Bella Swan: Siento que es culpa mía que la gallina haya cruzado la carretera. Merezco sufrir todo lo posible por ello.
Edward Cullen: Bella, no te sientas culpable por que la gallina haya cruzado la carretera. En realidad ha sido culpa mía. Soy un monstruo.
Jacob Black: Gallina, ¿estás segura de que realmente deseas cruzar la carretera? Recuerda que tienes otras opciones.
Carlisle Cullen: La gallina es libre de cruzar la carretera. Yo jamás le negaría el uso de su libre voluntad.
Esme Cullen: Oh, gallinita, ¿estás segura de que podrás cruzar la carretera?
Alice Cullen: La gallina cruzará la carretera.
Jasper Cullen: ... (hace una tirada de autocontrol a dificultad 9 para no entrar en frenesí de hambre y abalanzarse sobre la gallina)
Emmet Cullen: ¡YO puedo cruzar esa carretera mucho más rápido que esa gallina!
Rosalie Cullen: Porque ha elegido mal. Yo no la cruzaría si estuviese en su lugar.
Billy Black: Gallina, quiero que me prometas que no intentarás cruzar esa carretera. Es peligroso.
Leah Clearwater: ¿A quién le importa que esa maldita gallina cruzase la estúpida carretera?
Seth Clearwater: ¡Gallina, espera! ¡Déjame cruzar contigo la carretera!
Sam Uley: Porque se lo ordenó su gallo Alfa.
Emily Young: Porque se imprimó de ella.
Irina: ¿Que la gallina ha cruzado la carretera? ¡Se lo voy a contar a los Vulturis!
Aro Vulturi: Mi queridísima y apreciada gallina, por supuesto que me parece magnífico que hayas cruzado la carretera y eres libre de hacerlo, sean cuales sean tus motivos. Y te aseguro que nunca, nunca, recibirás represalias por ello.
Cayo Vulturi: ¡Aro, acaba de una vez con esta farsa ¡Eliminemos a esa gallina por haber tenido la osadía de cruzar nuestra carretera!
Marco Vulturi: Me aburro.
Jane: No lo sé, pero tengo maneras muy efectivas de hacer que lo confiese.
James: Para intentar escapar de mí. ¡Que empiece la caza!
Victoria: Para vengar a su amante muerto.
Laurent: Yo no tengo nada que ver con esa gallina ni pienso cruzar la carretera.
Bree Tanner: ¡No lo sé! ¡La gallina nos dijo que cruzáramos la carretera, pero no nos explicó el motivo! ¡Dijo que nuestros pensamientos no eran seguros!
Mike Newton: Gallina, ¿quieres cruzar la carretera conmigo? Ya sé que te lo he pedido 214 veces y me has dicho que no, pero sin cambias de opinión...
Jessica Stanley: Ah, sí, la gallina, muy interesante. Pero déjame que te siga contando, ayer me fui de compras y me encontré con...
Charlie Swan: ¿Que una gallina ha cruzado la carretera? Humm... bueno... está bien. Me voy de pesca con Billy.
IMPORTANTE: Lo que acabáis de leer no lo he copiado de ninguna parte. Es mío. Mío únicamente, salido de mi cabecita en un momento que no sé si fue de inspiración, de aburrimiento o de ambas cosas. Así que, por favor, si os gusta y lo queréis compartir, tenéis vía libre para hacerlo siempre que conste mi autoría y el nombre del blog donde está publicado (es decir, éste mismo).
martes, 16 de agosto de 2011
lunes, 1 de agosto de 2011
Lucianna
Una vez, cuando todavía era humana, le pregunté a Giuliano cómo era ser vampiro y me dijo que se parecía a una ciudad en ruinas. La ciudad estuvo viva una vez; en el pasado, la gente caminó por sus calles, nació y vivió en sus casas, negociaba en sus mercados, rezaba en sus templos y se divertía en sus tabernas. Las puertas y las tejas rotas se reparaban, las casas viejas se reformaban, y si un edificio estaba demasiado ajado, se echaba abajo y otro nuevo y más moderno ocupaba su lugar. Pero la ciudad fue abandonada, sus habitantes murieron o se marcharon, y ahora sus calles están vacías, sus luces apagadas y las voces que antes la llenaban guardan silencio. Sin embargo, la ciudad sigue ahí. Los edificios, aunque abandonados y ruinosos, se mantienen en pie, mostrando una belleza distinta de la que tenían cuando estaban ocupados, pero bellos aún de todas maneras. Por la noche, la luz de la luna se refleja en los vidrios rotos de las ventanas, y entonces parece como si todavía hubiese alguien ocupando las habitaciones, tal vez leyendo a la luz mortecina de una vela. Y, de vez en cuando, llega un viajero o un visitante atraído por la fama de las hermosas ruinas, y pasea por las calles abandonadas, y de repente es capaz de sentir cómo la ciudad suspira y se estremece calladamente a su alrededor. Porque la ciudad no está viva, pero tampoco está del todo muerta, y aún flotan entre sus muros los recuerdos de miles de historias olvidadas por los mortales que la ciudad, a pesar de todo, aún recuerda y añora.
No comprendí entonces sus palabras. Ni siquiera las comprendí del todo después de haberme convertido en lo que ahora soy. Pero las comprendo ahora. Las comprendo cada noche, cuando me asomo al balcón de mi palazzo y observo el Gran Canal, y la ciudad que se extiende alrededor. Porque yo soy como Venecia, y Venecia es como yo. Venecia es una vampira, una no-muerta, una anciana princesa que se viste con los fastuosos ropajes que usaba en su juventud y se mira al espejo tratando de revivir las alegrías de su pasado, intentando ignorar que el reflejo ya no muestra la frescura de la mocedad sino el cansancio de la vejez. Venecia es como yo, porque las dos guardamos inalterada e imperecedera la belleza anacrónica de hace siglos, pero en nuestro interior ya no quedan fuerzas, sólo sombras. Vivimos de recuerdos de pasadas glorias, y los demás vienen a nosotros atraídos por esos recuerdos, sin saber que en el fondo nuestra belleza vampírica es el canto de sirena que usamos para atraerles y bebernos parte de su sangre, de su fuerza vital. Yo me alimento de la sangre de los vivos, y Venecia se alimenta de las visitas de los forasteros. Por las venas de las dos corre una corriente vital que no es ya nuestra, que debe ser entregada por otros para que sigamos existiendo. Nos quedamos atrapadas en el Renacimiento y nos plegamos sobre nosotras mismas hallando refugio en la añoranza de las glorias pasadas, porque el mundo exterior ha cambiado demasiado y ya no podemos reconocerlo. Ya no podemos sentirnos parte de él. Dos damas engalanadas, dos ancianas de piel tersa, dos máscaras de carnaval, dos esfinges de añoranza que se alzan, como la ciudad en ruinas de la que me habló Giuliano, como testigo mudo y trágico superviviente de épocas pasadas que ya no volverán. Venecia y yo somos una.
No comprendí entonces sus palabras. Ni siquiera las comprendí del todo después de haberme convertido en lo que ahora soy. Pero las comprendo ahora. Las comprendo cada noche, cuando me asomo al balcón de mi palazzo y observo el Gran Canal, y la ciudad que se extiende alrededor. Porque yo soy como Venecia, y Venecia es como yo. Venecia es una vampira, una no-muerta, una anciana princesa que se viste con los fastuosos ropajes que usaba en su juventud y se mira al espejo tratando de revivir las alegrías de su pasado, intentando ignorar que el reflejo ya no muestra la frescura de la mocedad sino el cansancio de la vejez. Venecia es como yo, porque las dos guardamos inalterada e imperecedera la belleza anacrónica de hace siglos, pero en nuestro interior ya no quedan fuerzas, sólo sombras. Vivimos de recuerdos de pasadas glorias, y los demás vienen a nosotros atraídos por esos recuerdos, sin saber que en el fondo nuestra belleza vampírica es el canto de sirena que usamos para atraerles y bebernos parte de su sangre, de su fuerza vital. Yo me alimento de la sangre de los vivos, y Venecia se alimenta de las visitas de los forasteros. Por las venas de las dos corre una corriente vital que no es ya nuestra, que debe ser entregada por otros para que sigamos existiendo. Nos quedamos atrapadas en el Renacimiento y nos plegamos sobre nosotras mismas hallando refugio en la añoranza de las glorias pasadas, porque el mundo exterior ha cambiado demasiado y ya no podemos reconocerlo. Ya no podemos sentirnos parte de él. Dos damas engalanadas, dos ancianas de piel tersa, dos máscaras de carnaval, dos esfinges de añoranza que se alzan, como la ciudad en ruinas de la que me habló Giuliano, como testigo mudo y trágico superviviente de épocas pasadas que ya no volverán. Venecia y yo somos una.
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martes, 26 de julio de 2011
Sexo y critianismo: una perspectiva histórica (parte II)
Para poder entender el horror al sexo que impregna la moral sexual de la Iglesia, nos tenemos que remontar a antes de la Iglesia. A un tiempo en el que, como hasta hace bien poco, sucedía algo que ha llevado por el camino de la amargura a millones de mujeres a lo largo de los tiempos: no existían las pruebas de paternidad.
Vamos, que se puede demostrar quién es la madre de un niño, pero en última instancia siempre hay una duda razonable acerca de quién es el padre. Por esta regla de tres, lo lógico hubiese sido que los títulos y las propiedades se heredaran por línea materna, pero hace bastantes siglos, en la Prehistoria, ciertos cavernícolas decidieron que quien lucha debe mandar y que a santo de qué iban a dejar que las mujeres, por muy dadoras de vida que fueran, iban a gobernar las tribus cuando ellos eran más fuertes y menos vulnerables al no verse sometidos a los embarazos y los partos. De modo que nació la cultura patriarcal, y dado que las que parían ya no transmitían la herencia, sólo había un modo de asegurarse de que el heredero del hombre era también su hijo biológico: mantener a las mujeres encerradas en casa y someterlas, negándoles derechos y educación, para que nunca pudieran rebelarse.
Esto, que tan "medieval" nos parece, sucedía en casi todas las grandes culturas de la Antigüedad (con la única excepción, tal vez, de la egipcia, una de las poquísimas sociedades donde las mujeres tenían derechos y podían testar y ser herederas; y aún así no tenían igualdad de derechos con los hombres). En Grecia, esa cuna de la democracia, las mujeres estaban peor que en Arabia Saudí. No tenían ningún derecho, eran legalmente incapaces toda su vida, siempre dependientes de un pariente varón por lejano que este fuera. No se las educaba, no podían participar en asuntos sociales y políticos ni salir a la calle sin permiso, no podían divorciarse, no se las consideraba ciudadanas y debían permanecer encerradas en el gineceo toda su vida. En Roma estaban un poco mejor (al menos podían hacer vida social). Además, aunque se encontraban bajo la absoluta autoridad del paterfamilias (el padre o el marido), tenían la posibilidad de divorciarse o enviudar y en ese caso sí que podían disponer de bienes y recibir herencias. Pero, claro, esto únicamente en el caso de que no tuviesen padre ni esposo.
¿Qué tiene que ver esto con el tema que nos ocupa? Pues bastante, porque existe la extraña creencia de que los paganos vivían en Jauja, en una sociedad progresista, libre y maravillosa, hasta que los cristianos llegaron para joder el invento y sumergir al mundo en la oscuridad. Pero curiosamente las tres culturas que asimilaron y expandieron el cristianismo (judía, griega y romana) eran sociedades enormemente machistas, donde la mujer era poco más que una fábrica de hijos propiedad del hombre.
No hay que olvidar nunca que, aunque Cristo era divino, sus seguidores eran humanos, muy humanos. Los primeros grupos cristianos eran bastante igualitarios, pero cuando Constantino el Grande decidió convertir el cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano, decidió que la religión debía adaptarse a las costumbres sociales y no a la inversa. Se llevó a cabo el Concilio de Nicea, se recortó y se maquilló todo lo que se pudo, y se creó un bonito organismo: la Iglesia (debemos recordar que hasta el Cisma de Oriente en el siglo XI, la Iglesia era una sola, sin distinciones).
Y ya la tenemos montada: el derecho hereditario se transmite de varón a varón. Las mujeres deben estar controladas para asegurarse de que no se acuestan con otros hombres y conciben hijos de ellos. Para concienciar a los hombres de que deben vigilar a las mujeres, se les pone de ejemplo a Eva, la malvada mujer que traicionó a Adán. Las mujeres son caprichosas, malvadas, volubles y coquetas por naturaleza y por ello deben ser controladas (insisto, esto no es prerrogativa del cristianismo, los que no ponían de ejemplo a Eva por no conocer el Génesis ponían de ejemplo a Afrodita, a Venus, a Circe o a Helena de Troya). Los hombres, en cambio, como no se quedan embarazados y sólo transmiten sus derechos y bienes a sus herederos legítimos, pueden acostarse con quien les plazca.
