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viernes, 13 de septiembre de 2019

Probando el natto

Como no todo va a ser reseñar series y libros, reaparezco por el blog para compartir con vosotros algo que llevaba mucho tiempo llenándome de curiosidad.
Es el natto.
Para todos los que somos amantes de la cultura o la gastronomía japonesa, el natto no nos es desconocido. Se trata de unas habas de soja fermentadas que tienen unas excelentes propiedades nutricionales, pero que también tienen -se dice- un aspecto, un olor y un sabor repugnantes, lo cual tira atrás a algunos japoneses, y a la inmensa mayoría de los extranjeros, a la hora de tomarlas.
Por Youtube rondan multitud de vídeos de personas no japonesas probando el natto. Las caras de asco al abrirlo, al olerlo y al metérselo en la boca son de foto: hacen muecas, lo escupen e incluso les dan arcadas.
No obstante, también hay muchos vídeos de japoneses encantados con el natto y explicando cómo hay que comerlo correctamente. Y dado que a mí me encantan la nuevas experiencias gastronómicas -creo que lo único que soy incapaz de probar, sea cual sea su sabor, son los bichos-, me decidí a probarlo.
Os recuerdo que no es la primera vez que pruebo productos japoneses en el blog; si queréis ver mi cata de Kit-kat nipones, la tenéis aquí.

La primera dificultad con la que me topé fue encontrar el natto. Al ser un producto japonés, con poca aceptación entre los extranjeros, no es algo que sirvan en restaurantes ni que puedas encontrar en la sección de comida exótica de los supermercados españoles. Afortunadamente, en mi ciudad, Valencia, hay una tienda llamada Japon.es donde, ¡sí! vendían natto.

Y allá que me fui. El natto es muy barato en Japón, pero al ser de importación la cosa cambia aquí en España: se vende en packs indivisibles de cuatro cajitas de ración, y cada pack costaba unos cinco euros. Aún así, me compré uno y me fui de vuelta a casa. Como el natto es un producto fermentado -la bacteria se llama bacillus natto-, se vende y se conserva congelado para que no se eche a perder, de modo que guardé tres de las cajas y dejé la cuarta fuera de la nevera para que se descongelase.

Finalmente estuvo lista. Y muerta de curiosidad por conocer ese olor que muchos tildan de "indescriptible", "repugnante" o "a calcetines sucios", abrí la caja y apliqué la nariz.

Esta pinta tiene nada más abrir la caja y quitarle el plástico protector

Señores, ni indescriptible, ni repugnante, ni a calcetines.
Huele bien.
No sé si mi paladar y mi nariz funcionarán a una frecuencia distinta a la del resto de la humanidad, pero a mí el natto huele bien.
De hecho, puedo describir perfectamente su olor, porque para mí está clarísimo: huele a café. A café fuerte, mezclado quizás con un cierto olor a levadura fresca de panadero, pero el café es sin duda el olor dominante. Si coges una taza de café ya frío, que lleve hecho varias horas, y la hueles, el aroma que te vendrá a la nariz será muy, muy similar al del natto.
Lo cual me hace preguntarme por qué a tanta gente le cuesta describir el olor (¿no han probado el café en su vida?) o les parece tan repugnante (¿vomitan cada vez que huelen a café o que intentan tomarse uno?).

Pero bueno, el aroma es una cosa... ¿y el sabor? Comprobémoslo. Cuando abres el paquete de natto, lo acompañan dos sobrecitos: uno de karashi (un tipo de mostaza picante) y otro de salsa de soja con caldo dashi. Luego, cuando quitamos la película de plástico que recubre las habas de soja, vemos unos hilillos blancuzos pegados, que emanan de las legumbres. ¿Extraño? Sí, sin duda. ¿Asqueroso? Pues, para mí, no. No tienen un aspecto tan malo que me haga echarme atrás ante la idea de probarlas. Máxime cuando el olor a café es cada vez más intenso y sugerente.

