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miércoles, 1 de febrero de 2012

Héroes olvidados (IV): Stanislav Petrov, el hombre que salvó el mundo

Si te cruzas con Stanislav Petrov, un amable jubilado que vive actualmente en Fryazino (Rusia), lo más seguro es que no le mires dos veces ni gires la cabeza para observarle, ya que su aspecto no tiene nada de particular. Si mencionas su nombre, incluso incluyendo su graduación militar de teniente coronel del ejército soviético, habrá pocos historiadores que lo sepan ubicar. Y sin embargo, este hombre, al que tan poca gente conoce, es el responsable de que en este mundo la vida a día de hoy continúe y no se haya convertido en un erial inerte y humeante, pasto de un infierno nuclear. Este hombre, hace casi 29 años, salvó el mundo.


El teniente coronel Stanislav Petrov en su juventud, vestido de militar


¿Y cómo ocurrió la cosa? Corría el año 1983, y pasaba apenas un cuarto de hora de la medianoche del 25 al 26 de Septiembre. El aquel entonces teniente coronel Petrov se encontraba en el interior del búnker Seprujov-15, centro del alto mando de la inteligencia militar soviética, desde donde se coordinaba la defensa aeroespacial rusa. Recordemos que estamos en plena Guerra Fría, y que las cosas estaban particularmente tensas en ese momento; hacía apenas tres semanas que la Unión Soviética había derribado un avión de pasajeros por violar su espacio aéreo, lo cual había resultado en la muerte de todos los que iban a bordo, varios de ellos estadounidenses y uno de ellos en concreto congresista de los EEUU. Las relaciones ya tirantes de por sí entre los EEUU y la URSS se encontraban en uno de los puntos más frágiles, y los soviéticos estaban en alerta ante un posible ataque nuclear por parte de los norteamericanos como represalia.
Esta era la situación cuando, a las 00:14 (hora de Moscú), saltó la alarma en el búnker donde se encontraba de guardia el teniente coronel Petrov: uno de los satélites dio la alarma de que un misil nuclear de los EEUU se dirigía hacia la URSS y su llegada (y explosión) estaba prevista en 20 minutos.
Es lógico imaginar el salto que debió pegar Petrov en el asiento al ver la alarma. Tras el sobresalto inicial, pensó que debía tratarse de un error, ya que nadie empieza un ataque nuclear con un sólo misil. Sin embargo, poco después las alarmas comenzaron a repetirse: otro misil más. Y otro, y otro... las alarmas aumentaron a cinco. Ahí fue cuando la duda comenzó a corroer a Stansilav Petrov; ¿debía hacer saltar la alarma? No parecía lógico que EEUU comenzara una guerra nuclear enviando sólo cinco misiles en lugar de los cientos que tendría que haber lanzado para dejar a la URSS incapacitada para responder al ataque. Sin embrago, el satélite señalaba que esos cinco misiles se seguían acercando. Si daba la alarma y todo era un error del satélite, probablemente provocaría una respuesta contundente por parte de la URSS que desembocaría en la muerte de millones de personas. Pero si no daba la alarma y el ataque era real, condenaría a la muerte a millones de sus propios compatriotas y se convertiría en un traidor. Menuda disyuntiva. ¿Daba o no daba la alarma? El tiempo seguía corriendo.

Según la lógica y el reglamento militar, Petrov debió haber delegado, haber dejado la decisión en manos de otros. Debió haber activado la alarma, informado a sus superiores y dejar que ellos decidieran. Pero existían grandes probabilidades de que su superior fuera un fanático, un alarmista o un cabeza cuadrada que estuviera deseando reventar los EEUU y sólo estuviera esperando la más mínima oportunidad de poder comenzar la guerra nuclear a gran escala que el mundo llevaba años temiendo. Petrov decidió responsabilizarse él mismo de la decisión, hizo caso a la intuición que le decía que todo era un error del satélite, y no activó la alerta.

