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viernes, 13 de septiembre de 2019

Probando el natto

Como no todo va a ser reseñar series y libros, reaparezco por el blog para compartir con vosotros algo que llevaba mucho tiempo llenándome de curiosidad.
Es el natto.
Para todos los que somos amantes de la cultura o la gastronomía japonesa, el natto no nos es desconocido. Se trata de unas habas de soja fermentadas que tienen unas excelentes propiedades nutricionales, pero que también tienen -se dice- un aspecto, un olor y un sabor repugnantes, lo cual tira atrás a algunos japoneses, y a la inmensa mayoría de los extranjeros, a la hora de tomarlas.
Por Youtube rondan multitud de vídeos de personas no japonesas probando el natto. Las caras de asco al abrirlo, al olerlo y al metérselo en la boca son de foto: hacen muecas, lo escupen e incluso les dan arcadas.
No obstante, también hay muchos vídeos de japoneses encantados con el natto y explicando cómo hay que comerlo correctamente. Y dado que a mí me encantan la nuevas experiencias gastronómicas -creo que lo único que soy incapaz de probar, sea cual sea su sabor, son los bichos-, me decidí a probarlo.
Os recuerdo que no es la primera vez que pruebo productos japoneses en el blog; si queréis ver mi cata de Kit-kat nipones, la tenéis aquí.

La primera dificultad con la que me topé fue encontrar el natto. Al ser un producto japonés, con poca aceptación entre los extranjeros, no es algo que sirvan en restaurantes ni que puedas encontrar en la sección de comida exótica de los supermercados españoles. Afortunadamente, en mi ciudad, Valencia, hay una tienda llamada Japon.es donde, ¡sí! vendían natto.

Y allá que me fui. El natto es muy barato en Japón, pero al ser de importación la cosa cambia aquí en España: se vende en packs indivisibles de cuatro cajitas de ración, y cada pack costaba unos cinco euros. Aún así, me compré uno y me fui de vuelta a casa. Como el natto es un producto fermentado -la bacteria se llama bacillus natto-, se vende y se conserva congelado para que no se eche a perder, de modo que guardé tres de las cajas y dejé la cuarta fuera de la nevera para que se descongelase.

Finalmente estuvo lista. Y muerta de curiosidad por conocer ese olor que muchos tildan de "indescriptible", "repugnante" o "a calcetines sucios", abrí la caja y apliqué la nariz.

Esta pinta tiene nada más abrir la caja y quitarle el plástico protector

Señores, ni indescriptible, ni repugnante, ni a calcetines.
Huele bien.
No sé si mi paladar y mi nariz funcionarán a una frecuencia distinta a la del resto de la humanidad, pero a mí el natto huele bien.
De hecho, puedo describir perfectamente su olor, porque para mí está clarísimo: huele a café. A café fuerte, mezclado quizás con un cierto olor a levadura fresca de panadero, pero el café es sin duda el olor dominante. Si coges una taza de café ya frío, que lleve hecho varias horas, y la hueles, el aroma que te vendrá a la nariz será muy, muy similar al del natto.
Lo cual me hace preguntarme por qué a tanta gente le cuesta describir el olor (¿no han probado el café en su vida?) o les parece tan repugnante (¿vomitan cada vez que huelen a café o que intentan tomarse uno?).

Pero bueno, el aroma es una cosa... ¿y el sabor? Comprobémoslo. Cuando abres el paquete de natto, lo acompañan dos sobrecitos: uno de karashi (un tipo de mostaza picante) y otro de salsa de soja con caldo dashi. Luego, cuando quitamos la película de plástico que recubre las habas de soja, vemos unos hilillos blancuzos pegados, que emanan de las legumbres. ¿Extraño? Sí, sin duda. ¿Asqueroso? Pues, para mí, no. No tienen un aspecto tan malo que me haga echarme atrás ante la idea de probarlas. Máxime cuando el olor a café es cada vez más intenso y sugerente.

Pero claro, por los vídeos de japoneses que he visto, sé que hay algo fundamental a la hora de probar el natto, y es removerlo antes de comerlo. Removerlo mucho. Eso hace que la sustancia mulcilaginosa que provoca los hilillos se multiplique y recubra las habas de soja de una especie de pasta cremosa y viscosa. Y ahí me pongo, a remover, hasta que me duele el brazo.

 Empezando a remover...


Y al terminar. ¡Ya está!


Una vez removido el natto, sólo queda echarle las salsas. Aquí tenéis la foto después de echarle la salsa de soja:

¡Listo para comer!


Y en este momento ya estaría listo para tomar, aunque los japoneses, que suelen comerlo como parte del desayuno, gustan de mezclarlo con una yema de huevo cruda y echarlo sobre un bol de arroz. He de decir que lo he probado de las dos formas, solo y con la mezcla de huevo y arroz (sí, ya me he comido dos tarrinas, una ayer y otra hoy), y debo decir que el sabor perdía bastante con el arroz y con el huevo, por dos motivos: el primero es que la yema no le aporta demasiado sabor pero sí un plus de viscosidad que, teniendo en cuenta cómo es el natto, no le hace ninguna falta. El segundo es que, como ya he dicho, el natto tiene un penetrante sabor a café, lo cual hace que la combinación de café+huevo+arroz sea un poco extraña. Tuve que añadir al final un chorro adicional de salsa de soja y el sobre de mostaza karashi, con lo cual maté casi por completo el sabor del natto.

Así que decidí que al día siguiente me lo tomaría solo, y así he hecho hoy, con el resultado que podéis ver en las fotos: lo he dejado descongelar, lo he abierto, lo he mezclado sólo con la salsa de soja y dashi y me lo he comido. El sabor es igual que el olor, pero más intenso: café, con un punto salado/dulce y el amargor de fondo propio de esa infusión. Era como estar comiendo granos de café blanditos y cremosos, porque realmente la capa mulcilaginosa de la bacteria, que tanto grima da a algunos cuando la ven, no es en absoluto desagradable en boca: es más untuosa que viscosa, y realmente si te gustan alimentos como las natillas, el flan o la tortilla poco hecha, no vas a tener ningún problema en saborear la textura del natto.

Esta es mi conclusión, gente: el natto huele bien, sabe bien, voy a terminarme los dos paquetes que me quedan en los próximos días y cuando se termine lo volveré a comprar. Todas esas caras de asco y aspavientos que hace la gente me parece que son exageraciones o una conspiración secreta del gobierno japonés para que los extranjeros no nos aficionemos a sus adoradas habas de soja y se las acabemos arrebatando XD
Así que ya sabéis, no tengáis miedo de vivir experiencias nuevas, y si tenéis ocasión de probar el natto, ¡no lo dudéis y hacedlo! Digan lo que digan por ahí, tita Estelwen os garantiza que no es para tanto.

martes, 26 de febrero de 2019

10 Consejos para viajar a Venecia (que no te dará nadie más)

Venecia, lo sabe cualquiera que me conozca un poco, es mi ciudad favorita del mundo. No es que haya visitado todas las que tengo pendientes, pero llevo ya recorrida buena parte de Europa y un trocito de África (el norte, donde están los únicos países de ese continente que me atrevo a visitar), y puedo decir que Venecia tiene algo que no tiene ninguna otra ciudad. No es sólo que esté construida sobre el agua, o que toda la ciudad parezca anclada en el pasado, sino que el estilo urbanístico es único en el mundo. Es una fusión perfecta entre oriente y occidente, un espectro del Renacimiento teñido por pinceladas de la desaparecida Bizancio, y sólo por eso ya vale la pena la visita.
Respecto a los consejos, que son para cualquiera que quiera viajar a la ciudad y conocerla de verdad, los doy desde la perspectiva de una viajera que ha estado tres veces en la ciudad, que conoce a gente de allí, y que lleva varios años "inflitrada" en comunidades venecianas de internet para conocer lo más a fondo posible el carácter, el ritmo y el corazón de esta ciudad y de sus habitantes. Ojalá te sirvan para disfrutar esta ciudad todo lo que merece.
Allá vamos.


1) Venecia NO es Veniceland. Respétala.
Parece obvio, pero no sabéis la cantidad de turistas que tratan esta ciudad como si fuera un parque temático. Resulta que se trata de una ciudad de verdad, con colegios, panaderías y hospitales, y hay gente que vive allí de verdad y que hace cosas tan básicas como ir al trabajo, llevar a sus hijos a la escuela, ir al médico o hacer la compra semanal. Eso significa básicamente que están hasta los huevos de estar rodeados de turistas por todas partes que por lo general se paran en medio de los puentes para hacer la foto ideal, lo llenan todo de basura, comen sentados en cualquier parte y hasta orinan y defecan en la vía pública (o en los canales). ¿Os imagináis Sevilla en la Feria de Abril, Pamplona en los Sanfermines o Valencia en Fallas? Bien, pues eso es lo que tienen que aguantar los venecianos todo el puñetero año. Imaginad hasta dónde están de los turistas. Sin embargo, aunque los venecianos por lo general tengan una relación de amor-odio con el turismo, pueden ser acogedores y simpáticos con los visitantes si estos demuestran un mínimo de sentido común. Aquí va ese mínimo: mantén limpia la ciudad, no te pares en medio de la calle para hacer fotos, no te sientes en los escalones de los puentes, no hables a gritos ni hagas ruido a las horas de descanso, no conviertas la vía pública en un merendero o un urinario, y no des por sentado que los venecianos son empleados de un parque temático que están ahí para servirte y hacer tu estancia inolvidable: saluda con una sonrisa, pide las cosas con educación, e intenta chapurrear italiano, no todos tienen por qué saber inglés.


2) No te quedes menos de tres días (sin contar el de ida y el de vuelta).
Me he encontrado con algunas personas que dicen que Venecia es la piazza de San Marco y poco más, que no hay nada que ver. MENTIRA. Venecia es una ciudad fascinante con rincones maravillosos y para verla a fondo, con tranquilidad, necesitarías al menos una semana. Aunque no te quedes tanto tiempo, huye de los viajes programados de fin de semana o de los días intensivos tipo crucero. Llegar a Venecia en plan rapidito, ver la basílica de San Marco y el palacio Ducal, hacerte cuatro fotos en la plaza y dar una vuelta en góndola es la manera más tonta de visitar la ciudad. Todos los sestiere son interesantísimos y tienen cosas chulas que ver, y todos ellos merecen una visita de al menos medio día (aunque lo ideal es un día completo por sestiere, si quieres visitar museos: medio día para el museo en cuestión y otro medio para callejear). Luego están las islas, que merecen una mención aparte (de ellas hablaremos más adelante).


3) Aléjate de San Marco.
A ver, maticemos el consejo. Evidentemente hay que dar un buen paseo por el sestiere de San Marco, el más famoso de la ciudad, y uno de los más bonitos. Pero es lo único que hay que hacer en este distrito: pasear. No se te ocurra comer aquí, no se te ocurra dormir aquí, no se te ocurra comprar nada aquí. Pero NADA. No sólo hablo de recuerdos; ni siquiera una botella de agua. ¿Por qué no? Pues porque es el sestiere donde se concentran la mayoría de los turistas y donde viven menos venecianos, así que casi todo está enfocado al turismo, y por ello es insultantemente caro: vas a encontrar menús a 30 euros, máscaras de los chinos a 15 y botellines de agua a 3'50. Para comer y dormir aconsejo los sestiere de Canareggio, Castello o Santa Croce, mucho más auténticos, menos atestados y menos caros. Ignora los bares, los quioscos y las tiendas de fácil acceso: son para turistas. Los verdaderos supermercados, aquellos donde compran los venecianos, están totalmente escondidos. Pero escondidos al nivel "entrada situada en callejón estrecho y miserable cuya puerta no tiene cartel y parece de una casa particular". Yo encontré un supermercado así de pura chorra en Canareggio y me compré varias botellas de dos litros de agua mineral a 0'20 la botella mientras los idiotas que caracoleaban por San Marco pagaban más de 3 pavos por un miserable botellín de 50 cl. Y quien dice agua dice ensaladas, sándwiches, zumos, bollos para el desayuno o la merienda, y todas esas maravillosas variedades de pasta y salsas que nunca encuentras en España, que aquí pagas a precio de abuela jubilada y que en la típica tienda gourmet para turistas te cobrarían a precio de foie gras.


4) Huye de los restaurantes con carta multilingüe.
Cuando voy por el centro de Valencia y veo los típicos restaurantes donde la carta de platos aparece en inglés, francés y alemán, ya sé dónde NO comer. Seguro que en vuestras ciudades pasa lo mismo. Venecia no es ninguna excepción. Los restaurantes buenos en Venecia se dividen en dos tipos: los que cobran tan caro que sirven igual de bien a todo el mundo, y los que cobran tan barato que quieren mantener alejados a los turistas a cualquier precio. Ignorad a los que tienen a un tipo en la puerta intentando convencerte de que entres a comer y ofreciéndote menús en diversos idiomas. Dadle una oportunidad a los que están en barrios alejados del centro, calles secundarias y sólo tienen menú en italiano. Epic win si el menú está en veneciano. Tened en cuenta, además, que la mayoría de restaurantes tienen dos listas de precios: una para turistas y otra para residentes. La de turistas cuesta el triple que la de residentes. Pero si vas a un barrio popular, alejado del mundanal ruido (como Castello) puede que la diferencia de precio no sea tan flagrante, y puedes incluso encontrar, como me pasó a mí, uno de esos restaurantes familiares con cubiertos baratos y mantel de papel donde sólo hablaban veneciano y en el que saludando con una sonrisa y chapurreando italiano y dialecto véneto (sí, se puede aprender, no es tan difícil) conseguí un menú a nueve euros por cabeza que incluía una ensalada caprese gigante, unos spaghetti alla puttanesca igualmente gigantes, y una tortilla de queso descomunal que debía estar hecha al menos con cinco huevos.