Pero claro, por los vídeos de japoneses que he visto, sé que hay algo fundamental a la hora de probar el natto, y es removerlo antes de comerlo. Removerlo mucho. Eso hace que la sustancia mulcilaginosa que provoca los hilillos se multiplique y recubra las habas de soja de una especie de pasta cremosa y viscosa. Y ahí me pongo, a remover, hasta que me duele el brazo.

 Empezando a remover...


Y al terminar. ¡Ya está!


Una vez removido el natto, sólo queda echarle las salsas. Aquí tenéis la foto después de echarle la salsa de soja:

¡Listo para comer!


Y en este momento ya estaría listo para tomar, aunque los japoneses, que suelen comerlo como parte del desayuno, gustan de mezclarlo con una yema de huevo cruda y echarlo sobre un bol de arroz. He de decir que lo he probado de las dos formas, solo y con la mezcla de huevo y arroz (sí, ya me he comido dos tarrinas, una ayer y otra hoy), y debo decir que el sabor perdía bastante con el arroz y con el huevo, por dos motivos: el primero es que la yema no le aporta demasiado sabor pero sí un plus de viscosidad que, teniendo en cuenta cómo es el natto, no le hace ninguna falta. El segundo es que, como ya he dicho, el natto tiene un penetrante sabor a café, lo cual hace que la combinación de café+huevo+arroz sea un poco extraña. Tuve que añadir al final un chorro adicional de salsa de soja y el sobre de mostaza karashi, con lo cual maté casi por completo el sabor del natto.

Así que decidí que al día siguiente me lo tomaría solo, y así he hecho hoy, con el resultado que podéis ver en las fotos: lo he dejado descongelar, lo he abierto, lo he mezclado sólo con la salsa de soja y dashi y me lo he comido. El sabor es igual que el olor, pero más intenso: café, con un punto salado/dulce y el amargor de fondo propio de esa infusión. Era como estar comiendo granos de café blanditos y cremosos, porque realmente la capa mulcilaginosa de la bacteria, que tanto grima da a algunos cuando la ven, no es en absoluto desagradable en boca: es más untuosa que viscosa, y realmente si te gustan alimentos como las natillas, el flan o la tortilla poco hecha, no vas a tener ningún problema en saborear la textura del natto.

Esta es mi conclusión, gente: el natto huele bien, sabe bien, voy a terminarme los dos paquetes que me quedan en los próximos días y cuando se termine lo volveré a comprar. Todas esas caras de asco y aspavientos que hace la gente me parece que son exageraciones o una conspiración secreta del gobierno japonés para que los extranjeros no nos aficionemos a sus adoradas habas de soja y se las acabemos arrebatando XD
Así que ya sabéis, no tengáis miedo de vivir experiencias nuevas, y si tenéis ocasión de probar el natto, ¡no lo dudéis y hacedlo! Digan lo que digan por ahí, tita Estelwen os garantiza que no es para tanto.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Mousse de chocolate ligera


Bueno, vale, empecemos esta entrada asumiendo la verdad. Ligera, lo que se dice ligera (en plan "me como veinte raciones y sigo teniendo cuerpo de sirena"), ninguna mousse de chocolate lo es. ¿Que esta receta tiene calorías? Evidentemente. Pero me apetece compartirla con vosotros porque es una receta de mi invención que he desarrollado a base de adaptar distintas formas de hacer mousse que conocía, hasta que he encontrado la ideal. Light, lo que se dice light, no es, pero no lleva nata, ni mantequilla, y tan sólo una cucharada y media de azúcar, lo cual, teniendo en cuenta que la nata tiene en torno a 500 calorías por 100 gramos y la mantequilla 750 en la misma cantidad, supone rebajar considerablemente el aporte calórico del postre. Vamos, que aunque no sea para comerlo a diario, te puedes permitir el capricho sin demasiados problemas.
Además, es súper fácil de hacer, está riquísima y es un postre delicioso y elegante. La textura es muy ligera y esponjosa, nada pesada ni empalagosa, con burbujitas. Se hace prácticamente sola y quedas como un as de la cocina, jejeje.
A propósito, esta receta viene al blog por petición popular, ya que TODOS los que la han probado en mi casa me han preguntado cómo la hago. Así que, realmente, me es más cómodo compartirla aquí que dársela a todo el mundo cada vez que me la piden. Espero que probéis a hacerla y la disfrutéis ;-)
Como ya he dicho, dificultad cero. Lo único, que es imprenscindible tener una amasadora (tipo Kenwood o Kitchen Aid) o una batidora con accesorio de varillas, porque sin varillas no hay forma humana de preparar esta mousse.


