Pues eso. Que falta justo una semana para mi boda. Dentro de siete días, si todo va bien, estaré en casa de mi madre, peinada, maquillada y vestida de blanco, esperando al fotógrafo para que empiece a montar la paraeta. A las seis saldré de casa, y a las seis y media estaré caminando por el pasillo de la iglesia para encontrarme con mi prometido.
¿Y cómo me siento? Pues bastante tranquila, la verdad. Muy expectante, eso sí. Tengo ganas de que todo ocurra de una vez y poder dejar de hacer preparativos y revolotear de una tienda a otra. Porque organizar una boda es algo bonito y divertido, sí, pero también un poco coñazo en ocasiones. Que si los anillos, que si las arras, que si los zapatos, el pelo, el maquillaje, el vestido, las invitaciones, la iglesia, la música, el catering... parece mentira que algo tan sencillo como un matrimonio lleve tanto trabajo. Sí, ya sé que en teoría te puedes casar en el juzgado, con dos testigos y en chancletas, pero yo siempre he tenido la ilusión de hacerlo a la manera tradicional: del blanco, por la iglesia, con muchos invitados y una gran fiesta. Sólo quiero casarme una vez en la vida, y ya que el momento (espero) no se volverá a repetir, quiero que sea lo más espléndido posible. Aunque haya veces que mire la agenda y piense con un gruñido que hubiese sido mucho mejor casarme en el juzgado y con vaqueros y camiseta.
Muchos me preguntan por qué me caso. ¿Por formalizar la situación? ¿Por unirnos ante los ojos de Dios? ¿Por dar un paso más en la relación? ¿Por celebrar nuestra unión con la familia y los amigos? Pues no, la verdad es que en mi caso no es por nada de eso. O, si hay algo de eso, es sólo una ínfima parte. La verdadera, la principal razón por la que me voy a casar, es porque amo a mi novio y quiero unirme a él de todas las maneras posibles: físicas, espirituales, divinas y humanas. Quiero ser suya, y quiero que sea mío, quiero que estemos juntos eternamente, y si pudiese casarme por los ritos judío, budista, hindú, élfico y wiccano, también lo haría (por el musulmán no, porque desprecio profundamente la cultura musulmana en lo que al matrimonio se refiere). Me caso por amor, simple y llanamente. No hace falta buscar otro motivo.
Lo único que lamento es que, por presiones externas (básicamente para que mi familia y la suya no huyeran despavoridos o se sintieran incómodos) no he podido hacer la boda que yo quería, que era una boda medieval, con rito religioso en una ermita o algo así, trajes medievales y banquete medieval en medio del campo o en un antiguo castillo. ¡Cuánto me hubiera gustado poder hacer una ceremonia así, realizando de nuevo, antes del banquete, entre mis amigos, el rito de matrimonio élfico de la Tierra Media! Pero, aunque no vaya a ser la celebración perfecta, sí va a ser una celebración muy bonita, en la que nos hemos esforzado mucho porque todo salga bien, y entre dos personas que se quieren mucho, que es lo más importante.
No sé cuando podré postear las fotos de mi boda, porque después de casarnos nos iremos de luna de miel varios días e ignoro cuándo podré volver a tener un rato con el ordenador. Sea como sea, antes de que empiece esta última semana de soltería, quería dejar aquí constancia de mis sentimientos, para poder recordarlos cuando, en el futuro, esté casada y relea estas páginas. Así, podré recordar lo emocionada y feliz que me siento al haber encontrado, por fin, al hombre con el cual compartiré el resto de mis días mortales y al cual espero estar unida por el resto de la eternidad.
Los edificios arden, las personas mueren, pero el amor verdadero es para siempre.
sábado, 24 de julio de 2010
lunes, 19 de julio de 2010
Así es la guerra
Conozco ya a dos autoras, Trudi Canavan y J.K.Rowling, que tienen mucho en común. No sólo es que las dos hayan escrito libros de fantasía sobre un aprendiz de mago en una escuela creada para tal fin, no sólo es que las dos sean mujeres, las dos tengan personajes gays en sus libros, y que las dos sean unas estreñidas emocionales a la hora de describir sentimientos en general y escenas románticas en particular (cuando las hay, que hay bien pocas). Las dos tienen algo más en común: ambas han creado un personaje masculino, misterioso, atractivo, aparentemente malvado pero en realidad bueno, con un pasado atormentado y una personalidad arrolladora, de esos que penetran en el corazón del lector y ya no lo sueltan. Y las dos han decidido acabar con el personaje sin un motivo sólido en la trama que lo justifique.
Cuando los lectores les preguntaron el por qué de esta decisión, las dos contestaron exactamente lo mismo: "Las guerras son crueles y dolorosas, y en ellas mueren buenas personas. La muerte no distingue al llevarse a una persona si esta lo merece o no".
A esto, yo le podría responder a ambas lo que le dijo Annie Wilkes a Paul Sheldon en la novela Misery de Stephen King, cuando Paul intenta explicar a Annie por qué ha matado a Misery, el personaje favorito de Annie de las novelas que Paul escribe: "Dios nos lleva cuando le parece que ya es hora y un escritor es como Dios con los personajes de un relato, los crea como Dios a nosotros, y nadie puede pedirle cuentas. De acuerdo, está bien; pero en lo que a Misery respecta, voy a decirle una cosa, asqueroso pajarraco: da la casualidad de que Dios tiene las piernas rotas y está en mi casa comiéndose mi comida".
En resumen: que me jode bastante pagar por un libro, gastar mi tiempo en leerlo, conocer a los personajes y sufrir por ellos, para luego descubrir que la señora escritora se ha cargado a mi favorito; no por necesidades de la trama ni coherencia de la historia, sino porque sí, porque le ha dado la gana. Porque la vida es injusta, y la muerte aleatoria. Con dos cojones (o dos ovarios, en este caso).
Supongo que de aquí pasamos al viejo debate sobre si la literatura debe ser evasiva o realista, ayudarnos a escapar de la realidad o imitarla. En lo que a mí respecta, no tengo dudas: prefiero la literatura evasiva. Si quiero realismo, no tengo más que vivir mi propia vida, o ver las noticias. Los telediarios están llenos de historias tristes acerca de personas que no merecían morir y lo hicieron de la forma más cruel e injusta. Si, amargada por esas historia y tratando de animarme, abro un libro de fantasía y me encuentro con lo mismo, ese libro de fantasía no me está sirviendo para nada, porque no me hace relajarme y disfrutar, sino seguir sufriendo.
Entiendo que haya gente que prefiera la literatura imitativa de la realidad, y en ese caso le deseo que disfrute muchísimo con ese tipo de historias, pero no es lo que yo busco. No es lo que yo necesito.
Ya habrá alguien queriéndome acusar de cobarde y de escapista. A estas personas les podría responder que el maestro J.R.R.Tolkien distinguía entre dos tipos de escapismo: la fuga del prisionero y la huida del desertor. Mientras que el desertor es el cobarde que, para no hacer frente a su vida y a sus problemas, se refugia en un mundo imaginario del que no quiere salir, el prisionero es el que para escapar de la cárcel del mundo real y de los sinsabores que este trae consigo, busca unas horas de evasión en un mundo mejor para regresar al real con energías renovadas, listo para enfrentarse a sus problemas y tratar de convertir ese mundo real, tan imperfecto, en algo un poquito mejor, un poquito más parecido al mundo ideal imaginario que le da fuerzas.
En mi caso, se trata de la fuga del prisionero. Tengo perfecto derecho a querer viajar, aunque sea con mi imaginación, a mundos más felices donde las buenas personas no mueren injustamente porque sí. Y déjenme que les diga una cosa, señoras Canavan y Rowling, sé perfectamente lo que es una guerra, y lo que ocurre en ellas. Y, si quiero que alguien me cunete lo que es una guerra, leeré una novela histórica o un ensayo. Leeré, por ejemplo, El soldado olvidado de Guy Sajer, o La infantería al ataque de Erwin Rommel, o La caída de Constantinopla de Sir Steven Runciman, que desde sus páginas relatan, con un estilo impecable y un realismo desgarrador, historias sobre lo que es la guerra realmente y lo injusta que siempre suele resultar.
Ya sé lo que es una maldita guerra, no necesito que nadie me lo explique. Lo que sí que necesito al abrir un libro es conocer mundos nuevos, enamorarme de los personajes que los habitan, y cerrarlo con la feliz satisfacción de que los malvados han recibido su castigo y los buenos su recompensa, que todo es como debería de ser. Es eso lo que me da fuerzas para volver a la realidad y enfrentarme, un día más, a este mundo ruin y mezquino en el que nada ni nadie te garantiza un final feliz, al menos en esta vida.
Trudi Canavan y J.K.Rowling se me asemejan dos cínicas y crueles carceleras que, prisionera yo, fingen abrirme la puerta de la celda y me señalan los campos bajo el sol que hay al otro lado, donde podría ser libre. Me hacen señas de que corra hacia allá, que por unas horas tengo permiso para salir de la cárcel... y en el último momento me cierran la puerta en las narices haciendo que me golpee de forma dolorosa. Y, mientras me froto la zona dolorida y las miro con odio lamentando haber comprado sus falsas esperanzas con mi dinero, ellas sonríen entre burlonas y condescendientes y me dicen: "Sólo lo hemos hecho para que nunca te engañes creyendo que la libertad es posible. Jamás debes olvidar que siempre serás una prisionera".
Cuando los lectores les preguntaron el por qué de esta decisión, las dos contestaron exactamente lo mismo: "Las guerras son crueles y dolorosas, y en ellas mueren buenas personas. La muerte no distingue al llevarse a una persona si esta lo merece o no".
A esto, yo le podría responder a ambas lo que le dijo Annie Wilkes a Paul Sheldon en la novela Misery de Stephen King, cuando Paul intenta explicar a Annie por qué ha matado a Misery, el personaje favorito de Annie de las novelas que Paul escribe: "Dios nos lleva cuando le parece que ya es hora y un escritor es como Dios con los personajes de un relato, los crea como Dios a nosotros, y nadie puede pedirle cuentas. De acuerdo, está bien; pero en lo que a Misery respecta, voy a decirle una cosa, asqueroso pajarraco: da la casualidad de que Dios tiene las piernas rotas y está en mi casa comiéndose mi comida".
En resumen: que me jode bastante pagar por un libro, gastar mi tiempo en leerlo, conocer a los personajes y sufrir por ellos, para luego descubrir que la señora escritora se ha cargado a mi favorito; no por necesidades de la trama ni coherencia de la historia, sino porque sí, porque le ha dado la gana. Porque la vida es injusta, y la muerte aleatoria. Con dos cojones (o dos ovarios, en este caso).
Supongo que de aquí pasamos al viejo debate sobre si la literatura debe ser evasiva o realista, ayudarnos a escapar de la realidad o imitarla. En lo que a mí respecta, no tengo dudas: prefiero la literatura evasiva. Si quiero realismo, no tengo más que vivir mi propia vida, o ver las noticias. Los telediarios están llenos de historias tristes acerca de personas que no merecían morir y lo hicieron de la forma más cruel e injusta. Si, amargada por esas historia y tratando de animarme, abro un libro de fantasía y me encuentro con lo mismo, ese libro de fantasía no me está sirviendo para nada, porque no me hace relajarme y disfrutar, sino seguir sufriendo.
Entiendo que haya gente que prefiera la literatura imitativa de la realidad, y en ese caso le deseo que disfrute muchísimo con ese tipo de historias, pero no es lo que yo busco. No es lo que yo necesito.
Ya habrá alguien queriéndome acusar de cobarde y de escapista. A estas personas les podría responder que el maestro J.R.R.Tolkien distinguía entre dos tipos de escapismo: la fuga del prisionero y la huida del desertor. Mientras que el desertor es el cobarde que, para no hacer frente a su vida y a sus problemas, se refugia en un mundo imaginario del que no quiere salir, el prisionero es el que para escapar de la cárcel del mundo real y de los sinsabores que este trae consigo, busca unas horas de evasión en un mundo mejor para regresar al real con energías renovadas, listo para enfrentarse a sus problemas y tratar de convertir ese mundo real, tan imperfecto, en algo un poquito mejor, un poquito más parecido al mundo ideal imaginario que le da fuerzas.
En mi caso, se trata de la fuga del prisionero. Tengo perfecto derecho a querer viajar, aunque sea con mi imaginación, a mundos más felices donde las buenas personas no mueren injustamente porque sí. Y déjenme que les diga una cosa, señoras Canavan y Rowling, sé perfectamente lo que es una guerra, y lo que ocurre en ellas. Y, si quiero que alguien me cunete lo que es una guerra, leeré una novela histórica o un ensayo. Leeré, por ejemplo, El soldado olvidado de Guy Sajer, o La infantería al ataque de Erwin Rommel, o La caída de Constantinopla de Sir Steven Runciman, que desde sus páginas relatan, con un estilo impecable y un realismo desgarrador, historias sobre lo que es la guerra realmente y lo injusta que siempre suele resultar.
