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miércoles, 25 de octubre de 2017

Mi poemas favoritos


No sé si será porque en otoño me pongo melancólica o porque me voy haciendo mayor, pero en los últimos tiempos estoy aficionándome a la poesía. Hay poemas que me relajan, me emocionan, me resultan evocadores y me llenan el corazón. Por eso, he decidido hacer un meme poético, en el que ennumero a mis diez poetas favoritos y escogo una poesía de cada uno: la que más me ha gustado, más me emociona o más sentimientos evoca en mí.
¿Conocéis a todos estos poetas? ¿Coincidimos en gustos? Sentíos libres de reproducir el meme en vuestro propio blog, si os gusta.
Vamos allá. Los autores no están ennumerados siguiendo ningún tipo de criterio; los he ido poniendo conforme se me han ido ocurriendo.


 1 - ANTONIO MACHADO

 Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Dí: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.


2 - LUIS CERNUDA

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.


4 - W.B.YEATS


 Si tuviera las vestiduras bordadas del cielo,
entretejidas de luz dorada y plateada,
las azules, las opacas, las oscuras
vestiduras de la noche y la luz y la penumbra,
tendería esas vestiduras a tus pies:
 
pero, siendo pobre, sólo tengo mis sueños;
he tendido mis sueños a tus pies;
pisa suavemente, pues caminas sobre mis sueños.





5 - PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA

 ¡Ay mísero de mí! ¡Ay, infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
qué más os pude ofender
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
qué yo no gocé jamás?


 6 - GUSTAVO ADOLFO BECQUER


Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
 
¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: «¡Levántate y anda!».


7 - DYLAN THOMAS


No entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día debería la vejez arder y delirar;
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Aunque al llegar su fin los sabios sepan que la oscuridad es justa,
ya que sus palabras no desviaron el relámpago,
no entran dócilmente en esa buena noche.

Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola
Por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía,
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Los locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares,
Y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían,
No entran dócilmente en esa buena noche.

Y los hombres graves, que cerca de la muerte con la vista que se apaga
Ven que sus ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres,
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y tú, padre mio, allá en tu cima triste,
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.


8 - PABLO NERUDA


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.



9 - J.R.R.TOLKIEN


Me siento junto al fuego y pienso

en todo lo que he visto,

en flores silvestres y mariposas

de veranos que han sido.

 

En hojas amarillas y telarañas,

en otoños que fueron,

la niebla en la mañana, el sol de plata

y el viento en mis cabellos.

 

Me siento junto al fuego y pienso

cómo el mundo será,

cuando llegue el invierno sin una primavera

que yo pueda mirar.

 

Pues hay todavía tantas cosas

que yo jamás he visto:

en todos los bosques y primaveras

hay un verde distinto.

 

Me siento junto al fuego y pienso

en las gentes de ayer,

y en gentes que verán un mundo

que no conoceré.

 

Y mientras estoy aquí sentado

pensando en otras épocas

espero oír unos pasos que vuelven

y voces en la puerta.



10 - FEDERICO GARCÍA LORCA


¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.

¡Que no quiero verla!

Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.

¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
 

¿Quién me grita que me asome?
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué buen serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!


BONUS TRACK: NAMÁRIË (J.R.R.TOLKIEN)*

 Ai! Laurië lantar lassi súrinen 
yéni únótimë ve rámar aldaron! 
yéni ve lintë yuldar avánier 
mi oromardi lissë-miruvóreva 
Andúnë pella, Vardo tellumar 
nu luini yassen tintilar i eleni 
ómaryo airetári-lírinen. 

Sí man i yulma nin enquantuva? 

An sí Tintallë Varda Oiolossëo 
ve fanyar máryat Elentári ortanë 
ar ilyë tier undulávë lumbulë 
ar sindanóriello caita mornië 
i falmalinnar imbë met, ar hísië
untúpa Calaciryo míri oialë.
Sí vanwa ná, Rómello vanwa, Valimar! 

Namárië! Nai hiruvalyë Valimar! 
Nai elyë hiruva! Namárië!

¡Ah! ¡Como el oro caen las hojas en el viento,
 
e innumerables como las alas de los árboles son los años! 
Los años han pasado como sorbos rápidos de dulce hidromiel
en las altas salas de más allá del Oeste,
bajo las bóvedas azules de Varda 
donde las estrellas tiemblan 
en la voz de su canción sagrada y real. 

¿Quién llenará de nuevo mi copa? 