Ingredientes:
-Una tableta de chocolate negro para postres de 250 gramos.
-Un vaso de leche desnatada.
-Una cucharada y media de azúcar blanco.
-Tres huevos grandes.


Preparación:

-Poner en un cazo a fuego lento el chocolate troceado con la leche y remover sin parar hasta que esté casi derretido. Apagar el fuego y seguir removiendo, dejando que se funda del todo con el calor residual.

-Separar las claras de las yemas, reservar las claras y poner las yemas en el vaso de la batidora con la cucharada de azúcar. Batir a velocidad rápida con las varillas durante al menos cinco minutos, hasta que las yemas blanqueen.

-Mezclar las yemas con el chocolate y remover. Es importante que el chocolate esté tibio, no caliente, ya que un exceso de calor cuajaría las yemas y arruinaría el postre. Reservar la mezcla.

-Limpiar las varillas y el vaso de la batidora y echar dentro las claras con una pizquita de sal. Batir con las varillas a velocidad lenta un minuto y luego aumentar a máxima velocidad. Cuando las claras se pongan blancas, añadir la media cucharada de azúcar que faltaba y seguir batiendo hasta que tengan la misma textura que la espuma de afeitar.

-Volcar las claras montadas sobre la crema de chocolate y mezclar con una espátula o una cuchara grande, lentamente y con movimientos envolventes, hasta que las claras se integren por completo. Meter la mezcla en los recipientes elegidos y dejar cuajar en la nevera un mínimo de dos horas.


Trucos y consejos:

-El tema de remover sin parar el chocolate mientras se derrite es importante porque como lo dejes quieto se puede pegar al fondo, coge sabor a quemado y estropea el postre. Y recordad, siempre a fuego lento.

-¿Qué significa "blanquear"? Sabrás que las yemas han blanqueado cuando hayan triplicado su volúmen y se hayan convertido en una crema espesa de color amarillo clarito. Según el tamaño de las yemas el tiempo puede variar, pero yo no le echaría menos de cinco minutos.

-Que las varillas y el bol estén limpios de restos de yema antes de montar las claras es fundamental, porque las yemas son la parte grasa del huevo, y si las claras tienen aunque sea un poco de grasa, no montarán. No tengáis miedo de poner la sal porque es una pizquita mínima que no se nota, pero potencia el sabor de los demás ingredientes y ayuda a que las claras se monten mejor.

-Con las cantidades de esta receta a mí me salen seis raciones, pero dependerá del tamaño de los recipientes. Yo uso unos vasitos de barro como los que se usan para la cuajada, pero podéis usar lo que tengáis en casa, desde boles pequeños hasta vasos normales.

-Estas mousses se conservan en perfecto estado un par de días en la nevera. No recomiendo dejarlas más tiempo porque aunque sigan estando buenas, se resecan por arriba y además están hechas con huevo crudo, por lo cual, cuanto antes las consumamos mejor. No os preocupéis que no suelen durar mucho ;-)

viernes, 20 de marzo de 2015

Cata de Kit-Kat japoneses


Gracias a mi prima, que es azafata y tiene la oportunidad de viajar a lo largo y ancho del mundo, he podido ponerle las manos encima a algo que llevaba muuucho tiempo querido probar: los famosos Kit-Kat japoneses de sabores raros. Como tampoco era cuestión de arruinar a mi prima con el regalito (ya que hay decenas de variedades de Kit-Kat en Japón), me ha traído cuatro: sabor fresa, tarta de queso, té verde y té negro.