La transmisión de bienes y derechos se fundamenta en las alianzas matrimoniales. Por lo tanto, el matrimonio es un negocio entre familias. Por lo tanto, se demoniza el amor romántico, no vaya a ser que el nene no se quiera casar con la hija de mi socio porque se ha enamorado de la vecina, o no sea que la nena no se quiera casar con el hijo de mi colega porque se ha fugado con el vecino para casarse con él. Era conveniente, entonces, que las personas no sustentaran el matrimonio en el amor apasionado y romántico, sino en la razón. ¿Y qué pasa si los nenes dicen que están enamorados y que se niegan a obedecer? Pues que ya se encargan los capitostes sociales de que los clérigos eduquen de semejante manera a la gente. Al fin y al cabo, son portavoces de Dios, aunque se pasen por el forro el mensaje de Cristo. ¿Qué importa? Tres cuartas partes de la población no saben leer y los que quedan no saben pensar (y, si lo hacen , se les acusa de herejía, que como sabemos el sistema judicial de la época no tenía precisamente garantías constitucionales). La Iglesia, olvidando las palabras de Cristo acerca de que "no se pueden servir a dos señores: a Dios y al dinero" deciden que, al fin y al cabo, sí que se les puede servir a los dos, y adecuan el mensaje de Cristo a lo que la sociedad quiere que diga.
Por esto mismo, los clérigos empiezan a distinguir entre el dilectio, el afecto, es decir, cariño tranquilo y respetuoso (amistad, podríamos decir en palabras modernas) propio de los matrimonios de conveniencia, contrapuesto al amor, que se entiende como una búsqueda apasionada del placer que conduce naturalmente al desorden.
También, por supuesto, se proclama la indisolubilidad del matrimonio y la prohibición del divorcio, porque por maltratada, cornuda o desgraciada que sea la mujer en el matrimonio, el negocio entre familias está hecho y no queda nada bien la posibilidad de que haya conflictos hereditarios graves si uno de los dos cónyuges se divorcia del otro. Al fin y al cabo, si la mujer es estéril o el marido está realmente harto, siempre puede pagar una cantidad astronómica de dinero a la Iglesia para que declare la nulidad matrimonial. La mujer, como ya no es virgen o no es fértil, no sirve para nada, de modo que patada y al convento de clausura.
Y, claro, después de esta cuestión viene otra: la herencia no debería dividirse, debe pasar toda a UN sólo hijo, el mayor (y a ser posible varón, porque si es mujer se casará con alguien que no es de la familia y las propiedades familiares pasarán a él). Con lo cual, se hace conveniente que los esposos no se aficionen al sexo, no sea que empiecen a tener hijos como conejos y entonces a ver qué hacemos con la herencia. Sin embargo, al mismo tiempo se hacía poco recomendable tener un sólo hijo, ya que siendo la mortalidad infantil tan elevada y medicina tan deficiente en aquella época, existían altas posibilidades de que los hijos murieran antes de alcanzar la edad suficiente para casarse y tener herederos, con lo cual era mejor tener varios para garantizar que al menos uno de ellos sobrevivía ¿Solución? Sexo sí, ma non troppo. El goce amoroso es malo, pero como Dios nos ordenó que nos multiplicásemos, la unión carnal es sólo para procrear. De ese modo, se tienen suficientes hijos como para asegurar la herencia pero no tantos que no se sepa qué hacer con ellos. La cosa llegó al punto de que se consideraba más culpable y pecador al marido si solicitaba con ardor excesivo a su esposa que si fornicaba fuera de casa. Los eclesiásticos aceptaban la prostitución como un mal menor e instaban a que el deseo sexual se desplegara fuera del marco conyugal, ya que el sexo conyugal debía estar encaminado no a mostrar amor, sino a conseguir una descendencia adecuada.
Vaaaale, vale, vale. Un momento. Ahora quiero que rebobinemos y le echemos un vistazo a la entrada anterior. ¿Recordamos lo que dijo Jesús sobre el adulterio y la prostitución? ¡Sí, exacto! Justo lo contrario de lo que están diciendo los eclesiásticos. Y es que Jesús ya lo advirtió bien: "Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero" (Mateo 6, 24). Efectivamente, la Iglesia trató de servir a los señores... pero se acabó inclinando por el dinero.
Lo cual significa que nos encontramos con el siguiente panorama: se demoniza el amor romántico, se demoniza también a la mujer que hambrienta de amor y cariño reclama las atenciones de su marido (recordemos que ella, como se puede quedar preñada, no puede buscar el amor en otra parte). Se tolera el adulterio y la fornicación, aunque se condenen de boquilla. Y, por supuesto, se toleran en el hombre (que al fin y al cabo engendrará bastardos) pero no en la mujer (cuyos hijos son los que heredan).
Como en una sociedad donde el índice de mortalidad infantil y de muerte en el parto es elevadísimo, se insiste mucho en la necesidad de procreación, sobre todo en los plebeyos, que no tienen bienes que legal (todo lo que tienen es de sus señores) y sin embargo deben parir muchos hijos para que trabajen las tierras y muchas hijas que puedan parir la siguiente generación de niños que trabajarán las tierras. Así pues, se demoniza también la homosexualidad, porque, según dice la Iglesia, va contra natura y no es abierta a la vida. Tal vez a esos clérigos no se les ocurrió que era un poco raro que, bajo esa premisa, se decretase en 1139 no sólo la prohibición de casarse de los sacerdotes, sino la invalidez de los matrimonios de aquellos que no estaban casados. A ver, muchachos, ¿no habíais dicho que lo que unía Dios no iba a poderlo separar el hombre? Ah, vale, que a quien servís es al dinero, no a Dios, siempre se me olvida. Por supuesto, el celibato es tan contra natura y tan cerrado a la vida como la homosexualidad, pero como a estas alturas del curso todo el mundo piensa que el sexo es un vicio horroroso salido de las entrañas del infierno, nadie se plantea demasiado la contradicción que hay en el asunto. La excusa oficial que se dio para prohibir estos matrimonios fue detener el nepotismo (es decir, que los grandes cargos eclesiásticos se transmitieran de padres a hijos). No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que, existiendo los sobrinos y los hijos ilegítimos, iba a seguir existiendo nepotismo aunque no hubiera matrimonios, de modo que esta prohibición no fue más que una medida demagógica y claramente insuficiente.
Asimismo, esto tuvo otra consecuencia: los curas seguían siendo seres humanos, susceptibles al amor y al deseo como cualquier otro. Por lo tanto, se fueron volviendo cada vez más misóginos; no tenían apenas contacto con mujeres porque vivían en comunidades exclusivamente masculinas y sólo sabían de ellas lo que las leyendas negras contaban. Por otra parte, sólo conocían de ellas sus pecados, puesto que sólo hablaban con ellas para escucharlas en confesión, y si sentían amor o deseo por ellas lo justificaban ante sí mismos pensando que no era culpa de ellos, sino de ellas, porque eran tentadoras, viles y coquetas por naturaleza. También se fueron volviendo cada vez más sexualmente frustrados, y ya conocemos el pecado de la envidia: si no lo puedo tener yo, que no lo tenga nadie. Era muy fácil, y en cierto modo reconfortante, clamar contra lo que a ellos les estaba negado: el amor.
Alto, me dirán algunos en este punto. Aquí hay algo que no encaja. ¿Acaso estos curas no eran hombres de fe? ¿No leían los Evangelios? ¿Cómo es posible que no se dieran cuenta de que el mensaje que transmitían no casaba con el que Jesús quiso transmitir? Muy sencillo. Como ya hemos dicho, los bienes familiares sólo los heredaba el hijo varón más mayor. Pero también hemos dicho que a los hombres también les interesaba tener varios hijos por si alguno de ellos morían sin descendencia. En el caso de que hubiera más hijos supervivientes aparte del primogénito, esto sólo tenían dos opciones para abrirse camino en la vida: el ejército o la Iglesia. De ahí que gran parte de los que se ordenaban sacerdotes o entraban en un monasterio no lo hicieran por devoción, sino por subsistencia. Para muchos hijos segundones de familias nobles, la Iglesia era una forma de ascender socialmente y de conseguir poder (ya hemos dicho que la prohibición del matrimonio sacerdotal no evitaba el nepotismo). A esta gente le importaba un cuerno el mensaje de Jesús, porque lo que les interesaba era subsistir, si eran plebeyos, o ascender, si eran nobles, y si para ello tenían que proclamar que los cerdos, volaban, entonces los cerdos volarían.
Vale, todo eso está muy bien, insistirán algunos. Pero lo cierto es que también había sacerdotes devotos que se hacían religiosos pro convicción. ¿Acaso ellos no decían nada? Bien, respecto a ellos, tenemos a tres tipos de personas: Los fanáticos (estilo Torquemada) que no se caracterizaban por saber pensar y que se limitaban a repetir como loros lo que sus superiores les habían enseñado. Los inteligentes y prácticos (tipo San Francisco de Asís) que se daban perfecta cuenta de lo que estaba pasando pero también comprendían que no tenían poder para oponerse directamente a los designios de los altos cargos eclesiásticos y optaban por tragar y tener así cierta libertad para hacer todo el bien que pudieran por su cuenta (por cierto que creo que la mayor parte de los curas actuales pertenecen a este grupo). Y por último estaban los inteligentes e idealistas, que intentaban cambiar las cosas. De estos tenemos dos, los que tuvieron mala suerte y acabaron condenados por herejía (estilo Jan Hus), es decir, casi todos, y los que tuvieron potra (estilo Lutero) y lograron algún cambio, aunque a la larga tampoco consiguieron cambiar mucho el panorama porque los intereses creados de las generaciones psoteriores acabaron ahogando su idealismo (y si no, que se lo digan a los protestantes, que crearon el puritanismo). Por desgracia, aunque no hubiese cámaras fotográficas en aquella época, se podría haber aplicado perfectamente el dicho actual tantas veces aplicado a la política de "el que se mueve no sale en la foto".
¿Y que hay de la masturbación? Aparte de desdeñarla por la ya explicada y manida demonización del placer sexual, se desdeñaba también por ser un desperdicio de semilla, lo cual, se creía, debilitaba la calidad del semen del varón y lo hacía más propenso a engendrar niños débiles o enfermizos. Curiosamente, en la Edad Media los clérigos sólo se oponían a la masturbación masculina: muchos creían que la femenina, dentro de la relación sexual conyugal, debía realizarse ya que el orgasmo femenino hacía secretar a la mujer algún tipo de sustancia que, si bien no era necesaria para la concepción (estaba claro que las mujeres eran capaces de concebir sin placer) sí que era necesaria para mejorar la calidad del embrión y dar a luz a un niño más fuerte y sano.
Respecto a la prohibición de anticonceptivos, está claro: ya hemos visto que, para el sistema patriarcal, la sexualidad de la mujer era una amenaza, porque dar rienda suelta al amor apasionado podía hacerla abandonar a su marido o negarse a contraer matrimonio con quien habían elegido para ella. Como los anticonceptivos le otorgan cierta impunidad para escoger a su amante (ya no tiene que temer el embarazo antes del matrimonio o de otro hombre aparte de su esposo), se prohibieron para que de ese modo la mujer debiera seguir reprimiéndose. Y, en cualquier caso, volvemos a lo de siempre: son necesarios muchos niños para trabajar y pagar impuestos al señor del lugar, y como las campesinas digan que están cansadas de parir y empleen anticonceptivos, habrá menos siervos, con lo cual estos estarán en condiciones de exigir mejoras laborales al señor so pena de fugarse a trabajar a otros señoríos donde les traten mejor o a la ciudad (cosa que ocurrió, por cierto, cuando en el siglo XIV hubo un brusco descenso de la población, no a causa de los anticonceptivos sino de la Peste Negra, que mató a un tercio de los europeos).
En fin, creo que no es necesario extenderme más para hacer comprender a mis lectores de que el mensaje de Jesucristo poco tiene que ver con la moral sexual que adoptó la Iglesia en la Alta Edad Media, la cual tiene su origen en causas sociales, culturales y jurídicas ajenas al cristianismo, y de hecho bastante anteriores a él. Lo que se hizo no fue otra cosa que perpetuar modelos sociales y jurídicos que ya existían y que no interesaba cambiar a los que ostentaban el poder. No creo que podamos culpar de ello a Jesús de Nazaret y su mensaje, por otra parte revolucionario y en buena medida opuesto a lo que la Iglesia ha venido diciendo durante siglos.
PD: Lamento haber tardado tanto tiempo en publicar esta entrada, pero este mes he estado hasta arriba de trabajo y de compromisos familiares y realmente he tenido poco tiempo para escribir.
Me gustaría aprovechar, sin embargo, para citar dos magníficos libros que me han resultado fundamentales para documentarme y poder escribir esta entrada con un cierto rigor histórico: Historia de las Mujeres, de Georges Duby y Michelle Perror (Editorial Taurus), y la colección Vida y Costumbres de la Antigüedad (Editorial Edimat), muy especialmente el volumen Los Griegos, de Manuel Albaladejo Vivero (aunque también han sido de interés Los Egipcios, Los Romanos y La Edad Media, de esta misma colección). Los recomiendo, por su rigor e imparcialidad académica, a cualquiera que desee profundizar sobre los temas tratados en esta entrada.