Ya que la Iluminadora, Varda, la Reina de las Estrellas, 
desde el Monte Siempre Blanco ha elevado sus manos como nubes 
y todos los caminos se han ahogado en sombras 
y la oscuridad que ha venido de un país gris se extiende 
sobre las olas espumosas entre nosotros, 
y la niebla cubre para siempre las joyas de Calacirya.
Ahora se ha perdido, ¡perdido para aquellos del Este, Valimar! 

¡Adiós! ¡Quizá encuentres Valimar! 
¡Quizá tú la encuentres! ¡Adiós!


*Era incapaz de decidirme entre este poema de Tolkien y el que finalmente he publicado. He escogido "Me siento junto al fuego y pienso" porque es más génerico y puede entenderlo cualquiera aún sin conocer el universo de la Tierra Media. Pero Namárië es tan especial para mí, que no puedo sino usarlo como epílogo y despedida (más que apropiada, por cierto).
 

lunes, 20 de febrero de 2017

Reseña de "La Dama número trece", de José Carlos Somoza



 Salomón Rulfo, profesor de literatura en paro y gran amante de la poesía, sufre noche tras noche una inquietante y aterradora pesadilla. En sus sueños aparece una casa desconocida, personas extrañas y un triple asesinato sangriento, en el que, además, una mujer le pide ayuda desesperadamente. Por este motivo, Salomón acude a la consulta del doctor Ballesteros, un médico que le ayuda a desentrañar el misterio de los sueños y le acompaña en lo que se convertirá en un caso mucho más terrible y escalofriante que cualquier fantasía: el escenario del crimen es real y la mujer que pide socorro a gritos fue realmente asesinada.
En compañía de una joven de pasado enigmático, el doctor y un ex profesor de la universidad con el que mantiene una relación compleja, Salomón se adentrará en un mundo donde las palabras y la poesía son un arma de gran poder. En ese mundo, habitan las doce damas que controlan nuestro destino desde las sombras... o ¿son trece brujas?


A veces, en la vida, ocurre que te das cuenta de repente de haber cometido un error intolerable. De esos momentos en los que estás subiendo al avión para irte de vacaciones a Bora-Bora y gritas: "¡Mierda, me dejé la luz de la cocina encendida!", o te incorporas en la cama nada más acostarte con el corazón latiendo de terror y gritas: "¡Mierda, el examen es mañana, no la semana que viene!". Momentos en los que no te explicas qué narices estaba pasando por tu retorcida y diminuta cabeza para haber olvidado algo TAN básico como lo que acabas de recordar.
Bien, acabo de darme cuenta de que he sufrido un olvido de ese calibre. Descomunal. Salvaje. Impropio incluso de un despiste con patas como yo.
No había reseñado en el blog La Dama Número Trece.
Los que me conozcan, ya se pueden reír. Mi libro de terror favorito, el libro que de hecho considero la mejor historia de fantasía oscura o terror sobrenatural que he leído JAMÁS, la novela que recomiendo a TODO el mundo desde que la leí cuando salió, allá por el año 2003, el libro que lamentablemente poseo en la edición de bolsillo de 2006 porque cometí el inmenso error de prestarle a un tío con el que me enrollé en 2004 mi primera edición en tapa dura y nunca me la devolvió (si estás leyendo esto, pedazo de cabrón, QUIERO QUE ME DEVUELVAS MI LIBRO)... ese libro... pues nunca lo había reseñado en mi blog. NUNCA. Yo estaba convencida de que sí, pero no. ¡Increíble! ¡Impensable! ¡Intolerable! ¡PENITENCIAGITE!

En fin, que a eso voy, a escribir mi reseña de La Dama Número Trece. Los que leéis mis reseñas sabréis que suelo dividir la zona spoiler en tres secciones: "Lo que me ha gustado", "Lo que no me acaba de convencer", y "Lo que no me ha gustado". En este caso, no lo voy a hacer así. No sólo porque este es el rarísimo caso de una novela en la que me ha gustado ABSOLUTAMENTE TODO, sino porque me niego a escribir un sólo spoiler, oculto o no. La Dama Número Trece es una novela tan genial, tan redonda, tan magnífica e inhumanamente perfecta, que me niego a daros la posibilidad de seguir leyendo por curiosidad y destrozaros la lectura de esta joya. Bien, damos paso a la reseña. Abrochaos los cinturones, que vienen curvas...

