonarle muchas cosas (y tiene una lista bastante larga de fallos que perdonar), pero lo que no le perdono es que traicione por completo el espíritu de la historia de amor más bella del mundo, y encima lo haga haciendo trampas.
Recapitulemos lo que sabíamos al principio: tras ser rechazada cuando pidió asilo en el castillo, una hermosa hechicera embrujó al príncipe, a los sirvientes y el castillo donde vivían, convirtiéndolo a él en una horrible bestia y a ellos en objetos animados. Si el príncipe era capaz de amar a una mujer, y ganarse a cambio el amor de ella, antes de que cayera el último pétalo de la rosa mágica, se desharía el hechizo y todos volverían a ser humanos. Si no lo conseguía, permanecería condenado a seguir siendo una bestia para siempre, y los sirvientes se convertirían en simples objetos.
Ahí está la clave: ANTES DE QUE CAYERA EL ÚLTIMO PÉTALO.
¿Y qué ocurre? Que cae el último pétalo y Bella NO le ha dicho a la Bestia que lo ama. Y como no se lo ha dicho, la maldición se cumple y los sirvientes se convierten en objetos. Y ya está. C'est fini. Pero no, resulta que cuando todo se ha ido a la mierda, y Bella está llorando sobre el cadáver de una Bestia que, recordemos, se TENDRÍA que quedar convertida en Bestia para siempre porque LA MALDICIÓN SE HA CUMPLIDO... resulta que aparece la hechicera, que observa la situación, y como le da un poco de penica la cosa, pues decide llevar a cabo EL MAYOR DEUX EX MACHINA DE LA HISTORIA y deshace su propio hechizo y aquí no ha pasado nada. Porque resulta que la mendiga del pueblo era en realidad la bruja, que se había quedado por allí a montar guardia y ver qué pasaba, lo cual viene a significar que la rosa y sus pétalos cayendo NO TENÍAN NINGUNA PUTA IMPORTANCIA porque la buena señora podía revertir la maldición cuando le saliera del toto incluso aunque ya se hubiera cumplido. Con lo cual no sólo destrozan por completo el dramatismo de la historia y vuelven absurda la existencia de la rosa mágica ("que no, tontos, que era broma, que lo de los pétalos cayendo era sólo para poneros nerviosos, que en realidad puedo convertiros en humanos cuando me dé la real gana"), sino que también se cargan el significado de la historia, porque lo que salva a la Bestia y rompe el hechizo que pesaba sobre el castillo y sus habitantes no es el amor de Bella, sino la compasión de la hechicera. En la versión animada original es Bella quien, con su declaración de amor, salva in extremis a la Bestia diciéndole "te amo" un segundo antes de que caiga el último pétalo. Si no se lo hubiera dicho, la Bestia se habría quedado muerta, y los sirvientes habrían seguido siendo objetos ad eternum, y todo habría terminado ahí. La salvadora es ELLA. Ahora, es la hechicera, movida por su compasión, la que tiene que venir y arreglarlo todo cuando Bella declara su amor un rato después de que el último pétalo caiga y la maldición se haya cumplido. ¡A tomar por culo la moraleja del amor salvador, señores! ¡Esta película se tendría que haber llamado La Hechicera y la Bestia! O mejor aún, El Deus Ex Machina y la Bestia.

Y, en definitiva, ahí fue donde yo me quedé incrédula, cabreada, indignada, fría como el hielo e incapaz de disfrutar de un final forzado, con una boda tan recargada y esperpéntica como el resto de la película, sintiendo que me han engañado, y lo que es peor, que han prostituido hasta niveles humillantes uno de las grandes clásicos de nuestra infancia para poder hacer caja y sacar dinero aprovechándose de la nostalgia de quienes, como yo, añoramos infinitamente la época dorada en la que a Disney (y al mundo) no le daba vergüenza proclamar en voz alta que el amor verdadero es capaz de romper cualquier maldición.