Vamos, que se puede demostrar quién es la madre de un niño, pero en última instancia siempre hay una duda razonable acerca de quién es el padre. Por esta regla de tres, lo lógico hubiese sido que los títulos y las propiedades se heredaran por línea materna, pero hace bastantes siglos, en la Prehistoria, ciertos cavernícolas decidieron que quien lucha debe mandar y que a santo de qué iban a dejar que las mujeres, por muy dadoras de vida que fueran, iban a gobernar las tribus cuando ellos eran más fuertes y menos vulnerables al no verse sometidos a los embarazos y los partos. De modo que nació la cultura patriarcal, y dado que las que parían ya no transmitían la herencia, sólo había un modo de asegurarse de que el heredero del hombre era también su hijo biológico: mantener a las mujeres encerradas en casa y someterlas, negándoles derechos y educación, para que nunca pudieran rebelarse.
Esto, que tan "medieval" nos parece, sucedía en casi todas las grandes culturas de la Antigüedad (con la única excepción, tal vez, de la egipcia, una de las poquísimas sociedades donde las mujeres tenían derechos y podían testar y ser herederas; y aún así no tenían igualdad de derechos con los hombres). En Grecia, esa cuna de la democracia, las mujeres estaban peor que en Arabia Saudí. No tenían ningún derecho, eran legalmente incapaces toda su vida, siempre dependientes de un pariente varón por lejano que este fuera. No se las educaba, no podían participar en asuntos sociales y políticos ni salir a la calle sin permiso, no podían divorciarse, no se las consideraba ciudadanas y debían permanecer encerradas en el gineceo toda su vida. En Roma estaban un poco mejor (al menos podían hacer vida social). Además, aunque se encontraban bajo la absoluta autoridad del paterfamilias (el padre o el marido), tenían la posibilidad de divorciarse o enviudar y en ese caso sí que podían disponer de bienes y recibir herencias. Pero, claro, esto únicamente en el caso de que no tuviesen padre ni esposo.
¿Qué tiene que ver esto con el tema que nos ocupa? Pues bastante, porque existe la extraña creencia de que los paganos vivían en Jauja, en una sociedad progresista, libre y maravillosa, hasta que los cristianos llegaron para joder el invento y sumergir al mundo en la oscuridad. Pero curiosamente las tres culturas que asimilaron y expandieron el cristianismo (judía, griega y romana) eran sociedades enormemente machistas, donde la mujer era poco más que una fábrica de hijos propiedad del hombre.
No hay que olvidar nunca que, aunque Cristo era divino, sus seguidores eran humanos, muy humanos. Los primeros grupos cristianos eran bastante igualitarios, pero cuando Constantino el Grande decidió convertir el cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano, decidió que la religión debía adaptarse a las costumbres sociales y no a la inversa. Se llevó a cabo el Concilio de Nicea, se recortó y se maquilló todo lo que se pudo, y se creó un bonito organismo: la Iglesia (debemos recordar que hasta el Cisma de Oriente en el siglo XI, la Iglesia era una sola, sin distinciones).
Y ya la tenemos montada: el derecho hereditario se transmite de varón a varón. Las mujeres deben estar controladas para asegurarse de que no se acuestan con otros hombres y conciben hijos de ellos. Para concienciar a los hombres de que deben vigilar a las mujeres, se les pone de ejemplo a Eva, la malvada mujer que traicionó a Adán. Las mujeres son caprichosas, malvadas, volubles y coquetas por naturaleza y por ello deben ser controladas (insisto, esto no es prerrogativa del cristianismo, los que no ponían de ejemplo a Eva por no conocer el Génesis ponían de ejemplo a Afrodita, a Venus, a Circe o a Helena de Troya). Los hombres, en cambio, como no se quedan embarazados y sólo transmiten sus derechos y bienes a sus herederos legítimos, pueden acostarse con quien les plazca.
La transmisión de bienes y derechos se fundamenta en las alianzas matrimoniales. Por lo tanto, el matrimonio es un negocio entre familias. Por lo tanto, se demoniza el amor romántico, no vaya a ser que el nene no se quiera casar con la hija de mi socio porque se ha enamorado de la vecina, o no sea que la nena no se quiera casar con el hijo de mi colega porque se ha fugado con el vecino para casarse con él. Era conveniente, entonces, que las personas no sustentaran el matrimonio en el amor apasionado y romántico, sino en la razón. ¿Y qué pasa si los nenes dicen que están enamorados y que se niegan a obedecer? Pues que ya se encargan los capitostes sociales de que los clérigos eduquen de semejante manera a la gente. Al fin y al cabo, son portavoces de Dios, aunque se pasen por el forro el mensaje de Cristo. ¿Qué importa? Tres cuartas partes de la población no saben leer y los que quedan no saben pensar (y, si lo hacen , se les acusa de herejía, que como sabemos el sistema judicial de la época no tenía precisamente garantías constitucionales). La Iglesia, olvidando las palabras de Cristo acerca de que "no se pueden servir a dos señores: a Dios y al dinero" deciden que, al fin y al cabo, sí que se les puede servir a los dos, y adecuan el mensaje de Cristo a lo que la sociedad quiere que diga.
Por esto mismo, los clérigos empiezan a distinguir entre el dilectio, el afecto, es decir, cariño tranquilo y respetuoso (amistad, podríamos decir en palabras modernas) propio de los matrimonios de conveniencia, contrapuesto al amor, que se entiende como una búsqueda apasionada del placer que conduce naturalmente al desorden.
También, por supuesto, se proclama la indisolubilidad del matrimonio y la prohibición del divorcio, porque por maltratada, cornuda o desgraciada que sea la mujer en el matrimonio, el negocio entre familias está hecho y no queda nada bien la posibilidad de que haya conflictos hereditarios graves si uno de los dos cónyuges se divorcia del otro. Al fin y al cabo, si la mujer es estéril o el marido está realmente harto, siempre puede pagar una cantidad astronómica de dinero a la Iglesia para que declare la nulidad matrimonial. La mujer, como ya no es virgen o no es fértil, no sirve para nada, de modo que patada y al convento de clausura.
Y, claro, después de esta cuestión viene otra: la herencia no debería dividirse, debe pasar toda a UN sólo hijo, el mayor (y a ser posible varón, porque si es mujer se casará con alguien que no es de la familia y las propiedades familiares pasarán a él). Con lo cual, se hace conveniente que los esposos no se aficionen al sexo, no sea que empiecen a tener hijos como conejos y entonces a ver qué hacemos con la herencia. Sin embargo, al mismo tiempo se hacía poco recomendable tener un sólo hijo, ya que siendo la mortalidad infantil tan elevada y medicina tan deficiente en aquella época, existían altas posibilidades de que los hijos murieran antes de alcanzar la edad suficiente para casarse y tener herederos, con lo cual era mejor tener varios para garantizar que al menos uno de ellos sobrevivía ¿Solución? Sexo sí, ma non troppo. El goce amoroso es malo, pero como Dios nos ordenó que nos multiplicásemos, la unión carnal es sólo para procrear. De ese modo, se tienen suficientes hijos como para asegurar la herencia pero no tantos que no se sepa qué hacer con ellos. La cosa llegó al punto de que se consideraba más culpable y pecador al marido si solicitaba con ardor excesivo a su esposa que si fornicaba fuera de casa. Los eclesiásticos aceptaban la prostitución como un mal menor e instaban a que el deseo sexual se desplegara fuera del marco conyugal, ya que el sexo conyugal debía estar encaminado no a mostrar amor, sino a conseguir una descendencia adecuada.
Vaaaale, vale, vale. Un momento. Ahora quiero que rebobinemos y le echemos un vistazo a la entrada anterior. ¿Recordamos lo que dijo Jesús sobre el adulterio y la prostitución? ¡Sí, exacto! Justo lo contrario de lo que están diciendo los eclesiásticos. Y es que Jesús ya lo advirtió bien: "Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero" (Mateo 6, 24). Efectivamente, la Iglesia trató de servir a los señores... pero se acabó inclinando por el dinero.
Lo cual significa que nos encontramos con el siguiente panorama: se demoniza el amor romántico, se demoniza también a la mujer que hambrienta de amor y cariño reclama las atenciones de su marido (recordemos que ella, como se puede quedar preñada, no puede buscar el amor en otra parte). Se tolera el adulterio y la fornicación, aunque se condenen de boquilla. Y, por supuesto, se toleran en el hombre (que al fin y al cabo engendrará bastardos) pero no en la mujer (cuyos hijos son los que heredan).
Como en una sociedad donde el índice de mortalidad infantil y de muerte en el parto es elevadísimo, se insiste mucho en la necesidad de procreación, sobre todo en los plebeyos, que no tienen bienes que legal (todo lo que tienen es de sus señores) y sin embargo deben parir muchos hijos para que trabajen las tierras y muchas hijas que puedan parir la siguiente generación de niños que trabajarán las tierras. Así pues, se demoniza también la homosexualidad, porque, según dice la Iglesia, va contra natura y no es abierta a la vida. Tal vez a esos clérigos no se les ocurrió que era un poco raro que, bajo esa premisa, se decretase en 1139 no sólo la prohibición de casarse de los sacerdotes, sino la invalidez de los matrimonios de aquellos que no estaban casados. A ver, muchachos, ¿no habíais dicho que lo que unía Dios no iba a poderlo separar el hombre? Ah, vale, que a quien servís es al dinero, no a Dios, siempre se me olvida. Por supuesto, el celibato es tan contra natura y tan cerrado a la vida como la homosexualidad, pero como a estas alturas del curso todo el mundo piensa que el sexo es un vicio horroroso salido de las entrañas del infierno, nadie se plantea demasiado la contradicción que hay en el asunto. La excusa oficial que se dio para prohibir estos matrimonios fue detener el nepotismo (es decir, que los grandes cargos eclesiásticos se transmitieran de padres a hijos). No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que, existiendo los sobrinos y los hijos ilegítimos, iba a seguir existiendo nepotismo aunque no hubiera matrimonios, de modo que esta prohibición no fue más que una medida demagógica y claramente insuficiente.
Asimismo, esto tuvo otra consecuencia: los curas seguían siendo seres humanos, susceptibles al amor y al deseo como cualquier otro. Por lo tanto, se fueron volviendo cada vez más misóginos; no tenían apenas contacto con mujeres porque vivían en comunidades exclusivamente masculinas y sólo sabían de ellas lo que las leyendas negras contaban. Por otra parte, sólo conocían de ellas sus pecados, puesto que sólo hablaban con ellas para escucharlas en confesión, y si sentían amor o deseo por ellas lo justificaban ante sí mismos pensando que no era culpa de ellos, sino de ellas, porque eran tentadoras, viles y coquetas por naturaleza. También se fueron volviendo cada vez más sexualmente frustrados, y ya conocemos el pecado de la envidia: si no lo puedo tener yo, que no lo tenga nadie. Era muy fácil, y en cierto modo reconfortante, clamar contra lo que a ellos les estaba negado: el amor.
Alto, me dirán algunos en este punto. Aquí hay algo que no encaja. ¿Acaso estos curas no eran hombres de fe? ¿No leían los Evangelios? ¿Cómo es posible que no se dieran cuenta de que el mensaje que transmitían no casaba con el que Jesús quiso transmitir? Muy sencillo. Como ya hemos dicho, los bienes familiares sólo los heredaba el hijo varón más mayor. Pero también hemos dicho que a los hombres también les interesaba tener varios hijos por si alguno de ellos morían sin descendencia. En el caso de que hubiera más hijos supervivientes aparte del primogénito, esto sólo tenían dos opciones para abrirse camino en la vida: el ejército o la Iglesia. De ahí que gran parte de los que se ordenaban sacerdotes o entraban en un monasterio no lo hicieran por devoción, sino por subsistencia. Para muchos hijos segundones de familias nobles, la Iglesia era una forma de ascender socialmente y de conseguir poder (ya hemos dicho que la prohibición del matrimonio sacerdotal no evitaba el nepotismo). A esta gente le importaba un cuerno el mensaje de Jesús, porque lo que les interesaba era subsistir, si eran plebeyos, o ascender, si eran nobles, y si para ello tenían que proclamar que los cerdos, volaban, entonces los cerdos volarían.
Vale, todo eso está muy bien, insistirán algunos. Pero lo cierto es que también había sacerdotes devotos que se hacían religiosos pro convicción. ¿Acaso ellos no decían nada? Bien, respecto a ellos, tenemos a tres tipos de personas: Los fanáticos (estilo Torquemada) que no se caracterizaban por saber pensar y que se limitaban a repetir como loros lo que sus superiores les habían enseñado. Los inteligentes y prácticos (tipo San Francisco de Asís) que se daban perfecta cuenta de lo que estaba pasando pero también comprendían que no tenían poder para oponerse directamente a los designios de los altos cargos eclesiásticos y optaban por tragar y tener así cierta libertad para hacer todo el bien que pudieran por su cuenta (por cierto que creo que la mayor parte de los curas actuales pertenecen a este grupo). Y por último estaban los inteligentes e idealistas, que intentaban cambiar las cosas. De estos tenemos dos, los que tuvieron mala suerte y acabaron condenados por herejía (estilo Jan Hus), es decir, casi todos, y los que tuvieron potra (estilo Lutero) y lograron algún cambio, aunque a la larga tampoco consiguieron cambiar mucho el panorama porque los intereses creados de las generaciones psoteriores acabaron ahogando su idealismo (y si no, que se lo digan a los protestantes, que crearon el puritanismo). Por desgracia, aunque no hubiese cámaras fotográficas en aquella época, se podría haber aplicado perfectamente el dicho actual tantas veces aplicado a la política de "el que se mueve no sale en la foto".