La Dama Número Trece es una novela que podría catalogarse como fantasía oscura o thriller sobrenatural. Para mí, es la novela más terrorífica que he leído en mi vida. Pero no terrorífica de "uy, qué mal rollo esta escena, *sorbito de té con canela*", no. Terrorífica de no poder leerla de noche si no era con todas las luces de la habitación encendidas y aún así después de dejarla en la mesilla ponerme a leer otra cosa o encender la tele aunque fueran las tantas de la mañana porque no había ovarios de apagar la luz y ponerme a dormir. Esto sólo me ha pasado con otra novela más, y fue El Resplandor de Stephen King. Con la diferencia de que El Resplandor no me ha dado pesadillas y La Dama sí. Varias veces. La última de ellas, hace un par de semanas. Y ni siquiera la había releído recientemente.
Soy consciente de que lo mismo esto que acabo de decir es contraproducente porque podría espantar lectores potenciales en lugar de atraerlos. Pero no salgáis corriendo todavía, porque tengo que deciros que el terror que impregna esta novela no es en absoluto convencional. No hay demasiadas escenas gore, y las que hay están redactadas con exquisita elegancia, sin rastro alguno de casquería o morbosidad. En esta novela, incluso los horrores más abyectos son elegantes, sofisticados, musicales... son pura poesía.
Si hay algo que me sorprendió de La Dama cuando abrí sus páginas, fue la exquisitez con la que estaba escrita. Fue la primera novela que me provocó la clásica desesperación del escritor novel; esa que te embarga cuando lees a un maestro y piensas: "Mierda, no podría escribir así de bien ni aunque viviera mil años". José Carlos Somoza demuestra que es un virtuoso de la literatura, como si él fuera Samvel Yervinyan y las letras fueran un Stradivarius. Ojo, esto no significa que sea pesado, recargado o pomposo. Todo lo contrario. Su prosa es ágil, elaborada, elegante, musical, intensa, emocionante, auténtica, profunda, fluye como un río de aguas cristalinas. Las descripciones son evocadoras, el ritmo es perfecto, los diálogos naturales, el estilo impecable, es el equivalente literario a meterte en la boca tu tableta de chocolate favorita y dejar que se deshaga lentamente en tu boca. Es un placer para los sentidos.

Pero el estilo no es lo más importante. Quienes me conocen, saben que puedo disfrutar de un libro siempre que esté mínimamente bien escrito, aunque no sea una obra de arte como en este caso. Sin embargo, hay dos cosas que me parecen imprescindibles, sin las cuales soy incapaz de engancharme a a una historia o de disfrutarla a fondo: los personajes y la coherencia argumental. Por fortuna, La Dama aprueba ambas asignaturas con matrícula de honor. Todos, todos, absolutamente todos los personajes, desde los más protagónicos a los más secundarios, tienen su personalidad, sus motivos y su historia. Todos tienen algo que temer, alguien a quien amar, objetivos que cumplir, enemigos a los que derrotar. Aunque a veces el enemigo sea uno mismo. Todos ellos son descarnadamente humanos (o inhumanos, según el caso); en esta historia no existen ni los héroes perfectos ni los villanos vacíos. Puedes amar u odiar a los personajes, pero es imposible que ninguno te deje indiferente. Todos importan, todos están ahí por algún motivo, todos tienen su papel y lo ejecutan a la perfección. Acabas sufriendo con ellos (o a causa de ellos) de un modo que pocas novelas consiguen. Y lo mejor es que estos actores sobresalientes se mueven en un escenario ambientado a la perfección, ya que Somoza acierta con el equilibrio perfecto entre descripciones y acción, y encima lo hacen creando una historia que, simplemente, es perfecta. A ver, podrá gustar más o menos, de hecho lo normal es que cada pocas páginas te provoque escalofríos (de hecho, das gracias a Dios de no vivir en el universo de los protagonistas), pero la trama es perfecta en sí misma. Es emocionante, los acontecimientos suceden al ritmo adecuado, las revelaciones van apareciendo en su justa dosis, y muchas de ellas no las ves venir ni de lejos. Pero al final resulta que TODO ENCAJA. Todo. Desde la primera escena a la última, todo acaba teniendo sentido, encajando como un puzzle perfecto y funcionando con la precisión de un reloj suizo. No hay ni una sola incoherencia argumental, ni el más pequeño agujero de guión, tampoco quedan cabos sueltos ni tramas descolgadas. La historia parte de un comienzo adictivo, tiene un desarrollo impecable y se cierra de una manera redonda, frente a la que sólo cabe estallar en aplausos atronadores mientras cae el telón.