5) No desprecies la Venecia nocturna.
Hay mucha gente que va a Venecia sólo a pasar el día y al anochecer se va a dormir a Mestre, o directamente sólo se queda un día en Venecia (típica opción crucero). Me parece una lástima, porque Venecia de noche es una experiencia increíble. No porque tenga una marcha particular (la zona de marcha está en Dorsoduro, principalmente en el campo Santa Margarita y alrededores que es donde salen los estudiantes; fuera de eso, poco hay), sino porque al caer el sol la ciudad cambia por completo. Los turistas desaparecen, el ritmo se ralentiza, todo se calma. Cae la oscuridad y tiñe los callejones con el silenzio e mistero del que hablaba Giuseppe Verdi en su ópera Los dos Foscari. La luna riela en las aguas, la niebla cubre las calles, las luces de las farolas crean un juego de luces y sombras. La Venecia turística se va a dormir y la Venecia mágica aparece. Recorrerla de noche es retroceder en el tiempo, dejar el presente atrás, alejarte del mundo real y adentrar los pies en Fantasía. Además es una de las ciudades más seguras del mundo, de modo que se puede caminar de noche por cualquier parte con absoluta tranquilidad. Yo lo he hecho muchas veces y nunca he tenido el menor percance.


6) Ignora las góndolas.
Hazme caso: por muy mágico y típico que parezca, no vale la pena pagar de 80 a 100 euros por subir en una barca. Yo he estado tres veces en Venecia y jamás he subido en una, y no ha hecho falta para vivir a fondo la ciudad. Los únicos que van en góndola son los turistas, y en muchas ocasiones las explicaciones "históricas" que te regalan son totalmente inventadas. Si quieres recorrer los canales, puedes hacerlo igual en el vaporetto, o aún mejor, en el traghetto (el traghetto es una barca que te cruza el Gran Canal por 50 céntimos; se trata de un servicio pensado para los currantes venecianos que llevan prisa y no pueden perder tiempo en ir hasta uno de los cuatro puentes para llegar a la orilla de en frente, de modo que por lo general sólo funcionan en horario laboral y en días festivos).


7) No te pierdas las islas.
San Lazaro degli Armeni, San Giorgio Maggiore, San Erasmo, Burano, Murano, Torcello, Santa Elena, Mazzorbo, San Servolo, la Giudecca, Lido, San Michele, Chioggia, Pellestrina.... ¿has oído hablar de todas ellas? ¿No? Genial, la mayoría de los turistas tampoco.
Lo cierto es que, excepción hecha de Murano (y quienes la visitan suelen ceñirse casi exclusivamente a las fábricas de cristal), las islas de la Laguna están mucho menos masificadas que los sestiere principales. Hay algunas que por su cercanía (Lido, Giudecca) tienen más afluencia de gente, pero la mayoría son casi desconocidas, e incluso la más famosa de ellas (Burano, la de las famosas casas de colores) tira a algunos para atrás por la excesiva distancia a la que se encuentran. Es lógico, porque si sólo tienes un día o día y medio para ver la ciudad, no te da el tiempo para irte hasta el borde de Canareggio y coger un vaporetto que tarda tres cuartos de hora en llegar a su destino.
Para que os hagáis una idea, yo llegué a planear mi tercer viaje a Venecia EXCLUSIVAMENTE para ver las islas, me quedé cuatro días y no me dio tiempo a visitarlas todas. Eso da una idea de lo maravillosas e increíbles que son, y de lo mucho que se pierden los turistas idiotas que creen que Venecia es sólo la piazza de San Marco.
Lo ideal sería poder visitarlas todas, pero como el tiempo es limitado, aquí van mis favoritas: Burano, Torcello (imprescindibles, no te las pierdas), Murano, Giudecca, San Giorgio Maggiore (muy recomendables, preciosas), Santa Elena y San Lazzaro (parecen más discretas pero esconden auténticos tesoros).


8) No vayas en verano.
En Venecia todo el año es temporada alta, pero Julio y Agosto están prohibidos. Ni se te ocurra. Hace un calor de muerte, la humedad es terrible, los turistas son una marabunta sin fin, y, como los venecianos están de vacaciones, resulta que los mejores restaurantes están cerrados y los vaporettos tienen menor frecuencia de paso. Venecia nunca es más Veniceland que en los meses veraniegos. Te aconsejo viajar de octubre a mayo, evitando las fechas navideñas, Carnaval y Semana Santa (en las que obviamente también se llena de gente). De hecho, si fuera posible lo ideal sería ir de lunes a sábado una semana laborable de finales de otoño o principios de invierno. No es que no haya turistas, porque siempre los va a haber, pero en esas fechas tienes la posibilidad de visitar una ciudad no tan masificada y vislumbrar su rostro real en cuanto te alejas de San Marco. Eso sí, en tal caso recomiendo llevar ropa de abrigo, paraguas y botas de lluvia (estas últimas normalmente no harían falta, pero nunca se sabe cuándo puede aparecer el acqua alta).


9) Usa la Venice Card.
Para los turistas, Venecia es inhumanamente cara. Lo ideal en sería tener una tarjeta de residente y poder usar el transporte público, visitar museos y ver monumentos gratis o a precios irrisorios. Pero como no todos podemos tener la dichosa tarjeta de residente, hay una solución: la Venice Card. La hay de 12 horas, de 48 horas y de 7 días; a pesar de ser bastante cara, te garantizo que la que vas a amortizar. La Blue Card te permite usar libremente el transporte público, sin límite y a cualquier hora. La Orange Card te permite exactamente lo mismo pero además entrar gratis a TODOS los museos, monumentos e iglesias de la ciudad sin hacer cola. Teniendo en cuenta que sólo visitar el palacio ducal y la basílica de San Marco ya cuesta 30 euros por persona (lo mismo que cuesta la Orange Card de 12 horas), y que la tarifa plana de vaporetto te puede costar de 20 euros (la de un día) a 60 euros (la de una semana), creo que sale MUY rentable. Además, cuanto más quieras ver, más pasta tienes que calcular: el Museo Correr son 20 euros, la Ca d'Oro 11 más, el Chorus Pass son 12, con la Scuola Grande di San Rocco subimos 10 más... sí, efectivamente, un puñetero sacacuartos para turistas.
Otra opción es la tarjeta VeneziaUnica, que no es tan "tarifa plana" pero tiene más flexibilidad para diseñarte el viaje a tu gusto. Está bien, pero no la recomiendo para el primer viaje si lo que quieres es ir a cuantos más sitios posible y ver todo lo que puedas.


10) Prueba la gastronomía local.
Todo país tiene sus platos regionales. Aunque todo forme parte de la gastronomía española, probablemente no te pedirías un gazpacho con pescaíto frito en Asturias, una fabada en Alicante o una paella en Málaga, ¿verdad? Pues en Italia es lo mismo. Si vas a Venecia te conviene probar la gastronomía típica veneciana, que es lo más auténtico y lo que mejor les va a salir. Olvídate de la pizza, la boloñesa y la carbonara y pide las especialidades: risi e bisi, sepia en su tinta con polenta, spaghetti alle vongole, sarde in saor, bacallà mantecato, hígado a la veneciana... ¡sal de tu zona de confort! Y, por cierto, si puedes encontrar algún postre que lleve esas cerezas confitadas llamadas "amarena fabri", pídelo sin asomo de duda. Aún me tiemblan las rodillas al recordar el sabor...

lunes, 31 de agosto de 2015

De viaje por Navarra


A lo largo de Julio y Agosto he actualizado el blog bastante menos de lo que tengo por costumbre. No ha sido porque me haya olvidado de él o porque me haya quedado sin ideas, sino porque he pasado un verano sumamente interesante (y ocupado).
A la crianza de mi hija (que ya tiene casi quince mesecitos) y a la escritura de mi fanfic "Misterios del Pasado" (que volveré a actualizar esta semana y al que puede accederse pinchando aquí), he añadido un proyecto personal de trabajo que me está teniendo ocupadísima y varios viajes interesantes. Porque tener un bebé no implica que los viajes se acaben, aunque ahora tienen que ser más cerquita porque dependemos de la buena voluntad de los abuelos para quedarse con la niña y hace falta poder regresar rápido si hay algún imprevisto.
Este verano no sólo hemos tenido visitas interesantes (como la de unos amigos que viven en Figueres, otros que viven en Barbastro, y una muy, muy especial: Laura, la autora de La Biblioteca de Laura, un blog estupendo que no puedo dejar de recomendar, a la que hemos tenido la alegría de poder conocer finalmente en persona), sino también un viaje especial a una región que llevaba mucho tiempo queriendo conocer: Navarra.

Hacía muchos años que no nos íbamos de turismo nacional a gran escala. Mientras nuestra hija sea pequeña, preferimos viajar por España, así que de momento hemos dejado aparcados nuestros grandes viajes habituales (Praga, Venecia, Normandía, Londres o la Toscana, por citar los de los últimos años) y nos hemos lanzado a hacer turismo patrio. La primera parada ha sido Navarra y debo decir que me he llevado una muy agradable sorpresa.
Hay dos características que me parecen denominador común de esta región, ya que nos las hemos encontrado en cada sitio al que hemos ido: la inmensa amabilidad de los navarros y las enormes raciones de comida. Lo primero ha sido maravilloso: creo que nunca, en ninguno de mis viajes, he encontrado a gente más simpática, amable y cordial que en estas tierras norteñas. El único lugar comparable que conozco hasta ahora es Galicia, de la cual guardo muy buenos recuerdos desde que hice el Camino de Santiago hace ya bastantes años. Tanto el personal de los hoteles, como de las tiendas, restaurantes, e incluso la gente que nos encontrábamos en la calle, eran todo un dechado de educación y simpatía. Ya podrían ir algunos de vacaciones allí a tomar apuntes, porque si todas las personas fueran tan majas como los navarros que nos hemos encontrado, el mundo sería un lugar más feliz. Lo segundo (el tema de la raciones de comida), a mí, que soy valenciana y en mis tierras servimos raciones más bien escuetas, me dejó anonadada. Mira que caminé todos los días y regresé del viaje con casi tres kilos de más. Y es que entre los pintxos, la carne, las ensaladas (que parecerán comida ligerita pero un plato de ensalada allí es lo que servimos en casa de mi padre para toda la familia), las pochas, la chistorra... pues, la verdad, no es el mejor lugar para hacer régimen.

Ver todas las bellezas paisajísticas y culturales de Navarra era misión imposible (seguro que se nos han quedado montones de lugares pendientes... lo cual, por otra parte, justificará en el futuro una nueva visita). Como el tiempo y el dinero son limitados, hicimos una selección, que fue la siguiente:


PAMPLONA

Ciudad pequeña (bueno, pequeña si la comparamos con Valencia; al lado de Teruel es Gotham City), pero encantadora. Nos alojamos en el hotel Yoldi, que no puedo dejar de recomendar: pegado al centro (estaba a cinco minutos andando de la Plaza del Castillo), cómodo y con un personal encantador, amable y simpático hasta la médula. Pamplona fue nuestra base de operaciones durante tres días para visitar la ciudad y algunos lugares más o menos aledaños que también queríamos ver. Tuvimos el gusto de cenar un par de noches en el que creo que es el mejor bar de pintxos de la ciudad, El Gaucho. Aún se me hace la boca agua al recordar las tostas de foie a la plancha, el huevo trufado y el erizo de mar, entre otras muchas exquisiteces. Nos pateamos entero el recorrido del encierro de San Fermín, paseamos por las calles del casco antiguo (¡preciosas!) y aunque no pudimos visitar al Santo porque la iglesia estaba cerrada, fuimos a la maravillosa catedral de Santa María la Real y la iglesia-fortaleza de San Nicolás. Tampoco nos perdimos el paseo de ronda y el parque en que han convertido el antiguo fortín, cuyo foso estaba lleno de ciervos. Impresionante.
















  

A la izquierda, Tindomion y yo con el Ayuntamiento de Pamplona al fondo. A la derecha, la famosa calle Estafeta. ¡A Pamplona hemos de iiiir!


ZUGARRAMURDI Y ELIZONDO

No podíamos ir a Navarra y no visitar las famosas cuevas de las brujas. Aunque debo admitir que lo único infernal que nos encontramos fue el camino para llegar: una carretera secundaria llena de curvas que consiguió marearme como no me mareaba desde que era una cría. El pueblecito de Zugarramurdi es pequeño y muy pintoresco, y a las cuevas (que hay que pagar para visitar) se accede a través de una agradable ruta de senderismo llena de escaleras y puentes de madera, rodeada de bosque y atravesada por un río. Tras un rato de caminata, se llega al prado donde supuestamente las brujas hacían sus aquelarres y la enorme cueva donde se montaban las orgifiestas.


 La ruta de senderismo y el precioso paraje natural que conducen a las cuevas de Zugarramurdi

Al salir de Zugarramurdi, pasamos por una granja donde nos vendieron quesos que ellos mismos producían con la leche de sus propios rebaños, y cargados con el botín hicimos parada en Elizondo, un pueblo precioso que merece la visita, no sólo por lo bonito que es sino por el delicioso chocolate que venden allí.

En Elizondo se pueden ver casitas tan chulas como las que Tindomion tiene a su espalda


MONASTERIO DE LEYRE Y CASTILLO DE JAVIER

El momento más pío del viaje llegó cuando visitamos estos dos monumentos tan importantes desde el punto de vista religioso como arquitectónico. Leyre está rodeado de bosque, habitado por una comunidad de monjes benedictinos que tuvimos oportunidad de escuchar cantando misa gregoriana. Tras hacer una visita guiada, muy recomendable, nos dirigimos al Castillo de Javier, famoso por haber sido el lugar de nacimiento de San Francisco Javier, fundador de los Jesuitas junto a San Ignacio de Loyola. A pesar de que el castillo fue parcialmente desmochado por el Cardenal Cisneros, está restaurado y vuelve a lucir como en sus mejores tiempos. Si vais a Navarra, no lo dudéis: merece la visita.