Ya sé lo que es una maldita guerra, no necesito que nadie me lo explique. Lo que sí que necesito al abrir un libro es conocer mundos nuevos, enamorarme de los personajes que los habitan, y cerrarlo con la feliz satisfacción de que los malvados han recibido su castigo y los buenos su recompensa, que todo es como debería de ser. Es eso lo que me da fuerzas para volver a la realidad y enfrentarme, un día más, a este mundo ruin y mezquino en el que nada ni nadie te garantiza un final feliz, al menos en esta vida.
Trudi Canavan y J.K.Rowling se me asemejan dos cínicas y crueles carceleras que, prisionera yo, fingen abrirme la puerta de la celda y me señalan los campos bajo el sol que hay al otro lado, donde podría ser libre. Me hacen señas de que corra hacia allá, que por unas horas tengo permiso para salir de la cárcel... y en el último momento me cierran la puerta en las narices haciendo que me golpee de forma dolorosa. Y, mientras me froto la zona dolorida y las miro con odio lamentando haber comprado sus falsas esperanzas con mi dinero, ellas sonríen entre burlonas y condescendientes y me dicen: "Sólo lo hemos hecho para que nunca te engañes creyendo que la libertad es posible. Jamás debes olvidar que siempre serás una prisionera".
martes, 13 de julio de 2010
La paella valenciana: manual de uso y disfrute
Como valenciana, llevo ya tiempo dándole vueltas a la idea de hacer una entrada explicando cómo hacer una buena paella. Y, dado que tengo en este momento una cociéndose en el fuego, he pensado que no es mal momento para escribir acerca de ella.
En primer lugar, os hablaré de algunas cosas que me parecen fundamentales acerca de este plato tan típico de mi tierra. Luego, escribiré la receta. Y, al final, pondré mis trucos personales, que a su vez están aprendidos de mi abuela, la mejor paellera que ha habido nunca.
-En primer lugar, que quede clara una cosa: paellas hay muchas, pero paella valenciana sólo hay una. Y la paella valenciana lleva bachoqueta (también llamada tavella en algunos sitios), garrofón, tomate rallado, pollo, azafrán, agua, sal, pimentón colorado y arroz. La bachoqueta y el garrofón son dos verduras muy típicas de la huerta valenciana, de las cuales la bachoqueta es un tipo de judía verde plana de grano tierno y el garrofón una especie de habichuela aplastada de color blanco. Opcionalmente se le puede añadir rochet (que es como la bachoqueta, pero con machas rojizas sobre el color verde), conejo, caracoles o romero, aunque los ingredientes básicos son los que he ennumerado en primer lugar.
Eso sí, no se le pone nada más. Ni ajo, ni cebolla, ni pimientos, ni guisantes, ni alcachofas, ni ninguna otra verdura, carne o pescado. Si lleva otras cosas será una paella mixta, una paella huertana, una paella de mariscos, o cualquier otro tipo de variedad de paella. Que haberlas haylas, de muchos estilos y variedades, y están muy ricas. Pero NO son paella valenciana.
-Para hacer una buena paella, la materia prima es fundamental. Nunca va a quedar igual una paella hecha con verdura y carne congeladas, tomate de bote y pimentón de Mercadona, que una paella hecha con pollo de corral, verduras frescas compradas en el mercado, tomate pera fresco rallado y pimentón de buena calidad comprado también en el mercado. Nunca descuidéis la materia prima a la hora de hacer una paella, porque de ella fundamentalmente va a depender el sabor del producto final.
-El recipiente tradicional donde se hace el arroz no se llama paellera, sino paella. Vamos, que el plato toma el nombre del recipiente. Y, por increíble que parezca, no es imprescindible hacer la paella valenciana en una paella para que salga bien. Si es para tres personas o menos, se puede hacer en una sartén antiadherente y queda buenísima. De hecho, la mejor paella que he probado en toda mi vida es la de mi abuela, y ella me la hace en una sartén, ¡y le queda mejor que cuando la hace en una paella tradicional!
-La única forma de comer una buena paella, pero buena de verdad, es comerla en casa de un valenciano que la prepare bien. Desconfiad de los restaurantes. La mayoría de ellos hacen una paella mediocre en el mejor de los casos y repugnante en el peor. Sólo unos pocos restaurantes hacen la paella buena (por ejemplo, L'Estimat o La Pepica, en el Paseo Neptuno de la Malvarrosa), pero son bastante caros. Y, a pesar de ello, ni siquiera ellos pueden llegar a la excelencia de una paella hecha en casa.
Y, ahora, la receta:

Ingredientes para 4 personas:
-Un pollo mediano de corral troceado.
-Bachoqueta y garrofón frescos (unos 100 gramos de verdura por cada comensal)
-Un tomate pera fresco grande rallado
-Una tacita de café colmada de arroz La Fallera por persona
-Aceite de oliva
-Sal
-Pimentón colorado (¡atención! tiene que ser dulce, no picante)
-Azafrán o colorante alimentario
Preparación:
-Se echa un buen chorro de aceite en la paella o la sartén (lo justo para cubrir el fondo del recipiente, tampoco hay que pasarse que si no el guiso quedará aceitoso), se sube el fuego al máximo, y cuando esté caliente se echa el pollo hasta que esté bien doradito.
-Mientras el pollo se fríe, se corta la bachoqueta en trozos (de 3 a 5, según la longitud de la verdura) y se saca el garrofón de su vaina. Se lava la verdura, y cuando el pollo está dorado se baja a fuego medio y se echa en la sartén.
-Se rehoga la verdura durante unos minutos. No conviene pasarse y dejarla demasiado hecha o requemada, es preferible que quede dura y enterita.
-Se añade el tomate rallado y se revuelve todo. Cuando el tomate empieza a estar frito (no tarda más de 3 ó 4 minutos como mucho), se agrega una cucharadita de café colmada de pimentón y se da una vuelta rápida (no más de 20 ó 30 segundos, lo justo para que lo impregne todo, si se deja más se corre el riesgo de que se queme y le dé a la paella un saber amargo).
-Inmediatamente después del pimentón, se echa el agua (un vaso y medio por persona). Se levanta el fuego al máximo, y cuando hierve se baja al mínimo y se deja entre 20 y 30 minutos, para que las verduras, el pollo y el sofrito vayan soltando sabor.
-Se rectifica la sal, se añade el azafrán o el colorante, y cuando se ha disuelto se añade el arroz. Se mueve el recipiente para que el arroz se distribuya uniformemente y se deja cocer 2o minutos, hasta que se queda seco.
-Una vez el arroz está hecho, se apaga el fuego y se deja reposar tapado 10 minutos. Luego, se sirve y, ¡a comer!
No es tan difícil, ¿verdad? :-) Aquí os añado mis trucos, aprendidos de mi abuela (que a su vez los aprendió de la suya):
-La paella se puede hacer perfectamente en una cocina de gas normal, pero queda peor en una de inducción (además, en las de inducción no se puede usar una paella clásica). Sin embargo, lo más típico y tradicional es hacerla a fuego de leña. Si decidís hacerla así, dos cosas a tener en cuenta: una, que es la técnica más difícil de todas, porque a una fogata no le puedes controlar la llama como se la controlas a un fogón de gas. Otra, que la leña que debe utilizarse es siempre leña de naranjo, que es la que mejor sabor le da a la paella. Para usar leña de la que venden en la gasolinera o de conglomerado, es mejor hacerla a gas.
-Nunca hay que tener prisa a la hora de hacer una paella. Es fundamental que el pollo quede muy, muy dorado, y para eso hay que rehogarlo sin prisa. También hay que respetar el tiempo de cocción del caldo.
-¿Os acordáis de ese eslogan publicitario que dice "Arroz La Fallera, el preferido de los valencianos". Pues en este caso es verdad. Es de lo mejor que se puede emplear para hacer una paella: lo recomiendo encarecidamente. El arroz clásico para hacer paella es el arroz bomba, pero también puede hacerse perfectamente con arroz valenciano de grano corto. Siempre que sea, ya lo sabéis, marca La Fallera ;-) (y no, no trabajo para ellos ni nadie de mi familia es dueño de la empresa ni cobro comisiones: lo digo porque lo pienso de verdad XD).
-No vale cualquier agua para hacer la paella. Recomiendo fervientemente usar agua del grifo de Valencia (o, en su defecto, de cualquier otro lugar donde el agua sea muy, muy dura). ¿El motivo? La cal que contiene el agua tan dura ayuda a dar el punto perfecto al arroz. Por eso, cuanta más débil la mineralización del agua, peor resultado. Usad siempre agua del grifo, la más dura que encontréis, y por el amor de Dios JAMÁS se os ocurra echarle agua mineral. El agua mineral natural o embotellada, que tan bien va para el cocido y las legumbres, deja el arroz de la paella insípido y duro como una piedra.
-La finalidad de cocer en agua los ingredientes durante 20-30 minutos no es otra que la de dar sustancia al caldo, para que coja el sabor de los ingredientes. La cantidad de tiempo necesario dependerá de casa caso; por eso, es importante probar de sabor la paella a los 20 minutos (antes y después de añadir la sal) para comprobar si el caldo ya está en su punto o debe hervir 10 minutos más. Por regla general, (en las paellas pequeñas, de 4 personas o menos, es más fácil que el mero sabor de los ingredientes le de la suficiente sustancia al caldo. Cuanto más grande la paella, más difícil. Si notamos que la paella está quedando algo insípida, la mejor solución es añadir romero. NUNCA hay que añadir Avecrem ni ninguna otra pastilla de caldo (que es justamente lo que hacen en los restaurantes para no complicarse la vida, y por eso sus paellas son una mierda).
-Si se quiere añadir romero para darle sabor a la paella, se ha de poner a hervir con el caldo durante 10-15 minutos. No lo pongáis los 20 ó 30 minutos que cuesta que el caldo se haga, porque se corre el riesgo de que el intenso sabor del romero mate el resto de sabores de la paella. El romero debe ser fresco, en rama, y añadirse y retirarse entero. Si es recogido del monte o del jardín hay que lavarlo bien antes de ponerlo. Nada de echar romero en polvo del supermercado, ¿eh?
-La mejor forma de reposar el arroz es poniendo papel de periódico extendido encima de la paella (el suficiente para cubrirla por completo y que se caiga por los bordes) y salpicar encima bastante agua para humedecerlo (ojo, humedecerlo, no encharcarlo).
-Jamás chorreéis limón sobre una paella. Si exprimes limón sobre un plato de paella, cuando lo pruebes descubrirás que no sabe a paella, sino sólo a limon. El limón NO realza el sabor de la paella, sino que lo mata. El limón es algo que dan en los restaurantes mediocres para que la gente borre el asqueroso sabor que tienen sus paellas del tres al cuarto.
Y, como anécdota, ¿sabéis cuál es la peor paella que me he comido en mi vida? Curiosamente, no era de restaurante, sino hecha en casa. Concretamente, en casa de un ex novio mío que vivía en Xátiva y cuyos padres (por lo demás gente encantadora, a diferencia el imbécil de su hijo) tenían por costumbre echarle a la paella albóndigas de carne y un chorro de vino al caldo). Casi me da un patatús cuando me la dieron a probar... una prueba más de que aquella relación no tenía futuro XD
Bueno, esto es todo. Espero que os animéis a preparar la paella valenciana en casa (o pasarle la receta a vuestras madres, jejeje). Ya me contaréis qué tal os ha salido ^^
En primer lugar, os hablaré de algunas cosas que me parecen fundamentales acerca de este plato tan típico de mi tierra. Luego, escribiré la receta. Y, al final, pondré mis trucos personales, que a su vez están aprendidos de mi abuela, la mejor paellera que ha habido nunca.
-En primer lugar, que quede clara una cosa: paellas hay muchas, pero paella valenciana sólo hay una. Y la paella valenciana lleva bachoqueta (también llamada tavella en algunos sitios), garrofón, tomate rallado, pollo, azafrán, agua, sal, pimentón colorado y arroz. La bachoqueta y el garrofón son dos verduras muy típicas de la huerta valenciana, de las cuales la bachoqueta es un tipo de judía verde plana de grano tierno y el garrofón una especie de habichuela aplastada de color blanco. Opcionalmente se le puede añadir rochet (que es como la bachoqueta, pero con machas rojizas sobre el color verde), conejo, caracoles o romero, aunque los ingredientes básicos son los que he ennumerado en primer lugar.