Y, efectivamente, era un error del satélite. Los supuestos misiles eran en realidad reflejos del sol en nubes altas, cuyos destellos fueron erróneamente interpretados por el software del sistema de alerta como motores de misiles en funcionamiento. Evidentemente, hubo una investigación, ya que la incidencia quedó registrada y los superiores de Petrov iniciaron una investigación y pidieron al teniente coronel explicaciones acerca de por qué había desobedecido las órdenes y no había activado la alarma de contra ofensiva. La respuesta de Petrov fue que "nadie empieza una guerra nuclear con sólo cinco misiles".
Como, a pesar de haber desobedecido órdenes, era evidente que acababa de salvar Rusia y probablemente el mundo, Petrov no fue castigado. Se le acusó de una falta burocrática menor (completar formularios de manera incorrecta), pero se le miró con malos ojos por la insubordinación y se le dejó de considerar de fiar. Además, interesaba ocultar el incidente, que dejaba en ridículo al ejército soviético y ponía en evidencia el mal funcionamiento de su sistema de defensa. Stanislav Petrov fue asignado a puestos de responsabilidad menor y al cabo de unos meses se retiró voluntariamente manteniendo su rango.


Stanislav Petrov, en la actualidad


Este episodio pasó completamente desapercibido en su tiempo. Petrov, que nunca se consideró a sí mismo un héroe, recibió finalmente en 2004 un pequeño reconocimiento por su labor: recibió el Premio Anual al Ciudadano del Mundo, otorgado por una asociación estadounidense, consistente en 1.000 dólares americanos. Sí, mil. Mil dólares por salvar el mundo.

Ahora, me gustaría que mis lectores se tomasen un minuto para imaginar qué es lo que habría sucedido si, en lugar de Petrov, en el búnker hubiese habido esa noche otra persona (algo muy probable, puesto que esa tarea de vigilancia no era el cometido habitual de Stanislav y sólo estaba allí por casualidad... aunque yo más bien diría que le puso ahí la Providencia). ¿Hubiese reaccionado igual? ¿Y si hubiese sido un alarmista, o una persona con menos lógica? ¿Y si hubiese sido un fanático? ¿Y si hubiese sido un indeciso o un timorato que hubiese preferido lavarse las manos y dejar la patata caliente de la decisión en manos de sus superiores?
¿Y si se hubiese activado la alarma de la contraofensiva?
¿Qué quedaría del mundo ahora mismo?

miércoles, 4 de mayo de 2011

Héroes olvidados (III): Margaret More





Mi historia de amor con este personaje es harto curiosa: en un principio, estaba destinada a ser mi PJ en una partida de rol de Vampiro. Sin embargo, al ponerme a investigar sobre ella, descubrí que el momento de su muerte era demasiado temprano para que coincidiese la fecha del Abrazo con la antigüedad que yo debía tener en el momento de la partida, de modo que al final la convertimos en mi sire y yo fui una descendiente suya que llevaba su mismo nombre.
Sin embargo, anécdotas aparte, Margaret More Roper es un personaje histórico fascinante. Hija de Thomas More (más conocido como Tomás Moro en tierras españolas), fue la mujer más culta del siglo XVI, una erudita en tiempos en los que la buena formación académica estaba reservada sólo a los hombres.
Es tremendamente injusto que Margaret More no sea más conocida ni haya salido a la palestra como adalid del feminismo. Supongo que ha sido fundamentalmente por dos razones: la primera, que fue una mujer con profundas creencias cristianas (recordemos que su padre, Thomas More, fue canonizado como santo y mártir por la Iglesia Católica, ya que murió decapitado por haberse negado a reconocer a Enrique VIII como jefe de la Iglesia y haberse negado a dar su bendición a su divorcio de Catalina de Castilla para poderse casar con Ana Bolena). La segunda, porque fue una mujer que no tuvo que renunciar a su sexo ni a la vida familiar para crecer como persona, sino que fue esposa y madre. Supongo que eso rompería los esquemas de bastantes señoras que creerían en su momento que la fe y la vida familiar era incompatible con el auténtico feminismo, pues no hay otra explicación para que Margaret no sea, en este momento, uno de sus mayores exponentes.