El castillo de Javier


SOS DEL REY CATÓLICO Y SANGÜESA

Aquí nos desviamos un tanto, porque aunque Sos está muy cerquita de Javier y pegado a Navarra, pertenece a la provincia de Aragón. El pueblo, que debe su nombre y su fama a que el rey Fernando el Católico nació en él, es maravilloso, pero muy fatigoso de recorrer: es el típico pueblecito afincado en una colina y lleno de calles empinadas. Aquí fue donde comimos ese día, y menos mal que la chica que nos atendió en el restaurante me aconsejó pedir solamente una ensalada, porque eran ENORMES. Ni siquiera me la pude terminar entera, y eso que no comí otra cosa. Si vais a este pueblo cuidado con las raciones que son grandes hasta para los estándares navarros.
Sangüesa fue una pequeña decepción. A pesar de que la iglesia y el castillo eran bonitos, esperábamos un lugar más pintoresco, más al estilo de Sos, pero nos encontramos un pueblo bastante normalita. No está mal para visitar si se está haciendo turismo por la zona, pero yo no iría de propio.

 Una callejuela cualquiera de las que te puedes encontrar en Sos del Rey Católico :-)


OLITE

Otra de las grandes atracciones de viaje junto con Pamplona. Olite no sólo es un pueblo medieval precioso con un palacio real de cuento de hadas, sino que tuvimos el acierto de planificar nuestra llegada para que coincidera con la feria medieval que se celebra allí todos los años, el segundo fin de semana de Agosto. Gracias a Luis, un amigo nuestro que vive muy cerquita de allí (en Estella), pudimos participar en el desfile nocturno y la cena medieval que tuvo lugar después en el patio del castillo. Olite es tan, tan bonito, que merece una visita en cualquier momento del año, pero con la feria medieval fue aún mejor. Tiene un alojamiento de lujo que es el Parador Nacional, pero nosotros nos quedamos en el hotel El Juglar, situado a las afueras del pueblo y realmente bonito.

¿Frikis? ¿Quién dijo frikis? ¡Pues sí, y a mucha honra! :-D


ESTELLA

Nuestra parada final fue Estella, el pueblo de nuestro amigo Luis. Está muy cerca de Olite, así que vale la pena ir a visitar uno de paso que se ve el otro. Ya habíamos estado en Estella en otra ocasión, concretamente en 2009, cuando contrataron a Tindomion para arbitrar un torneo de Warhammer. Sin embargo, en aquella ocasión apenas tuvimos tiempo para hacer turismo, y esta vez lo hemos compensado con creces. Vale la pena ver iglesias como la de San Martín, San Juan Bautista o el Santo Sepulcro, y monumentos como el palacio del Gobernador, donde está el Museo del Carlismo. Por último, Estella también es famosa por una estupendísima chocolatería que pienso volver a visitar cada vez que viaje allí: la bombonería Torres, donde venden todo tipo de dulces y bombones increíblemente buenos. Entre mis favoritos, las Rocas del Puy y la crema de chocolate artesanal, ambos fabricados con avellanas deliciosas y chocolates de todo tipo que ellos mismo fabrican. ¡Para morirse de bueno!

 Estella: para perderte en ella (¡toma eslogan turístico!)


PUENTE LA REINA

Este pueblo se puede ver perfectamente en dos o tres horitas, y eso fue lo que hicimos el día de la vuelta, haciendo un alto en el camino después de comer. No sólo visitamos el famoso puente románico, ruta imprescindible para los millones de peregrinos que hacen el Camino de Santiago, sino la iglesia templaria y unas cuántas callecitas preciosas con sabor medieval. Tras nuestra visita relámpago a Puente la Reina, seguimos nuestro camino de vuelta a Aragón, dando por finalizado nuestro periplo navarro.

El famoso puente románico que le da nombre al pueblo


Y este ha sido nuestro viaje. Nos hemos llevado recuerdos estupendos, una gratísima impresión de la gente, souvenirs muy sabrosos (queso, chocolate, e incluso pochas y chistorra, que mi suegra cocinó días después para deleite de toda la familia), y unas ganas enormes de volver. ¿Alguna nota negativa del viaje? Pues en realidad, sólo dos: una, el pequeño incidente que sufrí en Pamplona (en el paseo de ronda tropecé, me hice un esguince, y tuve que pedir ayuda a los de mi hotel para que me encontraran un fisioterapeuta abierto en Agosto que me arreglara el tobillo. Afortunadamente lo encontraron, y aunque me metió una clavada importante, el tratamiento combinado de masaje y láser que me hizo recompuso las cosas lo suficiente como para quitarme el dolor y permitir que aquella misma tarde hiciera la ruta de las cuevas de Zugarramurdi), y dos, la politización rara que encontré en algunos sitios, sobre todo en Elizondo y en algunas calles de Pamplona. cada cual, por supuesto, tiene sus ideas políticas, pero ver las banderitas pro presos etarras (que aunque estuvieran en Euskera se entendían perfectamente) y las ikurriñas colgadas de balcones, acompañadas casi siempre de esteladas (!!) llegó a ser un poco irritante.
Pero en fin, radicales políticcos hay en todos lados y no es cuestión de que una minoría empañe la buenísima experiencia que tuvimos del viaje, así que, ¡gora Iruña! Jejeje. ¡Volveremos! :-)

viernes, 20 de marzo de 2015

Cata de Kit-Kat japoneses


Gracias a mi prima, que es azafata y tiene la oportunidad de viajar a lo largo y ancho del mundo, he podido ponerle las manos encima a algo que llevaba muuucho tiempo querido probar: los famosos Kit-Kat japoneses de sabores raros. Como tampoco era cuestión de arruinar a mi prima con el regalito (ya que hay decenas de variedades de Kit-Kat en Japón), me ha traído cuatro: sabor fresa, tarta de queso, té verde y té negro.


Hola, somos los adorablérrimos Kit-Kat de sabores raros, y vamos a ser comidos por Estelwen


Resulta que en Japón, a diferencia del resto del mundo, la oferta de Kit-Kat no se limita a chocolate blanco, con leche y negro. No; allí es un dulce tan tremendamente popular que existen docenas de variedades de sabores. Algunas se venden sólo en una región concreta, otras se sacan sólo como ediciones limitadas... hasta el punto que se han convertido en auténticos souvenirs y piezas de coleccionista.
¿Y a qué es debido tanto éxito? Pues a que por aquellas casualidades de la vida el nombre Kit-Kat suena en japonés muy parecido a kitto katsu, que significa "ganar seguro". Por ello, es costumbre regalarlo para desearle buena suerte a las personas que se enfrentan a una prueba difícil: estudiantes que van a hacer un examen, opositores que optan a una plaza o personas que se enfrentan a una entrevista de trabajo. La costumbre está tan extendida, que en la parte trasera de las cajas de Kit-Kat hay un espacio para escribir tu mensaje de buena suerte a la persona a quien se lo regalas. Incluso se pueden enviar por correo como si fueran postales, poniendo la dirección del destinatario justo antes del mensaje.


Ejemplo de nota: Querida Midori: Te regalo esta caja de Kit-Kat del color de tu nombre para que saques un sobresaliente.


¿Y qué hay de los cuatro Kit-Kat que he probado yo? Bien, en primer lugar, veamos el exterior. Las cajas son muy monas, totalmente en japonés, por supuesto (no he entendido un pimiento, menos mal que han tenido la cortesía de dibujar la fresa, la tarta y las tazas de té para saber qué me estaba comiendo). Lo primero que llama la atención al abrir el paquete es que no hay cuatro barras grandes como en España, sino cuatro paquetitos con dos mini-barritas cada uno. Muy kawaii, como todo lo japo (parece mentira que esta gente que hace cosas tan adorables y monérrimas sea la misma que montó lo de Nanking y la 731 hace unos añetes, hay que ver cómo cambian los tiempos) :-P


 La calidad de las fotos no es muy buena (están hechas con el móvil), pero aquí se ve bien lo que dije del tamaño: las barritas son diminutas, y eso que mi mano es más bien pequeñaja.


Terminados los preliminares, procedamos con la cata. Básicamente todos los Kit-Kat están hechos de la misma forma: la galleta de siempre por dentro, rellena y cubierta por una crema de chocolate blanco a la que se le añaden los aromas y colorantes del sabor característico. de mejor a peor sabor.

El puesto nº 1 es para el Kit-Kat de Té Verde. Mi prima me dijo que era el mejor de los cuatro, y estoy de acuerdo con ella. Cuando lo abres, ya notas la diferencia: no sólo lleva aromas artificiales, sino polvillo de té matcha de verdad: se ven los trocitos de té más oscuros entre el chocolate blanco teñido de verde. El aroma a matcha es tan intenso que la barrita huele bastante a té. Y cuando lo muerdes, el sabor es MUCHO más intenso: el té verde y la dulzura del chocolate blanco armonizan a la perfección y el resultado es tan delicioso y cremoso que se deshace en la boca, dejándote con ganas de más. Nota: 10.

El puesto nº 2 es para el Kit-Kat de Cheesecake. Está muy bueno, dulce sin ser empalagoso y casi tan cremoso como el de matcha, pero lo he dejado en segunda posición porque más que saber a tarta de queso, sabe a natillas. Eso sí, está muy bueno. Por fuera también tiene el color de las natillas. Nota: 8.

El puesto nº 3 es para el Kit-Kat de Té Negro. No sé si lleva té de verdad como el de matcha o sólo el aroma; no se veía ningún trocito de té en la crema de chocolate de fuera, que es del color de un café con leche clarito. El sabor es menos intenso que el del té verde, pero más profundo; aunque el sabor original sea a té negro, te deja un regusto como a café al final del paladar. Está bueno, pero no te deja con la irresistible necesidad de comerte otro como en el caso de los dos anteriores. Nota: 7.

El punto nº 4 es para el Kit-Kat de Fresa. La gran decepción del grupo, sin duda. Está teñido de rosa chicle, y sabe exactamente a eso: a chicle de fresa. Ni rastro de aroma o sabor a fruta. Además de ser artificial, es un sabor que ni siquiera persiste hasta el final: unas chispitas de chicle en la lengua que al cabo de unos segundos ceden paso a un chocolate blanco empalagoso y dulzón. Se puede comer, y para probarlo no está mal, pero yo no me lo compraría otra vez. Nota: 4,5.


Bueno, pues esta ha sido la cata de hoy. Espero que en próximos viajes a Japón mi prima encuentre alguno de los otros sabores tradicionales de aquellas tierras que también quiero probar: cereza, wasabi, azuki y batata son los que me hacen más ilusión.
Recordad: si viajáis a Japón, ¡no perdáis la oportunidad de probar los Kit-Kat!

lunes, 19 de agosto de 2013

Grandes descubrimientos del verano


Como muchos de los lectores que siguen este blog habrán deducido, estoy de vacaciones. Razón principal por la cual en las últimas semanas no he publicado mucho (bueno, vale, no he publicado nada en absoluto). La verdad es que tengo montones de entradas que quiero escribir, pero por culpa de (o debería decir gracias a) mis vacaciones -¡weee!- no tengo tiempo material para escribirlas. Prometo ponerme las pilas en Septiembre (odiado, odiado Septiembre).
No quiero, sin embargo, dejar de hacer un pequeño recopilatorio de las cosas que más me están gustando de mis vacaciones, por si acaso alguna persona de las que me lee está de vacaciones también, o las va a coger en breve, y quiere alguna idea.
¡Allá vamos con mi top veraniego!


Helado de nubes con nubecitas, de Hacendado:

Mi nueva tentación dulce. Yo en esto de las golosinas soy bastante clásica: por regla general, detesto el exceso de azúcar, no me gusta la bollería, odio la nata, me empalagan las chuches, y no suelo salirme del chocolate negro y sus derivados (mousse, helado, bavaresa, flan, etc). El chocolate con leche y el blanco tampoco me hacen especial gracia; los encuentro demasiado empalagosos. Por lo general, fuera del helado de chocolate, mis sabores favoritos son los de fruta (mora, cereza, higos, manzana verde) o frutos secos (pistacho, almendra, avellanas).
Compré el helado de nubes por pura curiosidad (en plan "lalala, no sé qué comprar... uy, mira, un helado azul con nubecitas rosas, a ver a qué sabe"), y en cuanto me lo metí en la boca, tuve una especie de epifanía: un sabor cremoso, dulce pero no en exceso, refrescante, mezcla de chicle y malvavisco, con esos deliciosos cachitos de nube que se deshacen en la boca... y me acabé la tarrina en tres días, yo sola.
Desde entonces, sólo lo he comprado una vez más, pero no porque no me guste, sino por todo lo contrario: no puedo contenerme cuando lo tengo delante, y por eso precisamente tengo que comprarlo con mesura. A mi índice de masa corporal no le vendría nada bien eso de hincarme dos tarrinas de un litro por semana.
Ah, y el muy cabrito te deja la lengua azul, pero con lo bueno que está no se lo vamos a echar en cara...