Lo único que temo con esta reseña es poner el listón TAN alto que luego alguien se decepcione. Pero de verdad creo que esta novela no os va a decepcionar, al menos si sois aficionados a la fantasía, al thriller y al terror. Salomón, Raquel, César, Susana y el doctor Ballesteros os están esperando entre sus páginas y merece la pena conocerlos. Ah, y también ELLAS. Sobre todo, ELLAS.
Aunque os pueda amedrentar que el libro sea aterrador (porque os aseguro que es aterrador), vale la pena respirar hondo y atreverse a entrar entre sus páginas. Os daréis el lujo de leer una de las mejores novelas en lengua española en lo que va de siglo, de la mano de mi autor vivo favorito.
Y, como me gustaría enseñaros una muestra de lo que vais a encontrar, os transcribo un fragmento que os dará idea de cómo es el estilo de Somoza. Se trata del fragmento que escogí para la lectura de cuentos de una convención literaria a la que asistí en 2012 (la Mereth de Annatar de la STE, para más señas). En ella, uno de los personajes encuentra una vieja fotografía de su abuelo y empieza a recordar cierto episodio de su infancia:

"Le sorprendió ver la puerta cerrada.
Aunque el viejo no tuviera clientes (podía pasarse días enteros sin tenerlos) nunca cerraba por las mañanas, ni siquiera los festivos. El niño temió que estuviera enfermo. Llamó con los nudillos y aguardó. Luego golpeó el cristal de la ventana.
– ¿Abuelo?
Dentro se escucharon ruidos, lo cual le tranquilizó un poco. Quizá el viejo se había quedado dormido. Últimamente bebía mucho y se mostraba renuente a abandonar las sábanas. Por otra parte, no hacía un día propicio para asomarse al exterior. El cielo era gris y el calor, sofocante. El viento arrastraba llamaradas saharianas apenas templadas por la presencia del mar, y los montes, erizados de ladas, temblaban a lo lejos. Un par de heliotropos que el viejo había capturado en un macetero parecían tan sañudos como el día. Probablemente habría tormenta, pensó el niño, uno de esos violentos aguaceros veraniegos que destripan las nubes. Le alegraba tal posibilidad: si llovía, sería maravilloso bajar a la playa por la tarde. El mar torturado por la lluvia siempre se mostraba oscuramente hermoso, con las gaviotas chillando enloquecidas en el espigón. Además, sus amigos aprovecharían la salvaje soledad para disparar a las negretas toscos ojaranzos afilados. Quizá hasta el viejo querría acompañarle.
– ¿Gurí? ¿Eres tú?
La puerta se abrió al tiempo que la sonrisa del niño se esfumaba por completo. Pálido y sudoroso como una vela que se derritiera sin llama, el viejo lo miraba con ojos desmesurados. La llamarada de sus palabras le hizo saber que se encontraba borracho.
– Entra, Gurí, vamos.
– ¿Qué te pasa, abuelo?
– ¡Entra…!
El viejo cerró la puerta y lo precedió hacia el interior. Cruzaron un mundo con olor a astillas habitado por herramientas terribles y madera dulce y silenciosa. Un mundo de muebles sin rostro, como niños que no han acabado de nacer. Al otro lado del taller, la habitación del viejo, su «ermita de cartujo» como él la llamaba, se hallaba invadida por igual de botellas de vino y latas de barniz y creosota. Una garrafa esparcía un denso olor a alcohol, y las huellas en el cristal de un vaso junto a ella delataban que su propietario, probablemente, llevaba bebiendo desde antes del alba.
El viejo iba de un lado a otro, vagaroso, espiando por las ventanas y asegurando las puertas. Luego se agachó y cogió al niño de los brazos.
– Gurí, hazme un favor, un gran favor… Quiero que averigües hoy mismo, ahora mismo, dónde se hospeda la mujer que llegó anoche al pueblo… Atiende, no me interrumpas… Quiero saber su nombre y de dónde viene… Es muy joven y muy bella, así que todo el mundo la habrá visto. Gurí, no me falles… Bonito mío, no me falles…
– ¿Una mujer, abuelo?
– Sí, joven, alta y hermosa. Llegó anoche. Quiero que me digas de dónde viene… Y… ¡Espera, no te vayas aún…! Lo más importante de todo. Mejor dicho, las dos cosas más importantes: averigua si lleva un broche colgado del cuello, ya sabes, un adorno dorado… Si es así, asegúrate que te digan qué forma tiene. Pero, por lo que más quieras, si en algún momento te tropezaras con ella, óyeme bien, si en algún momento la vieras… Hazme caso, gurí, niño mío… No le hables ni te acerques aunque te llame… ¡Aunque te llame! ¿Me has entendido?…
– Abuelo, no me aprietes tanto los brazos…
– ¿Me has entendido?
– Sí, abuelo.
– Ahora, vete, y vuelve cuanto antes.
No tuvo inconveniente alguno en obedecer la primera mitad de aquella orden. Estaba deseando marcharse. La conducta de su abuelo le atemorizaba. No sabía qué le ocurría, pero solo mirar sus ojos le hacía sentir escalofríos.
Regresó dos horas después. Esta vez el taller estaba abierto. La voz del viejo, desde el fondo, le invitó a pasar. Lo encontró sentado en su mecedora de enea.
– Nadie, abuelo.
– ¿Qué?
– Que no ha venido nadie al pueblo, ni ayer ni en toda la semana.
– ¿Estás seguro?
– Segurísimo. He preguntado en la pensión, en el hostal… Y fui al bar de la Trocha. Allí lo saben todo. Y no ha venido nadie. Nadie.