Margaret More Roper (o Meg, como la llamaba cariñosamente su padre) nació en 1505. Era la hija mayor del matrimonio formado por Thomas More y su primera esposa, Jane Colt. A pesar de que tuvo tres hermanos más (Elizabeth, Cecilia y John), Margaret fue siempre la favorita de su padre, la más inteligente y fuerte y la más parecida a él en personalidad. Desde niña, su padre apreció en ella una aguda inteligencia y unas grandes ansias de aprender, por lo cual contrató a un latinista amigo suyo como preceptor para que le enseñara a leer, escribir y estudiar a los clásicos. Una educación, tengámoslo en cuenta, que por aquel entonces era inusual en una mujer. Tales conocimientos estaban reservados a los varones, ya que el papel de las mujeres era casarse, procrear y cuidar de la casa, con lo cual pocas cosas se les enseñaba aparte de a bordado, costura y buenos modales, y pocas cosas leían (si es que aprendían a leer) aparte de la Biblia.
El maestro de Margaret pronto quedó sorprendido por el intelecto de su discípula, que ya en la adolescencia mostraba un dominio del latín y el griego tan amplio como para ayudarle en sus traducciones profesionales. Cuando Thomas More supo del talento de su hija, se sintió orgulloso de ella, ya que él opinaba que si todas las almas son iguales a los ojos de Dios no había motivo para que fueran educadas de manera diferente, y tanto Margaret como sus hermanos, aparte de las consabidas clases de latín y griego, recibieron amplia formación en filosofía, teología y hasta medicina.
El resultado fue que Margaret, con sólo 19 años, tradujo íntegramente el Precatio Dominica de Erasmo de Rotterdam, con el cual llegó a mantener amistad y una abultada correspondencia. Erasmo, por su parte, no escatimaba elogios hacia Margaret, a la que llegó a calificar públicamente como "una elegante latinista" y a decir de ella que era "el orgullo de Inglaterra". Erasmo de Rotterdam tenía fama de ser un hombre algo huraño y severo, que no regalaba precisamente sus alabanzas, con lo cual que dijera semejantes cosas de una mujer habla mucho de la genialidad de Margaret, que pasó a la Historia como la primera humanista inglesa y la mujer más culta del siglo XVI. También mantuvo amplia correspondencia con Luis Vives. Escribió poemas, discursos y tratados, y participaba como una más en las veladas cultas que su padre organizaba en casa.
Margaret, además, tuvo la suerte de casar con un hombre tan abierto de miras como su padre que siguió alentando su formación. Se trataba de William Roper, un noble gran amigo de su padre con quien, al parecer, tuvo un matrimonio feliz, del cual nacieron cinco hijos.

Margaret se despide de su padre, Thomas More, antes de su ejecución

Margaret, sin duda, vivió los momentos más penosos de su vida cuando el rey Enrique VIII mandó ejecutar a su padre como traidor por haberse negado a abrazar el anglicanismo y a reconocerle como cabeza de la Iglesia. Thomas More era conocido (e idolatrado) por el pueblo inglés por su sabiduría y su piedad, y aunque Enrique debía de tenerle aprecio, ya que Thomas había sido su mentor en la juventud, era consciente de que su prestigio como cabeza de la nueva Iglesia quedaría mermado si no se atrevía a actuar contra Thomas. Así pues, More fue ajusticiado en la Torre del Terror, a pesar de las protestas del pueblo, que lo lloró como a un mártir. Margaret fue la última en visitarle antes de la ejecución, con quien mantuvo abundante correspondencia durantes los días que duró su encierro.
Tras la muerte de Thomas, su cabeza fue expuesta en el London Bridge durante un mes. Pasado ese tiempo, debería haberse arrojado al Támesis, pero Margaret, valientemente, consiguió encontrarse en secreto con el hombre encargado de dicha tarea, y, gracias a un fuerte soborno, pudo recuperar la cabeza de su padre y darle un entierro digno. Hay que tener en cuenta el gran riesgo que entrañaba este acto de rebeldía para ella si Enrique VIII se hubiese enterado del asunto, ya que toda la familia Rope, al igual que el resto de hijos de los More, estaba bajo sospecha. Thomas no fue el único en morir; el esposo de su hija Cecilia fue arrestado y ejecutado sin juicio previo, y William Roper, esposo de Margaret, llegó a estar en prisión durante una temporada, aunque finalmente fue liberado.