Orvieto:

Pueblo medieval de la Toscana. Sí, he estado en la Toscana. No, no lo pongo para darle envidia a nadie (juasjuasjuas). Y prometo entrada más detallada acerca de mi viaje con sugerencias, restaurantes, hoteles, rutas, observaciones, fotos... porque hemos estado en muchos sitios (no sólo de Florencia vive la Toscana). Sin embargo, quiero reseñar ya este lugar como uno de mis grandes descubrimientos porque, a diferencia de destinos más clásicos, Orvieto no suele estar en las rutas turísticas. De hecho, para ser exactos, Orvieto ni siquiera está en la Toscana, sino en una región vecina llamada Umbría, menos turística pero igual o más hermosa que su vecina famosa, según mi opinión.
Sea como sea, si vais al centro de Italia estas vacaciones, os aconsejo que no dejéis pasar Orvieto. Está muy accesible en coche, autobús y tren tanto desde Roma como desde Florencia, y la verdad es que vale mucho, mucho la pena visitarlo. El trazado de las calles y las casas son completamente medievales, la catedral es espectacular, y las vistas de la región desde lo alto del pueblo sencillamente magníficas. Pero además, existe la posibilidad de hacer una visita guiada por las grutas subterráneas (toda la parte alta del pueblo está llena de grutas artificiales y pasadizos secretos, como si fuera un queso gruyere) y descender al espectral Pozo de San Patricio, que parece una mezcla rara entre las escaleras de Lothlórien y las Minas de Moria y es ni más ni menos que un pozo renacentista con doble escalera helicoidal y ventanales, perfectamente conservado, de más 60 metros de profundidad. Además, durante este año y parte del que viene hay un Jubileo conmemorativo del Milagro de Bolsena y la institución de la festividad del Corpus Christi, que permite a los creyentes no sólo entrar por la Puerta Santa de la catedral, sino hacerlo como peregrinos, sin que te cobren nada por la visita (y esto, teniendo en cuenta las mega clavadas que te pegan en Italia en general y en la Toscana en particular, no es ninguna tontería).
En definitiva, gente, que Roma, Florencia, Pisa y San Gimignano son muy chulas, pero si podéis, ¡id a Orvieto! Si no os gusta, pizza gratis ;-)


Expediente Warren (The Conjuring):

Supongamos que el presupuesto no da para irse a Italia, y toca quedarse en la ciudad. Una buena ocasión para ir al cine. Y si dudáis qué película ir a ver, y no os espanta mucho el terror, os aconsejo que veáis esta mientras aún podáis. No, en serio, vedla ya. No es otra de esas típicas películas de posesión/casa encantada/chica estúpida que baja las escaleras en ropa interior preguntando "¿quién está ahí?".
Esta es, sencillamente, la mejor película de terror que he visto en años. No recuerdo ninguna película con guión, dirección e interpretaciones tan excelentes desde que se estrenó Los Otros, y con eso creo que ya está dicho todo. Me encantó además que la película no tire de efectos facilones para dar miedo (como el viejo truco de bajar el sonido durante varios segundos y luego subirlo de repente con un grito o con un "'¡tachán!", que puede que asuste, pero le resta todo el mérito a la película, porque eso te lo hacen viendo Heidi y te asustas igual), sino que tire de sustos chungos, bien elaborados, de terror psicológico puro y duro. Que sin gore alguno, ni trucos de sonido, consiga ponerte los pelos de punta, con algo tan sencillo como por ejemplo... un par de palmadas.
Para colmo, resulta que la película está basada en hechos reales. Sí, reales y documentados. Por ejemplo, la puñetera muñeca existe, y está de verdad encerrada en una vitrina. Aunque me resisto a poner una imagen en mi blog porque me da mal rollo, hay que decir que la muñeca real no tiene ni de coña la pinta chunga que tiene la versión peliculera. De hecho, es de lo más inofensiva, y eso hace que la versión real (documental disponible en inglés, animáos a verlo si sois valientes) sea aún más aterradora. Sobre todo porque es una muñeca muy común, que aún hoy se comercializa. De hecho, creo recordar que mi hermana tenía una igualita de pequeña (honestamente, no sé dónde la dejó, pero espero no encontrármela jamás o mi grito se oirá en Pernambuco).
Ah, otra cosa, si vais a ver la película, abstenéos de ver el trailer: te revienta los mejores sustos.


Libros varios:

Si no hay pasta para irse de viaje, y tampoco hay redaños para ver una película de terror, paso a comentar los libros que me he leído este verano.


Las Horas Oscuras, de Juan Francisco Ferrándiz:

Este fue el típico libro que me llamó la atención cuando salió, pero era tan caro que preferí esperar a leerlo de bolsillo. Me alegro de haber esperado. La historia es entretenida, se lee rápido, y se nota que el autor se ha esforzado en documentarse acerca de la mitología irlandesa. Sin embargo, a pesar de haberme gustado, no está entre mis favoritos veraniegos por dos motivos: el primero, que a pesar de que la redacción y el estilo son muy correctos a veces el autor peca de novato al repetir varias veces las mismas cosas, como si tuviera miedo de que el lector no se acordase. El segundo, que a veces se ven fallos gordos de documentación histórica (por ejemplo, que estando en el siglo X se presente a Dana, la protagonista, como "una joven muchacha de 25 años", cuando en la Edad Media (donde la esperanza de vida, sobre todo si eras un plebeyo, no superaba los 40 años) a las 25 años Dana sería ya una mujer madura. A esa edad se podría haber dicho que "era todavía bella y de aspecto juvenil", pero, ¿llamarla "muchacha"? Ni de coña. También el hecho de que se hable del matrimonio eclesiástico como un tabú, cuando hasta el siglo XI no se instituyó el celibato sacerdotal. Por último, algunos avatares de la historia se resuelven de un modo algo simplón (SPOILER, aunque no revelo nada demasiado importante: Me cuesta creer que unas imágenes religiosas sean taaaan bonitas que su mera visión baste para redimir a alguien malvado, así por las buenas FIN SPOILER).
Eso sí, a los amantes de las tradiciones celtas y druídicas, les recomiendo la novela: creo que les encantará.
Aunque las tramas principales del libro se cierran, da la impresión de que tiene continuación. Me gustaría leerla, pero pienso esperar a que salga en bolsillo.


La Huida, de Emma Pass:

Novela juvenil distópica. Como la mayor parte de novelas juveniles del momento, no se puede esperar un estilo refinado ni una pluma muy cuidada: la redacción es correcta, ágil, y la novela está hecha para ser devorada. Aún así, La Huida está por encima de la media de las novelas distópicas del momento; no llega al nivel de la mítica Los Juegos del Hambre, pero tampoco es tan simplona como otras sagas menos afortunadas como Juntos o Traición, donde el universo distópico no te lo crees ni borracho (vaya, nota mental: esto me recuerda que tengo pendiente hacer un ranking de sagas distópicas). Cuenta la historia de Jenna Strong, una adolescente presa en una cárcel de alta seguridad que consigue huir durante un motín y vive un sinfín de aventuras.
Sin ser una obra maestra (tampoco pretende serlo), La Huida es un buen bocado para todos los amantes de las distopías, que deja un buen sabor de boca. En teoría en una novela autonconclusiva, pero en el último capítulo deja abierta una cuestión que me hace preguntarme si la autora no estará pensando en escribir una continuación. Yo preferiría que no, pero si el libro se vende, lo más probable es que quieran exprimir el filón.


Un Palazzo en la Umbría, de Marlena de Blasi:

Con Marlena de Blasi me pasa como con el helado de nubes de Hacendado: no es un bocado gourmet, y a diario empalaga, pero de vez en cuando te entra un antojo lujurioso y te das un atracón. Marlena de Blasi es una mujer estadounidense que se enamoró ya madura de un veneciano de su edad y lo dejó todo para irse a vivir con él a su tierra. De aquella experiencia, además de un exitoso matrimonio que ya dura quince años, sacó tres libros autobiográficos que la han hecho de oro: Mil Días en Venecia (mola mucho), Mil Días en la Toscana (no está mal), y Un Palazzo en la Umbría (mola bastante). Ha sido este último el que me ha acompañado en mis vacaciones, porque da la casualidad de que está ambientado en Orvieto, donde está afincada actualmente la escritora con su esposo. Estas novelitas, escritas con un estilo sencillo, entrañable y algo (pero muy poco) pedante en ocasiones, no sólo te presenta sus experiencias y a la gente real que ella conoce, sino también deliciosas recetas de la región y anécdotas gastronómicas, que a mí con mi notoria debilidad por la cocina me parecen irresistibles. Si os gustan Italia, la cocina y las novelas autobiográficas de crecimiento y reflexiones personales, no os la podéis perder. Aconsejo seguir el orden cronológico de los libros (Venecia-Toscana-Umbría), pero si no lo queréis seguir tampoco pasa nada.


Las Horas Distantes, de Kate Morton:

Kate Morton ha sido, sin dudas, mi gran descubrimiento de este año. Me leí El Jardín Olvidado igual que hice con Las Horas Oscuras (esperando a que saliera en bolsillo porque mi economía no está para gastarme veintipico euros en una novela que no sé si me va a gustar). Y debo decir que fue un pleno al quince. Tras El Jardín Olvidado (buena), me leí La Casa de Riverton (que no está mal), y por último Las Horas Distantes, que amenizó la última parte de mi viaje por la Toscana y que es el que más me ha gustado de los tres. Hasta ahora, todas las novelas de Kate Morton van más o menos de lo mismo (misterios e intrigas familiares del pasado que una persona del presente debe resolver), pero los argumentos no se copian unos a otros. Todo lo contrario: cada novela es original, única y muy hermosa, a pesar de compartir la misma autora y el mismo género. Y lo considero muy meritorio, porque en estos casos es muy fácil que la autora caiga en la tentación de copiarse a sí misma, pero de momento no ha sido así y lo celebro. Si os gustan este tipo de historias y queréis una sugerencia de lectura, Kate Morton es vuestra nueva mujer de año, sin dudarlo.


El verano no ha terminado, y aún me quedan libros pendientes de leer. Ya lo comentaré cuando los haya terminado, si considero que merece el esfuerzo. Son los siguientes:


Shirley, de Charlotte Brontë: De lo poco que me queda por leer de las hermanas Brönte. No creo (es más, sé que es imposible) que sea tan bueno como mi adorado Jane Eyre, pero siendo de la misma autora, espero que no me decepcione.

Prometidos, de Caragh M. O'Brien: Última entrega de la trilogía juvenil distópica Marca de Nacimiento. Estoy esperando a terminarme la trilogía para hacer la reseña.

El Pozo de la Ascensión, de Brandon Sanderson: Otra última entrega de una trilogía, esta vez fantástica, llamada Nacidos de la Bruma. No está mal, pero de momento es lo menos bueno (que no malo) que he leído de Sanderson.

Las Chicas de Septiembre, de Maureen Lee: Me lo dejó una amiga hace ya tiempo, y tiene muy buena pinta, pero por una u otra razón lo he ido dejando aparcado en pro de otras lecturas. A ver si lo termino ya y se lo puedo devolver.

martes, 1 de enero de 2013

Premios Daeva 2012

¡Feliz año nuevo a todos! Aunque un poco tarde (por lo general suelo hacerlo antes de que acabe el año), aquí viene el post con los Premios Daeva 2012, una idea que llevo repitiendo desde hace algún tiempo y que premia las cosas más hermosas que he visto, contemplado o vivido a lo largo del año. Me fastidia no haberlos podido postear ayer, pero una desafortunada gastritis me tuvo todo el día hecha polvo y me impidió postear (con decir que mi cena de Nochevieja se compuso de una taza de caldo de pescado, una rebanada de pan, y doce uvas...).
En fin, sin más dilación, aquí están los ganadores:


TERCER PREMIO: LA PELÍCULA "EL HOBBIT"


Largo tiempo hemos tenido que aguardar los tolkiendili hasta que ha llegado a las pantallas la primera película de la trilogía de "El Hobbit". Debo admitir que, como todos, andaba yo con miedo de que el señor Peter Jackson se hubiese liado a inventar cosas y hubiera hecho un churro, pero por fortuna no ha sido (exactamente) así. La película tiene una maravillosa banda sonora, muy buenas actuaciones, e imágenes sencillamente impresionantes; sólo los primeros minutos, con sus maravillosas escenas en Erebor y Ciudad del Valle, ya justifican su merecidísimo tercer premio.


SEGUNDO PREMIO: NORMANDÍA



Fue para mí muy especial este año poder visitar Normandía y Bretaña y visitar de primera mano los escenarios del Desembarco en la Segunda Guerra Mundial. Fue un viaje muy interesante, donde además de tocar, ver y respirar Historia en estado puro, tuve la oportunidad de ver paisajes preciosos, entre los que se cuentan la playa de Arromanches con niebla y marea baja, un ambiente irreal y onírico que me hizo sentir que estaba en otro mundo, el complejo de búnkers, baterías antiaéreas y prado lleno de enormes cráteres causados por los bombardeos de mar (pepinos de mar, que los llamaba yo) de Point-du-Hoc, o los acantilados de Etretat, que son los que aparecen en la foto que he seleccionado para ilustrar la costa normanda.


PRIMER PREMIO: MIS RATITAS



Este año, una de las mayores alegrías que hemos tenido ha llegado a casa en forma de cuatro ratitas: Arya, Cersei, Daenerys y Sansa, que han venido para hacer compañía a nuestra vieja y querida Turquesa. Desde el principio, se comportaron muy bien con ella, convirtiéndola de inmediato en una más de la familia, y a mí me faltan palabras para decir lo guapas que son, lo brillante que tienen el pelo, lo bien que huelen, lo simpáticas, listas y cariñosas que son, y lo mucho que nos alegran la vida día tras día. Cuando las recogimos estaban hechas una pena; no las habían tratado bien, estaban mal alimentadas, olían mal y tenían sarna, por culpa de haber estado viviendo en una jaula sin higiene y con poca comida en casa de una persona que no sabía ocuparse de ellas. Nosotros las llevamos al veterinario, les conseguimos un hogar grande, limpio y lleno de juguetes, las alimentamos bien y les dimos cariño, y el cambio fue espectacular; en poco tiempo estaban gorditas, sanas como manzanas, con el pelo brillante, y olían de maravilla. Daenerys, por ejemplo, parecía un ratoncito blanco cuando llegó de lo pequeña y raquítica que era y ahora la llamamos la rata-vaca, parece una bola de pelo blanco XDD
Por ser tan guapas, tan  buenas, tan suaves como un peluche, por hacer las delicias de la casa con sus travesuras, por darnos su cariño, y por ser un encanto de ratitas, las cinco princesas de nuestra casa se llevan el primer premio de este año :-)

domingo, 30 de septiembre de 2012

MIs vacaciones: Primera Parte, Normandía


Llevo más de un mes sin actualizar el blog, lo sé. Es lo que tiene estar preparando una entrada larga y juntar el síndrome post-vacacional con el trabajo y ciertos proyectos personales que no me dejan tiempo para casi nada más. A ver si a partir de Octubre, que estaré (espero) más relajada, me voy poniendo las pilas.