Eso sí, no se le pone nada más. Ni ajo, ni cebolla, ni pimientos, ni guisantes, ni alcachofas, ni ninguna otra verdura, carne o pescado. Si lleva otras cosas será una paella mixta, una paella huertana, una paella de mariscos, o cualquier otro tipo de variedad de paella. Que haberlas haylas, de muchos estilos y variedades, y están muy ricas. Pero NO son paella valenciana.
-Para hacer una buena paella, la materia prima es fundamental. Nunca va a quedar igual una paella hecha con verdura y carne congeladas, tomate de bote y pimentón de Mercadona, que una paella hecha con pollo de corral, verduras frescas compradas en el mercado, tomate pera fresco rallado y pimentón de buena calidad comprado también en el mercado. Nunca descuidéis la materia prima a la hora de hacer una paella, porque de ella fundamentalmente va a depender el sabor del producto final.
-El recipiente tradicional donde se hace el arroz no se llama paellera, sino paella. Vamos, que el plato toma el nombre del recipiente. Y, por increíble que parezca, no es imprescindible hacer la paella valenciana en una paella para que salga bien. Si es para tres personas o menos, se puede hacer en una sartén antiadherente y queda buenísima. De hecho, la mejor paella que he probado en toda mi vida es la de mi abuela, y ella me la hace en una sartén, ¡y le queda mejor que cuando la hace en una paella tradicional!
-La única forma de comer una buena paella, pero buena de verdad, es comerla en casa de un valenciano que la prepare bien. Desconfiad de los restaurantes. La mayoría de ellos hacen una paella mediocre en el mejor de los casos y repugnante en el peor. Sólo unos pocos restaurantes hacen la paella buena (por ejemplo, L'Estimat o La Pepica, en el Paseo Neptuno de la Malvarrosa), pero son bastante caros. Y, a pesar de ello, ni siquiera ellos pueden llegar a la excelencia de una paella hecha en casa.
Y, ahora, la receta:
RECETA DE LA PAELLA VALENCIANA

Ingredientes para 4 personas:
-Un pollo mediano de corral troceado.
-Bachoqueta y garrofón frescos (unos 100 gramos de verdura por cada comensal)
-Un tomate pera fresco grande rallado
-Una tacita de café colmada de arroz La Fallera por persona
-Aceite de oliva
-Sal
-Pimentón colorado (¡atención! tiene que ser dulce, no picante)
-Azafrán o colorante alimentario
Preparación:
-Se echa un buen chorro de aceite en la paella o la sartén (lo justo para cubrir el fondo del recipiente, tampoco hay que pasarse que si no el guiso quedará aceitoso), se sube el fuego al máximo, y cuando esté caliente se echa el pollo hasta que esté bien doradito.
-Mientras el pollo se fríe, se corta la bachoqueta en trozos (de 3 a 5, según la longitud de la verdura) y se saca el garrofón de su vaina. Se lava la verdura, y cuando el pollo está dorado se baja a fuego medio y se echa en la sartén.
-Se rehoga la verdura durante unos minutos. No conviene pasarse y dejarla demasiado hecha o requemada, es preferible que quede dura y enterita.
-Se añade el tomate rallado y se revuelve todo. Cuando el tomate empieza a estar frito (no tarda más de 3 ó 4 minutos como mucho), se agrega una cucharadita de café colmada de pimentón y se da una vuelta rápida (no más de 20 ó 30 segundos, lo justo para que lo impregne todo, si se deja más se corre el riesgo de que se queme y le dé a la paella un saber amargo).
-Inmediatamente después del pimentón, se echa el agua (un vaso y medio por persona). Se levanta el fuego al máximo, y cuando hierve se baja al mínimo y se deja entre 20 y 30 minutos, para que las verduras, el pollo y el sofrito vayan soltando sabor.
-Se rectifica la sal, se añade el azafrán o el colorante, y cuando se ha disuelto se añade el arroz. Se mueve el recipiente para que el arroz se distribuya uniformemente y se deja cocer 2o minutos, hasta que se queda seco.
-Una vez el arroz está hecho, se apaga el fuego y se deja reposar tapado 10 minutos. Luego, se sirve y, ¡a comer!
No es tan difícil, ¿verdad? :-) Aquí os añado mis trucos, aprendidos de mi abuela (que a su vez los aprendió de la suya):
-La paella se puede hacer perfectamente en una cocina de gas normal, pero queda peor en una de inducción (además, en las de inducción no se puede usar una paella clásica). Sin embargo, lo más típico y tradicional es hacerla a fuego de leña. Si decidís hacerla así, dos cosas a tener en cuenta: una, que es la técnica más difícil de todas, porque a una fogata no le puedes controlar la llama como se la controlas a un fogón de gas. Otra, que la leña que debe utilizarse es siempre leña de naranjo, que es la que mejor sabor le da a la paella. Para usar leña de la que venden en la gasolinera o de conglomerado, es mejor hacerla a gas.
-Nunca hay que tener prisa a la hora de hacer una paella. Es fundamental que el pollo quede muy, muy dorado, y para eso hay que rehogarlo sin prisa. También hay que respetar el tiempo de cocción del caldo.
-¿Os acordáis de ese eslogan publicitario que dice "Arroz La Fallera, el preferido de los valencianos". Pues en este caso es verdad. Es de lo mejor que se puede emplear para hacer una paella: lo recomiendo encarecidamente. El arroz clásico para hacer paella es el arroz bomba, pero también puede hacerse perfectamente con arroz valenciano de grano corto. Siempre que sea, ya lo sabéis, marca La Fallera ;-) (y no, no trabajo para ellos ni nadie de mi familia es dueño de la empresa ni cobro comisiones: lo digo porque lo pienso de verdad XD).
-No vale cualquier agua para hacer la paella. Recomiendo fervientemente usar agua del grifo de Valencia (o, en su defecto, de cualquier otro lugar donde el agua sea muy, muy dura). ¿El motivo? La cal que contiene el agua tan dura ayuda a dar el punto perfecto al arroz. Por eso, cuanta más débil la mineralización del agua, peor resultado. Usad siempre agua del grifo, la más dura que encontréis, y por el amor de Dios JAMÁS se os ocurra echarle agua mineral. El agua mineral natural o embotellada, que tan bien va para el cocido y las legumbres, deja el arroz de la paella insípido y duro como una piedra.
-La finalidad de cocer en agua los ingredientes durante 20-30 minutos no es otra que la de dar sustancia al caldo, para que coja el sabor de los ingredientes. La cantidad de tiempo necesario dependerá de casa caso; por eso, es importante probar de sabor la paella a los 20 minutos (antes y después de añadir la sal) para comprobar si el caldo ya está en su punto o debe hervir 10 minutos más. Por regla general, (en las paellas pequeñas, de 4 personas o menos, es más fácil que el mero sabor de los ingredientes le de la suficiente sustancia al caldo. Cuanto más grande la paella, más difícil. Si notamos que la paella está quedando algo insípida, la mejor solución es añadir romero. NUNCA hay que añadir Avecrem ni ninguna otra pastilla de caldo (que es justamente lo que hacen en los restaurantes para no complicarse la vida, y por eso sus paellas son una mierda).
-Si se quiere añadir romero para darle sabor a la paella, se ha de poner a hervir con el caldo durante 10-15 minutos. No lo pongáis los 20 ó 30 minutos que cuesta que el caldo se haga, porque se corre el riesgo de que el intenso sabor del romero mate el resto de sabores de la paella. El romero debe ser fresco, en rama, y añadirse y retirarse entero. Si es recogido del monte o del jardín hay que lavarlo bien antes de ponerlo. Nada de echar romero en polvo del supermercado, ¿eh?
-La mejor forma de reposar el arroz es poniendo papel de periódico extendido encima de la paella (el suficiente para cubrirla por completo y que se caiga por los bordes) y salpicar encima bastante agua para humedecerlo (ojo, humedecerlo, no encharcarlo).
-Jamás chorreéis limón sobre una paella. Si exprimes limón sobre un plato de paella, cuando lo pruebes descubrirás que no sabe a paella, sino sólo a limon. El limón NO realza el sabor de la paella, sino que lo mata. El limón es algo que dan en los restaurantes mediocres para que la gente borre el asqueroso sabor que tienen sus paellas del tres al cuarto.
Y, como anécdota, ¿sabéis cuál es la peor paella que me he comido en mi vida? Curiosamente, no era de restaurante, sino hecha en casa. Concretamente, en casa de un ex novio mío que vivía en Xátiva y cuyos padres (por lo demás gente encantadora, a diferencia el imbécil de su hijo) tenían por costumbre echarle a la paella albóndigas de carne y un chorro de vino al caldo). Casi me da un patatús cuando me la dieron a probar... una prueba más de que aquella relación no tenía futuro XD
Bueno, esto es todo. Espero que os animéis a preparar la paella valenciana en casa (o pasarle la receta a vuestras madres, jejeje). Ya me contaréis qué tal os ha salido ^^
domingo, 11 de julio de 2010
¡385 años más tarde, los Tercios españoles regresan!
Lo hicimos el 5 de Junio de 1625...
... ¡y lo hemos vuelto a hacer el 11 de Julio de 2010!

... ¡y lo hemos vuelto a hacer el 11 de Julio de 2010!
¡¡¡¡FELICIDADES, CAMPEONES!!!!
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fútbol,
hazañas bélicas,
yo también tengo derecho a irme de olla
Crítica de las "Crónicas del Mago Negro"
Acabo de terminar de leer la trilogía Crónicas del Mago Negro de Trudi Canavan, recientemente publicada en formato de bolsillo. Como he curioseado por la red y hay muy pocas críticas en castellano, al menos de momento, aporto mi granito de arena por si alguien está pensando en leérsela y quiere una opinión.
¿Me ha gustado? Sí. ¿Lo recomendaría? Pues... depende. Si alguien odia a J.K.Rowling o a George R.R.Martin por su tendencia a matar personajes molones, le recomiendo que deje estos libros en la estantería sin comprarlos. En los dos primeros libros la cosa es bastante inofensiva, pero en el tercero hay alguna que otra muerte que alcanza un nivel de cabronería tal, que me dieron ganas de visitar a la señora Canavan para lanzarle el volumen a la cabeza. Si, por el contrario, la Warrowling y el señor Martin os parecen molones y no os importa ver morir a personajes maravillosos, entonces compráos los libros y leerlos, porque la historia no os va a decepcionar.
El planteamiento inicial es el siguiente: en la capital de reino de Kyralia, Imardin, todos los años los miembros del Gremio de los Magos hacen una Purga para expulsar a los indigentes hacia las barriadas exteriores de la ciudad, para que así no haya mendigos ni rateros estropeando la imagen de las zonas más ricas y amuralladas de Imardin. Una joven ratera de las barriadas llamada Sonea lanza una piedra a uno de los magos durante la Purga, y su sorpresa es mayúscula cuando ve que la piedra en cuestión atraviesa el escudo protector de los magos y alcanza a uno de ellos. Ahí es cuando Sonea se da cuenta de que ella también tiene poderes mágicos, y empieza un tira y afloja entre ella, que no quiere saber nada de los magos porque los odia como todo el mundo en las barriadas, y los magos, que en realidad no son tan malos como los pintan y desean dar a Sonea la oportunidad de formarse como maga en la Universidad del Gremio.
Mis personajes favoritos, aparte de la propia Sonea, son Cery, su amigo ratero, Rothen, el simpático y sabio mago que toma a Sonea bajo su tutela, y por supuesto Akkarin, el enigmático y siniestro Gran Lord del Gremio de los Magos, en principio el villano oficial, pero a quien iremos descubriendo poco a poco en los libros y nos daremos cuenta de que dentro de él hay mucho más de lo que se ve en la simple superficie...
Una de las cosas que más me gusta de esta trilogía es que es original. Original en su planteamiento y en el mundo que crea (un mundo fantástico pero con vagos paralelismos de raza y cultura con el nuestro; por ejemplo los reinos de Kyralia y Elyne parecen occidentales, Lonmar representa los países árabes, Lan los subsaharianos, y Sachaka, según me pareció entender, los orientales tipo chinos y japoneses), y sobre todo original en sus tramas amorosas. Haberlas haylas (aunque la autora no es muy buena escribiendo ese tipo de situaciones y le salen bastante descafeinadas), aunque no son el eje principal de la trama y la historia realmente se hubiese podido contar igual sin ninguna de ellas. En estos libros tenemos, desde una tierna historia de amor entre dos homosexuales, hasta una protagonista que cada libro la autora parece insinuarte que se va a liar con alguien diferente pero todo queda en agua de borrajas hasta el tercer volumen. Esto último me llamó mucho la atención, porque, dado que la pareja protagonista del tercer libro es maravillosa y tiene muchísimo carisma, sorprende que la autora pospusiese hasta el final su aparición, cuando habría podido empezar a colarla perfectamente en el segundo libro. No sé si se debe al deseo de la autora de dar la gran sorpresa, o es por su más que evidente alergia a escribir escenas románticas, que en ciertas partes del segundo y el tercer libro se piden a gritos y se encuentran con cuentagotas.