Hola, somos los adorablérrimos Kit-Kat de sabores raros, y vamos a ser comidos por Estelwen


Resulta que en Japón, a diferencia del resto del mundo, la oferta de Kit-Kat no se limita a chocolate blanco, con leche y negro. No; allí es un dulce tan tremendamente popular que existen docenas de variedades de sabores. Algunas se venden sólo en una región concreta, otras se sacan sólo como ediciones limitadas... hasta el punto que se han convertido en auténticos souvenirs y piezas de coleccionista.
¿Y a qué es debido tanto éxito? Pues a que por aquellas casualidades de la vida el nombre Kit-Kat suena en japonés muy parecido a kitto katsu, que significa "ganar seguro". Por ello, es costumbre regalarlo para desearle buena suerte a las personas que se enfrentan a una prueba difícil: estudiantes que van a hacer un examen, opositores que optan a una plaza o personas que se enfrentan a una entrevista de trabajo. La costumbre está tan extendida, que en la parte trasera de las cajas de Kit-Kat hay un espacio para escribir tu mensaje de buena suerte a la persona a quien se lo regalas. Incluso se pueden enviar por correo como si fueran postales, poniendo la dirección del destinatario justo antes del mensaje.


Ejemplo de nota: Querida Midori: Te regalo esta caja de Kit-Kat del color de tu nombre para que saques un sobresaliente.


¿Y qué hay de los cuatro Kit-Kat que he probado yo? Bien, en primer lugar, veamos el exterior. Las cajas son muy monas, totalmente en japonés, por supuesto (no he entendido un pimiento, menos mal que han tenido la cortesía de dibujar la fresa, la tarta y las tazas de té para saber qué me estaba comiendo). Lo primero que llama la atención al abrir el paquete es que no hay cuatro barras grandes como en España, sino cuatro paquetitos con dos mini-barritas cada uno. Muy kawaii, como todo lo japo (parece mentira que esta gente que hace cosas tan adorables y monérrimas sea la misma que montó lo de Nanking y la 731 hace unos añetes, hay que ver cómo cambian los tiempos) :-P


 La calidad de las fotos no es muy buena (están hechas con el móvil), pero aquí se ve bien lo que dije del tamaño: las barritas son diminutas, y eso que mi mano es más bien pequeñaja.


Terminados los preliminares, procedamos con la cata. Básicamente todos los Kit-Kat están hechos de la misma forma: la galleta de siempre por dentro, rellena y cubierta por una crema de chocolate blanco a la que se le añaden los aromas y colorantes del sabor característico. de mejor a peor sabor.

El puesto nº 1 es para el Kit-Kat de Té Verde. Mi prima me dijo que era el mejor de los cuatro, y estoy de acuerdo con ella. Cuando lo abres, ya notas la diferencia: no sólo lleva aromas artificiales, sino polvillo de té matcha de verdad: se ven los trocitos de té más oscuros entre el chocolate blanco teñido de verde. El aroma a matcha es tan intenso que la barrita huele bastante a té. Y cuando lo muerdes, el sabor es MUCHO más intenso: el té verde y la dulzura del chocolate blanco armonizan a la perfección y el resultado es tan delicioso y cremoso que se deshace en la boca, dejándote con ganas de más. Nota: 10.

El puesto nº 2 es para el Kit-Kat de Cheesecake. Está muy bueno, dulce sin ser empalagoso y casi tan cremoso como el de matcha, pero lo he dejado en segunda posición porque más que saber a tarta de queso, sabe a natillas. Eso sí, está muy bueno. Por fuera también tiene el color de las natillas. Nota: 8.

El puesto nº 3 es para el Kit-Kat de Té Negro. No sé si lleva té de verdad como el de matcha o sólo el aroma; no se veía ningún trocito de té en la crema de chocolate de fuera, que es del color de un café con leche clarito. El sabor es menos intenso que el del té verde, pero más profundo; aunque el sabor original sea a té negro, te deja un regusto como a café al final del paladar. Está bueno, pero no te deja con la irresistible necesidad de comerte otro como en el caso de los dos anteriores. Nota: 7.