¿Y que hay de la masturbación? Aparte de desdeñarla por la ya explicada y manida demonización del placer sexual, se desdeñaba también por ser un desperdicio de semilla, lo cual, se creía, debilitaba la calidad del semen del varón y lo hacía más propenso a engendrar niños débiles o enfermizos. Curiosamente, en la Edad Media los clérigos sólo se oponían a la masturbación masculina: muchos creían que la femenina, dentro de la relación sexual conyugal, debía realizarse ya que el orgasmo femenino hacía secretar a la mujer algún tipo de sustancia que, si bien no era necesaria para la concepción (estaba claro que las mujeres eran capaces de concebir sin placer) sí que era necesaria para mejorar la calidad del embrión y dar a luz a un niño más fuerte y sano.
Respecto a la prohibición de anticonceptivos, está claro: ya hemos visto que, para el sistema patriarcal, la sexualidad de la mujer era una amenaza, porque dar rienda suelta al amor apasionado podía hacerla abandonar a su marido o negarse a contraer matrimonio con quien habían elegido para ella. Como los anticonceptivos le otorgan cierta impunidad para escoger a su amante (ya no tiene que temer el embarazo antes del matrimonio o de otro hombre aparte de su esposo), se prohibieron para que de ese modo la mujer debiera seguir reprimiéndose. Y, en cualquier caso, volvemos a lo de siempre: son necesarios muchos niños para trabajar y pagar impuestos al señor del lugar, y como las campesinas digan que están cansadas de parir y empleen anticonceptivos, habrá menos siervos, con lo cual estos estarán en condiciones de exigir mejoras laborales al señor so pena de fugarse a trabajar a otros señoríos donde les traten mejor o a la ciudad (cosa que ocurrió, por cierto, cuando en el siglo XIV hubo un brusco descenso de la población, no a causa de los anticonceptivos sino de la Peste Negra, que mató a un tercio de los europeos).
En fin, creo que no es necesario extenderme más para hacer comprender a mis lectores de que el mensaje de Jesucristo poco tiene que ver con la moral sexual que adoptó la Iglesia en la Alta Edad Media, la cual tiene su origen en causas sociales, culturales y jurídicas ajenas al cristianismo, y de hecho bastante anteriores a él. Lo que se hizo no fue otra cosa que perpetuar modelos sociales y jurídicos que ya existían y que no interesaba cambiar a los que ostentaban el poder. No creo que podamos culpar de ello a Jesús de Nazaret y su mensaje, por otra parte revolucionario y en buena medida opuesto a lo que la Iglesia ha venido diciendo durante siglos.
PD: Lamento haber tardado tanto tiempo en publicar esta entrada, pero este mes he estado hasta arriba de trabajo y de compromisos familiares y realmente he tenido poco tiempo para escribir.
Me gustaría aprovechar, sin embargo, para citar dos magníficos libros que me han resultado fundamentales para documentarme y poder escribir esta entrada con un cierto rigor histórico: Historia de las Mujeres, de Georges Duby y Michelle Perror (Editorial Taurus), y la colección Vida y Costumbres de la Antigüedad (Editorial Edimat), muy especialmente el volumen Los Griegos, de Manuel Albaladejo Vivero (aunque también han sido de interés Los Egipcios, Los Romanos y La Edad Media, de esta misma colección). Los recomiendo, por su rigor e imparcialidad académica, a cualquiera que desee profundizar sobre los temas tratados en esta entrada.
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sábado, 18 de junio de 2011
Sexo y cristianismo: una perspectiva histórica (parte 1)
Como cristiana convencida, no deja de llamarme la atención (igual que al resto del mundo) la obsesión sexual simple y llana que padece la Iglesia como institución. Tanto es así, que desde hace bastantes siglos da la sensación de que la "moral católica" es poco más que una guía sobre el uso (que no disfrute) de los órganos sexuales humanos. Hoy por hoy, y viene ya de antiguo, a la Iglesia le importa mucho más lo que sus fieles hacen con sus genitales que lo que hacen con su dinero. Para muestra un botón: mientras escribo estas líneas se está preparando una petición de beatificación de Marta Obregón, víctima mortal del llamado "violador del ascensor" que actuó en Burgos en los años 90 por haberse resistido a su violación hasta la muerte (¡como si para la Iglesia fuera mejor para una mujer morir que ser violada!), mientras que las peticiones de beatificación para Vicente Ferrer, un religioso español que fue expulsado de los jesuitas por negarse a obedecer la orden de la Iglesia para que abandonara sus obras de caridad en la India, brilla por su ausencia. Vamos, que da igual que diese su vida por los demás y se enfrentara a la jerarquía religiosa para poder ayudar a sus semejantes, exactamente igual que hizo Jesucristo; aquí quien se mueve, deben haber pensado en el Vaticano, no sale en la foto.
¿Cómo hemos llegado a una situación en la que se concede la beatificación a una pobre muchacha que tuvo la desgracia de morir a manos de un violador por haberse resistido a él (por "morir en defensa de la castidad", dicen, como si el resto de las víctimas de ese hijo de puta fuesen peores moralmente que ella por haberse resignado a ser forzadas para salvar su vida), pero no se le concede a un hombre que durante toda su vida siguió el ejemplo de Cristo, incluso en lo que a enfrentarse a la jerarquía farisaica se refiere?
Muchos creen que el cristianismo es así. Muchos creen que la doctrina cristiana consiste precisamente en esto, y es una de las razones por las que deciden alejarse de Jesús con una mueca de desprecio. Craso error. Curiosamente, muchos olvidan que el cristianismo consiste, sencillamente, en seguir las enseñanzas de Yoshua ben Joseph, rabino judío del siglo I e Hijo de Dios, más conocido actualmente como Jesús de Nazaret. ¿Y dónde están las palabras de Jesús de Nazaret? En los cuatro Evangelios (bueno, y el todos los apócrifos a los que se le metió el tijeretazo alegremente en el Concilio de Nicea). No está en las Cartas de San Pablo, ni en los Hechos de los Apóstoles, ni en los escritos de los llamados Padres o Doctores de la Iglesia. Todos esos señores, por eruditos y sabios que fueran, no dejaban por ello de ser hombres, seres humanos. Lo cual significa que tenían exactamente los mismos vicios y virtudes que el común de los mortales, y estaban, al igual que todos, sujetos a la posibilidad de cometer un error. Para el cristianismo, Jesús, que es Dios hecho carne, es el único que puede revelar la Palabra de Dios. Aquel que predique inventándose reglas o mandamientos nuevos se expone a equivocarse, y aquellos que tomen sus palabras como si las del Salvador se tratasen, se exponen a cometer idolatría y herejía. Dejo esto claro para que nadie me rebata el artículo citándome a San Pablo, a San Cirilo, a Juan Pablo II o a sus respetables y bondadosas madres.
¿Y qué dijo Jesús acerca del sexo? ¿Cuáles fueron sus enseñanzas en este aspecto? Curiosamente, al leer los Evangelios nos damos cuenta de que es un tema que le interesaba más bien poco. No incide sobre él demasiadas veces a lo largo del Nuevo Testamento, y cuando lo hace no permite deducir, ni mucho menos, todas las normas morales que la Iglesia esgrime como si se tratasen de las Tablas de la Ley. Veamos sobre qué temas opinó Jesús en este aspecto:
1) El adulterio:
"Sabéis que se dijo: "no cometerás adulterio". Mas yo os digo que todo el que mira a una mujer con mal deseo ya ha cometido con ella adulterio en su corazón" (Mateo, 5: 27-28)
"Le llevaron entonces los escribas y fariseos una mujer sorprendida en adulterio, y, poniéndola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. En la Ley, Moisés nos mandó apedrear a estas mujeres. Tú, ¿qué dices?". Decían esto para probarlo y tener de qué acusarlo. Pero Jesús, agachándose, se pudo a escribir con el dedo en tierra. Como insistieran en preguntarle, se lazó y les dijo: "El que de vosotros no tenga pecado, tírele una piedra el primero", Y, agachándose otra vez, continuó escribiendo en tierra. A estas palabras, ellos se fueron uno tras otro, comenzando por lo más ancianos; y se quedó Jesús solo, con la mujer que estaba en medio. Entonces se alzó Jesús y le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te condenó?". Y ella le contestó: "Ninguno, señor". Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más". (Juan, 8: 3-11)
Así que ya tenemos una cosa que Jesús veía como reprobable: el adulterio. ¿Y qué es el adulterio? Por decirlo lisa y llanamente, poner los cuernos a tu pareja. Es decir, que para Jesús la fidelidad es fundamental en una relación y ser infiel es pecaminoso. Bien, me parece que este postulado moral es aceptable prácticamente para todo el mundo, ateo o creyente.
2) El repudio:
"También se dijo: Si alguno despide a su mujer, déle libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que despide a su mujer, excepto en caso de concubinato, la expone a cometer adulterio, y el que se casa con una repudiada, comete adulterio". (Mateo, 5: 31-32)
"Se le acercaron unos fariseos para tentarle, diciendo: "¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo?". Él respondió: "¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo macho y hembra, y que dijo: "Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De tal manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Replicáronle: "Entonces, ¿por qué Moisés ordenó dar libelo de divorcio cuando se repudia?". Díjoles: "Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres por la dureza de vuestro corazón, mas no era así desde el principio. Por tanto, os digo que el que repudia a su mujer, excepto en caso de concubinato, y se casa con otra, adultera, y quien se casa con la repudiada, comete adulterio". (Mateo, 19: 3-9)
Muy bien, Jesús encuentra reprobable el repudio, salvo en casi de concubinato. Lo que sucede es que este pecado, a diferencia del anterior, nos genera dudas. ¿Qué es el repudio? ¿Es lo mismo que el divorcio actual? Veamos en qué consistía esta figura jurídica.
Entre los judíos no existía el divorcio de los romanos, sigo la figura jurídica del repudio. Mientras que el divorcio podía ser iniciado tanto por el hombre como por la mujer, el repudio era patrimonio exclusivo de los varones. Era el marido el que repudiaba a la mujer y nunca a la inversa. Como formalidad jurídica, el marido que repudiaba a su mujer redactaba el libelo de repudio, en el que el marido podía estipular una compensación económica y alguna otra cláusula adicional, a su elección. Y menos mal, porque una mujer repudiada estaba, perdón por la expresión, bien jodida. El marido, sin alegar motivo alguno (bastaba con informar al Sanedrín), podía echar en cualquier momento a su mujer de la casa, quedándose con los hijos y sin permitirle volver a entrar en ella. La mujer podía considerarse afortunada si recibía una compensación económica que le permitiera sobrevivir si convertirse en prostituta o en mendiga, porque en aquella época una mujer no podía ser una trabajadora independiente que se mantuviera a sí misma, y lo del segundo matrimonio lo tenía difícil porque no todos los hombres estaban dispuestos a casarse con una mujer que había quedado deshonrada a ojos de la sociedad, aunque su única culpa fuese no ser tan joven, hermosa, fértil o rica como la otra mujer a la que su marido hubiese echado el ojo y con la que pretendiera casarse después de echarla a ella de casa y quitarle a sus hijos.
Por lo que vemos, Jesús no está condenando el divorcio romano (que no se daba entre los judíos), sino protegiendo los derechos de las esposas judías, que dependían totalmente de la benevolencia de sus maridos para conservar su honor, su casa y a sus hijos. Viene a decirle a los hombres: "No creáis que podéis marcharos de rositas después de dejar tirada a vuestra esposa porque ya no os apetece seguir con ella. Si os casasteis con ella, lo hicisteis para lo bueno y para lo malo, así que no os la quitéis de encima cuan patata caliente para casaros con otra, porque eso, a ojos de Dios, es adulterio".
Aquí aparece otra vez la palabra clave: adulterio. Lo que censura Jesús no es tanto el hecho del repudio (ya que acepta que un hombre repudie a su mujer en caso de concubinato, es decir, si esta le pone los cuernos), como el hecho de dejar a la mujer para poder irse con otra. No trata el matrimonio como algo indisoluble per se, sino como algo santo que no puede ser roto sin una causa poderosa que lo justifique.
Del repudio de la mujer por parte del hombre nada se dice, más que nada porque no existía; la mujer no tenía derecho de dejar al marido por mal que este la tratase.
Creo que queda bastante claro que el repudio judío poco tiene que ver con el divorcio actual. Es, cuanto menos, dudoso, lo que diría Jesús de Nazaret ante nuestro actual ordenamiento jurídico. Y, en cualquier caso, queda bastante claro su criterio de que es causa justa de disolución matrimonial el hecho de que un miembro de la pareja le sea infiel al otro.
-La fornicación:
"Lo que sale del hombre, es lo que contamina al hombre, porque de dentro del corazón del hombre proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, robos, homicidos, adulterios, codicias, maldades, engaño, intemperancia, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez. Todas esas malas cosas salen de dentro y hacen impuro al hombre". (Marcos, 7: 20-23).
Este es uno de los textos que más quebraderos de cabeza puede darnos, ya que aquí, de todas las cosas malas que comenta Jesús que puede hacer el ser humano, sólo dos tienen que ver con el sexo: el adulterio (del que ya le hemos visto hablar muy mal y muy duramente; está claro que para Cristo la fidelidad es algo fundamental) y la fornicación.