Los libros se leen rápido, son bastante emocionantes, y siempre te dejan con ganas de saber más. Han resultado una agradable sorpresa para mí dentro del panorama literario-fantástico, si bien yo cambiaría el final del tercero y añadiría bastante más sentimentalismo y chicha a las historias de amor (joder, ¡es que parece que el libro lo haya escrito un hombre!).
Esto es todo lo que puedo decir de la trilogía formada por El Gremio de los Magos, La Aprendiz y El Gran Lord sin destripar nada de la trama. Para leer el resto de cosas que quiero comentar, en spolier (y aviso que voy a comentar spoilers del tamaño de Brasil, así que si los leéis sin haberos terminado la trilogía, bajo vuestra propia responsabilidad):
SPOILERS: Lo primero de todo, y esto lo tengo que gritar. ¡¡¡AKKARIN!!! OMG es lo mejorcito que he visto en la literatura fantástica desde mi sacrosanto Sirius Black. ¡AMO a ese adorable cabrón de Akkarin! ¡Es la rejostia! Y, como suele pasar, acaba muriendo al final, lo cual hizo que me acordase de los muertos más frescos de la señora Canavan. A ver, Trudi de mis amores (o debería decir de mis odios): creas al malo más carismático del mundo desde Darth Vader, luego agarras, le metes un pasado trágico y unas motivaciones coherentes, sumadas a un puñado de buenas intenciones, y lo lías con Sonea en una historia de amor hermosísima maestro-aprendiz. Y entonces, cuando están juntos, cuando pueden derrotar a los Sachakanos y ser felices, ¡VAS Y TE LO CARGAS! Y no te lo cargas por necesidades de la trama, no, porque Akkarin podría haber sobrevivido perfectamente sin detrimento alguno de la historia ni del final. ¡TE LO CARGAS PARA DAR POR EL CULO! Juro que me dieron ganas de pegarle una patada a algo. Se ve que la señora Canavan, consciente de su estreñimiento emocional para escribir escenas de amor, pensó: "como casi todas mis escenas románticas son una patata y quiero que esta historia tenga dramatismo, agarro al villano digievolucionado en héroe trágico y me lo cargo para que Sonea se hinche de llorar... a, y para que los lectores acaben el libro aún más puteados, voy a hacer que Sonea se quede embarazada de él pero él nunca sepa que van a tener un hijo porque muere antes". ¡La madre que la parió! Esta mujer debería irse de copas con la Warrowling, se llevarían de puta madre, se lo pasarían en grande hablando de lo calientes que se pusieron agarrando a sus personajes más carismáticos y adorables y mandándolos al Tártaro, hasta es posible que se montasen una lesbifiesta, lo cual me lleva a...
¡Dannyl y Tayend! ¡Menuda sorpresa de relación! La verdad es que no me esperaba para nada que Dannyl fuera gay, del mismo modo que no me esperaba para nada que Sonea y Akkarin se enamorasen en el tercer libro. Concedámosle algo a Trudi Canavan: por lo menos sabe sorprender a los lectores con las tramas amororsas. Lo único que eché en falta en la pareja Dannyl-Tayend fue que pasara ALGO que mostrase que son más que amigos. Vale, la autora dice que están enamorados y que son amantes... y menos mal que lo dice, porque el 99% del tiempo no los muestra sino como buenos amigos. ¿Tanto le costaba meter un beso, unas palabras de amor, ya no digo una escena de sexo? Qué manera de desperdiciar una pareja tan chula... Sonea y Akkarin por lo menos tienen tres escenas de amor (tres y cortitas, ¿eh? en un libro de 600 páginas...).
Eso sí, al menos Dannyl y Tayend acaban juntos y felices el tercer libro. No como la pobre Sonea, preñada de su maestro muerto y más sola que la una, o ya que estamos el pobre Dorrien, que en el tercer libro estaba a punto de caramelo con Sonea y se acaba quedando a dos velas. Eso sí que no lo entendí: si la autora tenía previsto desde el principio que Sonea y Akkarin acabaran juntos, ¿qué diantre pinta el pobre Dorrien en el segundo libro, como no sea confundir al lector para que no empiece a sospechar que en el tercer libro Akkarin le dará lecciones a Sonea de algo más que de magia? Incomprensible, de verdad.
Por cierto, como último apunte, me llama muchísimo la atención que cada libro tenga un malo diferente y una pareja pontencial diferente para Sonea. La autora juega muchísimo al despiste, quizás en exceso. Así, tenemos:
-El Gremio de los Magos: El malo es Fergun, y creemos que Sonea acabará con Cery.
-La Aprendiz: El malo es Akkarin, y creemos que Sonea acabará con Dorrien.
-El Gran Lord: El malo es Kariko, y se confirma que Sonea acaba con Akkarin.
Todo esto me hace llegar a una conclusión: teniendo en cuenta lo bien que escribe fantasía, pero lo mal que ha llevado las tramas amorosas, Trudi Canavan debería haber dejado las Crónicas del Mago Negro a otro escritor que tuviese más sensibilidad que una piedra y tendría que haberse puesto a escribir las nuevas aventuras de Conan el Bárbaro o la nueva generación de Stormbringer.
¿Me ha gustado? Sí. ¿Lo recomendaría? Pues... depende. Si alguien odia a J.K.Rowling o a George R.R.Martin por su tendencia a matar personajes molones, le recomiendo que deje estos libros en la estantería sin comprarlos. En los dos primeros libros la cosa es bastante inofensiva, pero en el tercero hay alguna que otra muerte que alcanza un nivel de cabronería tal, que me dieron ganas de visitar a la señora Canavan para lanzarle el volumen a la cabeza. Si, por el contrario, la Warrowling y el señor Martin os parecen molones y no os importa ver morir a personajes maravillosos, entonces compráos los libros y leerlos, porque la historia no os va a decepcionar.
El planteamiento inicial es el siguiente: en la capital de reino de Kyralia, Imardin, todos los años los miembros del Gremio de los Magos hacen una Purga para expulsar a los indigentes hacia las barriadas exteriores de la ciudad, para que así no haya mendigos ni rateros estropeando la imagen de las zonas más ricas y amuralladas de Imardin. Una joven ratera de las barriadas llamada Sonea lanza una piedra a uno de los magos durante la Purga, y su sorpresa es mayúscula cuando ve que la piedra en cuestión atraviesa el escudo protector de los magos y alcanza a uno de ellos. Ahí es cuando Sonea se da cuenta de que ella también tiene poderes mágicos, y empieza un tira y afloja entre ella, que no quiere saber nada de los magos porque los odia como todo el mundo en las barriadas, y los magos, que en realidad no son tan malos como los pintan y desean dar a Sonea la oportunidad de formarse como maga en la Universidad del Gremio.
Mis personajes favoritos, aparte de la propia Sonea, son Cery, su amigo ratero, Rothen, el simpático y sabio mago que toma a Sonea bajo su tutela, y por supuesto Akkarin, el enigmático y siniestro Gran Lord del Gremio de los Magos, en principio el villano oficial, pero a quien iremos descubriendo poco a poco en los libros y nos daremos cuenta de que dentro de él hay mucho más de lo que se ve en la simple superficie...
Una de las cosas que más me gusta de esta trilogía es que es original. Original en su planteamiento y en el mundo que crea (un mundo fantástico pero con vagos paralelismos de raza y cultura con el nuestro; por ejemplo los reinos de Kyralia y Elyne parecen occidentales, Lonmar representa los países árabes, Lan los subsaharianos, y Sachaka, según me pareció entender, los orientales tipo chinos y japoneses), y sobre todo original en sus tramas amorosas. Haberlas haylas (aunque la autora no es muy buena escribiendo ese tipo de situaciones y le salen bastante descafeinadas), aunque no son el eje principal de la trama y la historia realmente se hubiese podido contar igual sin ninguna de ellas. En estos libros tenemos, desde una tierna historia de amor entre dos homosexuales, hasta una protagonista que cada libro la autora parece insinuarte que se va a liar con alguien diferente pero todo queda en agua de borrajas hasta el tercer volumen. Esto último me llamó mucho la atención, porque, dado que la pareja protagonista del tercer libro es maravillosa y tiene muchísimo carisma, sorprende que la autora pospusiese hasta el final su aparición, cuando habría podido empezar a colarla perfectamente en el segundo libro. No sé si se debe al deseo de la autora de dar la gran sorpresa, o es por su más que evidente alergia a escribir escenas románticas, que en ciertas partes del segundo y el tercer libro se piden a gritos y se encuentran con cuentagotas.
Los libros se leen rápido, son bastante emocionantes, y siempre te dejan con ganas de saber más. Han resultado una agradable sorpresa para mí dentro del panorama literario-fantástico, si bien yo cambiaría el final del tercero y añadiría bastante más sentimentalismo y chicha a las historias de amor (joder, ¡es que parece que el libro lo haya escrito un hombre!).
Esto es todo lo que puedo decir de la trilogía formada por El Gremio de los Magos, La Aprendiz y El Gran Lord sin destripar nada de la trama. Para leer el resto de cosas que quiero comentar, en spolier (y aviso que voy a comentar spoilers del tamaño de Brasil, así que si los leéis sin haberos terminado la trilogía, bajo vuestra propia responsabilidad):
SPOILERS: Lo primero de todo, y esto lo tengo que gritar. ¡¡¡AKKARIN!!! OMG es lo mejorcito que he visto en la literatura fantástica desde mi sacrosanto Sirius Black. ¡AMO a ese adorable cabrón de Akkarin! ¡Es la rejostia! Y, como suele pasar, acaba muriendo al final, lo cual hizo que me acordase de los muertos más frescos de la señora Canavan. A ver, Trudi de mis amores (o debería decir de mis odios): creas al malo más carismático del mundo desde Darth Vader, luego agarras, le metes un pasado trágico y unas motivaciones coherentes, sumadas a un puñado de buenas intenciones, y lo lías con Sonea en una historia de amor hermosísima maestro-aprendiz. Y entonces, cuando están juntos, cuando pueden derrotar a los Sachakanos y ser felices, ¡VAS Y TE LO CARGAS! Y no te lo cargas por necesidades de la trama, no, porque Akkarin podría haber sobrevivido perfectamente sin detrimento alguno de la historia ni del final. ¡TE LO CARGAS PARA DAR POR EL CULO! Juro que me dieron ganas de pegarle una patada a algo. Se ve que la señora Canavan, consciente de su estreñimiento emocional para escribir escenas de amor, pensó: "como casi todas mis escenas románticas son una patata y quiero que esta historia tenga dramatismo, agarro al villano digievolucionado en héroe trágico y me lo cargo para que Sonea se hinche de llorar... a, y para que los lectores acaben el libro aún más puteados, voy a hacer que Sonea se quede embarazada de él pero él nunca sepa que van a tener un hijo porque muere antes". ¡La madre que la parió! Esta mujer debería irse de copas con la Warrowling, se llevarían de puta madre, se lo pasarían en grande hablando de lo calientes que se pusieron agarrando a sus personajes más carismáticos y adorables y mandándolos al Tártaro, hasta es posible que se montasen una lesbifiesta, lo cual me lleva a...
¡Dannyl y Tayend! ¡Menuda sorpresa de relación! La verdad es que no me esperaba para nada que Dannyl fuera gay, del mismo modo que no me esperaba para nada que Sonea y Akkarin se enamorasen en el tercer libro. Concedámosle algo a Trudi Canavan: por lo menos sabe sorprender a los lectores con las tramas amororsas. Lo único que eché en falta en la pareja Dannyl-Tayend fue que pasara ALGO que mostrase que son más que amigos. Vale, la autora dice que están enamorados y que son amantes... y menos mal que lo dice, porque el 99% del tiempo no los muestra sino como buenos amigos. ¿Tanto le costaba meter un beso, unas palabras de amor, ya no digo una escena de sexo? Qué manera de desperdiciar una pareja tan chula... Sonea y Akkarin por lo menos tienen tres escenas de amor (tres y cortitas, ¿eh? en un libro de 600 páginas...).