No quiso añadir lo que la mayoría le había dicho a continuación, y que él mismo también creía: que el viejo tenía que dejar de beber tanto. Hubiera sido incapaz de decírselo. Amaba con locura a aquel hombre de cerrada barbita cana, calvicie lenta y ennoblecida por la simetría y ojos que parecían, en sus mejores momentos, ventanas abiertas de par en par al mundo que él estaba deseando conocer. Pensó que su abuelo se alegraría con aquella noticia, pero comprobó que no era así: de hecho, parecía más desesperado que antes. Pero, de improviso, su semblante cambió. Sonrió, le guiñó un ojo.
– Me da muchísima vergüenza pedirte otro favor. Si no te apetece, me lo dices y en paz, ¿vale…?
– Vale, abuelo.
– Eres un chavalito maravilloso. Lo que me gustaría es… que pidieras permiso a tus padres para venir esta noche a mi casa. Jugaremos a las cartas, o a lo que quieras… Luego, si no tienes que marcharte pronto, te dejaré la cama y yo dormiré en el sofá… No te molestaré, te lo juro…
– Pero, abuelo…
– Sé que es un plan muy aburrido para ti, pero…
– ¿Aburrido, dices…? ¡Es estupendo…! ¡Voy a decírselo a mamá!
No tuvo problema alguno, y lo sabía. Su familia, como todo el mundo en Roquedal, había terminado por comprender que el viejo era inofensivo. Es verdad que su madre no quería saber nada de aquel remoto carpintero de quien solo había recibido una sonrisa, un beso y una buena cantidad de dinero, pero no se oponía a que el niño lo visitara con frecuencia.
Sin embargo, al llegar la hora, un acontecimiento estuvo a punto de arruinar el plan. El grumo de calor que el cielo retenía descerrajó una descarga sobre el mar y arrastró arena y polvo por las callejuelas. El niño tuvo la prudencia de salir antes de lo previsto para que sus padres no se lo impidieran más tarde. Aun así, llovía intensamente cuando llegó al taller. Algo parecido al resplandor de una luciérnaga encerrada en un fanal flotaba en la ventana. El viejo le dejó paso.
– Estás empapado, gurí. Entra y sécate.
Lo primero que le llamó la atención fue que su voz había cambiado. Ya no temblaba, ya no manifestaba miedo ni emoción alguna. Su aliento seguía oliendo a alcohol, pero no más que por la mañana. Y sus gestos eran precisos, rígidos, seguros. Dedujo de todo ello que se encontraba completamente sobrio. Después, mucho más tarde, llegaría a darse cuenta de su error. Pero en aquellos días el niño ignoraba la existencia de estados de embriaguez más allá del temblor, el tartamudeo y la burla; borracheras absolutas que eran como la locura, y podían ocultarse tras la mirada.
El viejo cruzó el taller sin tambalearse ni una sola vez, llegó a su «ermita», iluminada por un par de velas colocadas en botellas vacías, y se sentó rígidamente en su mecedora de enea. Sus ojos miraban al vacío.
– Quítate esa camisa y ponla a secar. Tengo algo de queso, por si quieres matar el gusanillo.
– Acabo de cenar, abuelo.
Durante un rato se miraron en completo silencio con el ruido de fondo de la lluvia, y el niño percibió la extrema palidez del rostro del viejo. Era como si, en el intervalo en que habían dejado de verse, toda la sangre que pintaba su cabeza hubiese escapado por algún orificio. Por fin, le oyó hablar de nuevo.
– Te agradezco tanto que hayas venido… Quería hablar contigo, contarte algo… A decir verdad… -Se inclinó hacia él y sonrió-. A decir verdad, quiero contártelo todo. -Hizo una pausa, pero la sonrisa no cedió: parecía incrustada en su rostro como esos adornos que colocaba en los muebles del taller-. Muchas veces me has preguntado si he vuelto a escribir poesía, ¿no es cierto…? Pues te confesaré un secreto… -Tendió la mano hacia la estantería que había a su espalda y sacó un cuaderno de tapas arrugadas-. Esto no se lo he enseñado a nadie nunca. En estas páginas está todo lo que he escrito últimamente… Todo.
El niño estaba a punto de sonreír extasiado cuando se dio cuenta de algo.
Fue una revelación tan violenta, tan adulta, que casi la sintió como una bofetada contra su rostro.
Su abuelo estaba enfermo. Muy enfermo. Y no era que hubiese enfermado de repente, en aquel momento: tan solo había permitido que la densa enfermedad que albergaba se abriese paso, por fin, a través de sus cansados rasgos, sus ojos como torbellinos incomprensibles de luz, sus labios plateados de saliva.
Se quedó paralizado en el asiento. Le pareció que aquel rostro arrugado que estaba contemplando era el de un desconocido, un anciano que hubiese perdido por completo la chaveta, una vieja cabra. Su abuelo era una vieja cabra, eso era.
– ¿Quieres leer un poema de tu abuelo, gurí, el poema que he estado escribiendo desde hace años…? ¡Oh, venga, no me digas que no, chavalín, siempre has deseado leer un poema de tu famoso abuelo Alejandro…! ¿Quieres leerlo…? -Y de improviso, en medio de dos truenos, aquel grito-: ¡Contesta, puñetero! -El niño dijo «sí» sin que sus propios oídos lo oyesen-. Pues aquí está.
El cuaderno no temblaba, pero empezó a hacerlo cuando el niño lo cogió.
– Léelo. Lee mi poema, chaval.
Con trémula cautela, el niño lo abrió por la primera página. No había palabras sino un dibujo torpe ejecutado con lápices de colores: una flor amarilla. En la segunda, un pájaro azul. En la tercera, una mujer atada a las patas de una cama con las piernas abiertas y