La pregunta del millón es: ¿qué es la fornicación? Porque he leído bastantes definiciones al respecto, y no todas coinciden entre sí.
Para el diccionario de la RAE, la definición actual es "tener ayuntamiento o cópula carnal fuera del matrimonio". Esta es también la definición que se le suele dar dentro de la moral sexual de la Iglesia. Sin embargo, si acudimos a la raíz de la palabra en cuestión, descubrimos que es una palabra proveniente del latín, utilizada por los romanos, y que el los tiempos de Jesús desde luego no era sinónimo del sexo pre o extra matrimonial. La palabra "fornicar" viene de la voz latina "fornix", es decir, arco o bóveda. Que, casualmente, es el lugar donde las prostitutas romanas solían colocarse a la espera de captar clientes, lo cual hizo que la palabra evolucionara para convertirse también en un sinónimo, o eufemismo, de "burdel". Es decir, que fornicar, hace 2000 años, significaba como vulgarmente se dice, "irse de putas". Es decir, que lo que Jesús está criticando, más que el sexo prematrimonial, es el sexo mercernario, el sexo por vicio, en definitiva, el sexo sin amor.
¿Significa eso que Jesús condena la prostitución? Pues sí, la condena, pero curiosamente parece ser mucho más duro con quienes contratan los servicios de una prostituta, que con la prostituta en sí. No podemos dejar de lado la lectura del famoso texto del Evangelio de San Lucas sobre esta cuestión:
"Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: "Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora". Jesús le respondió: "Simón, tengo algo que decirte". El dijo: "Di, maestro". "Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?". Respondió Simón: "Supongo que aquel a quien perdonó más". El le dijo: "Has juzgado bien", y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: "¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra". Y le dijo a ella: "Tus pecados quedan perdonados". Los comensales empezaron a decirse para sí: "¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?". Pero él dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado. Vete en paz". (Lucas, 7: 36-50).
Pocos pasajes de los Evangelios son tan reveladores como este en materia sexual. Está claro que Jesús ve a la prostituta como víctima, aunque la sociedad la vea como pecadora. No le falta razón; como ya se ha comentado antes, en aquellos tiempos (y en los actuales todavía sucede) eran muchas las mujeres que se veían obligadas a practicar la prostitución, no por vicio, sino para no morir de hambre. En un tiempo en que las mujeres ni podían tener un empleo y dependían totalmente de sus parientes varones para subsistir, si estos las abandonaban o no podían mantenerlas lo único que les quedaba era su propio cuerpo. Este pasaje es bastante revelador en cuanto a que Jesús le perdona a la prostituta sus pecados porque amó mucho. Aquí, creo yo, podemos ver la clave: la relación sexual es buena en cuanto va de la mano del amor.
Ya hemos visto, desde el punto de vista de los Evangelios, qué puede considerarse pecaminoso en lo que al sexo se refiere: la infidelidad, el repudio y el sexo sin amor. Qué lista tan corta, ¿no? ¿Cómo es entonces posible que la Iglesia, de esta más bien escueta lista, haya sacado tantas y tantas enseñanzas que no estaban ahí? Que si las masturbación esto, que si el preservativo lo otro, que si el sexo sólo sirve para engendrar hijos, que si los homosexuales se van a ir todos al infierno... ¿Por qué se ha llegado a esta situación? ¿Por qué semejante obsesión sexual eclesiástica cuando ya hemos visto que en los Evangelios no se insiste demasiado acerca del tema y la lista es más bien corta?
De eso hablaremos en la segunda parte de este artículo.
¿Cómo hemos llegado a una situación en la que se concede la beatificación a una pobre muchacha que tuvo la desgracia de morir a manos de un violador por haberse resistido a él (por "morir en defensa de la castidad", dicen, como si el resto de las víctimas de ese hijo de puta fuesen peores moralmente que ella por haberse resignado a ser forzadas para salvar su vida), pero no se le concede a un hombre que durante toda su vida siguió el ejemplo de Cristo, incluso en lo que a enfrentarse a la jerarquía farisaica se refiere?
Muchos creen que el cristianismo es así. Muchos creen que la doctrina cristiana consiste precisamente en esto, y es una de las razones por las que deciden alejarse de Jesús con una mueca de desprecio. Craso error. Curiosamente, muchos olvidan que el cristianismo consiste, sencillamente, en seguir las enseñanzas de Yoshua ben Joseph, rabino judío del siglo I e Hijo de Dios, más conocido actualmente como Jesús de Nazaret. ¿Y dónde están las palabras de Jesús de Nazaret? En los cuatro Evangelios (bueno, y el todos los apócrifos a los que se le metió el tijeretazo alegremente en el Concilio de Nicea). No está en las Cartas de San Pablo, ni en los Hechos de los Apóstoles, ni en los escritos de los llamados Padres o Doctores de la Iglesia. Todos esos señores, por eruditos y sabios que fueran, no dejaban por ello de ser hombres, seres humanos. Lo cual significa que tenían exactamente los mismos vicios y virtudes que el común de los mortales, y estaban, al igual que todos, sujetos a la posibilidad de cometer un error. Para el cristianismo, Jesús, que es Dios hecho carne, es el único que puede revelar la Palabra de Dios. Aquel que predique inventándose reglas o mandamientos nuevos se expone a equivocarse, y aquellos que tomen sus palabras como si las del Salvador se tratasen, se exponen a cometer idolatría y herejía. Dejo esto claro para que nadie me rebata el artículo citándome a San Pablo, a San Cirilo, a Juan Pablo II o a sus respetables y bondadosas madres.
¿Y qué dijo Jesús acerca del sexo? ¿Cuáles fueron sus enseñanzas en este aspecto? Curiosamente, al leer los Evangelios nos damos cuenta de que es un tema que le interesaba más bien poco. No incide sobre él demasiadas veces a lo largo del Nuevo Testamento, y cuando lo hace no permite deducir, ni mucho menos, todas las normas morales que la Iglesia esgrime como si se tratasen de las Tablas de la Ley. Veamos sobre qué temas opinó Jesús en este aspecto:
1) El adulterio:
"Sabéis que se dijo: "no cometerás adulterio". Mas yo os digo que todo el que mira a una mujer con mal deseo ya ha cometido con ella adulterio en su corazón" (Mateo, 5: 27-28)
"Le llevaron entonces los escribas y fariseos una mujer sorprendida en adulterio, y, poniéndola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. En la Ley, Moisés nos mandó apedrear a estas mujeres. Tú, ¿qué dices?". Decían esto para probarlo y tener de qué acusarlo. Pero Jesús, agachándose, se pudo a escribir con el dedo en tierra. Como insistieran en preguntarle, se lazó y les dijo: "El que de vosotros no tenga pecado, tírele una piedra el primero", Y, agachándose otra vez, continuó escribiendo en tierra. A estas palabras, ellos se fueron uno tras otro, comenzando por lo más ancianos; y se quedó Jesús solo, con la mujer que estaba en medio. Entonces se alzó Jesús y le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te condenó?". Y ella le contestó: "Ninguno, señor". Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más". (Juan, 8: 3-11)
Así que ya tenemos una cosa que Jesús veía como reprobable: el adulterio. ¿Y qué es el adulterio? Por decirlo lisa y llanamente, poner los cuernos a tu pareja. Es decir, que para Jesús la fidelidad es fundamental en una relación y ser infiel es pecaminoso. Bien, me parece que este postulado moral es aceptable prácticamente para todo el mundo, ateo o creyente.
2) El repudio:
"También se dijo: Si alguno despide a su mujer, déle libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que despide a su mujer, excepto en caso de concubinato, la expone a cometer adulterio, y el que se casa con una repudiada, comete adulterio". (Mateo, 5: 31-32)
"Se le acercaron unos fariseos para tentarle, diciendo: "¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo?". Él respondió: "¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo macho y hembra, y que dijo: "Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De tal manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Replicáronle: "Entonces, ¿por qué Moisés ordenó dar libelo de divorcio cuando se repudia?". Díjoles: "Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres por la dureza de vuestro corazón, mas no era así desde el principio. Por tanto, os digo que el que repudia a su mujer, excepto en caso de concubinato, y se casa con otra, adultera, y quien se casa con la repudiada, comete adulterio". (Mateo, 19: 3-9)
Muy bien, Jesús encuentra reprobable el repudio, salvo en casi de concubinato. Lo que sucede es que este pecado, a diferencia del anterior, nos genera dudas. ¿Qué es el repudio? ¿Es lo mismo que el divorcio actual? Veamos en qué consistía esta figura jurídica.
Entre los judíos no existía el divorcio de los romanos, sigo la figura jurídica del repudio. Mientras que el divorcio podía ser iniciado tanto por el hombre como por la mujer, el repudio era patrimonio exclusivo de los varones. Era el marido el que repudiaba a la mujer y nunca a la inversa. Como formalidad jurídica, el marido que repudiaba a su mujer redactaba el libelo de repudio, en el que el marido podía estipular una compensación económica y alguna otra cláusula adicional, a su elección. Y menos mal, porque una mujer repudiada estaba, perdón por la expresión, bien jodida. El marido, sin alegar motivo alguno (bastaba con informar al Sanedrín), podía echar en cualquier momento a su mujer de la casa, quedándose con los hijos y sin permitirle volver a entrar en ella. La mujer podía considerarse afortunada si recibía una compensación económica que le permitiera sobrevivir si convertirse en prostituta o en mendiga, porque en aquella época una mujer no podía ser una trabajadora independiente que se mantuviera a sí misma, y lo del segundo matrimonio lo tenía difícil porque no todos los hombres estaban dispuestos a casarse con una mujer que había quedado deshonrada a ojos de la sociedad, aunque su única culpa fuese no ser tan joven, hermosa, fértil o rica como la otra mujer a la que su marido hubiese echado el ojo y con la que pretendiera casarse después de echarla a ella de casa y quitarle a sus hijos.
Por lo que vemos, Jesús no está condenando el divorcio romano (que no se daba entre los judíos), sino protegiendo los derechos de las esposas judías, que dependían totalmente de la benevolencia de sus maridos para conservar su honor, su casa y a sus hijos. Viene a decirle a los hombres: "No creáis que podéis marcharos de rositas después de dejar tirada a vuestra esposa porque ya no os apetece seguir con ella. Si os casasteis con ella, lo hicisteis para lo bueno y para lo malo, así que no os la quitéis de encima cuan patata caliente para casaros con otra, porque eso, a ojos de Dios, es adulterio".
Aquí aparece otra vez la palabra clave: adulterio. Lo que censura Jesús no es tanto el hecho del repudio (ya que acepta que un hombre repudie a su mujer en caso de concubinato, es decir, si esta le pone los cuernos), como el hecho de dejar a la mujer para poder irse con otra. No trata el matrimonio como algo indisoluble per se, sino como algo santo que no puede ser roto sin una causa poderosa que lo justifique.
Del repudio de la mujer por parte del hombre nada se dice, más que nada porque no existía; la mujer no tenía derecho de dejar al marido por mal que este la tratase.
Creo que queda bastante claro que el repudio judío poco tiene que ver con el divorcio actual. Es, cuanto menos, dudoso, lo que diría Jesús de Nazaret ante nuestro actual ordenamiento jurídico. Y, en cualquier caso, queda bastante claro su criterio de que es causa justa de disolución matrimonial el hecho de que un miembro de la pareja le sea infiel al otro.
-La fornicación:
"Lo que sale del hombre, es lo que contamina al hombre, porque de dentro del corazón del hombre proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, robos, homicidos, adulterios, codicias, maldades, engaño, intemperancia, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez. Todas esas malas cosas salen de dentro y hacen impuro al hombre". (Marcos, 7: 20-23).
Este es uno de los textos que más quebraderos de cabeza puede darnos, ya que aquí, de todas las cosas malas que comenta Jesús que puede hacer el ser humano, sólo dos tienen que ver con el sexo: el adulterio (del que ya le hemos visto hablar muy mal y muy duramente; está claro que para Cristo la fidelidad es algo fundamental) y la fornicación.
La pregunta del millón es: ¿qué es la fornicación? Porque he leído bastantes definiciones al respecto, y no todas coinciden entre sí.
Para el diccionario de la RAE, la definición actual es "tener ayuntamiento o cópula carnal fuera del matrimonio". Esta es también la definición que se le suele dar dentro de la moral sexual de la Iglesia. Sin embargo, si acudimos a la raíz de la palabra en cuestión, descubrimos que es una palabra proveniente del latín, utilizada por los romanos, y que el los tiempos de Jesús desde luego no era sinónimo del sexo pre o extra matrimonial. La palabra "fornicar" viene de la voz latina "fornix", es decir, arco o bóveda. Que, casualmente, es el lugar donde las prostitutas romanas solían colocarse a la espera de captar clientes, lo cual hizo que la palabra evolucionara para convertirse también en un sinónimo, o eufemismo, de "burdel". Es decir, que fornicar, hace 2000 años, significaba como vulgarmente se dice, "irse de putas". Es decir, que lo que Jesús está criticando, más que el sexo prematrimonial, es el sexo mercernario, el sexo por vicio, en definitiva, el sexo sin amor.