¿Veis esta expresividad? ¿Este amor? ¿Esta belleza? ¿Este romanticismo y esta fuerza dramática sin límites plasmados en el rostro de unos dibujos animados? Pues yo no los vi durante toda la película.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ecos del pasado: el Romance de la Loba Parda


Hoy quisiera compartir con vosotros algo muy especial para mí. Me da la sensación, de un tiempo a esta parte, de que estamos perdiendo en España un bien cultural muy valioso al que demasiado a menudo no damos el valor que se merece: las rimas y canciones populares, esas que son anónimas y se van cantando de generación en generación. Seguro que muchos de vosotros habéis cantando alguna siendo niños ("el corro de la patata" o "el patio de mi casa", sin ir más lejos; ¿quién no la ha cantado jugando al corro?). Pero también hay muchas más, otras que se van perdiendo poco a poco. Y es una lástima, porque forman parte de la herencia cultural de nuestros ancestros, nos muestran cómo era la vida en tiempos antiguos, cuando el humo y los carromatos campaban a sus anchas por las ciudades y los pastores, arrieros y granjeros andaban a la buena de Dios por los campos de Aragón y de Castilla. Había gente que vivía y moría sin alejarse nunca de la aldea en la que nació, para la que nombres como Valencia, Sevilla, Madrid o Barcelona eran nombres tan exóticos y extraños como para nosotros podrían ser Jerusalén, Moscú, Pekín o Sidney. También había españoles semi nómadas, que cruzaban medio país cada año en las rutas trashumantes, para los que cada año era una aventura y que sólo tenían un cayado para defenderse a ellos mismos y a sus rebaños cuando mordía el frío del invierno y bajaban del monte los lobos.

De este mundo desaparecido, que todos deberíamos conservar en el corazón, hablan cientos de canciones, romances, coplas, y rimas populares varias. No sabemos quién las inventó, varían a veces según quien las diga, pero pasan de boca en boca, de generación en generación, y siempre deberíamos seguir transmitiéndolas, porque cuando los hombres las olviden se anquilosarán en una hoja de papel o se perderán entre las nieblas del tiempo, y empezarán a morir.
El poema que quiero compartir en mi blog es el llamado "romance de la loba parda". Según he podido averiguar investigando sobre el tema, se trata de un romance anónimo, originario de Extremadura, que los pastores trashumantes extendieron por Castilla y León, llegando a ser conocido incluso en Aragón. Algunas fuentes lo datan del siglo XV. Es especial para mí porque mi abuelo me lo recitaba por las noches, cuando me quedaba a dormir en su casa, junto con otras canciones pastoriles extremeñas y salmantinas. Él nació en un diminuto y hoy casi abandonado pueblo de la provincia de Salamanca, Alberguería del Campo (hoy se llama Alberguería de Herguijuela), y también fue pastor en su niñez, antes de irse a luchar a la Guerra Civil con poco más de dieciséis años, de modo que conocía muy bien la dureza de esa vida y el temor que todos los lugareños sentían hacia los lobos. Gran parte de esa sabiduría oral me la transmitió a mí en esas noches de mi niñez, cuando mi abuela se tenía que ir a dormir al antiguo cuarto de mi tía porque yo quería quedarme en la cama grande con mi abuelo, y dormirme escuchando sus cuentos. Aún puedo oír su voz, cantándome una canción triste, que me llenaba la cabeza de nostalgia, de preguntas y de historias: "Ya se van los pastores a las Extremadura, ya se van los pastores a la Extremadura. Todas las zagalas se quedan llorando, todas las zagalas se quedan llorando".
Comparto aquí la versión que yo conozco, que mi abuelo me contaba, del Romance de la Loba Parda, que para mí más que un romance es hoy una elegía porque me recuerda a él tan vivamente como si volviese a estar a mi lado. Me lo contaba de forma muy divertida, cambiando las voces según aparecían el pastor, los perros o la loba, y acompañando el relato con gestos. Cuando tenga hijos y nietos, tened por seguro que les contaré este romance tal y como mi abuelo me lo contaba a mí. Si os gusta, espero que vosotros también lo transmitáis y así, de padres a hijos y de abuelos a nietos, un trocito de nuestro pasado viva para siempre, como la memoria de nuestros ancestros.