El punto nº 4 es para el Kit-Kat de Fresa. La gran decepción del grupo, sin duda. Está teñido de rosa chicle, y sabe exactamente a eso: a chicle de fresa. Ni rastro de aroma o sabor a fruta. Además de ser artificial, es un sabor que ni siquiera persiste hasta el final: unas chispitas de chicle en la lengua que al cabo de unos segundos ceden paso a un chocolate blanco empalagoso y dulzón. Se puede comer, y para probarlo no está mal, pero yo no me lo compraría otra vez. Nota: 4,5.


Bueno, pues esta ha sido la cata de hoy. Espero que en próximos viajes a Japón mi prima encuentre alguno de los otros sabores tradicionales de aquellas tierras que también quiero probar: cereza, wasabi, azuki y batata son los que me hacen más ilusión.
Recordad: si viajáis a Japón, ¡no perdáis la oportunidad de probar los Kit-Kat!

viernes, 12 de diciembre de 2014

Pan, gracia de Dios


El título de esta entrada, que no es precisamente original (lo utiliza Isabel Allende en su afamado libro sobre afrodisíacos llamado Afrodita, que recomiendo sin reservas porque además de tener recetas estupendas es interesantísimo y tronchante), me ha venido a la cabeza después de repasar algunos artículos sobre el pan de uno de mis blogs gastronómicos favoritos, Webos Fritos. Su autora, Su, habla del pan con auténtica pasión, posteando recetas para hacerlo casero y haciendo catas en las tiendas (cada vez menos) en los que aún se fabrica artesanal y en horno de leña.
Y es que hoy en día se tiende a ver el pan como un producto muy básico, una especie de "fondo de despensa" que se compra en hornos y supermercados donde lo fabrican en serie y con masa congelada, un mero recipiente para colocar el relleno de los bocadillos o un simple instrumento para rebañar la salsa. Tengo que decir que para mí nunca ha sido así. Siendo pequeña, pasando mis vacaciones en un pueblo limítrofe entre las provincias de Teruel y Guadalajara llamado Alustante, no había comida que me gustara más que le pan casero horneado a leña que servían en la panadería. Parece que me estoy viendo a mí misma con nueve o diez años: me mandaban temprano a comprarlo; yo iba con la bolsa del pan y hacía cola con todas las señoras del pueblo -y algún que otro chaval al que habían mandado a comprar, igual que a mí). Todo el horno (que era muy pequeño y estrechito) olía a pan recién hecho, y la espera hasta que llegaba el turno de conseguir las barras crujientes, doraditas y aún calientes, se hacía interminable. Lo que creo que mis familiares nunca supieron es que yo, a veces, guardaba un poco del dinero que me daban para tebeos o chucherías y me lo gastaba en una barra de pan adicional que era sólo para mí. No la compartía con nadie; lo habitual era que media barra cayera ya de camino, antes de llegar a casa, y que el resto me lo fuera comiendo a lo largo del día. Nunca sobraba nada. A veces lo rellenaba con jamón serrano, queso o atún en aceite, pero en muchas ocasiones me lo comía solo, sin más, a bocados. "Pan con pan, comida de tontos", me solía decir mi madre cada vez que me veía comiendo pan sin relleno.
No puedo estar más en desacuerdo con esa afirmación. Tal vez sea cierto con los panes mediocres que venden hoy en día en casi todas partes (incluyendo, según me han dicho, el propio Alustante, a donde ya hace muchos años que no voy pero cuyas horneras, según me han contado, ya no venden pan de fabricación casera sino que lo traen en furgoneta muy temprano, venido de una fábrica donde lo preparan masivamente para repartirlo entre varios prueblos. Mierda). Sin embargo, una de las mejores y más satisfactorias comidas que recuerdo de mi infancia tiene como protagonista a ese pan.
Habíamos ido de excursión a un merendero en medio de un rinconcito de los Montes Universales llamado la Fuente del Endrino. Allí había barbacoas y mesas en medio de un claro, un enorme bosque de endrinos y abetos rodeando la extensión, de esos llenos de musgo y liquen donde el sol no llega a tocar el suelo y que parecen de cuento de hadas, y un arroyuelo que nacía de la famosa fuente, una cañería excavada en la roca viva que traía agua directamente del manantial de las montañas. Eran las dos de la tarde, hora de comer, cuando, ya con las brasas en su punto, los adultos cayeron en la cuenta de que se habían olvidado la carne y el pan en el pueblo. Tuvieron que volver a por ello, pero tardaron tanto por culpa del tráfico -media comarca parecía haber tenido una idea similar a la nuestra- que les costó más de hora y media regresar y entre una cosa y la otra acabamos sentándonos a comer casi a las cinco de la tarde. Cuando nos sentamos a las mesas de madera vieja del merendero, empezó a caer un chaparrón descomunal, una de esas tormentas de verano que descargan como trombas. Pero para ese momento todos estábamos tan muertos de hambre que no se levantó nadie. Mayores, abuelos y niños seguimos comiendo a dos carrillos, sin inmutarnos, mientras el cabello y la ropa se nos iba mojando a causa de la lluvia (que afortunadamante no duró mucho).
Pan de leña recién horneado, chuletas de cordero local recién matado a las brasa, moras recogidas por nosotros mismos y agua de manantial: ese fue el menú de aquella comida. Tal vez no parezca gran cosa. Pero sólo al recordar el sabor de esa comida tan especial, tan maravillosa y auténtica, consigue que se me encoja el corazón de anhelo y añoraza. Sobre todo porque, como diría Bárbol (lo de Galadriel sólo es en las pelis) el mundo ha cambiado, y aunque regresara allí, ya no tendría la posibilidad de volver a probarla.