¿Significa eso que Jesús condena la prostitución? Pues sí, la condena, pero curiosamente parece ser mucho más duro con quienes contratan los servicios de una prostituta, que con la prostituta en sí. No podemos dejar de lado la lectura del famoso texto del Evangelio de San Lucas sobre esta cuestión:
"Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: "Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora". Jesús le respondió: "Simón, tengo algo que decirte". El dijo: "Di, maestro". "Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?". Respondió Simón: "Supongo que aquel a quien perdonó más". El le dijo: "Has juzgado bien", y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: "¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra". Y le dijo a ella: "Tus pecados quedan perdonados". Los comensales empezaron a decirse para sí: "¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?". Pero él dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado. Vete en paz". (Lucas, 7: 36-50).
Pocos pasajes de los Evangelios son tan reveladores como este en materia sexual. Está claro que Jesús ve a la prostituta como víctima, aunque la sociedad la vea como pecadora. No le falta razón; como ya se ha comentado antes, en aquellos tiempos (y en los actuales todavía sucede) eran muchas las mujeres que se veían obligadas a practicar la prostitución, no por vicio, sino para no morir de hambre. En un tiempo en que las mujeres ni podían tener un empleo y dependían totalmente de sus parientes varones para subsistir, si estos las abandonaban o no podían mantenerlas lo único que les quedaba era su propio cuerpo. Este pasaje es bastante revelador en cuanto a que Jesús le perdona a la prostituta sus pecados porque amó mucho. Aquí, creo yo, podemos ver la clave: la relación sexual es buena en cuanto va de la mano del amor.
Ya hemos visto, desde el punto de vista de los Evangelios, qué puede considerarse pecaminoso en lo que al sexo se refiere: la infidelidad, el repudio y el sexo sin amor. Qué lista tan corta, ¿no? ¿Cómo es entonces posible que la Iglesia, de esta más bien escueta lista, haya sacado tantas y tantas enseñanzas que no estaban ahí? Que si las masturbación esto, que si el preservativo lo otro, que si el sexo sólo sirve para engendrar hijos, que si los homosexuales se van a ir todos al infierno... ¿Por qué se ha llegado a esta situación? ¿Por qué semejante obsesión sexual eclesiástica cuando ya hemos visto que en los Evangelios no se insiste demasiado acerca del tema y la lista es más bien corta?
De eso hablaremos en la segunda parte de este artículo.
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in nomine Pater
viernes, 6 de mayo de 2011
No les votes... el año que viene
Me joroba bastante, pero creo que la iniciativa No les votes va a fracasar. Así de claro. Y mira que me jode, porque estoy de acuerdo con sus bases, pero realmente está mal planteada. Y está mal planteada por dos motivos: el primero es que se ha confiado demasiado en internet para su difusión. Internet es, admitámoslo, un buen medio para llegar a la juventud. El problema es que juventud en esta país cada vez hay menos por culpa del descenso demográfico, y la que hay tiene cada vez menos conciencia política. Se necesita la complicidad de los mayores de 40 años, de los padres y madres de familia y de los jubilados para poder llevar la iniciativa adelante con éxito, y a ese sector de la población no se llega por medio de internet. Sobre todo a los jubilados, que cada vez son más. A ellos se llega en primer lugar desde la televisión, y si la televisión está comprada por los políticos desde carteles en la calle. Y la iniciativa ha brillado bastante por su ausencia en esos dos medios.
El segundo motivo, tal vez el más importante, es que esta iniciativa se tendría que haber lanzado en las elecciones generales, no en las municipales ni las autonómicas. ¿Por qué? Porque no es lo mismo decidir quién quieres que gobierne España que quién quieres que sea el alcalde de tu pueblo, así de claro. El gobierno municipal y autonómico no decide la política económica nacional, ni la política exterior, ni aprueba o deroga leyes; de lo que se encarga es de arreglar los parques, coordinar el transporte público y organizar las fiestas patronales, por poner ejemplo más prácticos de lo que hace. Por eso, la gente tiende a seguir votando a los alcaldes que gestionan razonablemente bien las ciudades, y es reacia a cambiarlos por un desconocido a no ser que lo hagan bastante mal. Y, dado que la situación económica, política y social de España depende del Gobierno central y no de las autonomías (que encima suelen barrer para casa), la gente no va a dirigir el voto de castigo contra los gobiernos autonómicos y municipales. Es decir, va a seguir votando a los de toda la vida.
Y lo peor es que, con el fracaso que sucederá, el movimiento puede quedar muy desprestigiado de cara a las generales del año que viene, consiguiendo que la gente piense "como en 2011 no consiguieron nada, no pienso votar a un partido minoritario, que será echar el voto a la basura y ganarán los otros". Es decir, no sólo no va a ser útil sino que va a ser contraproducente para el momento en que más haría falta que funcionase: cuando haya qur votar para elegir al Gobierno central, que es el que realmente ha provocado este desaguisado y el que realmente tiene poder para cambiarlo.
Sólo me queda una duda, ¿los responsables de No les votes son unos cretinos impacientes, o son responsables del Gobierno infiltrados que quieren desprestigiar este tipo de campañas para que no se hagan fuertes el año que viene?
El segundo motivo, tal vez el más importante, es que esta iniciativa se tendría que haber lanzado en las elecciones generales, no en las municipales ni las autonómicas. ¿Por qué? Porque no es lo mismo decidir quién quieres que gobierne España que quién quieres que sea el alcalde de tu pueblo, así de claro. El gobierno municipal y autonómico no decide la política económica nacional, ni la política exterior, ni aprueba o deroga leyes; de lo que se encarga es de arreglar los parques, coordinar el transporte público y organizar las fiestas patronales, por poner ejemplo más prácticos de lo que hace. Por eso, la gente tiende a seguir votando a los alcaldes que gestionan razonablemente bien las ciudades, y es reacia a cambiarlos por un desconocido a no ser que lo hagan bastante mal. Y, dado que la situación económica, política y social de España depende del Gobierno central y no de las autonomías (que encima suelen barrer para casa), la gente no va a dirigir el voto de castigo contra los gobiernos autonómicos y municipales. Es decir, va a seguir votando a los de toda la vida.
Y lo peor es que, con el fracaso que sucederá, el movimiento puede quedar muy desprestigiado de cara a las generales del año que viene, consiguiendo que la gente piense "como en 2011 no consiguieron nada, no pienso votar a un partido minoritario, que será echar el voto a la basura y ganarán los otros". Es decir, no sólo no va a ser útil sino que va a ser contraproducente para el momento en que más haría falta que funcionase: cuando haya qur votar para elegir al Gobierno central, que es el que realmente ha provocado este desaguisado y el que realmente tiene poder para cambiarlo.
Sólo me queda una duda, ¿los responsables de No les votes son unos cretinos impacientes, o son responsables del Gobierno infiltrados que quieren desprestigiar este tipo de campañas para que no se hagan fuertes el año que viene?
miércoles, 4 de mayo de 2011
Héroes olvidados (III): Margaret More

Mi historia de amor con este personaje es harto curiosa: en un principio, estaba destinada a ser mi PJ en una partida de rol de Vampiro. Sin embargo, al ponerme a investigar sobre ella, descubrí que el momento de su muerte era demasiado temprano para que coincidiese la fecha del Abrazo con la antigüedad que yo debía tener en el momento de la partida, de modo que al final la convertimos en mi sire y yo fui una descendiente suya que llevaba su mismo nombre.
Sin embargo, anécdotas aparte, Margaret More Roper es un personaje histórico fascinante. Hija de Thomas More (más conocido como Tomás Moro en tierras españolas), fue la mujer más culta del siglo XVI, una erudita en tiempos en los que la buena formación académica estaba reservada sólo a los hombres.
Es tremendamente injusto que Margaret More no sea más conocida ni haya salido a la palestra como adalid del feminismo. Supongo que ha sido fundamentalmente por dos razones: la primera, que fue una mujer con profundas creencias cristianas (recordemos que su padre, Thomas More, fue canonizado como santo y mártir por la Iglesia Católica, ya que murió decapitado por haberse negado a reconocer a Enrique VIII como jefe de la Iglesia y haberse negado a dar su bendición a su divorcio de Catalina de Castilla para poderse casar con Ana Bolena). La segunda, porque fue una mujer que no tuvo que renunciar a su sexo ni a la vida familiar para crecer como persona, sino que fue esposa y madre. Supongo que eso rompería los esquemas de bastantes señoras que creerían en su momento que la fe y la vida familiar era incompatible con el auténtico feminismo, pues no hay otra explicación para que Margaret no sea, en este momento, uno de sus mayores exponentes.
Margaret More Roper (o Meg, como la llamaba cariñosamente su padre) nació en 1505. Era la hija mayor del matrimonio formado por Thomas More y su primera esposa, Jane Colt. A pesar de que tuvo tres hermanos más (Elizabeth, Cecilia y John), Margaret fue siempre la favorita de su padre, la más inteligente y fuerte y la más parecida a él en personalidad. Desde niña, su padre apreció en ella una aguda inteligencia y unas grandes ansias de aprender, por lo cual contrató a un latinista amigo suyo como preceptor para que le enseñara a leer, escribir y estudiar a los clásicos. Una educación, tengámoslo en cuenta, que por aquel entonces era inusual en una mujer. Tales conocimientos estaban reservados a los varones, ya que el papel de las mujeres era casarse, procrear y cuidar de la casa, con lo cual pocas cosas se les enseñaba aparte de a bordado, costura y buenos modales, y pocas cosas leían (si es que aprendían a leer) aparte de la Biblia.
El maestro de Margaret pronto quedó sorprendido por el intelecto de su discípula, que ya en la adolescencia mostraba un dominio del latín y el griego tan amplio como para ayudarle en sus traducciones profesionales. Cuando Thomas More supo del talento de su hija, se sintió orgulloso de ella, ya que él opinaba que si todas las almas son iguales a los ojos de Dios no había motivo para que fueran educadas de manera diferente, y tanto Margaret como sus hermanos, aparte de las consabidas clases de latín y griego, recibieron amplia formación en filosofía, teología y hasta medicina.
El resultado fue que Margaret, con sólo 19 años, tradujo íntegramente el Precatio Dominica de Erasmo de Rotterdam, con el cual llegó a mantener amistad y una abultada correspondencia. Erasmo, por su parte, no escatimaba elogios hacia Margaret, a la que llegó a calificar públicamente como "una elegante latinista" y a decir de ella que era "el orgullo de Inglaterra". Erasmo de Rotterdam tenía fama de ser un hombre algo huraño y severo, que no regalaba precisamente sus alabanzas, con lo cual que dijera semejantes cosas de una mujer habla mucho de la genialidad de Margaret, que pasó a la Historia como la primera humanista inglesa y la mujer más culta del siglo XVI. También mantuvo amplia correspondencia con Luis Vives. Escribió poemas, discursos y tratados, y participaba como una más en las veladas cultas que su padre organizaba en casa.
Margaret, además, tuvo la suerte de casar con un hombre tan abierto de miras como su padre que siguió alentando su formación. Se trataba de William Roper, un noble gran amigo de su padre con quien, al parecer, tuvo un matrimonio feliz, del cual nacieron cinco hijos.
Margaret, sin duda, vivió los momentos más penosos de su vida cuando el rey Enrique VIII mandó ejecutar a su padre como traidor por haberse negado a abrazar el anglicanismo y a reconocerle como cabeza de la Iglesia. Thomas More era conocido (e idolatrado) por el pueblo inglés por su sabiduría y su piedad, y aunque Enrique debía de tenerle aprecio, ya que Thomas había sido su mentor en la juventud, era consciente de que su prestigio como cabeza de la nueva Iglesia quedaría mermado si no se atrevía a actuar contra Thomas. Así pues, More fue ajusticiado en la Torre del Terror, a pesar de las protestas del pueblo, que lo lloró como a un mártir. Margaret fue la última en visitarle antes de la ejecución, con quien mantuvo abundante correspondencia durantes los días que duró su encierro.
Tras la muerte de Thomas, su cabeza fue expuesta en el London Bridge durante un mes. Pasado ese tiempo, debería haberse arrojado al Támesis, pero Margaret, valientemente, consiguió encontrarse en secreto con el hombre encargado de dicha tarea, y, gracias a un fuerte soborno, pudo recuperar la cabeza de su padre y darle un entierro digno. Hay que tener en cuenta el gran riesgo que entrañaba este acto de rebeldía para ella si Enrique VIII se hubiese enterado del asunto, ya que toda la familia Rope, al igual que el resto de hijos de los More, estaba bajo sospecha. Thomas no fue el único en morir; el esposo de su hija Cecilia fue arrestado y ejecutado sin juicio previo, y William Roper, esposo de Margaret, llegó a estar en prisión durante una temporada, aunque finalmente fue liberado.