Eso sí, al menos Dannyl y Tayend acaban juntos y felices el tercer libro. No como la pobre Sonea, preñada de su maestro muerto y más sola que la una, o ya que estamos el pobre Dorrien, que en el tercer libro estaba a punto de caramelo con Sonea y se acaba quedando a dos velas. Eso sí que no lo entendí: si la autora tenía previsto desde el principio que Sonea y Akkarin acabaran juntos, ¿qué diantre pinta el pobre Dorrien en el segundo libro, como no sea confundir al lector para que no empiece a sospechar que en el tercer libro Akkarin le dará lecciones a Sonea de algo más que de magia? Incomprensible, de verdad.
Por cierto, como último apunte, me llama muchísimo la atención que cada libro tenga un malo diferente y una pareja pontencial diferente para Sonea. La autora juega muchísimo al despiste, quizás en exceso. Así, tenemos:
-El Gremio de los Magos: El malo es Fergun, y creemos que Sonea acabará con Cery.
-La Aprendiz: El malo es Akkarin, y creemos que Sonea acabará con Dorrien.
-El Gran Lord: El malo es Kariko, y se confirma que Sonea acaba con Akkarin.
Todo esto me hace llegar a una conclusión: teniendo en cuenta lo bien que escribe fantasía, pero lo mal que ha llevado las tramas amorosas, Trudi Canavan debería haber dejado las Crónicas del Mago Negro a otro escritor que tuviese más sensibilidad que una piedra y tendría que haberse puesto a escribir las nuevas aventuras de Conan el Bárbaro o la nueva generación de Stormbringer.
sábado, 26 de junio de 2010
Pues yo no lloro por las víctimas de Castelldefels
Hay un refrán que dice "Quien por su culpa muera, que nadie le llore". Todo el mundo parece estar lamentándose por las pobre víctimas que murieron arrolladas por un Alaris en la estación de Castelldefels en la noche de San Juan. Lo que muchas de esas personas olvidan es que los muertos y los heridos de lo que fueron víctimas, más que de un accidente, fue de su propia estupidez. Porque, lo siento mucho, pero sólo a un estúpido se le ocurre cruzar alegremente por las vías del tren cuando cualquier con un mínimo de sentido común y un coeficiente intelectual mayor de -1 sabe que, si se llaman "vías de tren", es porque por ahí pasan trenes. Y los trenes, como todo el mundo sabe, son moles de varias toneladas de peso que si no paran en la estación van a una media de 90 a 130 km/hora (depende del tipo de tren del que estemos hablando), las cuales son físicamente incapaces de detenerse de golpe y necesitan varios centenares de metros para frenar sin descarrilar. En el caso concreto que nos ocupa, el Alaris iba a 130 km/hora aproximadamente, y hubiese necesitado un kilómetro para detenerse por completo.
Y no, que no me vengan con que "dónde estaba el jefe de estación", o "dónde estaban las señales de prohibido cruzar la vía". Que los que cruzaron no eran niños de cinco años. Eran adultos, algunos de ellos en estado de embriaguez, que sabían perfectamente lo que es uan estación, lo que es una vía, lo que es un tren, y lo que es un paso a nivel. Y en esa zona no había pasos a nivel, porque el lugar por donde había que cruzar era el subterráneo. Así que no, no pienso llorar por ellos, del mismo modo que no lloro por los jóvenes borrachos y empastillados hasta las cejas que cogen el coche el fin de semana creyéndose Supermanes y acaban estampados contra el quitamiedos a 190 por hora. Lloraré, en todo caso, por sus familiares y amigos, personas inocentes que están sufriendo un enorme dolor por culpa de la estúpida inconsciencia de aquellos a los que amaban. Lloraré también por el pobre maquinista del Alaris, un trabajador honrado que se estaba ganando el pan de sus hijos, cumplía las leyes de tráfico, las normas de su empresa y las normas del sentido común, y acabó hospitalizado en estado de shock después de haber visto cómo el tren que conducía convertía en picadillo a varios seres humanos sin que él pudiese hacer nada para impedirlo, y que probablemente quedará traumatizado por el suceso para el resto de su vida.
Por ellos sí que voy a llorar, pero por los muertos no. Cuando uno cruza las vías de tres por un sitio prohibido, ya sabe a lo que se está exponiendo, del mismo modo que el que coge el coche borracho y le mete gas hasta el fondo sabe (o debería saber) a lo que se expone. Han malgastado su vida, se han burlado del amor de sus familiares y de la existencia que les dio su Creador sólo por ahorrarse unos minutos de espera para cruzar por el subterráneo. Se la han jugado de la forma más estúpida, y han perdido. Así que no me pidáis que llore por ellos.
Y no, que no me vengan con que "dónde estaba el jefe de estación", o "dónde estaban las señales de prohibido cruzar la vía". Que los que cruzaron no eran niños de cinco años. Eran adultos, algunos de ellos en estado de embriaguez, que sabían perfectamente lo que es uan estación, lo que es una vía, lo que es un tren, y lo que es un paso a nivel. Y en esa zona no había pasos a nivel, porque el lugar por donde había que cruzar era el subterráneo. Así que no, no pienso llorar por ellos, del mismo modo que no lloro por los jóvenes borrachos y empastillados hasta las cejas que cogen el coche el fin de semana creyéndose Supermanes y acaban estampados contra el quitamiedos a 190 por hora. Lloraré, en todo caso, por sus familiares y amigos, personas inocentes que están sufriendo un enorme dolor por culpa de la estúpida inconsciencia de aquellos a los que amaban. Lloraré también por el pobre maquinista del Alaris, un trabajador honrado que se estaba ganando el pan de sus hijos, cumplía las leyes de tráfico, las normas de su empresa y las normas del sentido común, y acabó hospitalizado en estado de shock después de haber visto cómo el tren que conducía convertía en picadillo a varios seres humanos sin que él pudiese hacer nada para impedirlo, y que probablemente quedará traumatizado por el suceso para el resto de su vida.
Por ellos sí que voy a llorar, pero por los muertos no. Cuando uno cruza las vías de tres por un sitio prohibido, ya sabe a lo que se está exponiendo, del mismo modo que el que coge el coche borracho y le mete gas hasta el fondo sabe (o debería saber) a lo que se expone. Han malgastado su vida, se han burlado del amor de sus familiares y de la existencia que les dio su Creador sólo por ahorrarse unos minutos de espera para cruzar por el subterráneo. Se la han jugado de la forma más estúpida, y han perdido. Así que no me pidáis que llore por ellos.
sábado, 19 de junio de 2010
"No me gustan las bodas"
Como me caso es mes que viene, tengo entregadas prácticamente todas las invitaciones. La mayoría de las personas a las que he invitado van a venir, aunque hay algunas que por circunstancias, más o menos importantes, me han dicho que no van a poder acompañarnos ese día. Pero también hay un pequeño contingente de personas que me han dicho, ya de entrada, que no van a ir. ¿Su explicación? "Yo no voy a bodas porque no me gustan las bodas". La verdad, si no quieren venir obviamente no voy a obligarlas, pero me parece un argumento de una incorrección tremenda. A una boda no se va sólo por divertirte (aunque los novios tenemos que procurar que todos los invitados sean felices y se diviertan). A una boda también se va como gesto de apoyo y cariño hacia los novios. Es una forma de demostrar que los aprecias, que quieres estar con ellos en su día especial, que quieres compartir su alegría. No acudir cuando te invitan sin una razón de fuerza mayor que lo justifique me parece una señal de enrome desprecio. ¿Que no les gustan las bodas? Y a mí no me gustan los funerales, no te jode, pero no por eso he dejado de acudir al funeral de un ser querido que ha fallecido, porque es una forma de homenajearle, de mostrarle tu cariño y tu respeto. Hay un refrán que dice "en muerte y en boda, verás quién te honra", y me parece que siempre se cumple a rajatabla.
¿Que hay gente que no puede ir por trabajo, o por falta de dinero? Pues vale, lo entiendo. Lo comprendo y lamentaré muchísimo que no estén ahí. Nosotros mismos dejamos de asistir a una boda de unos amigos muy queridos hace poco porque se nos jodió el coche en el último momento y no teníamos manera de desplazarnos (era un viaje de cinco horas). Y bien que nos fastidió no poder estar allí. Pero una cosa es eso, tener un compromiso previo o un imprevisto, y otra cosa muy distinta es decir "no voy porque no me sale de las narices".
Entre los argumentos que he recibido, los hay de los más variopintos. Algunas me han dicho que no van a bodas por principio, porque no están de acuerdo con el matrimonio. Pues muy bien, joder, si no estás de acuerdo con el matrimonio no te cases, que nadie te obliga. Pero una cosa es no casarte porque no crees en el matrimonio, y otra muy distinta hacerle un feo a alguien negándote a ir a su boda por ese motivo. Otro de los argumentos estrella es que "a mí no me gustan las bodas, me parecen una tontería". Vuelvo a lo de antes; a lo mejor hay celebraciones que a mí tampoco me gustan, pero son compromisos a los que acudes para mostrar cariño y apoyo a alguien, no sólo por divertirte. Si tanto te joden las celebraciones, al menos ve a la misa o a la ceremonia civil, aunque no te quedes al banquete.
Dicho esto, creo que realmente lo que me dijeron no eran más que excusas. No creo que esos argumentos sean el motivo real por el que esa gente se ha negado por las buenas a acudir a mi boda. Creo que sólo hay tres motivos verdaderos posibles:
a) La tacañería. Si vas a una boda tienes que hacer un regalo, y a muchos no les apetece rascarse el bolsillo. Dicho sea de paso que yo no le he exigido una cantidad a nadie, y que igual ilusión me haría un detallito modesto, aunque fuera un libro de bolsillo, que un regalazo grande. No tengo a un funcionario de Hacienda en la puerta de la Iglesia diciéndole a los invitados cuánto me tiene que regalar cada uno según su cotización el año pasado. Pero, aún así, algunos tienen una enorme reticencia a acudir a bodas en cuanto a su mente acude la palabra "regalo".
b) La indiferencia: Se hacen los simpáticos, pero en el fondo les importamos un ardite. Sencillamente, el hecho de tener que buscar un vestido, ir a la peluquería, acudir a la ceremonia y después al banquete les da una enoooorme pereza, y como en el fondo nosotros y nuestras vidas les damos totalmente igual, no tienen ningún interés en acompañarnos en nuestro día especial. Pero como no pueden decir "oye, soy un vago redomado y además me importáis un cuerno, así que no pienso perder mi tiempo con vuestra estúpida boda", pues te sueltan lo de "es que yo no voy a bodas porque no me gustan" y quedan de puta madre. O eso creen ellos.
c) La envidia: He notado que, de todos los que me sueltan la frasecita, un alto porcentaje son mujeres, poco agraciadas físicamente, de una edad considerable y solteronas empedernidas. Vamos, que a veces me ha dado la sensación de que el verdadero argumento es "no me gustan las bodas porque se me pasó el arroz hace diez años y me voy a quedar sola durante el resto de mi vida, así que, como yo jamás seré la del vestido blanco, el velo y el ramo en una boda, prefiero no acudir a ninguna de ellas, porque soy una arpía envidiosa y no soporto ver a los demás disfrutando de la felicidad que yo jamás voy a conocer". Tengo sospechas bastante fehacientes, por cierto, de que la última persona que me vino con este argumento (muy recientemente, esta misma semana) es de las que tienen esta motivación.
En fin, que con su pan se lo coman. Al menos, tengo el consuelo de que el día de mi boda voy a estar arropada y acompañada por personas que realmente me quieren y se preocupan por mí, que van a disfrutar de los esfuerzos que Tindomion y yo hemos hecho para que se lo pasen bien, y, sobre todo, que no vamos a tener que pagar el cubierto de un amargado a quien en el fondo no le importamos en absoluto.
¿Que hay gente que no puede ir por trabajo, o por falta de dinero? Pues vale, lo entiendo. Lo comprendo y lamentaré muchísimo que no estén ahí. Nosotros mismos dejamos de asistir a una boda de unos amigos muy queridos hace poco porque se nos jodió el coche en el último momento y no teníamos manera de desplazarnos (era un viaje de cinco horas). Y bien que nos fastidió no poder estar allí. Pero una cosa es eso, tener un compromiso previo o un imprevisto, y otra cosa muy distinta es decir "no voy porque no me sale de las narices".
Entre los argumentos que he recibido, los hay de los más variopintos. Algunas me han dicho que no van a bodas por principio, porque no están de acuerdo con el matrimonio. Pues muy bien, joder, si no estás de acuerdo con el matrimonio no te cases, que nadie te obliga. Pero una cosa es no casarte porque no crees en el matrimonio, y otra muy distinta hacerle un feo a alguien negándote a ir a su boda por ese motivo. Otro de los argumentos estrella es que "a mí no me gustan las bodas, me parecen una tontería". Vuelvo a lo de antes; a lo mejor hay celebraciones que a mí tampoco me gustan, pero son compromisos a los que acudes para mostrar cariño y apoyo a alguien, no sólo por divertirte. Si tanto te joden las celebraciones, al menos ve a la misa o a la ceremonia civil, aunque no te quedes al banquete.