Este verano, mi marido, dos amigos y yo hemos planeado un viaje en coche por Normandía y Bretaña, en la costa noroeste de Francia. A mi esposo y a mí nos hacía especial ilusión poder recorrer el escenario histórico de la Operación Overlord, conocida popularmente como "Desembarco de Normandía". Aparte, hemos visto paisajes preciosos, monumentos bellísimos y hemos comido platos deliciosos. En un restaurante de St Malo, por ejemplo, comimos ostras, foie micuit y confit de pato, todo a veinte euros por persona con la bebida incluida. Otra cosa que nos encantaron fueron los crepes, el plato más emblemático de Bretaña junto con el marisco. Mi crepe favorito fue uno relleno de gruyere, queso de cabra y rataouille; aún se me hace la boca agua cuando me acuerdo de él.
Los bretones y los normandos, además, son muy simpáticos y amables. Hasta ahora, basándome en mis viajes a París, creía que los franceses eran unos bordes prepotentes y arrogantes. Estaba equivocada: bordes son los parisinos, pero no todos los franceses. En Normandía y Bretaña la gente era todo sonrisas y amabilidad, se acercaban por la calle a preguntarnos si necesitábamos ayuda si nos venían despistados o mirando un mapa, y se esforzaban en chapurrear inglés o incluso español para hacerse entender.

Este fue el itinerario de nuestro viaje. Espero que sirva de utilidad si alguien está planeando hacer un viaje por esta zona y no tiene muy claro qué ver o qué hacer. Nosotros nos divertimos mucho.

Día 1: Rennes

El primer lugar donde hicimos escala fue la ciudad de Rennes. No llegamos allí directamente desde España, sino que nos paramos a hacer noche en Burdeos. No la incluyo en el itinerario porque realmente no vimos nada de allí: llegamos por la noche, nos alojamos en un hotel cercano al aeropuerto y salimos por la mañana temprano.
Rennes es una ciudad cuyo principal incoveniente es el aparcamiento: TODAS las calles cercanas al centro tienen aparcamiento de pago. Aunque es gratis por las noches, resulta un engorro tener que volver cada dos horas para pagar (dos horas era el tiempo máximo por el que se podía sacar el tiquet), por lo que lo más practico fue preguntar en el hotel por un parking grande y dejar todo el tiempo el coche ahí.
Solucionado el problema del aparcamiento, fuimos a dar una vuelta por el casco antiguo de Rennes. Es un pasea muy agradable, relativamente corto (se puede ver en una tarde) y precioso, lleno de casas bretonas de fachada medieval. Por la noche, cenamos en una crepería donde nos sirvieron unos deliciosos crepes de trigo sarraceno rellenos de combinaciones deliciosas. El mío fue uno a los cuatro quesos. Una cosa que me sorprendió mucho (y que se fue repitiendo todo el viaje) es que las ensaladas de guarnición de los crepes y otros platos no llevaban aceite o vinagreta, sino mostaza. Tooodas las ensaladas que probamos en esa razona estaban aliñadas con mostaza. A mí me gustó, pero si a vosotros no os gusta la mostaza y vais por allí, os aconsejo que se lo digáis al camarero al hacer el pedido para que no os la sirva.


Día 2: Caen

Al día siguiente, fuimos desde Rennes hasta Caen. La ciudad de Caen tiene pocos edificios antiguos, porque fue salvajemente bombardeada por los aliados en el año 1944. Entre los edificios chulos que pudimos ver allí, está la iglesia de San Juan (con la torre torcida a causa de la desestabilización provocada por las bombas), la iglesia de San Pedro, el castillo de Guillermo el Conquistador, y la Abadía de los Hombres, donde esta la tumba de este rey. También hay una Abadía de las Damas, pero está situada a bastante distancia y no nos dio tiempo a verla.

Otra parte muy bonita para visitar en Caen es el barrio que crece alrededor del Jardín Botánico. Son casas de finales del siglo XIX-principios del siglo XX, a las que afortunadamente los bombarderos no alcanzaron.


Día 3: Las playas del Desembarco

Nos levantamos muy temprano para visitar en primer lugar el pueblo de St Mere Eglise, cerano a la playa de Utah. Este pueblo fue famoso por ser el lugar donde cayeron los paracaidistas de la 82ª Compañía Aerotransportada, muchos de los cuales fueron abatidos por los alemanes antes de poder tomar el pueblo. Uno de ellos se quedó colgado de la torre de la iglesia y salvó la vida haciéndose pasar por muerto hasta que llegó el día y sus compañeros pudieron rescatarle. Como recordatorio, aún hay un muñeco a tamaño natural vestido de paracaidista y colgado de la torre de la iglesia. Aparte de ver el pueblo, también estuvimos en el museo-memorial al aire libre, que recomiendo encarecidamente porque no tarde mucho en verse pero hay piezas interesantísimas, entre ellas varios aviones a tamaño natural (en uno de ellos se puede incluso entrar) o un campamento donde recreacionistas franceses reproducen la vida de campaña en el frente.

Tras visitar St Mere Eglise, fuimos a Pointe-du-Hoc, sobre un acantilado que separa las playas de Utah y Omaha. Esta posición fue tomada por los Rangers de la 116ª División de Infantería de los EEUU, que tuvieron que escalar los acantilados lanzando garfios y escalas. El lugar está muy bien conservado: hay un montón de bunkers en los que se puede entrar (y que te dan la sensación de estar metido dentro del Call of Duty), varias posiciones de cañones antiaéreos, y una ENORME cantidad de cráteres (a los que decidí bautizar como "pepinos de mar", ya que eran pepinazos lanzados desde el mar por los Aliados). Los pepinos de mar en cuestión tenían varios metros de profundidad y otros tantos de anchura, y se podía entrar y salir libremente de ellos. En algunos, crecían árboles y todos. Lo cual hace que uno se pregunte: "Si ahora mismo estos agujeros están así, ¿cómo estaba este sitio hace setenta años?".

De Pointe-du-Hoc fuimos al cementerio de la Cambe, que está situado en medio del campo y al que sólo se puede acceder en coche. Es uno de los cementerios alemanes, al que Tindomion tenía gran interés en ir porque en él está enterrado Michael Wihttman, el mejor cazacarros del ejército alemán (y probablemente de toda la Segunda Guerra Mundial). Además de la tumba de Wihttman, que aún tiene flores y velas, había miles y miles de cruces y placas, y casi todas mostraban fechas de muerte desoladoramente tempranas: la mayoría de los alemanes que estaban enterrados allí eran chavales de diecisiete a veintidós años. Muchos de ellos, sobre todo los más jóvenes, eran de la SS, pero al ver sus tumbas no pude dejar de preguntarme hasta qué punto esos chicos serían nazis y malvados de corazón, o si acaso la mayoría de ellos no habían sido muchachos con el cerebro lavado por las Juventudes Hitlerianas a los que habían puesto un fusil en las manos y habían mandado a morir por el Fhürer. Teniendo en cuenta cómo es la naturaleza humana, me inclino más bien por la segunda opción. Al final, estás en ese cementerio y acabas llorando por los niños que algún día fueron, aunque no puedas llorar a los hombres en los que se convirtieron.

Y, tras la Cambe, el plato fuerte: Omaha Beach. También conocida como "La sangrienta Omaha". Poco puede decirse de esta playa que no se haya escrito ya (o filmado, porque supongo que la mayoría de mis lectores recordarán la primera media hora de Salvar al Soldado Ryan). Debo decir que la playa sorprende por lo tranquila, pacífica y hermosa que es: todo arena blanca y suave, aguas cristalinas, y hermosos paisaje naturales de fondo. Para acceder al terraplén que baja a la playa, hay que subir unas escaleras "rompe-piernas" criminales, de modo que no hay más que imaginarse lo que debió ser escalar ese terraplén sin escaleras, con la ropa mojada, llevando a cuestas todo el equipo militar reglamentario y bajo el fuego de los morteros y las ametralladoras que los alemanes tenían allí, y se entiende perfectamente cómo es posible que en el Desembarco de Omaha hubieran casi 5.000 bajas. Tras pasear por Omaha y mojarnos los pies en el agua, visitamos el famoso cementerio americano, con su hierba tan verde y sus miles de cruces (y alguna estrella de David) de mármol blanco. Ni me imagino el gasto que debe hacer cada año el Gobierno de los EEUU para mantener el memorial y el cementerio tan perfectos e impolutos. Hablando de los EEUU, por cierto, al entrar en el museo-memorial del cementerio americano nos llevamos la sorpresa de que ¡había que pasar por un detector de metales con policías como si estuviéramos en el aeropuerto! Sinceramente, creo que los yanquis se pasan de paranoicos.

Cuando nos marchamos de Omaha Beach, fuimos a Bayeux para comer y también para visitar dos lugares emblemáticos de la ciudad: la catedral y el Tapiz de Bayeux. Este tapiz, al que desgraciadamente no pudimos hacer fotos, viene a ser algo así como la primera novela gráfica de la historia: metros y más metros de tela con escenas magníficamente bordadas que por la parte de arriba tienen, en letras claras y latín sencillo, la historia de Guillermo el Conquistador y la conquista de Inglaterra (por supuesto, desde un punto de vista totalmente normando).

Después de Bayeux, fuimos a ver la batería costera de Longues-sur-le-Mer, famosa pro ser la única que conserva los cañones en su sitio (se puede incluso entrar dentro de los búnkers y posicionarse donde estaban los artilleros que manejaban los cañones). Todo el campo alrededor estaba lleno de bruma, lo que daba al sitio un aire anacrónico y misterioso de lo más adecuado.

Y, ya por último, visitamos el pueblo de Arromanches, cuya playa (nombre en clave "Gold" en la Operación Overlord) fue una en las que desembarcaron los británicos. En ella aún hay restos del Mulberry, el puerto portátil flotante que los Aliados montaron para poder llevar allí sus barcos, ya que los alemanes volaban los puertos antes de dejar que cayeran en manos del enemigo. La verdad es que el momento en que llegamos (al atardecer) fue IDEAL, porque no había ya sol, estaba todo lleno de bruma, y como era el momento de máxima bajamar, las aguas se habían retirado más de seiscientos metros hacia el interior y apenas se veían entre la cortina de bruma, así que lo que teníamos delante eran un montón de estructuras de los años 40 llenas de algas goteantes que reposaban sobre un lecho de arena mojada, con pequeños charcos llenos de algas, y las olas sonando lejanas tras una cortina blanca que las hacía invisibles... Vamos, que aquello parecía un paisaje onírico, o post-apocalíptico, tipo Silent Hill... alucinante. De todo lo que vimos creo que fue lo que más me impresionó.

Día 4: El Memorial de Caen y Etretat

Al día siguiente nos levantamos pronto, tras haber dormido como troncos a causa del palizón que supuso la Ruta del Desembarco del día anterior. Para la mañana, elegimos algo suavecito: el Memorial de Caen. Este memorial, que es ENORME (hace falta mínimo medio día para verlo) no es un museo propiamente dicho, sino una especie de enciclopedia gigante, con imágenes y textos y algunas piezas de muestra (que haberlas, haylas, pero no son lo más importante). Para aprender cómo fue el Día D en particular y la Segunda Guerra Mundial en general es de lo mejorcito que hay, pero se necesita tener conocimientos de inglés, francés o alemán, porque no hay explicaciones en castellano. Si sois fans de la Historia o de la Segunda Guerra Mundial y vais a Caen, es una parada que no os podéis perder. Hay incluso documentales y entrevistas subtitulados al inglés con imágenes de archivo, que son impresionantes.

Por la tarde, después de comer, fuimos a un pueblo precioso llamado Etretat, que sonará a los fans del impresionismo porque Manet pintó allí muchos de sus cuadros, entre los cuales está El Ojo de la Aguja, que es precisamente el acantilado donde estuvimos.
El pueblo es precioso, aunque demasiado turístico. Las playas están llenas de piedras y cuando baja la marea se descubre una especie de estructura muy rara (llegamos a la conclusión de que debían ser mejilloneras, pero si alguien me puede aclarar de verdad qué puñetas era eso le estaré muy agradecida), y también se descubre la entrada a una enorme cueva que parece sacada de un libro de Los Cinco de Enid Blyton; hay una escalera enganchada en la roca para subir a una especie de plataforma natural, de la cual parte un túnel que atraviesa el acantilado y llega hasta el otro lado, donde hay una preciosa cala. Lo alucinante es que en esa cala también encontramos otra escalera, aunque esta estaba ¡en las paredes del acantilado, de la parte de abajo hasta la cima! A juzgar por las telarañas ya estaba en desuso, pero no quiero ni imaginarme quiénes la utilizaban y todavía menos quiénes la instalaron.
Después de estar allí abajo, volvimos sobre nuestros pasos y subimos la cuesta hasta llegar encima de los acantilados, donde el paisaje es precioso. Los prados que los rodean son tan verdes que se usan como campos de golf, y en ellos pudimos ver montones de conejos saltando y jugando. Fue muy chulo.

Día 5 (Mañana): Ruta del Desembarco, Segunda Parte

El día que dejábamos Caen (y Normandía) visitamos por la mañana lo que no nos había dado tiempo de ver dos días antes. El primer lugar al que fuimos fue el Memorial de la Batería de Merville, que fue nuestra espinita clavada del viaje porque llegamos tan pronto que no habían abierto todavía. Me fastidió tanto no poderlo ver que a veces pienso que valdría la pena volver a Normandía sólo para verlo.