Margaret no fue una revolucionaria, ni tampoco una guerrera. Fue el mejor ejemplo de otro tipo de valor, menos llamativo, pero no por ello menos auténtico: aquel que muestran quienes se mantienen fieles a sus creencias y a sus principios por encima de todo. Margaret sabía que el mejor tributo que podía rendirle a su padre era mantenerse firme en su fe, sus creencias y su forma de ver el mundo. Dio a todos sus hijos la misma educación esmerada que había recibido ella (de los cuales destacó por su erudición su hija Mary). Fue una mujer inteligente, culta y humanista, adelantada a su época, que consiguió tanto asombrar con su sabiduría a los más grandes pensadores de la época como mantener su hogar y la dignidad de su familia a flote incluso en los momentos mas difíciles. Fue, en definitiva, la prueba de que ser una mujer moderna y feminista no es incompatible con ser una buena cristiana, esposa y madre (recordemos que una de las mayores críticas a las que tuvieron que hacer frente las feministas fue que ocuparse de estudios y asuntos masculinos las convertían en malas cristianas o incapaces o indignas de mantener una familia; Margaret fue uno de los más sólidos argumentos que podía ofrecerse a tales detractores para mostrarles que se equivocaban). Fue, en definitiva, una heroína, aunque sus armas fuesen los libros y la cultura en lugar del escudo y la espada. Y como tal debe ser recordada.
Murió en 1544, a la edad de 39 años.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Gracias

Esta entrada va dedicada muy especialmente al sargento Jesús Higueras, al guardia real Otero, al capitán Juan Martínez, y a todos los demás militares que he tenido el gusto de conocer (y a los que, en algunos casos, me une la amistad). Es ya tarde por la noche mientras la escribo, pero a pesar de ello necesito escribirla ahora, cuando aun tengo frescas y vivas las palabras en mi mente y en mi corazón, antes de que una noche de sueño pueda alejar la inspiración y entibiar los sentimientos.

Os quiero dar las gracias. A todos los militares españoles, pero en especial a vosotros. Porque os conozco, porque he hablado con vosotros, porque me habéis regalado vuestro tiempo y en ocasiones vuestra amistad, y porque, en definitiva, sois para mí la personificación de esos miles y miles de profesionales como vosotros a los que no tengo el gusto de conocer.

Tal vez llegue el día (espero que no, al menos mientras yo viva, pero nunca se sabe) en el que todos los españoles os tengan que dar las gracias, porque seamos atacados por otra nación y tengáis que ser vosotros quienes nos defendáis de ella. Tal vez llegue el día en el que todos esos que sólo se acuerdan de vosotros para llamaros "fachas" se vuelvan agradecidos al ser conscientes de que os deben su libertad y su vida después de que una guerra nos azote. Pero yo quiero hacerlo ahora. Ahora, que estamos en paz y ninguna amenaza próxima se cierne sobre nosotros. Ahora, que es cuando os encontráis injustamente olvidados y ninguneados por la mayor parte de la sociedad.

Gracias por estar ahí. Gracias por haber elegido como profesión el velar por todos nosotros. Gracias por seguir haciendo vuestro trabajo, día tras día, a pesar de tener la carga de un Gobierno inepto y una sociedad desagradecida.

Gracias por las guardias que os coméis. Gracias por el frío, el calor y el cansancio que sufrís. Gracias por los días de calabozo que os tocaron por culpa de algún superior tocapelotas. Gracias por las horas y los días de maniobras. Gracias por las semanas y los meses alejados de seres queridos. Gracias por el trago amargo de aprender a la fuerza la disciplina, el aguante y las técnicas de combate y supervivencia.

Gracias por la misiones en Kosovo, en Bosnia, en Líbano y en Afganistán. Y en todos los demás sitios donde se os reclama. Gracias por las horas de incertidumbre, de miedo y de tensión. Gracias por vivir, luchar y morir por valores tan poco en boga hoy en día como el honor, el valor, la lealtad y el patriotismo. Y por valores tan en boga como la libertad, la democracia, la paz y la solidaridad.

Gracias por cuidar de nosotros, los civiles. Gracias por cada gesto amable, cada sonrisa, cada vez que os habéis parado a charlar con nosotros, a explicarnos cómo es vuestra vida y como la vivís. Gracias por cada muestra de acercamiento, de confraternización, de humanidad a pesar de la distancia del uniforme.

Y, sobre todo, gracias por estar dispuestos a todo. Gracias por dar vuestra vida y vuestro tiempo por los españoles, aunque no nos conozcáis, aunque os sepáis despreciados por muchos de ellos por culpa de los prejuicios, la ignorancia y la demagogia. Gracias por cada gota de sangre, de sudor y por cada lágrima. Gracias a los que han muerto por nosotros, y a los que están dispuestos a hacerlo si el deber así lo reclama.