las damas


en las siguientes, cabezas humanas con carúnculas rojas emergiendo del cráneo; un rostro de ojos blancos; una niña rubia con las manos amputadas introduciéndose uno de los muñones por


las damas son trece


una muchacha de dientes afilados; un palo de escoba hundido hasta el haz en unos genitales


las damas son trece:
la número uno Invita


borrones, manchas, bocas abiertas; un rostro cubierto de gusanos; un hombre ahorcado; una mujer con el vientre abierto; una culebra deslizándose por el ojo de un bebé


las damas son trece:
la número uno Invita
la número dos Vigila


– ¿Te gusta mi poema, chaval?
El niño no dijo nada.
– ¿Te gusta mi poema? -insistió el viejo.
– Sí.
– Sigue leyendo. Lo mejor es el final.
Pasó las páginas con rápido aleteo, como el sonido de su propio corazón. Un mundo de locuras coloreadas le abanicó el rostro. La última hoja no pertenecía al cuaderno y estaba suelta. Era la única que se hallaba escrita. Reconoció la caligrafía de su abuelo. Era un poema muy raro. Parecía más bien una lista de nombres.

Las damas son trece:
La número uno Invita,
La número dos Vigila,
La número tres Castiga
La número cuatro Enloquece
La número cinco Apasiona
La número seis Maldice…
– La número siete Envenena -recitaba el viejo, al tiempo que el niño leía, sin un solo tartamudeo, sin un solo error-. La número ocho Conjura… La número nueve Invoca… La número diez Ejecuta… La número once Adivina… La número doce Conoce. -Se detuvo y sonrió-. Son las damas. Son trece, siempre son trece, pero solo se citan doce, ¿lo ves…? Solo debes mencionar doce… Nunca, ni en sueños, te atrevas a hablar de la última… ¡Ay de ti, si se te ocurriera mencionar a la número trece…!"
(La Dama Número Trece, José Carlos Somoza).