Margaret no fue una revolucionaria, ni tampoco una guerrera. Fue el mejor ejemplo de otro tipo de valor, menos llamativo, pero no por ello menos auténtico: aquel que muestran quienes se mantienen fieles a sus creencias y a sus principios por encima de todo. Margaret sabía que el mejor tributo que podía rendirle a su padre era mantenerse firme en su fe, sus creencias y su forma de ver el mundo. Dio a todos sus hijos la misma educación esmerada que había recibido ella (de los cuales destacó por su erudición su hija Mary). Fue una mujer inteligente, culta y humanista, adelantada a su época, que consiguió tanto asombrar con su sabiduría a los más grandes pensadores de la época como mantener su hogar y la dignidad de su familia a flote incluso en los momentos mas difíciles. Fue, en definitiva, la prueba de que ser una mujer moderna y feminista no es incompatible con ser una buena cristiana, esposa y madre (recordemos que una de las mayores críticas a las que tuvieron que hacer frente las feministas fue que ocuparse de estudios y asuntos masculinos las convertían en malas cristianas o incapaces o indignas de mantener una familia; Margaret fue uno de los más sólidos argumentos que podía ofrecerse a tales detractores para mostrarles que se equivocaban). Fue, en definitiva, una heroína, aunque sus armas fuesen los libros y la cultura en lugar del escudo y la espada. Y como tal debe ser recordada.
Murió en 1544, a la edad de 39 años.
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héroes olvidados
sábado, 23 de abril de 2011
Meme literario
Hoy, para celebrar San Jorge, Día del Libro, meme literario, que ya me he encontrado en varios blogs que frecuento y que os animo a hacer a vosotros también :-)
Un libro que me sorprendió para bien: El Nombre del Viento, de Patrick Rothfuss. Jamás imaginé que sería tan bueno.
Un libro que me decepcionó: Harry Potter y la Orden del Fénix, de J.K.Rowling. Me llevé tal disgustos con este libro que jamás quise volver a saber nada del mundo de Harry Potter. Fue una ruptura total; pasé de fanática a detractora radical en un sólo día.
Un libro que robé: Jamás en la vida he robado nada.
Un libro que encontré perdido: Nunca me he encontrado un libro perdido.
El autor del que tengo más libros: Enid Blyton, R.L. Stine y Stephen King.
Un libro valioso: La edición de lujo de Los Hijos de Húrin, de J.R.R. Tolkien, y todos los libros de José Carlos Somoza que tengo firmados por el autor.
Un libro que llevo tiempo queriendo leer: Dime quién soy, de Julia Navarro. Estoy esperando a que lo saquen en formato de bolsillo para ponerle la mano encima (en tapa dura tiene un precio prohibitivo).
Un libro que prohibiría: Dos velas para el diablo, de Laura Gallego. Y quemaría todos los ejemplares existentes, al estilo Farenheit 451.
El próximo libro que voy a leer: Grotesco, de Natsuo Kirino.
¡Feliz Día del Libro a todos! Y no olvidéis que hoy tienen un 10% de descuento... ;-)
El último libro que he leído: Venganza en Devil's Acre, de Anne Perry.
El libro que estoy leyendo ahora mismo: Habitaciones cerradas, de Care Santos.
Un libro que cambió mi forma de pensar: Teología para universitarios, de Luis González-Carvajal. Era el libro que nos mandó el profesor de religión de 3º de BUP, y acabó siendo el pilar fundamental de mi religiosidad adulta. Nunca agradeceré lo bastante el haberlo leido, es un libro muy inteligente que invita a reflexionar y me aclaró muchísimo las ideas.
El último libro que me hizo llorar: El Gran Lord, de Trudi Canavan.
El último libro que me hizo reír: Choque de Reyes, de George R. R. Martin.
El libro que estoy leyendo ahora mismo: Habitaciones cerradas, de Care Santos.
Un libro que cambió mi forma de pensar: Teología para universitarios, de Luis González-Carvajal. Era el libro que nos mandó el profesor de religión de 3º de BUP, y acabó siendo el pilar fundamental de mi religiosidad adulta. Nunca agradeceré lo bastante el haberlo leido, es un libro muy inteligente que invita a reflexionar y me aclaró muchísimo las ideas.
El último libro que me hizo llorar: El Gran Lord, de Trudi Canavan.
El último libro que me hizo reír: Choque de Reyes, de George R. R. Martin.
Un libro prestado que no me han devuelto: La Dama Número Trece, de José Carlos Somoza. Que encima era mi libro de terror favorito, lo presté en tapa dura, y me lo tuve que volver a comprar... de bolsillo, porque el presupuesto no daba para más ¬¬
Un libro prestado que no he devuelto... todavía: El rey en el castillo, de Victoria Holt.
Un libro que volvería a leer: La trilogía completa de El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Jamás me cansaré de releerla.
Un libro que cambió mi vida: De nuevo, El Señor de los Anillos, de J.R.R.Tolkien. Si no lo hubiera leído, mi vida no sería la misma, ni yo tampoco.
Un libro para regalar a ciegas: El Último Catón, de Matilde Asensi. Aún no he encontrado una sola persona a la que no le haya gustado.Un libro prestado que no he devuelto... todavía: El rey en el castillo, de Victoria Holt.
Un libro que volvería a leer: La trilogía completa de El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Jamás me cansaré de releerla.
Un libro que cambió mi vida: De nuevo, El Señor de los Anillos, de J.R.R.Tolkien. Si no lo hubiera leído, mi vida no sería la misma, ni yo tampoco.
Un libro que me sorprendió para bien: El Nombre del Viento, de Patrick Rothfuss. Jamás imaginé que sería tan bueno.
Un libro que me decepcionó: Harry Potter y la Orden del Fénix, de J.K.Rowling. Me llevé tal disgustos con este libro que jamás quise volver a saber nada del mundo de Harry Potter. Fue una ruptura total; pasé de fanática a detractora radical en un sólo día.
Un libro que robé: Jamás en la vida he robado nada.
Un libro que encontré perdido: Nunca me he encontrado un libro perdido.
El autor del que tengo más libros: Enid Blyton, R.L. Stine y Stephen King.
Un libro valioso: La edición de lujo de Los Hijos de Húrin, de J.R.R. Tolkien, y todos los libros de José Carlos Somoza que tengo firmados por el autor.
Un libro que llevo tiempo queriendo leer: Dime quién soy, de Julia Navarro. Estoy esperando a que lo saquen en formato de bolsillo para ponerle la mano encima (en tapa dura tiene un precio prohibitivo).
Un libro que prohibiría: Dos velas para el diablo, de Laura Gallego. Y quemaría todos los ejemplares existentes, al estilo Farenheit 451.
El próximo libro que voy a leer: Grotesco, de Natsuo Kirino.
¡Feliz Día del Libro a todos! Y no olvidéis que hoy tienen un 10% de descuento... ;-)
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Críticas literarias,
querido diario
martes, 19 de abril de 2011
Winter is coming, primer capítulo
Lo que me ha gustado y lo que no del capítulo piloto de Juego de Tronos:
OK
-La prisa que se han dado por colgar el capítulo y los subtítulos.
-El original opening.
-Invernalia, su ambiente y sus habitantes.
-Todos y cada uno de los miembros de la familia Stark, brillantemente caracterizados.
-Que Sansa Stark y Robert Baratheon parezcan aún más imbéciles en la serie de lo que lo son en el libro.
-Bran trepando por las cornisas.
-Pentos y el magíster Ilyrio.
-Tyrion Lannister. Fuck yea.
-La tumba de Lyanna Stark.
-Los paisajes.
-La boda dothraki, igual que la del libro.
-Gore y tetas a mansalva. Al menos en esto no se podrá decir que no son fieles al libro.
KO
-El prólogo (los Otros son una mierda, al menos tal y como se ven ahí, el ambiente terrorífico está muy desaprovechado, y no dan ninguna explicación de cómo es posible que Will consiga escapar teniendo al Otro a dos metros y sin estar escondido encima del árbol, como pasaba en el libro).
-Jaime Lannister. Con ese peinado y esa ropa, parece más un caballero decimonónico-steampunk que un caballero medieval.
-Cersei Lannister y sus trenzas alderaanianas. Sólo faltaba R2D2.
-Que no aparezca el brillante diálogo entre Ned y Bran ("¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo?" "Es el único momento en que puede ser valiente").
-Las hermanas silenciosas. Más que monjas funerarias, parecen brujas zulúes.
-Los gusanos. Odio los gusanos. Detesto, aborrezo, maldigo a los gusanos. PUAJ.
-El pelucón que llevan los Targaryen.
-Khal Drogo. Es el personaje con el que más la han cagado, con diferencia. Le quitan todo el carisma y le convierten en un salvaje más. ¿Dónde quedó el "plata para la plata de tus cabellos"? ¿Qué es eso de poner por las buenas a cuatro patas a una Daenerys llorosa en la noche de bodas? Khal Drogo la tranquilizó, la excitó, tuvo paciencia con ella, fue atento y delicado. Es por eso que Daenerys se enamora de él, porque es mucho más educado, amable y civilizado que los otros dothrakis. Y no es "un asesino" como dice Ilyrio, sino un guerrero. Qué mierda, de verdad.
Conclusión: La cosa empieza bien, pero que vayan con cuidado. Alejarse del libro e intentar darle toques de modernismo steampunk al asunto es la mejor manera de cagarla. Espero que omitan innovaciones innecesarias en los futuros capítulos.
OK
-La prisa que se han dado por colgar el capítulo y los subtítulos.
-El original opening.
-Invernalia, su ambiente y sus habitantes.
-Todos y cada uno de los miembros de la familia Stark, brillantemente caracterizados.
-Que Sansa Stark y Robert Baratheon parezcan aún más imbéciles en la serie de lo que lo son en el libro.
-Bran trepando por las cornisas.
-Pentos y el magíster Ilyrio.
-Tyrion Lannister. Fuck yea.
-La tumba de Lyanna Stark.
-Los paisajes.
-La boda dothraki, igual que la del libro.
-Gore y tetas a mansalva. Al menos en esto no se podrá decir que no son fieles al libro.
KO
-El prólogo (los Otros son una mierda, al menos tal y como se ven ahí, el ambiente terrorífico está muy desaprovechado, y no dan ninguna explicación de cómo es posible que Will consiga escapar teniendo al Otro a dos metros y sin estar escondido encima del árbol, como pasaba en el libro).
-Jaime Lannister. Con ese peinado y esa ropa, parece más un caballero decimonónico-steampunk que un caballero medieval.
-Cersei Lannister y sus trenzas alderaanianas. Sólo faltaba R2D2.
-Que no aparezca el brillante diálogo entre Ned y Bran ("¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo?" "Es el único momento en que puede ser valiente").
-Las hermanas silenciosas. Más que monjas funerarias, parecen brujas zulúes.
-Los gusanos. Odio los gusanos. Detesto, aborrezo, maldigo a los gusanos. PUAJ.
-El pelucón que llevan los Targaryen.
-Khal Drogo. Es el personaje con el que más la han cagado, con diferencia. Le quitan todo el carisma y le convierten en un salvaje más. ¿Dónde quedó el "plata para la plata de tus cabellos"? ¿Qué es eso de poner por las buenas a cuatro patas a una Daenerys llorosa en la noche de bodas? Khal Drogo la tranquilizó, la excitó, tuvo paciencia con ella, fue atento y delicado. Es por eso que Daenerys se enamora de él, porque es mucho más educado, amable y civilizado que los otros dothrakis. Y no es "un asesino" como dice Ilyrio, sino un guerrero. Qué mierda, de verdad.
Conclusión: La cosa empieza bien, pero que vayan con cuidado. Alejarse del libro e intentar darle toques de modernismo steampunk al asunto es la mejor manera de cagarla. Espero que omitan innovaciones innecesarias en los futuros capítulos.
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Críticas peliculeras,
frikadas,
se acerca el invierno
jueves, 14 de abril de 2011
La procesión atea y sus efectos secundarios

Pues miren ustedes, a pesar de la oleada de bilis que me subió a la garganta cuando me enteré de la posible celebración, y a pesar de lo mucho que me satisfizo enterarme de la prohibición, al final me está dando por pensar que a lo mejor eso de la procesión atea no hubiese sido tan mala idea.
Es que me los estoy imaginando, con sus parodias de pasos, sus eslóganes ofensivos y sus pancartas burlescas contra el cristianismo (me juego lo que sea, eso sí, a que no tienen huevos de hacer lo mismo con la religión musulmana en frente de una mezquita). Y me estoy imaginando a todos los que estamos hasta los cojones, yo entre ellos, armados con tomates y huevos podridos, dispuestos a explicarles lo que pensamos de sus ofensas y su falta de respeto contra las creencias de los demás. Porque, qué quieren que les diga, eso de poner la otra mejilla es un mensaje divino, pero la paciencia humana tiene un límite y muchos estamos hartos de que de un tiempo a esta parte vilpendiar nuestra religión sea la nueva moda.
La cosa, naturalmente, tenía muchas posibilidades de acabar a hostias. Y se me estaba ocurriendo que, con el calor del momento, no sería inverosímil que entre el paro, la corrupción, la ley Sinde, los recortes de pensiones, la subida de impuestos, la baja de sueldos, y el aumento de años de cotización y edad de jubilación, todo eso mientras los políticos se niegan a recortar sus privilegios, a alguien se le ocurriera decir algo como "¡El Gobierno nos ha jodido las vida y el país y ahora ha permitido que estos cabrones vengan a jodernos la religión! ¡Vayamos a manifestarnos ante el Congreso! ¡Si los árabes pueden, nosotros también! ¡Por la reforma de la Ley Electoral y elecciones anticipadas YA!".