A todos vosotros, hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas, ¡¡¡GRACIAS!!!

Con cariño:

Ana, una civil aficionada a la Historia que nunca olvida el importante papel, no siempre malo, que tenéis en ella :-)

martes, 17 de noviembre de 2009

Héroes olvidados (II): Santa Tamar, la reina guerrera

A veces, aún en épocas de machismo exacerbado como la Alta Edad Media, la Historia nos proporciona ejemplos de mujeres inteligente y valientes que demuestran que son capaces de gobernar, guerrerar y vivir igual o mejor que los hombres. Es el caso de una figura histórica muy reverenciada en los países ortodoxos del este de Europa, pero poco conocida en el sur y el occidente: la reina Tamar de Georgia, una de las pocas santas laicas que hay (y además casada, independiente y guerrera, para mayor gloria). A los que habéis leído Canción de hielo y fuego, seguramente os recordará un poco, por su personalidad, a Daenerys Targaryen (al menos a mí me la recuerda).

Tamar de Georgia, Por la gracia de Dios, Rey de Reyes, Reina de las Reinas de los abjacios, armenios, kakhetios y kartalios, Autocráta de todo el Este y el Oeste, Gloria del Mundo y de la Fe, Campeona del Señor


Tamar, de la Casa Real de los Bagrationi, nació en 1159. En pleno siglo XII, vamos, cuando por lo común las mujeres no eran más que objetos que servían para procear niños, dar placer a sus maridos y servir de floreros en sus casas. Se nota, en cualquier caso, la influencia bizantina en su país y su estirpe, ya que sin duda lo habría tenido mucho más difícil de haber nacido en Europa occidental.
Hija del rey Jorge III de Georgia, desde muy pequeña fue educada en las artes del gobierno y la guerra, igual que si fuera un hombre, ya que estaba destinada a reinar a la muerte de su padre. Desde muy joven destacó por su belleza, astucia, valor e inteligencia, siendo también una joven piadosa, austera y disciplinada, dueña de una férrea voluntad. El rey estaba tan orgulloso de su hija, que la nombró co-regente a los 19 años.

En 1184, Jorge III murió y su hija ascendió al trono, siendo coronada por el arzobispo de Kutaisi. Su familia le había elegido como esposo a Yuri Boboliusky, hijo del Príncipe de Kiev. El joven era guapo, pendenciero y bastante machista (al uso de la época), de modo que despreciaba a su esposa y pasaba el tiempo emborrachándose y organizando orgías. Despreciaba a Tamar como mujer y pocas veces acudía a su lecho, pero después le recriminaba que no se quedaba embarazada porque era "demasiado mayor" (tenía 25 años cuando se casó con él), y seguramente eso la hacía infértil.

Tamar, mujer orgullosa que no estaba dispuesta a tolerar semejantes desmanes, consiguió que se anulara el matrimonio tras acusarle de adicción al alcohol y sodomía. Acto seguido, lo envió a Constatinopla y escogió un nuevo esposo, esta vez elegido por ella: David Sosland, un príncipe osetio. Cuando Yuri supo esto, se sintió ultrajado y trató de compincharse con los nobles que estaban en contra de Tamar para derrocarla y hacerse con el trono (una de las principales razones que ostentaban como excusa, por supuesto, es que era mujer y por ello no estaba capacitada para el gobierno). Pero Tamar, que además de gobernante era una buena guerrera, sofocó las rebeliones, capturó a Yuri y lo exilió permanentemente del reino bajo pena de muerte si osaba regresar. Por lo que se sabe, Yuri terminó sus días en Bizancio, sin pena ni gloria, haciendo lo que mejor sabía hacer: emborracharse y participar en orgías.