¿Cómo os quedáis? ¿Verdad que tenéis ganas de saber más? Pues para conocer el resto de la historia, tendréis que leer la novela. La única pega es que igual no es tarea fácil, porque las novelas suelen tener una vida corta y La Dama se publicó hace años, pero estoy segura de que la reeditarán muy pronto, porque Jaume Balagueró está rodando su adaptación al cine (después de AÑOS de retraso), y se estrenará a finales de 2017 con el título de Muse (La Musa). Próximamente haré una entrada al respecto; de momento, aquí os dejo el cartel promocional. Y recordad: nunca, jamás, mencionéis a la Dama Número Trece...



domingo, 2 de diciembre de 2012

Ecos del pasado: el Romance de la Loba Parda


Hoy quisiera compartir con vosotros algo muy especial para mí. Me da la sensación, de un tiempo a esta parte, de que estamos perdiendo en España un bien cultural muy valioso al que demasiado a menudo no damos el valor que se merece: las rimas y canciones populares, esas que son anónimas y se van cantando de generación en generación. Seguro que muchos de vosotros habéis cantando alguna siendo niños ("el corro de la patata" o "el patio de mi casa", sin ir más lejos; ¿quién no la ha cantado jugando al corro?). Pero también hay muchas más, otras que se van perdiendo poco a poco. Y es una lástima, porque forman parte de la herencia cultural de nuestros ancestros, nos muestran cómo era la vida en tiempos antiguos, cuando el humo y los carromatos campaban a sus anchas por las ciudades y los pastores, arrieros y granjeros andaban a la buena de Dios por los campos de Aragón y de Castilla. Había gente que vivía y moría sin alejarse nunca de la aldea en la que nació, para la que nombres como Valencia, Sevilla, Madrid o Barcelona eran nombres tan exóticos y extraños como para nosotros podrían ser Jerusalén, Moscú, Pekín o Sidney. También había españoles semi nómadas, que cruzaban medio país cada año en las rutas trashumantes, para los que cada año era una aventura y que sólo tenían un cayado para defenderse a ellos mismos y a sus rebaños cuando mordía el frío del invierno y bajaban del monte los lobos.

De este mundo desaparecido, que todos deberíamos conservar en el corazón, hablan cientos de canciones, romances, coplas, y rimas populares varias. No sabemos quién las inventó, varían a veces según quien las diga, pero pasan de boca en boca, de generación en generación, y siempre deberíamos seguir transmitiéndolas, porque cuando los hombres las olviden se anquilosarán en una hoja de papel o se perderán entre las nieblas del tiempo, y empezarán a morir.
El poema que quiero compartir en mi blog es el llamado "romance de la loba parda". Según he podido averiguar investigando sobre el tema, se trata de un romance anónimo, originario de Extremadura, que los pastores trashumantes extendieron por Castilla y León, llegando a ser conocido incluso en Aragón. Algunas fuentes lo datan del siglo XV. Es especial para mí porque mi abuelo me lo recitaba por las noches, cuando me quedaba a dormir en su casa, junto con otras canciones pastoriles extremeñas y salmantinas. Él nació en un diminuto y hoy casi abandonado pueblo de la provincia de Salamanca, Alberguería del Campo (hoy se llama Alberguería de Herguijuela), y también fue pastor en su niñez, antes de irse a luchar a la Guerra Civil con poco más de dieciséis años, de modo que conocía muy bien la dureza de esa vida y el temor que todos los lugareños sentían hacia los lobos. Gran parte de esa sabiduría oral me la transmitió a mí en esas noches de mi niñez, cuando mi abuela se tenía que ir a dormir al antiguo cuarto de mi tía porque yo quería quedarme en la cama grande con mi abuelo, y dormirme escuchando sus cuentos. Aún puedo oír su voz, cantándome una canción triste, que me llenaba la cabeza de nostalgia, de preguntas y de historias: "Ya se van los pastores a las Extremadura, ya se van los pastores a la Extremadura. Todas las zagalas se quedan llorando, todas las zagalas se quedan llorando".
Comparto aquí la versión que yo conozco, que mi abuelo me contaba, del Romance de la Loba Parda, que para mí más que un romance es hoy una elegía porque me recuerda a él tan vivamente como si volviese a estar a mi lado. Me lo contaba de forma muy divertida, cambiando las voces según aparecían el pastor, los perros o la loba, y acompañando el relato con gestos. Cuando tenga hijos y nietos, tened por seguro que les contaré este romance tal y como mi abuelo me lo contaba a mí. Si os gusta, espero que vosotros también lo transmitáis y así, de padres a hijos y de abuelos a nietos, un trocito de nuestro pasado viva para siempre, como la memoria de nuestros ancestros.