Affortunadamente, sí que pudimos ver el famoso Puente Pegaso (que también recordarán los que jueguen al Call of Duty). La zona está casi igual que hace setenta años, aunque el puente actual es una reproducción idéntica del original, que se conserva en el Memorial Pegasus porque tantos coches y camiones pasando por encima comenzaban a deteriorarlo. Junto al puente, está la primera casa que fue liberada en el Día D (o Jour J, como lo llaman los franceses), con su plaquita conmemorativa.

De allí, fuimos a ver la famosa Posición Hillman, un complejo que costó sangre, sudor y lágrimas de conquistar. Además de los búnkers (a los que no se puede entrar por riesgo de derrumbe, a diferencia de lo que sucede en otras partes), pudimos entrar en una posición de ametralladora que aún tenía pintado un croquis con la posición y la distancia de los pueblos y accidentes geográficos más cercanos, lo cual nos llevó a la conclusión de que además de posición de ametralladora era un puesto de observación. También había en pie varias trincheras, que pudimos recorrer.

Por último, hicimos una parada en la playa Sword, que no es un alto imprescindible en la ruta pero era importante para mí porque un personaje mío del juego de rol Comandos de Guerra desembarcó allí (como todos los demás comandos británicos que desembarcaron).

Y, una vez visitada Sword Beach, partimos de Normandía rumbo a Betraña.

(continuará...)

jueves, 5 de enero de 2012

Cosas buenas que espero con ganas del 2012

Estoy muy contenta de haber cambiado por fin de año. El año que acaba de terminar ha sido muy duro, para mí y para muchos de mis allegados y conocidos, y miro al 2012 con esperanza, confiando en que durante este año la rueda de la fortuna haga un giro favorable para mi, que ya voy surtidita de malos momentos para una buena temporada.
Entre las cosas que espero que me traiga el 2012 (sobre todo le pido mucha salud para mí y para mis seres queridos, que no falte el trabajo y felicidad y armonía para todos), hay algunas que espero con especial ilusión, tanto proyectos como películas, libros y otros divertimentos. He aquí la lista de lo que espero con más ilusión del 2012:


Proyectos personales:

-Acabar mi novela conjunta con Tindomion, La Senda Oscura, que está casi terminada, y comenzar a moverla para ver si conseguimos su publicación.

-Aunque no es un proyecto personal mío, me hace ilusión que Tindomion haya creado su propio blog. Es bastante diferente al mío (el de él va a estar centrado casi exclusivamente en historia militar y recursos para juegos de rol y wargames), pero invito a todo el mundo que le interesen esos temas a echarle una ojeada. Las entradas que ha publicado están bastante curradas. Se llama A Sangre y Fuego.


Viajes:

-Viajar en coche por Francia con mi marido y dos buenos amigos. El plan es visitar las playas de Normandía donde tuvo lugar el desembarco del Día D, los castillos del Loira, y Carcassone, entre otros lugares.

-Viajar a Egipto, si la enconomía y la situación política del país lo permiten.

-La Mereth de Annatar, organizada por el smial de Lorien.


Series:

-La segunda temporada de Juego de Tronos.


Libros:

-Danza de Dragones, el quinto libro de Canción de Hielo y Fuego, que tego entendido que va a salir este año (aunque ahora mismo aún no hay fecha oficial).


Películas:

-El Hobbit.

-Blancanieves y el cazador.

-Silencio en la nieve (por fin una película sobre la División Azul... ¡cuánto siento que mi abuelo no haya vivido para verla!).

-Los Juegos del Hambre.

-Brave.

-Amanecer Parte 2.


Y hay otra cosa que aún no es segura, pero que tambien espero con mucha ilusión. ¡A ver qué smial se anima y organiza la EstelCon 2012!

viernes, 2 de septiembre de 2011

My London Experience ^^


Día 1: Aeropuerto de Mogadiscio


O de Heathrow, que para el caso es lo mismo. Cogimos el AVE en Valencia, fuimos hasta Madrid, y de Atocha al aeropuerto de Barajas nos deplazamos en un autobús amarillo que hace el trayecto adrede para los que tienen que empalmar un tren con un vuelo. Estaba todo lleno de grupos de las JMJ con banderas de sus respectivos países. Se supone que la hora a la que nosotros llegamos a Barajas era la misma a la que llegaba el Papa, pero la verdad es que no vi nada fuera de lo común, claro que nosotros estábamos en la zona de salidas, no de llegadas.
Cuando llegamos a Londres después de dos horas de vuelo estaba (¡qué raro!) diluviando. Lo fuerte vino cuando, en lugar de salir por un cómodo y seco túnel plegable directamente a la terminal, tuvimos que salir del avión por una escalera que daba directamente... a la pista de aterrizaje. Hacía muchísimo frío y llovía tanto que nosotros, vestidos para el verano español como estábamos, casi nos quedamos congelados en el sitio. Nos llevaron en un minibus a toda prisa a la terminal. Grito de Tindomion: "¿Y esto es Heathrow? ¡¡Esto parece el aeropuerto de Mogadiscio!!".
Nos trasladamos en metro (¡Mind the gap!) hasta la parada de Pimlico, cerca de la cual estaba Belgrave Road, y en ella nuestro hotel, el Best Western Corona. La verdad es que el hotel fue una sorpresa muy agradable. Me habían hablado horrores de los hoteles ingleses, pero lo cierto es que el Best Western resulto perfecto: nos dieron una habitación grande, calentita, enmoquetada y bien amueblada, con una de esas ventanas blancas tan características de Inglaterra que se abren hacia arriba en lugar de hacia un lado. Aunque estábamos en pleno Agosto, la cama tenía un edredón... y, con la temperatura que hacía en Inglaterra, íbamos a necesitarlo. Como se hacía un poco tarde y estábamos cansados del viaje, no nos alejamos demasiado del hotel y nos fuimos hasta las inmediaciones de la Victoria Station ("the next station is Victooouuria" iba a ser la tercera frase que oiríamos con más frecuencia en Londres, sólo superada por "sorry" y "mind the gap"). Allí fuimos en busca de un restaurante oriental llamado Jenny Lo's Tea House, donde nos comimos un ramen calentito y reconstituyente. Una vez acabada la cena, nos fuimos a dormir.


Día 2: The Blitz Experience

Por supuesto, para convencer a un germanófilo empedernido como Tindomion de que fuese de vacaciones a las tierras de "la Pérfida Albión" hubo que sobornarle con su punto débil: la historia militar. Así que nuestro primer día completo en Londres lo pasamos en el Imperial War Museum, un hermoso edificio rodeado de jardines situado en el distrito de Lambeth. Una vez entramos, supe que ya no tenía marido hasta la hora del cierre: Tindomion, entusiasmado y señalando a todas partes, era capaz de recitarme el modelo, calibre, y faltó poco para también el número de serie y año de fabricación, de TODOS y cada uno de los cañones, tanques, aviones y artilugios bélicos de las numerosas salas del museo. Estaba, si se me permite la expresión, como una pija suelta en Oxford Street con una Visa Oro en el bolsillo; con cara de "wiiii, van a tener qu sacarme de aquí a puntapiés". Y no se fue de mucho, porque evidentemente fuimos lo últimos en irnos del museo.
Aunque en honor a la verdad debo reconocer que yo también me lo pasé muy bien. Si algo saben hacer estos inlgeses es convertir sus museos en una experiencia didáctica en la que aprender se convierte en algo divertido. Pasaban películas y documentales, había exposiciones curiosísimas (como la "Secret War", dedicada al espionaje), y en especial hubo tres cosas que me gustaron muchísimo: una recreación realmente fidedigna de una trinchera de la Primera Guerra Mundial (con olores, sonidos y figuras de cera incluidos) a la que Tindomion insistió en entrar dos veces de lo mucho que le gustó, otra recreación, esta vez de los bombardeos sobre Londres de la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista de los civiles, llamada la Blitz Experience (te metían en una imitación de refugio antiaéreo a oscuras y los sonidos, el olor y el temblor de tierra imitaba bastante bien un bombardeo; luego salías a un decorado que reconstruía una calle destrozada por las bombas), y una curiosísima exposición a la que sólo entré yo porque Tindomion estaba en ese momento en la tienda de recuerdos: "The Children's War", donde, entre otras cosas, podías entrar a una reproducción a tamaño natural de una casa británica de los años 40. Como era casi la hora de cerrar, sólo estaba yo, y eso contribuyo mucho al realismo de la situación. La casa estaba perfectamente decorada hasta el más mínimo detalle, con las luces encendidas y los objetos cotidianos a la vista, como si alguien hubiese estado usándolos hasta un minuto antes de aparecer yo y fuese a entrar de nuevo en cualquier momento. La verdad es que dio un poco de mal rollo, porque me sentí intrusa en una casa que no era la mía, y casi me parecía que en cualquier momento entraría un sujeto vestido a los años 40 preguntándome qué demonios hacía yo en su casa.
Cuando salimos del Imperial War Museum todavía había luz, de modo que aprovechamos para visitar Trafalgar Square, donde Tindomion aprovechó para dedicar (disimuladamente) todo tipo de comentarios despectivos y gestos obscenos hacia Nelson. También vimos un contador que hay restando el tiempo que falta para las Olimpiadas del 2012, y cenamos en un Pret a Manger que había por allí. ¿Que qué es un Pret a Manger? Si preguntas eso es que no has estado en Londres. Hay como mil repartidos por toda la ciudad y suelen ser la salvación culinaria del turista: sirven bocatas, sándwiches, pitas, sopas y sushi variado, para comer alli o para llevar, todo con ingredientes ecológicos, frescos y del día. Estaba deseando volver a comer allí desde que lo descubrí hace cinco años en mi primer viaje a Londres, y creo que no me sentí plenamente en la ciudad hasta que probé el primer bocado :-)

Día 3: ¡Orgía consumista!

Aprovechando que hacía buen tiempo, organizamos el día para hacer nuestras compras. Aterrizamos en la parada de Oxford Circus, donde lo primero que hice fue buscar una tienda de Gap (estaba cerquita) para comprarle a mi hermana una sudadera por encargo. Fuimos de Oxford Circus a Piccadilly Circus a través de la fabulosa Regent's Street, que probablemente es la calle más hermosa de Londres, toda llena de edificios señoriales de estilo neoclásico. Tindomion, maravillado, no paraba de detenerse para fotografiarlo absolutamente TODO, de modo que nuestra llegada a Piccadilly fue más bien lenta. Una vez allí, nos dirigimos al HMV del centro comercial Trocadero para hacer acopio de CD's. Desgraciadamente, no pude encontrar el CD de Lordi que estaba buscando, pero sí que me llevé la BSO de "Ls Bella y la Bestia", que hacía tiempo que la quería.
De Piccadilly Circus fuimos a recorrer el Soho. Es bastante heavy, porque hay algunas calles que están dedicadas sólo al sexo: por doquier hay casas de masajes, sex shops y en ese plan. No lejos de esa zona (¡que casualidad!) estaba el barrio Chino: Chinatown, lleno de comercios y resturantes orientales. Nosotros nos dirigimos a uno de los mejores japoneses de Londres: el Tokyo Dinner. En cuanto llegamos, lo vimos lleno de japos y de orientales (¡buena señal!), y lo cierto es que nos sirvieron un sushi expectacular (el corte del pescado era perfecto, nada que ver con los mazacotes de un centímetro de grosor que te meten en España encima de los niguiris), un kake udon delicioso, y un plato típico donburi japonés, el oyakodon, iteralmente "padre e hijo", que consiste en un plato de arroz con pollo (el padre) y huevo (el hijo).
Después de comer, pusimos rumbo a Camden Town, donde ya se disparó por completo el orgasmo consumista. Creo que gastamos los mismo sólo aquella tarde que en toda nuestra estancia en Londres. Fuimos al mercadillo de Camden, que está lleno de camisetas graciosísimas y súper ingeniosas (como una que vimos que llevaba la leyenda Call of Duty Black Operations: Zombies Nazis, o la que le compré a mi hermana: I'm a natural blond, please speak slowly) XDDD
Tras visitar el mercadillo fuimos (¡cómo no!) a una tienda gótica, donde mi idea era comprarme otro corsé pero me acabé comprando un traje entero victoriano, con falda, blusa, corset underbust estilo steampunk y chaqueta bordada incluido. No quiero contar lo que me costó la gracia porque os asustaréis, pero, ¡¡ya tengo ropa para roles en vivo victorianos, tanto históricos como stemapunk!! ^o^
Aparte de eso, Tindomion se compró una maravillosa gabardina de cuero hasta los pies tipo Neo de Matrix (carísima) y yo me compré una cazadora de cuero (que no sólo era bastante más barata, sino muy calentita, lo cual me salvó el culo durante las vacaciones porque, sinceramente, mi ropa no iba en consonancia con el frío que hacía. En mi descargo diré que cuando estuve allí hace cinco años las temperaturas fueron mucho más agradables. No sé si es que entonces pillé una ola de calor o es que ahora he pillado una mala borrasca).
Como después de las compras aún teniamos ganas de marcha, regresamos al hotel para dejar las bolsas y luego nos fuimos a dar un paseo por Regent's Park. Fue cortito, porque ya estaba oscureciendo, pero nos gustó tanto que quisimos volver a verlo más tranquilamente al día siguiente.