Tamar gobernó el reino con mano firme junto a David, con el cual tuvo dos hijos: Gregorio y Rusudani (lo cual demuestra, además, que no era infértil como Yuri decía). Consiguió aplacar a los nobles que murmuraban contra ella otorgándoles honrosos títulos
como gobernadores de provincias, y se dedicó a hacer una política de conquista y expansión. En multitud de ocasiones, Tamar demostró su valor y habilidad en combate, cabalgando a la guerra al frente de sus tropas en diversas ocasiones. Hacia el año 1190, la reina comenzó a intervenir en los gobiernos limítrofes, consiguiendo una victoria total contra los ejércitos del Atabeg de Azerbaiyán, Abu Bakar. En 1199, el ejército georgiano de los hermanos Mkhargrdzeli, sojuzgó a los musulmanes armenios. Alarmado por estos éxitos georgianos, Suleimán II, Sultán de Rumi, coaligado con varios Emires vasallos, atacó Georgia. Ante este ataque, Tamar cabalgó junto a su esposo comandando el ejército que derrotó a Suleimán II en la batalla de Basiani. Más tarde, cuando Bizancio fue atacada 1204 por medio de la infame Cuarta Cruzada, Tamar mandó tropas a Trebizond y Kerasund en apoyo de su pariente, el emperador Alejo III Angelo. En 1209 el emir de Ardabil atacó Georgia, matando a 12.000 georgianos y llevándose de escalvos a muchos más. Un año más tarde, Tamar contraatacó, matando al propio emir y a más de 12.000 musulmanes súbditos suyos como venganza por lo sucedido con los georgianos.
Además de ser una reina guerrera, también fue una mujer piadosa, protectora de la cristiandad, y auspició y mantuvo iglesias y monasterios de lugares tan lejanos como Egipto y Chipre. Era respetada y querida por su pueblo. Bajo su mandado, Georgia se convirtió en un imperio rico, culto y poderoso, lo que se conoce como la Edad de Oro del Imperio Georgiano.
Tamar murió en 1213, siendo sepultada en Gelati, en el panteón familiar de los Bargationi. A pesar de que dejó un imperio sólido y poderoso, su hija la reina Rusudani no pudo evitar la invasión mogola de Gengis-Khan, al cual tuvo que rendir tributo con oro y apoyo militar para que no arrasara Georgia.
La reina Tamar, que fue proclamada en vida Campeona de la Cristiandad, fue canonizada por la Iglesia Ortodoxa, celebrándose su onomástica el día 14 de Mayo.
Aunque la Iglesia proclama como sus principales virtudes "la humildad, mansedumbre, sabiduría, religiosidad, amor al prójimo y belleza", en realidad sólo las cuatro últimas pueden serle adjudicadas en justicia, puesto que Tamar, a la vista de lo que la Historia nos muestra, de humilde y mansa tenía más bien poco. Sin embargo, esto no debe considerarse una falta de virtud, puesto que sin su ambición, orgullo y valor nunca habría sido capaz de conseguir la expansión y la gloria que consiguió para su reino y para toda la cristiandad.

miércoles, 1 de abril de 2009

Héroes olvidados: Blas de Lezo y la derrota de la Armada Invencible inglesa

Me gustaría inaugurar el recién llegado mes de Abril (¡el mes de mi cumpleaños! ^^) con una entrada histórica.
A estas alturas, todo el mundo conoce la historia de la Armada Invencible española. Una flota de 137 barcos que, debido a las malas condiciones climatológicas y la mala organización, acabó fracasando estrepitosamente en su batalla naval contra la flota inglesa (que para más inri contaba con más de 200 barcos, siendo superior en número a la española aún cuando estaba intacta). La conocemos de sobra, no sólo por nuestras propias clases de Historia, sino por la cantidad de veces que los propios ingleses se han encargado de airearlo como un glorioso triunfo y restregárnoslo por la cara.
Lo que poca gente sabe es que los ingleses, en el siglo XVIII, tuvieron su propia versión de la Armada Invencible contra España, que fracasó de forma mucho más vergonzosa y estrepitosa. ¿Ah, no lo sabíais? Pues dejadme que os cuente la historia, que es interesante.