Dicho esto, creo que realmente lo que me dijeron no eran más que excusas. No creo que esos argumentos sean el motivo real por el que esa gente se ha negado por las buenas a acudir a mi boda. Creo que sólo hay tres motivos verdaderos posibles:
a) La tacañería. Si vas a una boda tienes que hacer un regalo, y a muchos no les apetece rascarse el bolsillo. Dicho sea de paso que yo no le he exigido una cantidad a nadie, y que igual ilusión me haría un detallito modesto, aunque fuera un libro de bolsillo, que un regalazo grande. No tengo a un funcionario de Hacienda en la puerta de la Iglesia diciéndole a los invitados cuánto me tiene que regalar cada uno según su cotización el año pasado. Pero, aún así, algunos tienen una enorme reticencia a acudir a bodas en cuanto a su mente acude la palabra "regalo".
b) La indiferencia: Se hacen los simpáticos, pero en el fondo les importamos un ardite. Sencillamente, el hecho de tener que buscar un vestido, ir a la peluquería, acudir a la ceremonia y después al banquete les da una enoooorme pereza, y como en el fondo nosotros y nuestras vidas les damos totalmente igual, no tienen ningún interés en acompañarnos en nuestro día especial. Pero como no pueden decir "oye, soy un vago redomado y además me importáis un cuerno, así que no pienso perder mi tiempo con vuestra estúpida boda", pues te sueltan lo de "es que yo no voy a bodas porque no me gustan" y quedan de puta madre. O eso creen ellos.
c) La envidia: He notado que, de todos los que me sueltan la frasecita, un alto porcentaje son mujeres, poco agraciadas físicamente, de una edad considerable y solteronas empedernidas. Vamos, que a veces me ha dado la sensación de que el verdadero argumento es "no me gustan las bodas porque se me pasó el arroz hace diez años y me voy a quedar sola durante el resto de mi vida, así que, como yo jamás seré la del vestido blanco, el velo y el ramo en una boda, prefiero no acudir a ninguna de ellas, porque soy una arpía envidiosa y no soporto ver a los demás disfrutando de la felicidad que yo jamás voy a conocer". Tengo sospechas bastante fehacientes, por cierto, de que la última persona que me vino con este argumento (muy recientemente, esta misma semana) es de las que tienen esta motivación.
En fin, que con su pan se lo coman. Al menos, tengo el consuelo de que el día de mi boda voy a estar arropada y acompañada por personas que realmente me quieren y se preocupan por mí, que van a disfrutar de los esfuerzos que Tindomion y yo hemos hecho para que se lo pasen bien, y, sobre todo, que no vamos a tener que pagar el cubierto de un amargado a quien en el fondo no le importamos en absoluto.
viernes, 11 de junio de 2010
El día que por fin fui libre
Hace ya nueve años que salí del colegio y aprobé el Selectivo. Nueve años, desde que terminé COU con buenas notas (por algo había elegido Humanidades, que contenía todas las asignaturas que me gustaban y que encima no tenía las odiadas matemáticas), me saqué la Selectividad también con buenas notas, y me fui para siempre de aquel lugar maldito que había sido mi cárcel y mi prisión durante catorce años de condena. ¿Mi crimen? Ser diferente.
Hoy ha llovido mucho desde aquello, claro. Comencé y terminé la carrera de Derecho, hice amigos que permanecen todavía y amigos de quienes la vida me fue separando, conocí amores que se perdieron en las nieblas del pasado, y conocí al amor de mi vida, el que dentro de un mes y medio se convertirá en mi marido. Hoy, profesional del Derecho y a punto de convertirme en una mujer casada, he encontrado mi lugar en el mundo. Tengo amigos que comparten mis gustos y me aprecian por lo que soy, delante de los cuales no tengo que fingir ni aparentar nada. Me sigue gustando bromear, debatir, leer libros de fantasía, ver películas de ciencia-ficción, escribir, imaginar, jugar a rol y soñar con historias maravillosas sobre hadas, vampiros, sirenas, magos y dragones. No consiguieron cambiarme (al menos de forma permanente), sigo siendo yo misma, estoy rodeada de gente que me quiere como soy, y estoy orgullosa de ello.
Pero, ¿sabéis? Aún hoy tengo pesadillas. A veces, cuando estoy preocupada y estresada, sueño que tengo que volver. Que estoy de nuevo allí, en una de las aulas del colegio Dominicos, rodeada de aquella banda de hijos de puta que convirtió mi vida en un infierno. Después de todo lo que ha pasado, después de todo lo que ha llovido, después de sufrir, aprender, desesperar y salir adelante, mi vida ha vuelto a ese punto y tengo que estar allí otra vez. Me despierto angustiada y con una enorme sensación de alivio al darme cuenta de que sólo había sido un sueño. Pero, en esos momentos, odio a mi cerebro. Por haberme traicionado haciéndome volver, aunque sólo haya sido en sueños.
Por eso, hoy me gustaría rendir homenaje a aquella adolescente de dieciocho años que salió del colegio con una mezcla de alegría, esperanza e incredulidad, como el preso que por fin ve cómo se abren las puertas de la cárcel ante él tras una larga condena y camina vacilante hacia el exterior, temiendo irracionalmente que alguien le obligue a volver. Herida y destrozada, pero libre por fin. Con la esperanza de que por fin se abría delante de sus ojos un futuro mejor.
En primer lugar, aquí va este artículo de Arturo Pérez-Reverte para el XL Semanal, uno de mis favoritos de este escritor, que me emocionó cuando lo leí porque en muchos aspectos parecía escrito para mí. Un guiño del destino:
NADIE DIJO QUE FUERA FÁCIL
Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.
Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.
Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.
El Semanal 21 de enero de 2007
Y, en segundo lugar, querría dedicarle este videoclip a todos los amables compañeros de clase que me fueron acompañando por mis años escolares ignorándome, humillándome, insultándome, burlándose de mí, gastándome bromas crueles, destrozando mis deberes, escondiéndome el material escolar, pegándome chicles en el pelo, poniéndome chinchetas en el asiento, dejándome sola en el recreo, golpeándome, calificándome de "rara" y de "loca" (en aquellos días aún no se estilaba el término "friki") sin conocerme y destrozando mi autoestima, mi esperanza, mi felicidad y mi cordura hasta límites insospechados. Gracias, cabrones. Este vídeo va dedicado a vosotros de parte de Ana, la rara y la loca que se pasaba el día leyendo del grupo C de la promoción 1987-2001 (de segundo de Preescolar a COU) del colegio San Vicente Ferrer de los Padres Dominicos de Valencia.
Hoy ha llovido mucho desde aquello, claro. Comencé y terminé la carrera de Derecho, hice amigos que permanecen todavía y amigos de quienes la vida me fue separando, conocí amores que se perdieron en las nieblas del pasado, y conocí al amor de mi vida, el que dentro de un mes y medio se convertirá en mi marido. Hoy, profesional del Derecho y a punto de convertirme en una mujer casada, he encontrado mi lugar en el mundo. Tengo amigos que comparten mis gustos y me aprecian por lo que soy, delante de los cuales no tengo que fingir ni aparentar nada. Me sigue gustando bromear, debatir, leer libros de fantasía, ver películas de ciencia-ficción, escribir, imaginar, jugar a rol y soñar con historias maravillosas sobre hadas, vampiros, sirenas, magos y dragones. No consiguieron cambiarme (al menos de forma permanente), sigo siendo yo misma, estoy rodeada de gente que me quiere como soy, y estoy orgullosa de ello.
Pero, ¿sabéis? Aún hoy tengo pesadillas. A veces, cuando estoy preocupada y estresada, sueño que tengo que volver. Que estoy de nuevo allí, en una de las aulas del colegio Dominicos, rodeada de aquella banda de hijos de puta que convirtió mi vida en un infierno. Después de todo lo que ha pasado, después de todo lo que ha llovido, después de sufrir, aprender, desesperar y salir adelante, mi vida ha vuelto a ese punto y tengo que estar allí otra vez. Me despierto angustiada y con una enorme sensación de alivio al darme cuenta de que sólo había sido un sueño. Pero, en esos momentos, odio a mi cerebro. Por haberme traicionado haciéndome volver, aunque sólo haya sido en sueños.
Por eso, hoy me gustaría rendir homenaje a aquella adolescente de dieciocho años que salió del colegio con una mezcla de alegría, esperanza e incredulidad, como el preso que por fin ve cómo se abren las puertas de la cárcel ante él tras una larga condena y camina vacilante hacia el exterior, temiendo irracionalmente que alguien le obligue a volver. Herida y destrozada, pero libre por fin. Con la esperanza de que por fin se abría delante de sus ojos un futuro mejor.
En primer lugar, aquí va este artículo de Arturo Pérez-Reverte para el XL Semanal, uno de mis favoritos de este escritor, que me emocionó cuando lo leí porque en muchos aspectos parecía escrito para mí. Un guiño del destino:
NADIE DIJO QUE FUERA FÁCIL
Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.
Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.
Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.
El Semanal 21 de enero de 2007
Y, en segundo lugar, querría dedicarle este videoclip a todos los amables compañeros de clase que me fueron acompañando por mis años escolares ignorándome, humillándome, insultándome, burlándose de mí, gastándome bromas crueles, destrozando mis deberes, escondiéndome el material escolar, pegándome chicles en el pelo, poniéndome chinchetas en el asiento, dejándome sola en el recreo, golpeándome, calificándome de "rara" y de "loca" (en aquellos días aún no se estilaba el término "friki") sin conocerme y destrozando mi autoestima, mi esperanza, mi felicidad y mi cordura hasta límites insospechados. Gracias, cabrones. Este vídeo va dedicado a vosotros de parte de Ana, la rara y la loca que se pasaba el día leyendo del grupo C de la promoción 1987-2001 (de segundo de Preescolar a COU) del colegio San Vicente Ferrer de los Padres Dominicos de Valencia.
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Bringing back the balls to rock,
querido diario
miércoles, 9 de junio de 2010
Ubi sunt? Libros descatalogados que marcaron mi infancia
Todos nosotros tenemos libros que, por una u otra razón, nos marcaron la infancia. La mayor parte de ellos, recuerdo haberlos leído en verano, cuando llenaba de libros una maletita rosa antes de irme al apartamento de Puerto de Sagunto donde pasaba el mes de Julio con mis abuelos. En la maletita había dos tipos de libros: los nuevos, ya que mi madre siempre me regalaba un libro por asignatura como premio por haber aprobado todo el curso, y mis favoritos, los que ya había leído pero me gustaban tanto que no me cansaba de leer y releer.
No tengo recuerdo más feliz de mi infancia que mis días en aquellos apartamentos, cuando por la mañana temprano mis abuelos me daban de desayunar y me llevaban a la playa, luego a la piscina, y, después de comer uno de los sabrosos platos de mi abuela, ellos dos se ponían a dormir la siesta y yo me quedaba toda la tarde leyendo, con un refresco en una mano y un bocadillo de atún o un helado para merendar en la otra, tirada en el sofá, leyendo. Feliz, absorta, despreocupada, con esa sensación infantil de que el verano va a durar para siempre y cada día traerá una nueva y luminosa aventura, sintiendo el sonido y el olor del mar a mis espaldas. Una sensación mágica que hoy, de adulta, sólo puedo añorar, pues, al igual que mi infancia, se marchó para siempre.
Nunca podré volver a aquellos días dorados, del mismo modo que la segunda señora De Winter nunca pudo volver a Manderley, pero, cada vez que abro uno de esos libros mágicos que me acompañaron en mis vacaciones infantiles, por un momento me siento volver allí, y una emoción disfrazada de nostalgia me llena el corazón al recordarme aquellas vacaciones.