Día 4: ¡Parlamento! *modo Jack Sparrow on*

Este día nos levantamos un poco más tarde, porque la Tate Britain, el museo al que pensábamos ir (andando, porque estaba relativamente cerca de nuestro hotel) no abre hasta las 10 de la mañana. Nos vino bien poder poner eld espertador a las 8, porque Londres en ENORME y después de andar tanto llegábamos al hotel realmente baldados. A mí incluso se me rompieron unos zapatos de tanto andar con ellos.
El caso es que fuimos a la Tate Britain, dedicada principalmente a la pintura inglesa desde el Renacimiento al siglo XX, pero centrada fundamentalmente en el siglo XIX. Además de las pinturas de los famosos Blake y Constable, precursores del impresionsmo, tuvimos ocasión de contemplar algunos famosos cuadros prerrafaelistas (como Ofelia o La Dama de Shalott). Aunque el que más nos impactó, precisamente, fue una serie de tres cuadros llamados "Past and Present": muestran a una familia conmocionada por una mala noticia, y lo cierto es que las pinturas, sobre todo la primera, son realmente angustiosas.
Tras visitar la Tate Britain (no confundir con la Tate Modern, que es en la que están los engendros y/o tomaduras de pelo a las que algunos llaman "arte moderno" y que nosotros francamente ni entendemos ni apreciamos), nos dirgimos por la orilla del Támesis hasta el Parlamento. Nos fue imposible ver aquel impresionante conjunto de edificios sin acordarnos de la película V de vendetta ^^U
Después de sacar las consabidas fotos del Parlamento y del Big Ben, comimos y nos dimos una vuelta por Backer Street, que, como todos los aficionado a la literatura debeían saber, es la calle donde vivía el mítico Shrelock Holmen. Su casa está reproducida de verdad más o menos a la misma altura, y frente a ella hay un actor disfrazado de policía que te ofrece una gorra y una pipa a lo Sherlock por si quieres fotografiarte delante ^^
Después de saludar al señor Holmes, nos fuimos a Regent's Park, que está justo al lado de Baker Street, para poder verlo con tranquilidad. Nos pasamos allí el resto de la tarde, y fue maravilloso. Londres es una ciudad muy verde, con muchísimos parques, y cada uno de ellos tiene su propia personalidad, nunca son iguales. Regent's Park es el más elegante y aristocrático de todos. Estaba lleno de césped y árboles, pero más que en nigún otro parque de la ciudad preodminan los caminitos, uno de ellos hacia una fuente espectacular, y los parterres de flores. De hecho, hay un jardín dentro del parque, llamado Queen Mary's Garden, donde hay una enorme extensión totalmente sembrada de rosas. Decenas y decenas de parterres de rosas, enormes y preciosas, todas diferentes, cada uno con un cartelito que indica el nombre de la variedad. Tindomion y yo nos empeñamos en fotografiarlas todas y había más de cincuenta variedades diferentes. Hya también un lago enorme lleno de cisnes, gansos y patos (aunque lagos así sí que los hay en casi todos los parques) y la verdad es que estuvimos muy relajados y nos lo pasamos muy bien... tanto, que me dejé olvidada mi guía Trotamundos en uno de los bancos y tuve que volver al centro para comprarme otra >___<


Día 5: Un Anillo para gobernarlos a todos...

Pues sí, este día estuvo enteramente dedicado a Tolkien. Por la mañana temprano cogimos un tren en la estación de Paddington que nos llevó hasta Oxford. Oxford, la ciudad universitaria británica por excelencia junto con Cambridge, está sólo a una hora de Londres y no es muy grande. Tiene la ventaja de que la mayoría de sus edificios históricos son góticos, muy antiguos, y permiten hacerse una idea de cómo eran las ciudades de la Inglaterra medieval, dado que afortunadamente Oxford no sufrió ningún incendio masivo como el de la City Londineses de 1666, que acabó con casi todos los edificios históricos anteriores a esa época, con la exepción de la Torre de Londres y poco más.
Oxford es una ciudad universitaria durante el curso, pero en los meses de verano tiene más turistas que estudiantes. De hecho, tanto en Oxford como el Londres escuchábamos hablar en español a nuestro alrededor casi con tanta frecuencia como en inglés. Durante el viaje en tren una chica chilena muy simpática que viajaba junto a nosotros y que estudiaba allí nos estuvo explicando cosas de la ciudad y recomendándonos sitios para comer, de modo que cuando llegamos enfilamos directos a la oficina de turismo, donde nos explicaron cómo llegar al Exeter college (donde Tolkien estudió), al Merton college (donde dio clases de adulto), y al cementerio de Wolvercote (donde está enterrado). Visitamos todos esos lugares, nos hicimos las fotos de rigor junto a la tumba de John Ronald Reuel y de Edith, y además encontramos, gracias a las indicaciones de un amable trabajador del cementerio, la tumba de su hijo John, que está a poca distancia de la de sus padres pero es fácil que pase desapercibida si no sabes que está ahí. La tumba de Tolkien, en cambio, es muy fácilmente localizable, porque es la celebridad más famosa del cementerio y hay carteles que indican el camino a seguir para llegar hasta ella. Curiosamente, en el cementerio nos encontramos con una chica francesa afincada en Canarias que venía exactamente a lo mismo que nosotros :-D
A la hora de comer, me negué en redondo a ir al Eagle and Child, porque, a pesar de que era una de nuestras paradas de peregrinación tolkiendili por ser el pub donde Tolkien se reunía con sus amigos y organizaban tertulias literarias, ya comí allí la primera vez que fui a Oxford y salí escaldada con un fish and chips incomestible. Así que, en lugar de ahí, fuimos a un pub que nos recomendó la chica chilena del tren. Se trataba de The Turf Tavern, el pub más antiguo de Oxford y uno de los más antiguos de Inglaterra, que lleva abierto desde el siglo XIV. Allí pedimos un plato de roast beef con budín de Yorkshire, plato inglés por antonomasia, que nos sirvieron acompañado de patatas fritas, cabbage, gravy y salsa de mostaza. No estaba mal, pero la comida nos sentó un poco pesada, y la verdad es que sigo prefiriendo con mucho la comida española. Cuestión de gustos :-)
Después de patearnos Oxford enterito y de ver sitios preciosos, como el Christ Church y otros colleges increíbles, compramos la cena para llevar en un Pret a Manger y tomamos el tren de vuelta a Londres.

Día 6: The British Museum

Otro día que nos pasamos casi enteros en un museo. El British es tan enorme que tuvimos que salir a comer (en un Wagamama cercano, una cadena de restaurantes orientales muy famosa en Londres) y volver después para seguir viendo el museo. La primera vez que estuve pude verlo más o menos entero, pero como Tindomion se empeña en perder el tiempo haciendo fotografías de absolutamente todo, en esta ocasión sólo vimos la parte dedicada a la Antigüedad (Roma, Grecia, Egipto, Sumeria y Persia) y la Edad Media. Entre lo más interesante que nos encontramos, aparte de las momias egipcias y la piedra de Rossetta (lo típico que ve todo el mundo) nos encontramos una exposición muy chula sobre relojes de todo tipo a través de las distintas épocas, los pocos restos que quedan del Mausoleo de Halicarnaso y unos relieves preciosos del palacio real de Nínive.
Por la noche, después de mucho patearnos el centro en busca de un sitio decente, cenamos en el Kulu Kulu Sushi, un restaurante de los de barra móvil que va pasando los distintos platos con una cinta. Como no teníamos demasiada hambre, fue la solución ideal, porque estaba todo riquísimo. Moraleja: si vas a Londres, no comas comida británica, come comida oriental que está mucho más buena.


Día 7: ¡Que le corten la cabeza!

Por el título, no creo que sea demasiado difícil de deducir a dónde fuimos esté día: a la Torre de Londres. Como, a diferencia de la mayoría de los museos, la Torre sí que es de pago (¡y menuda clavada te meten, por cierto!) no nos pudimos ir hasta verla entera y salimos de allí casi a las cuatro de la tarde, que para los horarios ingleses es una burrada. Menos mal que los Wagamama, donde comimos, piensan en el turista y se mantienen ininterrumpidamente abiertos desde el mediodía hasta la noche.
De la Torre lo vimos prácticamente todo, menos las joyas de la Corona. Más que nada porque había una cola de aquí a Lima y si nos poníamos a hacerla no íbamos a tener tiempo de ver nada más. De todos modos, yo ya las vi la primera vez y como hay tanta gente te hacen subir en una cinta transportadora que pasa por delante y las ves durante diez segundos, porque no te puedes parar a verlas. Lo que sí que vimos con tranquilidad fue la muralla, el museo de la Tortura (diminuto), la Bloody Tower, la Torre Beauchamp (donde estuvo encerrada Ana Bolena) y la Torre Blanca, donde hay un inmenso museo lleno de armas y armaduras. Lo más impresionante que vimos en él fue el tajo y el hacha con los que se hacían las famosas decapitaciones en tiempos de Enrique VIII. Es imposible ver eso y que no te entren escalofríos (y no acordarte de Los Tudor, si se ve esa serie). También hay un par de capillas bastante monas y un muse de los fusileros reales al que tampoco nos dio tiempo a entrar. En la explanada de hierba en la que se ha convertido el foso hay recreacionistas disfrazados que organizan actividades para niños y con los que me pude hacer una foto.
A la salida, después de comer, nos sentamos un rato en los bancos situados frente a la Torre para tomarnos un café y unos muffins comprados para llevar del Starbucks, y allí tuvimos una prueba de los majos y lo mansos que son los animales londinenses. ¡Los pinzones y las palomas te venían a comer de la mano! Después de eso, dimos un largo paseo por la City: visitamos la enorme catedral de St Paul, el Banco de Inglaterra, bajamos por Fleet Street y llegamos hasta el Temple, aunque ahí se nos hizo de noche y tuvimos que regresar el último día para poder ver la zona con más tranquilidad.

Día 8: Dios salve al Rey

Fuimos a visitar Westminster Abbey. Debo decir que, como los que todos me conocen saben, soy bastante ecuménica, y fui a verla con buena disposición, pero después de salir no tengo duda: el anglicanismo no me gusta nada! Y no tiene que ver con el clavazo que nos metieron para poder entrar (aún mayor que el de la Torre de Londres).
El sitio es impresionante desde el punto de vista rtístico, de eso no cabe ninguna duda. De hecho, yo diría que demasiado, porque puede resultar un poco mareante; está todo tan recargado, tan lleno de mármoles, esculturas, dorados y amarmolados, que llega un momento en que no sabes a dónde mirar. Lo curioso es que aquello no parecía en absoluto una abadía, sino más bien un mausoleo gigante para la alta nobleza. Había muy poca referencia a Jesús (ahora mismo yo sólo recuerdo la cruz dorada que había sobre el altar mayor), pero la abadía estaba literalmente atestada de capillas, estatuas, tumbas y recordatorios de la nobleza inglesa. Por dar un ejemplo, había una capilla de San Juan... ¡sin NADA que hiciera referencia a San Juan! Estaba completamente llena de tumbas y esculturas de nobles, de modo que igualmente hubiera podido ser la capilla de Santa Teresita del Niño Jesús. De hecho, podría no haber sido una capilla en absoluto, porque no tenía nada de capilla salvo el nombre. Y eso que aún hay que agradecer que fuese de San Juan, porque las otras capillas de la abadía tenían nombres como capilla de Enrique VII (!) o capilla de la RAF (!!), donde, ¿acaso había algún símbolo religioso, el que fuera? Noooo, solamente más y más autobombo de "qué nobles y ricos somos y cómo mola ser ingleses". Para colmo, algunos de los sitios más bonitos (como la capilla de Eduardo el Confesor) no eran visitables salvo con visitas guiadas especiales, como un grupo que vimos, supongo que la versión anglicana de los opusianos, que entraron enchufados a la capilla escoltados por varios clérigos mientras el resto de turistas nos quedábamos afuera.
Otra cosa indignante fue la capilla donde estaban enterradas Isabel I y María I (a propósito, no deja de ser irónico que la llamasen Bloody Mary cuando lo único que hizo fue mandar a la hoguera y decapitar a los que habían jodido a su madre y a Tomás Moro, vamos, un mero ajuste de cuentas. Isabel fue MUCHO más sanguinaria y cabrona que su hermana, así que con muchísima más razón tendrían que llamarla Bloody Elizabeth. Cómo se nota que la historia la escriben los que ganan...). Dado que las dos hermanas fueron reinas de Inglaterra, se supone que deberían tener las dos ciertos honores y dignidades, ¿no? Pues no. La capilla está completamente dedicada a Isabel, cuya efigie descansa en una enorme escultura con baldaquino, y sólo hay una pequeña placa que te informa de que María está enterrada debajo de ella. Cómo se nota quién era católica y quién era anglicana, por mucho que las dos fueran reinas, ¿no?
Y, por supuesto, estaba prohibido hacer fotos y no podías salir de la abadía sin pasar por narices por la tienda de recuerdos (caros)...
después de esto, fuimos a ver la catedral de Westminster, que es la catedral católica de Londres y el centro del catolicismo en Inglaterra. No es ni mucho menos tan grandilocuente como la abadía anglicana (de hecho, está sin terminar por falta de fondos), pero la primera sorpresa que te llevas cuando la vez es que, en lugar del eterno estilo neogótico, ¡está contruida al estilo bizantino! La verdad es que ver en medio de Londres una catedral bizantina, con su cúpula y todo, es bastante impactante. Por dentro es preciosa, llena de mármol y de mosaicos, parece casi que estás en Santa Sofía de Constantinopla (de hecho, los mármoles de esta catedral provienen de la misma cantera). La entrada es gratuita, aunque solicitan donativos más que nada para ver si pueden acabarla por dentro de una vez (las paredes tienen mosaicos pero los techos están desnudos... es una lástima). Debo reconocer que, tras el efectismo y la teatralidad de Westminster Abbey, sentí una gran tranquilidad y paz de espíritu en la catedral de Westminster. Mi conclusión: el anglicanismo, por respetable que sea, me parece una religión nacida exclusivamente para que un rey pudiera casarse con su amante y que se basa más en el autobombo de la nobleza que en la adoración a Jesús. No digo que las otras variantes del cristianismo (protestantismo, catolicismo y ortodoxia) no tengan sus fallos, que los tienen, pero, sinceramente, las prefiero mil veces al anglicanismo.
Despúes de ver estas iglesias (también vimos la iglesia de St Margaret, que está al lado de Westminster Abbey y es muy bonita aunque al lado de la abadía quede un poco disminuída en cuanto a tamaño), nos fuimos a ver Buckingham Palace. Como el precio de la entrada es bastante prohibitivo, y además yo ya lo había visto por dentro y Tindomion no tenía especial interés, lo vimos sólo por fuera. La bandera, además, indicada que la reina estaba en ese momento en el palacio. Desgraciadamente, no pudimos hacerle muchas fotos al monumento a la reina Victoria que hay en frente porque estaba en obras de restauración, y, por consiguiente, rodeado de andamios.
Después de Buckingham, acabamos el día dando una vuelta por Green Park, que está justo al lado y que es un parque mucho más sencillo que Regent's Park, lleno de explanadas de hierba y de deportistas correteando, y cenamos en un Pret a manger (¡qué raro!).


