lunes, 25 de febrero de 2013

Jamones nostálgicos


Mis suegros suelen tener siempre en casa unos jamones excelentes. Guijuelos, jabugos, y toda clase de exquisiteces de pata negra, que hacen las delicias de todos los desayunos y meriendas. Y claro, como nos ven a Tindomion y a mí (sobre todo a mí) devorándolo con tanta alegría, siempre nos dan un poco para que nos lo llevemos a Valencia, bien envuelto en papel de plata.
Pero, ¿qué pasa cuando llegamos a Valencia? Pues que el muy maldito, al cabo de veinticuatro horas, está reblandecido, con un gusto raro, y ya no tiene casi nada que ver, ni por textura ni por sabor, con ese magnífico jamón que nos comíamos en Barbastro.
habrá quien diga que es cosa del clima, más húmedo en la costa que en el interior, o de la diferencia de presión atmosférica. Yo también lo creía, por eso me compré una nevera no-frost, de las que eliminan la humedad, para proteger el jamón de los excesos mediterráneos. Ni con esas.
Luego, pensé que tal vez las capas de papel de plata o de plástico lo asfixiaban, y me aprendí bien cómo lo guardaba mi suegra en su propia nevera. Intenté guardarlo igual. Ni con esas tampoco.
Así que he llegado a la conclusión de que en realidad no es culpa del contraste entre la humedad y sequedad del clima, o la diferencia de altitud (300 metros, que tampoco es tanto), ni de los rigores del viaje. Lo que sucede es que los jamones son unos nostálgicos. Le cogen cariño a la primera tierra en la que ven la luz, y una vez allí, cualquier viaje o desplazamiento los llena de tanta melancolía que se les reblandece el alma y se les trastoca el sabor para siempre. Es la única explicación que se me ocurre, además, porque los jamones que mi padre compra enteros y corta en su jamonero en Valencia están sabrosísimos y por mucho tiempo que pasa mantienen una textura tan impecable como los aragoneses.
Supongo que eso significa que estoy condenada a gastarme fortunas que no me puedo permitir en hacerme con un jamonero, una cuchillo decente, un cursillo de corte y el jamón en cuestión, o seguir resignándome a probar tales delicias sólo cuando voy a casa de mi padre o de mis suegros y estos tienen un ejemplar listo para ser consumido.
Ay de mí.

PD: Con el ternasco de Aragón pasa exactamente lo mismo. Jamás en mi vida he conseguido probar un cordero como el que sirve mi suegra en su casa. Ya puedo gastare dinero en los puestos de carnes de los mercados valencianos, ya. Naranjas.

3 comentarios:

Guivi Antonucci dijo...

Pues en mi país sucede lo mismo con el chocolate artesanal! Es famoso el de una localidad montañesa llamada Bariloche. Es un chocolate realmente fuera de serie... pero cuando te lo llevas a tu ciudad, si bien sigue siendo delicioso pues, no sé... sientes que le falta algo... Fíjate, quién iba a decir que hay parentesco entre ellos y los jamones...!

Laura Sánchez Méndez dijo...

Hmmm, jamón...

Tanto hablar de jamón, me voy a zampar ahora un par de lonchitas, jajaja!!

Cuando estudiaba en la universidad, mi abuelo me lo mandaba metido en ese papel de las charcuterías y luego en un tupper. Una vez hasta me mandaron una pata para cortar... pero sin la jamonera y con nulos conocimientos para cortar un jamón en condiciones.


Nos vemos!!

Estelwen Ancálimë dijo...

Guivi: No había oído hablar nunca del chocolate de Bariloche (Argentina, ¿verdad?), pero si voy alguna vez allí ya sé qué especialidad probar ;-)

Laura: regalar un jamón a alguien que no tiene ni jamonero ni cuchillo ni técnica, es como regalar un sólo walkie-talkie... :-P