Y resulta que se montó. Se montó, porque en estos momentos la calma es sólo aparente, porque la gente está cabreada y porque sólo se necesita una pequeña chispa para prender la llama, sólo se necesita un pequeño empujón para que caiga la primera ficha del dominó. Y una vez cae la primera ficha, el aluvión es imparable. Y el Gobierno, que en un principio pensaba lavarse las manos como Pilatos en pro del buenrollismo progre-ateo-zapateril, se ha dado cuenta de lo caliente que se estaba poniendo la gente y que igual si dejaban que sus amigos los blasfemos montaban su payasada en plena Semana Santa, había altas posibilidades de que aparezca la excusa que todos estamos esperando, y se líe parda. Porque, una vez montada la protesta, se le unirían los parados, los que ven que con sus sueldo de mierda no pueden mantener a su familia, los que se han quedado sin casa porque se la ha embargado el mismo banco al que el Gobierno le enchufó varios millones de euros mientras retiraba las ayudas sociales a las familias. Se le une todo Cristo, vamos, nunca mejor dicho.
Y los señores del Gobierno, que podrán ser sinvergüenzas pero no tontos (del todo), han decidido dar marcha atrás y prohibir la manifestación, en plan "vale, chavales, sois muy majos y simpatizamos con vosotros, pero quedáos quietecitos en vuestra puta casa esta Semana Santa que como la gente se cabree se va a liar el dos de Mayo". Como digo, en el fondo va a ser una lástima y todo. Porque como se montara, lo que puedo asegurar es que yo, que en mi vida me he metido en un rifirrafe, estaría en primera fila. Sí.
lunes, 4 de abril de 2011
Giacomo y el ángel
Giacomo no era nadie. Apenas una sombra, un fantasma furtivo que trataba de sobrevivir en las húmedas calles de Venecia. Quienes lo veían, si es que lo hacían, contemplaban a un muchachito de once años delgado y famélico, de pelo negro, ojos acuosos, piel pálida y expresión triste. Pero la mayoría de la gente se limitaba a pasar ante él mirándole sin verle, como si no existiera, o fuera tan sólo un elemento más del paisaje, como los canales, las góndolas o los puentes de madera y piedra. No tenía padres, ni familia conocida. Había escapado a los ocho años de la casa del curtidor que lo había acogido para tomarlo como aprendiz. Pero aquel sitio nunca fue un hogar; su amo era un hombre brusco que le hacía trabajar desde los cinco años, no le mostraba cariño y le golpeaba si se equivocaba al realizar alguna de sus tareas. La casa del curtidor era oscura, olía mal y sólo había la comida justa, por lo general un mazacote de polenta que siempre estaba fría.
Desde que escapó, malvivía como podía en las calles. No le gustaba pedir limosna porque tenía miedo de que alguien se fijara en él y lo llevara de vuelta a casa del curtidor, o lo encerraran en un monasterio. A Giacomo le gustaba demasiado callejear, jugar con los gatos y nadar en la Laguna como para soportar vivir encerrado entre las paredes de un monasterio. Tampoco quería robar, de modo que se contentaba con escarbar entre la basura que los criados de palazzos y tabernas echaban a la calle, con la esperanza de encontrar algo comestible.
Lo peor era el invierno. Cuando llegaba el frío, las calles se pintaban de blanco y el Gran Canal se congelaba. Giacomo se acurrucaba en los portales de las iglesias junto a otras decenas de mendigos, que dormían juntos para darse calor los unos a los otros. A pesar de ello, algunos amanecían muertos; de frío después de una helada particularmente virulenta, o de enfermedad tras estar varios días acurrucados en un manto raído tosiendo sin parar. A Giacomo le daba mucho miedo ponerse enfermo o que se le congelasen los dedos por la noche. Algunas veces se había despertado con las manos y los pies azules, pero por fortuna cada vez que aquello le había sucedido había seguido siendo capaz moverlos, aunque no los sintiera. Y los ancianos decían que el invierno de 1490 iba a ser especialmente crudo. Ya había comenzado a nevar en Octubre, y para Noviembre las temperaturas eran tan frías como en Enero.
La vida de Giacomo era una vida sin esperanza, como la de tantos otros seres olvidados. Aún así, muchos la mantenían. Se hablaba en susurros entre los desharrapados y los miserables de un ser legendario, un ángel blanco y espectral que caminaba silencioso por Venecia cuando caía la noche. Se decía que sólo delataba su presencia el débil sonido de sus pies caminando y el callado susurro de su blanco manto. Que sólo podías verlo si él quería.
Del ángel se contaban muchas cosas. Algunos decían que era el ángel de la muerte y que aparecía para acompañar a los enfermos y a los cansados al otro mundo, pero pocos creían en esta versión de la historia. La mayor parte de los mendigos decían que era un ser bondadoso, que calmaba el hambre, la sed, el dolor y la angustia de vivir a todos a los que se aparecía. Que era tan hermoso que una vez lo veías jamás podías sacarte su imagen de las retinas. Que su sonrisa no era de este mundo, y que su mirada te hacía pensar que conocía todos tus secretos.
Giacomo soñaba con ver al ángel desde que había oído hablar de él por primera vez, pero nunca lo había visto. Y ya llevaba tres años en la calle.
Una noche de mediados de Noviembre, Giacomo se acurrucaba en un rincón de Santa Croce, temblando de frío. No había espacio para él entre los mendigos de la Chiesa dei Frari, y estaba tan cansado que no podía dar un paso más. Se sentía enfermo. No había parado de toser en dos semanas, y notaba el sabor de la sangre en la garganta cada vez que tosía. Tenía miedo de que ese invierno fuera el que acabase con él.
Hacía mucho frío. No nevaba, pero a medida que las horas se adentraban en la noche la temperatura iba bajando cada vez más. Giacomo podía escuchar el crujido de los cristales de hielo formándose sobre la superficie de los canales. Hacía rato que había dejado de sentir sus extremidades. Se dijo que tal vez moriría de frío aquella noche, y, al contrario que otras veces, la idea no le dio miedo. De pronto pensó que sería agradable conocer a sus padres, que sin duda debían haber muerto tiempo atrás. Y los curas decían que en el Cielo no se podía sufrir. Sin duda sería un lugar calentito, donde ya no pasaría hambre ni se volvería a poner enfermo. Y tal vez pudiera contemplar el rostro de su madre, la madre que nunca había llegado a conocer...
Al pensar en su madre, los ojos se le llenaron de lágrimas. Fue algo repentino, inesperado, pero agradable. Las gotas que resbalaban por su cara se sentían maravillosamente cálidas en su piel helada, y Giacomo pensó que sería bueno morir llevándose el recuerdo de esa calidez al otro mundo.
Entonces, escuchó una voz.
-¿Por qué lloras, pequeño?-.
Giacomo no contestó. Prefería dejarse llevar por el sueño, abandonarse a la parálisis que comenzaba a invadir sus músculos. Sintió el tacto lejano de una mano sobre su frente, una mano tan fría como la escarcha que lo rodeaba.
Y, entonces, el sueño, la rigidez y la fiebre se desvanecieron como la niebla bajo el primer rayo de sol. Una dulce sensación de calidez le removió los huesos y el alma. Por un instante, la loca idea de que su madre había venido a buscarle floreció en la mente de Giacomo. Abrió los ojos.
Frente a él, se encontraba el ángel. El ángel de las leyendas. En cuanto lo vio, estuvo seguro de que así era. Porque frente a él había una dama vestida de blanco de pies a cabeza, encapuchada y envuelta en una capa que haría parecer gris la nieve recién caída. La dama era pálida, y tan hermosa que resultaba sobrehumana. Sin retirar la mano de su frente, volvió a preguntar:
-Niño, dime, ¿por qué lloras?-.
Giacomo sintió un acceso de pánico. ¿Qué debía contestar? ¿Cómo? ¿Cuál era la manera correcta de dirigirse a ella? Confuso y avergonzado, sintió cómo las lágrimas volvían a correrle por la cara. Pero entonces el ángel le sonrió, y todos sus temores y angustias se desvanecieron en el acto. Una grata sensación de tranquilidad y confianza se adueñó de él. Podía fiarse del ángel, estaba seguro. Podía decirle cualquier cosa. Lo entendería.
-Tengo mucho frío y estoy solo- susurró Giacomo- creo que voy a morirme-.
El ángel asintió, comprensivo, y le rozó el cabello con sus dedos de alabastro en una dulce caricia.
-¿No tienes casa? ¿No tienes padres?-.
-No, señora- musitó el niño, temblando.
El ángel le miró con sus ojos insondables. A Giacomo le pareció que reflejaban sabiduría, bondad, y también tristeza. Parecían dos faros de luz en medio de una noche oscura. Comprendió que, aunque el rostro del ángel era joven, sus ojos eran ya viejos. Ojos que han visto correr centurias y las penalidades que los años acarrean.
-Ponte en pie, Giacomo- dijo el ángel- y camina hacia el Gran Canal. Camina y no te pares por nada. Cuando llegues a la orilla, busca a tu alrededor un palazzo que tenga las luces encendidas. Llama a la puerta. Te estarán esperando-.
-¿Cómo van a estar esperándome tan tarde, señora?- se atrevió a preguntar Giacomo- pasan muchas horas de la medianoche-.
El ángel se puso en pie. Su manto blanco se abrió en torno a él envolviendo su figura como si dos alas blancas se tratase.
-Para Dios no hay nada imposible- dijo con aquella voz dulce, que parecía sacada de los tiernos recuerdos de una infancia para él inexistente.
Y desapareció.
Giacomo se quedó inmóvil durante unos minutos que parecieron horas, contemplando atónito la calle vacía que se abría ante él. Luego, se puso en pie, y con paso tambaleante, puesto que sus piernas entumecidas no le respondían bien, echó a andar. Caminó todo lo rápido que pudo, sin pararse a pensar, porque temía que si lo hacía acabaría convenciéndose a sí mismo de que había tenido un sueño, y entonces tal vez no tuviera valor para buscar el palazzo iluminado y llamar a su puerta si lo encontraba.
Cuando llegó al Gran Canal, una oleada de viento helado abofeteó el rostro del niño. Tomó una bocanada de aire, y sintió cómo los pulmones se le congelaban. Un violento acceso de tos volvió a emergerle de las entrañas, aunque esta vez no trajo sangre consigo. Busco a izquierda y derecha, hasta que lo vio. Un palazzo iluminado, resplandeciente como una joya en medio de la negra oscuridad de la noche. Como el náufrago que contempla atónito velas en el horizonte tras años de abandono en una isla desierta, Giacomo echó a correr hacia él. Tropezó en el suelo helado, resbaló, y cayó. Se mordió el labio al notar un dolor punzante recorriéndole el brazo derecho, se levantó y siguió trotando hacia allí, más despacito.
Le pareció que tardaba una eternidad en llegar, como si el viento soplara en su contra, aunque era tanto el miedo como el frío lo que le hacía tiritar. Llegó ante la puerta. Y, antes de darse a sí mismo tiempo para dudar, llamó.
Alguien abrió al cabo de un minuto, pero Giacomo nunca pudo verle la cara. Esbozó una débil sonrisa que murió antes de nacer, y cayó desmayado al suelo.
Cuando despertó, ya no tenía frío. Estaba tumbado en un camastro, cubierto por una manta de lana de oveja. Levantó la vista para encontrarse con una habitación de paredes desnudas, con un arcón y una mesa con cajones junto a la cama donde titilaba un candelabro con tres velas. Una mujer de cabellos negros, joven y guapa, le observaba.
-¿Te sientes mejor, niño?- preguntó con amabilidad- ¿cómo te llamas?-.
-Giacomo-.
La mujer le dijo a Giacomo que no tuviera miedo. Que lo cuidarían hasta que se pusiera bien, siempre y cuando aceptase quedarse en el palazzo como pinche de cocina. Había llegado como caído del cielo, porque la muchacha que tenían de ayudante se había quedado embarazada y había dejado el servicio para casarse con su seductor, el hijo de un próspero panadero de Santa Croce. Tendría derecho a una habitación, que compartiría con el muchacho de las caballerizas, a un sueldo por día, a techo y comida y a un día libre a la semana. ¿Le convenía el trato? Si era así, podía empezar en cuanto se recuperase. Y podía llamarla María.
Giacomo no pudo responder con palabras. Se limitó a asentir, mientras se mordía la lengua para tratar de contener las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos. La mujer le sonrió y le deseó buenas noches. Cuando quedó solo, antes de soplar las velas y recostarse de nuevo en la cama, Giacomo se fijó en un objeto que pendía colgado en la pared, en frente de la cama. Era un crucifijo. Sonrió y se durmió.
Aquella noche, Giacomo durmió más traquilamente de lo que había dormido en muchos años. Más de lo que podía recordar. Durmió un sueño tan profundo, tan sereno y reparador, que no se despertó y ni siquiera se movió cuando la puerta se abrió una hora más tarde y una figura femenina lo observó durante unos minutos desde el quicio de la entrada antes de cerrarla y volver por donde había venido. Si se hubiera despertado, tal vez hubiera distinguido en la penumbra un hermoso rostro de piel pálida y ojos centenarios que contemplaban llenos de ternura su primera noche en paz.
Dedicado a Tindomion, que comprenderá de quién (y de qué) habla este relato así como comprende el corazón de quien lo ha escrito.
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