Estando yo en la mi choza
pintando la mi cayada,
vi venir siete lobos
por una oscura cañada.
Venían echando suertes 

quién entrará en la majada;
le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.

Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada;
a la cuarta vuelta que dio,
sacó la borrega blanca,
hija de la oveja churra,
nieta de la orejisana,
la que guardaban mis hijos
para el domingo de Pascua.

-¡Aquí, mis siete cachorros,
aquí, perra trujillana,
aquí, perro el de los hierros,
a correr la loba parda!
Si me cobráis la borrega,
cenaréis leche y hogaza;
y si no me la cobráis...
¡cenaréis de mi cayada!

Los perros tras de la loba
las uñas esmigajaban;
siete leguas la corrieron
por unas sierras muy agrias.
Al llegar a un cotorrito
la loba ya va cansada:
-Tomad, perros, la borrega,
sana y buena como estaba.


-No queremos la borrega
de tu boca lobadada,
que queremos tu pellejo
pa' el pastor una zamarra

de la cabeza un zurrón,
para guardar las cucharas;
y de las tripas viyuelas
para que bailen las damas.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Angustia

Camino
por una calle solitaria donde vuelan papeles viejos
e imagino
como otros han hecho, que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Las palomas ya no arrullan en sus nidos
ahora se aparean
para dar continuidad genética a su raza.
Las mariposas ya no susurran secretos a las flores
liban su néctar para alimentar sus cuerpos y dar paso a la siguiente generación de gusanos antes de morir.
Ya no hay Dios, sólo el individuo
caminando por un mundo en el que nada tiene sentido por sí mismo
sólo el que cada persona le quiere dar.
No hay verdades absolutas
sólo los pensamientos imperfectos de seres banales que algún día se desvanecerán en el olvido.
Ya no hay amor
sólo un cúmulo de reacciones químicas que tienen diez años de caducidad
y los ancianos que tras pasar toda la vida juntos aún se miran con ojos brillantes y se toman de la mano desmintiendo a la ciencia, están encerrados en un geriátrico
para impedir que se sepa la verdad.
Ya no hay valores
sólo nuevos productos que comprar a precio módico
y la belleza interior
hace tiempo que se convirtió en un esqueleto viviente que posa, engalanado de Photoshop, en la portada de una revista que clama porque las mujeres recuperen la autoestima.
Ya no hay honor
sólo vivir el presente, haz lo que quieras, sólo tú debes decidir
equivócate
porque tienes derecho, aunque rompas tu corazón y el de los tuyos en el proceso.
Ya no hay alma
sólo dietas, moda y la nueva serie que no te puedes perder.
Y los ángeles
se cortaron las alas para yacer moribunddos
en el fango nauseabundo de las perversiones humanas
¿y para qué los necesitamos
si nadie puede decirnos ya lo que debemos hacer?
Los defectos
se amplifican por medio de telescopios titánicos para que todos los vean y suspiren diciendo: "al menos hay alguien peor que yo".
Las virtudes
desaparecen enterradas por infames paletadas de "algo buscarán a cambio, todo el mundo tiene un lado oscuro".
Los bufones son reyes, los demonios príncipes
aunque nadie se da cuenta, porque, ¿cómo vas a combatir lo que crees que no existe?
Porque no hay ejército más victorioso
que el que cae sobre el enemigo de improviso
y no hay enemigo más desprevenido
que el que cree que no existe ejército ninguno que vaya a oponerse a él.
Corren ríos de tinta
contando las miserias humanas
nadie recuerda las buenas acciones.
Los niños lloran desnudos entre escombros
llamando a sus madres moribundas
mientras al otro lado del mundo
seres que se llaman humanos lloran porque no pueden comprarse el nuevo bolso de Louis Vuitton.
Ya no queda esperanza
en este mundo vacío
donde la moral es una farsa
la esperanza una ilusión
el honor una parodia
y sólo somos átomos e impulsos eléctricos deslizándose por un universo vacío donde la ciencia asesina a la magia.
Y hay quien los llama mejores tiempos.

No para mí.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Mi poema favorito de Antonio Machado


Anoche, cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Di, ¿por qué, acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche, mientras dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón,
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas

blanca cera y dulce miel.

Anoche, mientras dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche, mientras dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

Antonio Machado (1875-1939)