Estando yo en la mi choza
pintando la mi cayada,
vi venir siete lobos
por una oscura cañada.
Venían echando suertes 

quién entrará en la majada;
le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.

Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada;
a la cuarta vuelta que dio,
sacó la borrega blanca,
hija de la oveja churra,
nieta de la orejisana,
la que guardaban mis hijos
para el domingo de Pascua.

-¡Aquí, mis siete cachorros,
aquí, perra trujillana,
aquí, perro el de los hierros,
a correr la loba parda!
Si me cobráis la borrega,
cenaréis leche y hogaza;
y si no me la cobráis...
¡cenaréis de mi cayada!

Los perros tras de la loba
las uñas esmigajaban;
siete leguas la corrieron
por unas sierras muy agrias.
Al llegar a un cotorrito
la loba ya va cansada:
-Tomad, perros, la borrega,
sana y buena como estaba.


-No queremos la borrega
de tu boca lobadada,
que queremos tu pellejo
pa' el pastor una zamarra

de la cabeza un zurrón,
para guardar las cucharas;
y de las tripas viyuelas
para que bailen las damas.

domingo, 28 de octubre de 2012

El libro de un día de verano

Hoy me ha ocurrido algo extraño. Me he puesto a releer un libro, uno de mis favoritos de la infancia. Ha llegado un extraño, de Mollie Hunter, colección El Barco de Vapor. De esos que tan de moda estaban en los 80 y los 90. No se trataba del libro original, que en algún momento de mi adolescencia (para mi infinito fastidio) se traspapeló y desapareció en el portal dimensional oculto que hay en mi vieja estantería de los libros infantiles (única explicación lógica a por qué me ha desaparecido tantos a lo largo de estos años sin razón aparente), sino de una nueva edición, con ilustraciones infinitamente peores, que compré hará un par de años en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión.
Y, al volverlo a leer, ha pasado algo extraño. Me he sentido, por un momento, transportada al lugar y al momento en que lo leí, un mes de Julio a principios de los años 90. En Puerto de Sagunto, donde pasaba quince días de vacaciones todos los años con mis abuelos antes de que estos se hicieran demasiado mayores y prefirieran ir a un hotel donde les hacían las camas y no tenían que cocinar.
El apartamento estaba situado en primera línea de playa, justo al extremo norte de ella, donde terminaba el paseo marítimo. Nada más entrar, después de subir al quinto piso en un ascensor diminuto que siempre olía a bañadores húmedos y a cloro de piscina, se abría un largo pasillo que tenía a la derecha la cocina y a la izquierda el cuarto de baño. Más adelante, se abrían tres dormitorios; dos a la izquierda y uno a la derecha. El segundo de la izquierda, justo antes del final del pasillo, era el mío; he podido verme a mí misma, sentirme dentro de mi propia piel, a mis nueve o diez años, leyendo tendida sobre la cama. En mi piel podía sentir la suave aspereza del ligero cobertor, color blanco con dibujos de flores azules. Junto a la cama, una mesilla de noche y un armario empotrado donde guardaba mi ropa; al otro lado, una ventana que se abría al Norte y desde la que se veían los chalets lejanos de la población vecina de Canet. A los pies de la cama, como un testigo silencioso, una silla de madera sobre la que reposaba mi pequeña (y también desparecida) maletita rosa, que llenaba sólo de libros al viajar allá. Algunos eran nuevos, el resto eran mis libros favoritos de casa, los que no me cansaba de releer una vez más. Uno sobre pesca, Matilda de Roal Dahl, El león, la bruja y el armario de C.S.Lewis, Manolito Gafotas de Elvira Lindo, El verano de la sirena de Mollie Hunter, La señora Frisby y las ratas de Nimh, de Rober C. O'Brien, algunos libros de Los Cinco de Enid Blyton...
Entonces, la niña que era yo ha sentido hambre. La hora de merendar. Me he levantado y, con la grácil agilidad del cuerpecito de niña que hace años que dejé de tener, me he dirigido al salón. Descalza y sin hacer ruido, porque mi abuelo dormía la siesta en la cama de matrimonio del dormitorio grande.