En el año 1739, Inglaterra decidió hacerle la guerra a España a causa de la rivalidad comercial que tenía con ella, y el objetivo que se fijó fue tomar la ciudad de Cartagena de Indias (actualmente, la ciudad colombiana de Cartagena). Eligieron ese objetivo porque en dicha ciudad se guardaba en Tesoro Real, que planeaban rapiñar.
Dos años más tarde, en 1741, Inglaterra envió al mando del almirante Vernon una flota compuesta por 186 barcos y 30000 hombres (bastante superior, como puede verse, a la Armada Invencible española, y de hecho nunca una flota tan grande volvió a atacar unida un mismo punto hasta el Desembarco de Normandía). En Cartagena de Indias, los españoles, para defenderse, contaban sólo con 3000 soldados y 6 naves. Chungo, ¿eh? Estaban en una proporción de 10 a 1 a favor de los ingleses y sólo tenían 6 naves de mierda frente a la inmensa flota de casi 200 naves inglesas. Lo normal es que Cartagena de Indias hubiera sido tomada a una velocidad fulminante por los ingleses, ¿verdad?
Pues no.
Resulta que al mando de la guarnición de Cartagena de Indias estaba el almirante Blas de Lezo, nacido en una familia marinera de un pueblo de Guipúzcoa y veterano de la marina española, al que muchos apodaban Patapalo o Mediohombre, ya que había perdido en batalla una pierna, un brazo y un ojo). Cuando los ingleses llegaron, Vernon cañoneó la primera fortaleza que defendía el puerto, San Luis de Bocachica, durante dieciséis días. Bocachica estaba defendida por 500 hombres que finalmente tuvieron que replegarse ante la superioridad ofensiva. Tras esta fortaleza solo quedaba la Fortaleza de Bocanegra como entrada a la bahía. A pesar de que Blas de Lezo trató de bloquearla a costa de la destrucción de algunos barcos, no pudo detener el avance de los ingleses y tuvieron que abandonar la fortaleza para replegarse.
Tras esto Vernon entró triunfante en la bahía y a su vez, todos los defensores españoles se atrincheraron en la fortaleza de San Felipe de Barajas, que defendía la ciudad. Vernon, creyendo que la victoria era cuestión de tiempo, despachó un correo a Inglaterra dando la noticia de la victoria. A continuación ordenó un incesante cañoneo al castillo de San Felipe por mar y tierra para ablandar a las fuerzas guarnecidas en la fortaleza. En ella solo quedaba 600 hombres bajo el mando de Lezo y Dex Naus (líder de la guarnición de Bocanegra).
Entonces, a Vernon se le ocurrió la idea de rodear la fortaleza y así atacarla por la retaguardia. Pero para eso no había más huevos que adentrarse en la selva, lo que provocó que muchos ingleses contrajeran la malaria y murieran a cientos. Sin embargo, al final los chicos de Vernon llegaron a las puertas de la fortaleza y este ordenó atacar con infantería. Pero da la casualidad de que aquí entró lo que yo llamo "factor Termópilas": la entrada a la fortaleza era una estrecha rampa que de Lezo rápidamente mandó taponar con trescientos hombres armados con tan sólo armas blancas. Lograron contener el ataque y causaron 1500 bajas a los asaltantes.
Naturalmente, después de ser rechazados de esa manera, la moral de los ingleses, que ya se veían saqueando Cartagena, bajó considerablemente. Y la cosa aún fue a peor a causa de la cantidad de muertes que empezó a haber entre ellos por enfermedades tropicales (malaria, disentería, escorbuto... ya os imagináis). Vernon se puso muy nervioso en aquel momento ya que la resistencia a ultranza de los españoles superaba con creces sus expectativas, pero finalmente decidieron entrar construyendo escalas y subiendo por el muro.
Pero ahí, Vernon tuvo otro problema: el avance de sus huestes era lento debido al gran peso de artillería que transportaban , y además estaban expuestos en una gran explanada cuesta arriba mientras avanzaban, con lo cual los españoles podían dispararles cómodamente desde las trincheras, tras la muralla de la fortaleza, causando muchas bajas. Y, encima, cuando finalmente los ingleses lograron alcanzar las murallas, se dieron cuenta de que habían hecho las escalas demasiado cortas como para cruzar también el foso.
(Hace falta ser idiota, ¿eh? Se me ocurre que la cosa debió ser tal que así:
Almirante Vernon: ¡Fucking spanish! ¡No hay manera de tomar el fuerte!
Sargento Perkins: ¡Señor, señor! ¿Qué le parece si escalamos el muro con escalas de cuerda?
Almirante Vernon: ¡Buena idea, Perkins! Le asciendo a sargento.
Sargento Perkins: Eh... ya soy sargento, señor O_o
Días más tarde...
Almirante Vernon: ¡Perkins, eres un inútil! ¡Has hecho las escalas demasiado cortas! ¡Te degrado a sargento!
Sargento Perkins: Sí, señor... ¬¬UU)
Así que ahí se quedaron los ingleses, con cara de gilipollas, desprotegidos y sin saber qué hacer mientras los españoles seguían disparándole desde las trincheras y causando una masacre. Y entonces, al ver que los enemigos vacilaban y su moral caía, Blas de Lezo dio un golpe maestro: ordenó abrir las puertas de la ciudad y que todos los que fueran capaces de empuñar un arma salieran en plan berserker. Así se hizo, y los españoles cargaron contra los ingleses bayoneta en mano con el propio Blas de Lezo a la cabeza al grito de: "¡Al degüello!". Algunos españoles (entre ellos el propio de Lezo) fueron gravemente heridos en la carga, pero se llevaron por delante a muchos ingleses, y los que quedaron huyeron despavoridos.
Vernon, furioso y desesperado, se retiró a los barcos y ordenó durante treinta días más un continuo cañoneo contra la fortaleza, pero fue inútil; los muros resistieron y los ingleses no dejaban de caer como moscas a causa de las enfermedades tropicales y la falta de provisiones (ya que no habían venido pertechados para un asedio sino para un ataque fulminante). Finalmente el Alto Mando inglés ordena la retirada, habiendo perdido 10000 hombres y 50 barcos (algunos de ellos tuvieron que ser quemados por los propios ingleses dado que habían perdido a tanta gente que no quedaban hombres para tripularlos de vuelta a Inglaterra).
Los españoles, que salieron victoriosos, sólo perdieron 800 hombres y 3 naves. Desgraciadamente, entre las 800 bajas se contaba al valiente y sagaz almirante Blas de Lezo, que no se recuperó de las heridas sufridas en la carga.