Por desgracia, muchos de esos libros especiales de mi infancia ya no pueden encontrarse en librerías. Por alguna razón que me entristece y que no alcanzo a comprender, han sido descatalogados. Y me duele mucho que sea así, al pensar en la cantidad de niños que se están perdiendo las aventuras maravillosas que viví yo a través de sus páginas. Algunos de los títulos que me acompañaron esos días aún pueden encontrarse en las tiendas (El león, la bruja y el armario de C.S.Lewis, Las colecciones de Los Cinco y Torres de Mallory de Enid Blyton (recuerdo que en una librería de Puerto de Sagunto, uno de esos veranos, encontré y compré su autobiografía y fui la más feliz de mundo), Matilda, de Roal Dahl, Entrevista con el vampiro, de Anne Rice...). Pero muchos otros están desaparecidos en combate. Aquí os los dejo, para que, si alguna vez ocurre el milagro y los encontráis, no dejéis pasar la ocasión de comprarlos o regalarlos a algún hermano o sobrino pequeño a quien le guste leer (y, de paso, para que me aviséis a mí y me alegréis el día):
-El verano de la sirena, de Mollie Hunter:
Esta historia me fascinó durante años. Trata de dos hermanos, Jon y Anna, que viven en una aldea de pescadores. Por el pueblo circula una leyenda acerca de una sirena que tiene poderes mágicos y es capaz de hacer naufragar a los marinos hechizándolos con su canto. El abuelo de los niños, Eric, se burla de la historia, y por ello es castigado por la sirena. Tras perder su embarcación, se marcha del pueblo para no atraer las iras de la sirena sobre él mismo y su familia. Pero Jon y Anna también deberán enfrentarse a la sirena...
Aunque no me gustaba demasiado que la sirena fuese la mala de esta historia, ya que me fascinan estos seres, lo cierto es que la historia me atrapó desde el primer momento. La recomendaría incluso para adultos. No hay nadie que cuente leyendas fascinantes como Mollie Hunter.
-Ha llegado un extraño, de Mollie Hunter: La señora Hunter vuelve a la carga con otra de las leyendas clásicas de tu tierra. En esta ocasión, el protagonista es un niño llamado Robbie Henderson que vive en Black Ness, un pequeño pueblo costero de las islas Shetland. En su pueblo se cuentan leyendas acerca del Gran Selkie, un mago marino que tiene cuerpo de foca pero que es capaz de desprenderse de su piel para convertirse en un atractivo joven que se dedica a seducir jovencitas para llevárselas a su palacio bajo las aguas y ahogarlas. Y, un día, a Black Ness llega un extranjero que posa su mirada en Elspeth, la bella hermana mayor de Robbie...
Una novela escalofriante, emocionante y adictiva hasta el extremo, que no pude soltar hasta que leí la última página.
-La Rosa del Kilimanjaro, La Rosa del Desierto, La Rosa de la Pradera y La Rosa de los Hielos, de Carlos Puerto: Estas cuatro novelas (no sé si hay más) cuentan las aventuras de una niña canaria llamada Rosa que es capaz de hablar con lo animales y que junto con su padre, Hugo, recorre el mundo y vive miles de aventuras. Todos los libros me gustaron muchísimo, y, aunque no son tan adultos como los dos anteriores, los recomiendo para cualquier niño entre 8 y 13 años.
-Colección de Ulises Cabal (El Misterio del León de Piedra, El Misterio del Colegio Embrujado, El Misterio de la Ratonera Asesina, El Misterio de la Ciudad Submarina, El Misterio del Teatro del Crimen), de Ulises Cabal: Cualquiera quie haya leído esta colección recordará con cariño a Ulises Cabal, el librero y detective granadino adicto al agua de Litines, y a su simpática prima Charito, enamorada platónicamente de él. No sé quién es el autor, dado que el que escribió los libros tomó como pesudónimo el nombre del protagonista. Lo que sí sé es que estos libros, llenos de misterio e intriga, me encantaron. Todos sucedían en alguna ciudad española (Granada, Salamanca, Logroño, Cádiz y Valladolid), y, de forma muy amena, en el libro aparecían anécdotas acerca de su historia y su cultura. Si los encontráis, no os los podéis perder.
-Mi hermana Gabriela y El secreto de Gabriela, de José Luis Olaizola: Estos dos libros son partes de una misma historia: la de Antonio, un joven universitario de Soria, que es huérfano y vive solo con su abuelo. Un día, reciben una noticia sorprendente: El padre de Antonio, que era militar, se casó en segundas nupcias con una noble africana durante la guerra. Todos fueron asesinados por los esbirros del dictador Macías, pero en un islote, sin que nadie lo supiera, sobrevivió Gabriela, hija del padre de Antonio y de la noble negra, que ha permanecido catorce años completamente sola, viviendo como una salavje, hasta que ha sido encontrada por un grupo de misioneros... La historia, que es tan conmovedora como fascinante, cuenta la historia del encuentro y la adaptación a la civilización de Gabriela vista a través de los ojos de Antonio. Tan estupenda, que no sé por qué puñetas no hicieron nunca
una película basada en estos libros.
-Hasta el verano que viene, de Tormod Haugen: Este es un libro muy melancólico y triste. Habla de la historia de Britt, una niña de doce años que no tiene amigos, sus padres se llevan mal y no quiere hacerse mayor. Dado que yo a su edad sufría la misma soledad y desprecio que sentía ella, fue para mí terapéutico leer este libro, porque me hizo sentir que no estaba sola. Me dio fuerzas para aguantar una situación insoportable. Sólo por eso le tengo un cariño enorme. Y, además, era muy bonito.
-La señora Frisby y las ratas de Nimh, de Robert C. O'Brien: Este es otro de esos libros que, aunque haya sido escrito para niños, puede y debería ser leído también por adultos. La protagonista es la señora Frisby, una ratona viuda madre de cuatro hijos que se siente aterrada porque el granjero pronto va a arar el campo donde vive y su hijo Timothy, enfermo de pulmonía, está demasiado débil como pasa salir al exterior y escapar junto con el resto de la familia. Desesperada, decide pedir ayuda a unos seres extraños de los que todos los animales desconfían: las ratas del gran rosal, que poseen una longevidad y una inteligencia anormalmente altas...
Escrito en un lenguaje bastante adulto y con un argumento realista (a pesar de que haya algunos elementos de ciencia-ficción en la explicación de las cualidades casi humanas de las ratas), lo leí tras ver la versión de dibujos animados en el cine, y la verdad es que no tiene ni punto de comparación: la película no estaba mal, pero el libro es mil veces mejor. No dejéis de leerlo si podéis encontrarlo.
-Colección La Calle del Terror, de R.L.Stine: Seguro que muchos recordáis esta serie de novelas de terror para adolescentes, hermana mayor de la colección Pesadillas, que era más para niños. Me dio mucha rabia que la descatalogaran, porque sé que en EEUU hay muchos libros más de esta serie que no llegaron a traducirse al español (y, además, no lo entiendo, porque se vendían como rosquillas). Hay casi 30 títulos de esta colección, pero los tres primeros que leí (Pánico en la nieve, Un verano diabólico, El bisturí y Quemada por el sol) fueron los que más honda impresión me causaron.
-Volveremos a encontrarnos, de Annelies Schwarz: Esta es una novela basada en hechos reales (la autora cuenta su propia experiencia al relatarnos sus recuerdos de niña) y narra la historia de Liese, una niña checo-alemana que es expulsada de Checoslovaquia junto con el resto de su familia tras la Segunda Guerra Mundial debido a su origen alemán. Liese cuenta el viaje, lleno de penalidades, que hizo desde que salió de su casa prácticamente con lo puesto hasta que ella y su familia consiguieron encontrar algo parecido a un hogar en Alemania. El verano pasado, cuando estuve de vacaciones en Praga (capital de la República Checa), me acordé de ella. El epílogo de esta historia, un alegato a favor del envío de ayuda humanitaria a los refugiados, siempre consigue que las lágrimas me piquen en los ojos.
-Los ojos de Ana Marta, de Alice Vieira: Esta es una de las novelas más perturbadoras que leí durante mi infancia, y quizás por eso mismo se me grabó en la memoria para siempre. La historia versa sobre Marta, una niña portuguesa que vive en un enorme caserón lleno de habitaciones cerradas, con un padre distante y una madre transtornada que no permite que la llamen "mamá". La única que la cuida es Leonor, la fiel criada que lleva muchos años sirviendo a la familia. Y Marta tiene la sensación de que está ocupando el lugar de la Otra Persona, un ser misterioso cuyos ojos invisibles parecen observar su vida... No puedo dar más detalles de argumento, porque la gracia de la novel está, precisamente, en ir descubriendo poco a poco cuál es el misterio que se cierne como una sombra de infortunio sobre la familia.
Bueno, esta es mi lista. Igual me dejo alguno, pero puedo asegurar que, aunque no sé si están todos los que son, sí son todos los que están. ¿Y vosotros? ¿Habéis leído alguno de restos libros? ¿Hay algún libro especial de vuestra infancia que recordáis con cariño y hoy ya no podéis encontrar?
No tengo recuerdo más feliz de mi infancia que mis días en aquellos apartamentos, cuando por la mañana temprano mis abuelos me daban de desayunar y me llevaban a la playa, luego a la piscina, y, después de comer uno de los sabrosos platos de mi abuela, ellos dos se ponían a dormir la siesta y yo me quedaba toda la tarde leyendo, con un refresco en una mano y un bocadillo de atún o un helado para merendar en la otra, tirada en el sofá, leyendo. Feliz, absorta, despreocupada, con esa sensación infantil de que el verano va a durar para siempre y cada día traerá una nueva y luminosa aventura, sintiendo el sonido y el olor del mar a mis espaldas. Una sensación mágica que hoy, de adulta, sólo puedo añorar, pues, al igual que mi infancia, se marchó para siempre.
Nunca podré volver a aquellos días dorados, del mismo modo que la segunda señora De Winter nunca pudo volver a Manderley, pero, cada vez que abro uno de esos libros mágicos que me acompañaron en mis vacaciones infantiles, por un momento me siento volver allí, y una emoción disfrazada de nostalgia me llena el corazón al recordarme aquellas vacaciones.
Por desgracia, muchos de esos libros especiales de mi infancia ya no pueden encontrarse en librerías. Por alguna razón que me entristece y que no alcanzo a comprender, han sido descatalogados. Y me duele mucho que sea así, al pensar en la cantidad de niños que se están perdiendo las aventuras maravillosas que viví yo a través de sus páginas. Algunos de los títulos que me acompañaron esos días aún pueden encontrarse en las tiendas (El león, la bruja y el armario de C.S.Lewis, Las colecciones de Los Cinco y Torres de Mallory de Enid Blyton (recuerdo que en una librería de Puerto de Sagunto, uno de esos veranos, encontré y compré su autobiografía y fui la más feliz de mundo), Matilda, de Roal Dahl, Entrevista con el vampiro, de Anne Rice...). Pero muchos otros están desaparecidos en combate. Aquí os los dejo, para que, si alguna vez ocurre el milagro y los encontráis, no dejéis pasar la ocasión de comprarlos o regalarlos a algún hermano o sobrino pequeño a quien le guste leer (y, de paso, para que me aviséis a mí y me alegréis el día):
-El verano de la sirena, de Mollie Hunter:
Esta historia me fascinó durante años. Trata de dos hermanos, Jon y Anna, que viven en una aldea de pescadores. Por el pueblo circula una leyenda acerca de una sirena que tiene poderes mágicos y es capaz de hacer naufragar a los marinos hechizándolos con su canto. El abuelo de los niños, Eric, se burla de la historia, y por ello es castigado por la sirena. Tras perder su embarcación, se marcha del pueblo para no atraer las iras de la sirena sobre él mismo y su familia. Pero Jon y Anna también deberán enfrentarse a la sirena...
Aunque no me gustaba demasiado que la sirena fuese la mala de esta historia, ya que me fascinan estos seres, lo cierto es que la historia me atrapó desde el primer momento. La recomendaría incluso para adultos. No hay nadie que cuente leyendas fascinantes como Mollie Hunter.
-Ha llegado un extraño, de Mollie Hunter: La señora Hunter vuelve a la carga con otra de las leyendas clásicas de tu tierra. En esta ocasión, el protagonista es un niño llamado Robbie Henderson que vive en Black Ness, un pequeño pueblo costero de las islas Shetland. En su pueblo se cuentan leyendas acerca del Gran Selkie, un mago marino que tiene cuerpo de foca pero que es capaz de desprenderse de su piel para convertirse en un atractivo joven que se dedica a seducir jovencitas para llevárselas a su palacio bajo las aguas y ahogarlas. Y, un día, a Black Ness llega un extranjero que posa su mirada en Elspeth, la bella hermana mayor de Robbie...
Una novela escalofriante, emocionante y adictiva hasta el extremo, que no pude soltar hasta que leí la última página.
-La Rosa del Kilimanjaro, La Rosa del Desierto, La Rosa de la Pradera y La Rosa de los Hielos, de Carlos Puerto: Estas cuatro novelas (no sé si hay más) cuentan las aventuras de una niña canaria llamada Rosa que es capaz de hablar con lo animales y que junto con su padre, Hugo, recorre el mundo y vive miles de aventuras. Todos los libros me gustaron muchísimo, y, aunque no son tan adultos como los dos anteriores, los recomiendo para cualquier niño entre 8 y 13 años.