Día 9: La Muerte acecha...

Y esto viene, más que nada, a que este acabó siendo un día enteramente dedicado a la muerte: por la mañana visitamos el cementerio de Highgate y por la tarde fuimos a Whitechapel a hacer el circuito de Jack el Destripador. ¿El resultado? Irregular.
Highgate nos encantó. Hay dos partes: el cementerio este y el cementerio oeste. El oeste es el más bonito, pero es difícil de visitar porque hay que llamar con antelación para reservar. Afortunadamente, unas semanas antes le pedi el favor a unos tíos míos que viven en Gales y esos habían llamado por mí para reservar la visita a mi nombre, de modo que pudimos verlo.
Llegamos a Highgate, que es el realidad u pueblo bastante a las afueras de Londres (aunque la ciudad finalmente lo haya fagocitado) y tuvimos que subir bastante, porque el cementerio está encima de una colina por la que discurren varias calles del pueblo. Para llegar, pasamos por un parque muy bonito, el Waterlow Park. Es un parque bastante agreste, con muchos árboles y lleno de vegetación, y el día nos salió basante lluvioso así que la sensación de humedad y de verdor era aún más intensa. Nos pareció muy bonito.
Una vez en el cementerio, visitamos primero la parte oeste junto a un guía (el pobre Tindomion no entendía nada, de modo que yo escuchaba primero y luego le traducía las explicaciones). La verdad es que el cementerio de Highgate impresiona por lo verde que es; las lápidas y el mármol aparecen cubiertos de musgo, y los ángeles, los obeliscos y las estatuas aparecen aquí y allá, envueltos en un tinte verdoso, entre una vegetación espesísima. Casi parecen formar parte natural del paisaje, porque la naturaleza ha acabado integrándose con ellos. Incluso hay tumbas que casi han desparecido bajo la tierra húmeda, o que yacen entreabiertas y medio enterradas entre las raíces de un árbol que cerce al lado, o algunas sobre cuya superficie han crecido plantas. Una zona muy interesante del cementerio es la zona egipcia, donde las tumbas imitan mastabas egipcias y en lugar de cruces hay obeliscos y jeroglíficos. Impresionante. Te daban ganas de preguntarle al ghoul... digo, al guía, en qué parte del cementerio vivían los vampiros XDD
El cementerio este era más normal y más nuevo, pero no menos bonito. Es conocido y visitado porque en él están enterrados el pintor John Constable, la escritora George Elliot, y, sobre todo, la tumba de Karl Marx, que no tiene pérdida porque sobre ella hay una enorme cabeza de Marx tallada en bronce. En esta parte del cementerio nos sorprendió un chaparrón de dimensiones apocalípticas, y cuando escampó vimos montones de babosas tomando el fresco sobre el camino, algunas de ellas enormes (tuve que cogerlas y meterlas de nuevo en la vegetación porque me daba miedo que alguien no las viera y las matara de un pisotón, pobrecillas). También vimos algunas ardillas correteando por los árboles, encima de las tumbas.
Por la tarde, nos dirigimos a Whitechapel. Y debo decir que esa fue la parte decepcionante del día. Atención: no le recomiendo a NADIE que vaya hasta allí. En el siglo XIX, cuando Jack el Destripador hacía de las suyas por allí, era un antro lleno de pobreza y suciedad, ya lo sabemos... lo que yo no sabía es que Whitechapel SIGUE siendo un antro de pobreza y suciedad.
En cuanto sales, te parece haber abandonado Londres y estar en alguna callejuela de algún país tercermundista. Todo completamente lleno de musulmanes e hindúes vestidos con trajes tradicionales (y en ocasiones algo harapientos), calles sucias, casas pobres, antros cochambrosos... un asco, la verdad. En dos de los cinco escenarios del crimen encontramos una placa conmemorativa a la víctima, y vimos en pub The Ten Bells donde se supone que Jack elegía a sus víctimas, pero poco más. Los moros nos paraban en la calle poniéndose delante de nosotros para pedirnos que fuésemos a comer a SU antro (aquellas cosas llenas de fritanga y kebabs no se pueden llamar restaurantes), y teníamos que quitárnoslos de encima como podíamos fingiendo no saber inglés. También había tipos con pinta de yonkis y de delincuentes. Me asusté un poco, y eso que iba con Tindomion, que si llego a ir sola doy media vuelta y me meto de nuevo en el metro en cuanto veo el percal. Encima, el paseo fue bastante largo y agotador, de modo que me sentí aliviada cuando terminó y vimos las luces de la City. Al llegar al hotel estábamos tan cansados y asqueados que no quisimos ni cenar; nos duchamos, echamos toda nuestra ropa a la bolsa de "lavar cuando volvamos", y nos fuimos directamente a la cama.
En resumen: recomiendo no ir a Whitechapel. Si alguien está muy interesado en el asunto de Jack el Destripador, le recomiendo que coja uno de los tours guiados que salen desde la City y que nosotros tontamente no quisimos coger pensando que podríamos verlo solos. El sitio no sólo es desgradable (más si vas solo) sino que cuesta un montón encontrar los escenarios del crimen, suponiendo que los encuentres, claro, que algunos son dificilísimos de ubicar. Mejor ir en grupo y con alguien que te vaya explicando las cosas. Si tuviese por cualquier circunstancia que volverlo a hacer, yo personalmente ni de coña lo haría sin un guía.


Día 10: A Natural History

Este día nos fuimos por la mañana al Natural History Museum, un lugar muy interesante (y gratuito) situado en el barrio de Kensington. Había una exposición temporal de mariposas, pero no pudimos entrar por falta de tiempo (sniff T__T). Aparte de ver cosas muy chulas (como la sección del tronco de un haya milenaria, muestras de meteoritos, diamantes que se volvían fosforescentes con luz ultravioleta, esqueletos de dinosaurios e incluso una muestra de uranio que sólo se podía ver mediante un juego de espejos porque estaba dentro de una urna de plomo) paseamos por el barrio y llegamos hasta Harrod's, el centro comercial más famoso de Inglaterra (y me parece que del mundo). Estuvimos allí más tiempo del que pensábamos porque la verdad es que es un sitio precioso: ocupa toda una manzana de casas, está decorado al estilo modernista con mosaicos por dentro, e incluso tiene una impresionante escalera mecánica que llaman la Escalera Egipcia, porque está totalmente decorada con motivos egipcios, columnas y esfinges incluidas. Fue, por cierto, la primera escalera mecánica de toda Europa, y al final de ella, en el sótano, vimos un memorial de Diana de Gales y Dodi Al Fayed (recordemos que el propietario de Harrod's es Mohamed Al Fayed, el padre de Dodi). Aunque el sitio es muy lujoso y está lleno de puestos de delicatessen y de tiendas de lujo (tanto de ropa como de cosméticos), como nuestro presupuesto era modesto nos limitamos a comprar té English Breakfast para nosotros y nuestras respectivas madres, y una caja de galletas de mantequilla Walkers que nos había encargado Findûriel (¡yujuuu, Findûs, esta va por tí! ;-P) y de las cuales nos acabamos llevando un ejemplar más para probarlas nosotros porque había oferta especial de 2x1 :-D
Después de Harrod's, sgeuimos paseando hasta llegar al arco de Wellington, y de allí nos fuimos a Hyde Park. Este es el parque más grande y más famoso de Londres, aunque no necesariamente el más bonito (a mí me siguen gustando más el Regent's y el Waterlow Park). Tiene un enorme lago alargado que lo parte en dos llamado The Serpentine, por el cual nadan montones de patos, gansos y cisnes. Son muy mansos y les pude dar de comer directamente de la mano, aunque hay que andarse con cuidado porque los cisnes, como tienen un pico de un palmo de largo, no calculan muy bien las distancias y al que yo le di de comer, aparte de el cacho de pan que le di, casi se me lleva medio dedo. ¿Me confundiría con una Noldo? :-S
El problema de Hyde Park es que nos quedamos hasta demasiado tarde (traducción: Yo: ¿Y si nos vamos ya, que van a cerrar? Tindomion: Espera, que saco una foto de este sitio tan bonito y nos vamos), nos cerraron el parque y tuvimos que saltar la valla para salir, junto con otros visitantes que también se habían quedado rezagados.
Ya he comentado que la comida oriental en Londres es bastante buena. Esa noche fuimos a cenar a un restaurante vietnamita llamado Mekong que estaba cerca de nuestro hotel. Nunca habíamos probado ese tipo de comida, y la verdad es que, aunque no es algo que sea de comer todos los días, el sabor era exótico y bastante bueno.


Día 11: ¡Ardillas! ¡Ardillas everywhere!

Este fue nuestro último día en Londres, ya que partíamos al siguiente. Lo dedicamos a pasear por todos los sitios que no habíamos podido ver los días anteriores. Volvimos a la zona del Temple, esta vez de día, y, aunque no pudimos visitar la iglesia del Temple porque el órgano estaba en obras y no la abrían al público, sí que pudimos contemplar la impresionante Royal Court of Justice, que más que un juzgado parece el castillo de la Bella Durmiente. Estoy convencida de que iría de mucho mejor humor a trabajar si los juzgados de mi ciudad fuesen como los de Londres.
Después de visitar la zona del Temple, nos fuimos dando un paseo por la orilla del Támesis hasta la zona de los ministerios y de St James' Park, haciendo un breve alto a la orilla del río para contemplar el obelisco egipcio que hay allí. En St James' park lo pasamos genial, sobre todo gracias a las ardillas. ¡Las hay a montones! Y encima son súper confiadas y se acercan a la gente para pedirle de comer. A Tindomion una le agarró del pantalón y se puso en plan suplicante para pedirle comida, y cuando yo le ofrecí a otra un trozo de fruta, se subió a mi brazo para cogerla :-D
Había mucha gente que les daba cacahuetes y ellas se los comían o los enterraban para guardarlos. Desgraciadamente, no había por allí cerca ninguna tienda o quiosco donde comprar cacahuetes (no lo entiendo, la verdad; si alguien llega a venderlos por allí se hace de oro).
Por la tarde fuimos a visitar el barrio de Chelsea, que actualmente es el más pijo de Londres, lleno de casas enormes y preciosas y sin metro, porque los habitantes se niegan a que construyan una parada y los turistas los invadan. No parece que el transporte público sea una de sus preocupaciones, en cualquier caso, teniendo en cuenta que delante de las casas había aparcados montones de Audis, Ferraris, Maseratis y hasta Rolls Royces. El barrio, además de tranquilo, era precioso, e incluso vimos a una ardilla traviesa saltando de balcón en balcón y comiéndose las hojas del rosal que crecía en una de las terrazas XD
Como ya he dicho, el barrio era muy bonito, pero vimos dos cosas que nos llamaron especialmente la atención: una, en los Roper Gardens, una estatua en homenaje de Tomás Moro, donde en el siglo XVI estuvo su casa. No muy lejos de allí, por cierto, hay una iglesia consagrada a él (católica, of course) ya que tras ser decapitado por Enrique VIII la Iglesia acabó canonizándolo en el siglo XIX. Me hubiera gustado muchísimo entrar y verla, pero a la hora que fuimos estaba cerrada :-(
La otra cosa que nos llamó la atención fue una mansión ENORME que hay en frente del hospital del Chelsea y que, según el mapa, era un edificio privado. Me pregunto quién puñetas vivirá en una casa que es casi más grande que el palacio de Kensington y que podría alojar sin ningún problema a un centar de familias...
Como última parada, volvimos a South Kensington, donde merendamos sendas magdalenas de la pastelería The Humming Bird, que aprovecho para recomendar encarecidamente. Me compré una magdalena de chocolate, ¡¡y es la mejor magadalena que he probado en toda mi vida!! Sólo de recordar lo riquísima que estaba, se me hace la boca agua. De hecho, creo que valdria la pena volver a Londres sólo para poder volver a probar una de esas deliciosas, deliciosas magdalenas... (y esto lo dice alguien que, de normal, las magdalenas nunca le han dicho nada).
Finalmente, fuimos hasta el Royal Albert Hall para verlo, y ver también el Albert Memorial, un enorme monumento que está justo en frente y que la reina Victoria erigió en memoria de su amado esposo cuando este murió a causa de uans fiebres tifoideas. Tras dar una vuelta por la zona, aún nos dio tiempo a ir por los Kensignton gardens hasta el palacio de Kensignton (algo decepcionante) y dar una vuelta por la calles de las embajadas (impresionante la de Israel, con soldados armados con metralletas y una especie de barricada blindada alrededor de toda la casa), antes de irnos a cenar por enésima vez a un Wagamama y tomar uno de los autobuses rojos para volver al hotel.


Y aquí acaba nuestro periplo londinense. Al día siguiente nos levantamos tempranos, hicimos la maleta, y nos fuimos al aeropuerto de Heathrow para tomar el vuelo de regreso a casa, a donde gracias a Dios llegamos sanos y salvos. Ahora sólo queda la díficil vuelta al trabajo y empezar a contar el tiempo hasta las próximas vacaciones... y hasta el próximo viaje a Londres, una ciudad de donde nunca te irás sin saber una cosa: Mind the gap between the train and the platform! ;-P