Este vergonzoso episodio (para los ingleses, claro) se ha silenciado durante siglos en Inglaterra. Fijáos si la arrogancia inglesa llegaba a tal punto, que antes de mandar la flota a la batalla ya habían mandado imprimir monedas conmemorativas con imágenes de Blas de Lezo (totalmente entero y con todos sus miembros en el sitio, por cierto) rindiendo la ciudad a los ingleses y la inscripción: "El orgullo español humillado por Vernon". Las monedas fueron destruidas, los artesanos que las fabricaron perdieron el favor real, y el rey Jorge II, abochornado, prohibió a sus cronistas mencionar el suceso.
Y ahora viene la cuestión principal: es comprensible que lo ingleses ignoraran este suceso, ya que les dejó a la altura del betún, pero, ¿y los españoles? ¿Por qué hoy en día en los colegios no se habla del almirante Blas de Lezo, un héroe español comparable al almirante Nelson de los ingleses? ¿Cómo es posible que todo el mundo conozca a Nelson y de Lezo sea un desconocido? La respuesta fácil sería decir que porque era vasco, ya que a los intereses partidistas de este país de mierda no les interesa demasiado que se sepa que hace trescientos años los vascos se consideraban españoles y eran profundamente patriotas, como todos los demás en aquella época, lo cual significa que las ínfulas independentistas del PNV, la ETA y sus colegas no son más que un montón de mierda de la que el almirante de Lezo, el mayor héroe vasco y español, se avergonzaría si pudiera contemplarla.
Pero la cosa me parece que va más allá, porque ni siquiera en los libros de Historia de las épocas franquista y las anteriores se hablaba demasiado de Blas de Lezo. Así que sólo se me ocurre una respuesta: que los españoles somos una panda de imbéciles desagradecidos sin más memoria histórica que la que se usa para acordarse de la Guerra Civil, que babeamos frente a héroes extranjeros e ignoramos a los que tenemos en casa. Es una vergüenza y una infamia para la memoria de este grandísimo almirante que sus compatriotas no le rindan la memoria y los honores que le deben.
Así que, aparte de dar a conocer su historia en este humilde blog, querría hacer algo más. Os animo a todos a que firméis en la campaña para que Blas de Lezo tenga una calle en Madrid (increíble que haya calles con su nombre en Valencia, Málaga y San Sebastián, y no se hayan dignado a honrarle con una en la capital del país). A ver si entre todos conseguimos que la memoria de este héroe sea respetada como se merece.