-Colección de Ulises Cabal (El Misterio del León de Piedra, El Misterio del Colegio Embrujado, El Misterio de la Ratonera Asesina, El Misterio de la Ciudad Submarina, El Misterio del Teatro del Crimen), de Ulises Cabal: Cualquiera quie haya leído esta colección recordará con cariño a Ulises Cabal, el librero y detective granadino adicto al agua de Litines, y a su simpática prima Charito, enamorada platónicamente de él. No sé quién es el autor, dado que el que escribió los libros tomó como pesudónimo el nombre del protagonista. Lo que sí sé es que estos libros, llenos de misterio e intriga, me encantaron. Todos sucedían en alguna ciudad española (Granada, Salamanca, Logroño, Cádiz y Valladolid), y, de forma muy amena, en el libro aparecían anécdotas acerca de su historia y su cultura. Si los encontráis, no os los podéis perder.
-Mi hermana Gabriela y El secreto de Gabriela, de José Luis Olaizola: Estos dos libros son partes de una misma historia: la de Antonio, un joven universitario de Soria, que es huérfano y vive solo con su abuelo. Un día, reciben una noticia sorprendente: El padre de Antonio, que era militar, se casó en segundas nupcias con una noble africana durante la guerra. Todos fueron asesinados por los esbirros del dictador Macías, pero en un islote, sin que nadie lo supiera, sobrevivió Gabriela, hija del padre de Antonio y de la noble negra, que ha permanecido catorce años completamente sola, viviendo como una salavje, hasta que ha sido encontrada por un grupo de misioneros... La historia, que es tan conmovedora como fascinante, cuenta la historia del encuentro y la adaptación a la civilización de Gabriela vista a través de los ojos de Antonio. Tan estupenda, que no sé por qué puñetas no hicieron nunca
una película basada en estos libros.
-Hasta el verano que viene, de Tormod Haugen: Este es un libro muy melancólico y triste. Habla de la historia de Britt, una niña de doce años que no tiene amigos, sus padres se llevan mal y no quiere hacerse mayor. Dado que yo a su edad sufría la misma soledad y desprecio que sentía ella, fue para mí terapéutico leer este libro, porque me hizo sentir que no estaba sola. Me dio fuerzas para aguantar una situación insoportable. Sólo por eso le tengo un cariño enorme. Y, además, era muy bonito.
-La señora Frisby y las ratas de Nimh, de Robert C. O'Brien: Este es otro de esos libros que, aunque haya sido escrito para niños, puede y debería ser leído también por adultos. La protagonista es la señora Frisby, una ratona viuda madre de cuatro hijos que se siente aterrada porque el granjero pronto va a arar el campo donde vive y su hijo Timothy, enfermo de pulmonía, está demasiado débil como pasa salir al exterior y escapar junto con el resto de la familia. Desesperada, decide pedir ayuda a unos seres extraños de los que todos los animales desconfían: las ratas del gran rosal, que poseen una longevidad y una inteligencia anormalmente altas...
Escrito en un lenguaje bastante adulto y con un argumento realista (a pesar de que haya algunos elementos de ciencia-ficción en la explicación de las cualidades casi humanas de las ratas), lo leí tras ver la versión de dibujos animados en el cine, y la verdad es que no tiene ni punto de comparación: la película no estaba mal, pero el libro es mil veces mejor. No dejéis de leerlo si podéis encontrarlo.
-Colección La Calle del Terror, de R.L.Stine: Seguro que muchos recordáis esta serie de novelas de terror para adolescentes, hermana mayor de la colección Pesadillas, que era más para niños. Me dio mucha rabia que la descatalogaran, porque sé que en EEUU hay muchos libros más de esta serie que no llegaron a traducirse al español (y, además, no lo entiendo, porque se vendían como rosquillas). Hay casi 30 títulos de esta colección, pero los tres primeros que leí (Pánico en la nieve, Un verano diabólico, El bisturí y Quemada por el sol) fueron los que más honda impresión me causaron.
-Volveremos a encontrarnos, de Annelies Schwarz: Esta es una novela basada en hechos reales (la autora cuenta su propia experiencia al relatarnos sus recuerdos de niña) y narra la historia de Liese, una niña checo-alemana que es expulsada de Checoslovaquia junto con el resto de su familia tras la Segunda Guerra Mundial debido a su origen alemán. Liese cuenta el viaje, lleno de penalidades, que hizo desde que salió de su casa prácticamente con lo puesto hasta que ella y su familia consiguieron encontrar algo parecido a un hogar en Alemania. El verano pasado, cuando estuve de vacaciones en Praga (capital de la República Checa), me acordé de ella. El epílogo de esta historia, un alegato a favor del envío de ayuda humanitaria a los refugiados, siempre consigue que las lágrimas me piquen en los ojos.
-Los ojos de Ana Marta, de Alice Vieira: Esta es una de las novelas más perturbadoras que leí durante mi infancia, y quizás por eso mismo se me grabó en la memoria para siempre. La historia versa sobre Marta, una niña portuguesa que vive en un enorme caserón lleno de habitaciones cerradas, con un padre distante y una madre transtornada que no permite que la llamen "mamá". La única que la cuida es Leonor, la fiel criada que lleva muchos años sirviendo a la familia. Y Marta tiene la sensación de que está ocupando el lugar de la Otra Persona, un ser misterioso cuyos ojos invisibles parecen observar su vida... No puedo dar más detalles de argumento, porque la gracia de la novel está, precisamente, en ir descubriendo poco a poco cuál es el misterio que se cierne como una sombra de infortunio sobre la familia.
Bueno, esta es mi lista. Igual me dejo alguno, pero puedo asegurar que, aunque no sé si están todos los que son, sí son todos los que están. ¿Y vosotros? ¿Habéis leído alguno de restos libros? ¿Hay algún libro especial de vuestra infancia que recordáis con cariño y hoy ya no podéis encontrar?
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domingo, 6 de junio de 2010
Crítica de "La segunda vida de Bree Tanner", de Stephenie Meyer
Me compré este libro ayer con bastante curiosidad porque, al parecer, prometía lo increíble: ¡una historia escrita por Stephenie Meyer en la que los vampiros protagonistas se comportan como depredadores asesinos! Me hice con él, y, como es bastante cortito (alrededor de 230 páginas) lo terminé el mismo día.
Y, ¿la verdad? Me alegra poder decir que no es un sacacuartos salido a estela de la saga principal como muchos temían. No sólo me ha gustado, sino que me ha parecido mejor que las cuatro novelas principales. Bree, la protagonista, me cayó mejor de lo que jamás me ha caído la sosa de Bella. De hecho, mientras lo leía, pensaba: "Ojalá Bree hubiese sido la protagonista de Crepúsculo desde el principio, ¡cómo hubiera mejorado la saga!".
Y es que, efectivamente, es una gozada poder leer una historia de vampiros en la que la protagonista caza humanos, los mata, y se siente arrebatada por un ansia de sangre que a duras penas puede controlar, y que deshumaniza a sus víctimas como único modo de poder acabar con ellas sin tener remordimientos. Una superviviente perdida en un mundo extraño que para sobrevivir ha tenido que dejar de ver el asesinato como algo malo para verlo como lo único que la mantiene con vida. Y no porque Bree sea mala o le guste hacer daño a la gente, sino porque no conoce otro modo de actuar. No conoce otra forma de sobrevivir.
Las escenas sangrientas no son muchas y Stephenie Meyer no se recrea demasiado en ellas, pero aún así hay algunos momentos que provocan escalofríos (el "accidente" de coche y las barracudas, por ejemplo). Lo más interesante del libro, a mi juicio, es la evolución de Bree Tanner como no-muerta: cómo va descubriendo poco a poco, a través de la maraña de mentiras en la que está sumergida, las verdades ocultas acerca de su naturaleza y su condición, así como su confusión, sus miedos y su lucha interna entre la desconfianza innata motivada por su instinto de supervivencia y la necesidad interior (humana aún, mal que le pese) de tener un amigo en quien confiar.
Bree y sus compañeros son unos personajes bien definidos, cuya historia, a pesar de ser conocida de antemano, no se hace pesada (al revés, a medida que se va acercando la fecha límite te vas desesperando, porque sabes hacia dónde va Bree, aunque ella no lo sepa). Las 40 páginas finales son a mi juicio las mejores de la novela, y, aunque en ocasiones sobra un poco de narración y le falta un poco de diálogo, lo cierto es que Stephenie ha conseguido en poco más de 200 páginas lo que no consiguió en los cuatro libros anteriores: una historia desgarradora e impactante y unos protagonistas carismáticos de verdad, fuertes pero perdidos, adorables pero despiadados, valientes pero trágicos, que han hecho que me quede con ganas de más y que lamente de verdad que la segunda vida de Bree Tanner haya sido tan breve.
SPOLIERS: Me llamó especialmente la atención el descubrimiento, bastante impactante aunque no excesivamente sorprendente, de que los Vulturi fueran capaces de no destruir a los neonatos inmediatamente y de pactar con Victoria, tolerando el caos de Seattle sólo por ver destruidos a los Cullen. Me agrada que Stephenie Meyer haya incluido esta escena, porque solventa uno de los "fallos" de Eclipse: cómo era posible que pasasen tantas burradas en Seattle sin que los Vulturi moviesen un dedo hasta el último momento. También me pareció muy triste y conmovedora la parte final, en la que Bree no huye de los Vulturi y acepta la muerte con resignación porque tras la destrucción de Diego, el único que daba sentido a su no-muerte, ya no quiere seguir viviendo.
Y, ¿la verdad? Me alegra poder decir que no es un sacacuartos salido a estela de la saga principal como muchos temían. No sólo me ha gustado, sino que me ha parecido mejor que las cuatro novelas principales. Bree, la protagonista, me cayó mejor de lo que jamás me ha caído la sosa de Bella. De hecho, mientras lo leía, pensaba: "Ojalá Bree hubiese sido la protagonista de Crepúsculo desde el principio, ¡cómo hubiera mejorado la saga!".
Y es que, efectivamente, es una gozada poder leer una historia de vampiros en la que la protagonista caza humanos, los mata, y se siente arrebatada por un ansia de sangre que a duras penas puede controlar, y que deshumaniza a sus víctimas como único modo de poder acabar con ellas sin tener remordimientos. Una superviviente perdida en un mundo extraño que para sobrevivir ha tenido que dejar de ver el asesinato como algo malo para verlo como lo único que la mantiene con vida. Y no porque Bree sea mala o le guste hacer daño a la gente, sino porque no conoce otro modo de actuar. No conoce otra forma de sobrevivir.
Las escenas sangrientas no son muchas y Stephenie Meyer no se recrea demasiado en ellas, pero aún así hay algunos momentos que provocan escalofríos (el "accidente" de coche y las barracudas, por ejemplo). Lo más interesante del libro, a mi juicio, es la evolución de Bree Tanner como no-muerta: cómo va descubriendo poco a poco, a través de la maraña de mentiras en la que está sumergida, las verdades ocultas acerca de su naturaleza y su condición, así como su confusión, sus miedos y su lucha interna entre la desconfianza innata motivada por su instinto de supervivencia y la necesidad interior (humana aún, mal que le pese) de tener un amigo en quien confiar.
Bree y sus compañeros son unos personajes bien definidos, cuya historia, a pesar de ser conocida de antemano, no se hace pesada (al revés, a medida que se va acercando la fecha límite te vas desesperando, porque sabes hacia dónde va Bree, aunque ella no lo sepa). Las 40 páginas finales son a mi juicio las mejores de la novela, y, aunque en ocasiones sobra un poco de narración y le falta un poco de diálogo, lo cierto es que Stephenie ha conseguido en poco más de 200 páginas lo que no consiguió en los cuatro libros anteriores: una historia desgarradora e impactante y unos protagonistas carismáticos de verdad, fuertes pero perdidos, adorables pero despiadados, valientes pero trágicos, que han hecho que me quede con ganas de más y que lamente de verdad que la segunda vida de Bree Tanner haya sido tan breve.
SPOLIERS: Me llamó especialmente la atención el descubrimiento, bastante impactante aunque no excesivamente sorprendente, de que los Vulturi fueran capaces de no destruir a los neonatos inmediatamente y de pactar con Victoria, tolerando el caos de Seattle sólo por ver destruidos a los Cullen. Me agrada que Stephenie Meyer haya incluido esta escena, porque solventa uno de los "fallos" de Eclipse: cómo era posible que pasasen tantas burradas en Seattle sin que los Vulturi moviesen un dedo hasta el último momento. También me pareció muy triste y conmovedora la parte final, en la que Bree no huye de los Vulturi y acepta la muerte con resignación porque tras la destrucción de Diego, el único que daba sentido a su no-muerte, ya no quiere seguir viviendo.
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