Nada más entrar, a la izquierda, un último dormitorio, tan pequeño como los otros, y frente a mí, la mesa redonda donde desayunábamos, comíamos y cenábamos, siempre con mantel y servilletas de tela, que mi abuela era muy cumplida para esas cosas. La mesa se podía abrir y hacer el doble de grande cuando venían mi madre, su esposo, y mis tíos abuelos. Al otro extremo del salón, el sofá donde yo siempre leía tendida cada vez que me cansaba de hacerlo en mi cama, y en la pared del fondo, frente a mí, una cristalera completa del suelo al techo a través de la cual se vislumbraba el mar. Se podía salir al balcón; un balcón lo bastante grande como para poner allí el tendedero y una mesa pequeña con varias sillas de plástico blanco. Frente a él se abría toda la amplia panorámica de la playa, desde las dunas semisalvajes al lado de nuestro bloque de apartamentos hasta el lejano rompeolas del otro extremo de la playa, con las grúas del puerto todavía más allá, y la arena dorada que en las horas puntas de los días soleados parecía por obra y gracia de las sombrillas un inmenso campo de apiñadas setas multicolores. En el extremo norte del balcón, al lado de una columna, había pegado al techo un nido de golondrinas hecho de pegotitos de arena y barro. He sentido el calor, la suave caricia del viento, el sonido de los coches y de las olas, el olor de la sal. Por mi cabeza ha pasado la fugaz idea de hacerme un bocadillo de atún, pero en seguida he sucumbido al capricho de pedírselo a la mejor cocinera que he conocido en mi vida.
-¡Abuelita! ¿Me haces un bocadillo de atún?-.
Y mi abuela me ha respondido llamándome para que le diga cuánto pan quiero. Ella nunca quiso que yo abriera las latas, por temor a que me cortara. Además, yo no tenía fuerza ni destreza suficientes como para manejar el abrelatas de metal ennegrecido, de esos semejantes a cuervos cuyos picotazos van horadando poro a poco la tapa de la lata de conservas, haciendo que el aceite brote de las hendiduras como la sangre de una herida. Yo sabía que dentro de poco podría regresar de vuelta al salón comedor, con mi bocadillo en un platito sujeto en una mano y el libro y una servilleta en la otra. Mi abuela me seguiría, sonriente, con un vaso de agua entre las manos, arrastrando sus zapatillas azules y vestida con uno de esos vestidos de tirantes floreados que siempre llevaba en verano y que a mí tanto me gustaba verle puestos. A ella y a mi abuelo todavía les quedaban casi veinte años de vida sana y feliz, y yo también era feliz, porque sólo estábamos en Julio y el verano era largo, y hacía sol y calor, y estaba de vacaciones, y tenían mis libros, y mis padres y todos mis seres queridos estaban bien, y en ese momento mi vida era todo lo que podía desear una niña como yo.

Pero entonces he cerrado el libro, tras terminarlo, y la visión se ha desvanecido. He vuelto al momento, al lugar y a la persona que soy: una mujer de casi treinta años en su casa, apurando las pocas horas de asueto que le quedan antes de que vuelva a ser lunes y empiece otra fastidiosa semana de trabajo, casada pero todavía sin hijos, y con algunos sueños todavía por cumplir. Y que a más de año y medio de la muerte de su abuela, y a menos de dos semanas el primer aniversario de la muerte de su abuelo, sigue amándolos a los dos con tanta fuerza como aquella niña de antaño, y los echa de menos más aún que a aquellos días de luminosa infancia, y siente en el pecho el agujero doloroso y sangrante que sigue dejando, y siempre dejará, su ausencia.
Ese dolor, más que cualquier otra cosa, es lo que me hace estar segura, más allá de toda certeza, de que jamás volveré a ser esa niña, del mismo modo que aquellos días de verano no regresarán jamás. Supongo que eso es lo que los hace tan valiosos.