lunes, 27 de mayo de 2013

Receta: Postre de chocolate ligero (para endulzarnos la espera)


Esta semana, por culpa del Memorial Day (Día de los Caídos), que es festivo en EEUU y por lo tanto implica programación televisiva especial, no tenemos capítulo de Juego de Tronos. Para endulzar la espera hasta la semana que viene, quiero compartir con vosotros una de mis recetas preferidas.
Todos lo que me conocen un mínimo saben que soy fanática del chocolate negro. Lo comería a todas horas, de todas las maneras posibles: en helado, en crema, en onzas, en mousse, en bizcocho, en brownie, en cupcakes, en galletas... Lamentablemente, comer todo el chocolate que quisiera también implicaría engordar mucho más de lo que quisiera, de modo que intento limitar ese tipo de dulces sustanciosos a los meses más fríos del año, o a ocasiones especiales. Sin embargo, y como tampoco me siento capaz de renunciar a mi adorado chocolate, intento inventar recetas ligeras y fresquitas, sobre todo para la primavera y el verano, que además de saciar mi ansia chocolatera alimenten, refresquen, y no engorden demasiado.
Esta es mi receta ideal de postre de chocolate, que puedo estar comiendo un mes seguido sin cansarme de ella. Es muy facilita de hacer, de textura ligera, no empalaga nada, y aunque sigue siendo un postre de chocolate, es bastante liviano, ya que no lleva nata, ni azúcar, ni huevos, ni mantequilla, y se puede elaborar con leche semidesnatada, lo cual hace que sea devorado sin demasiados remordimientos de conciencia. Aquí va:


Ingredientes:

 -1 litro de leche semidesnatada.
-1 paquete de preparado de flan Royal.
-1 tableta de chocolate negro (yo uso el de Nestlé Postres).


Preparación:

-Poner la leche en un cazo, separando medio vaso. Cortar el chocolate en trocitos, añadirlos a la leche, y remover sin parar hasta que se funda.

-Cuando el chocolate se haya fundido, verter el preparado de flan en el vaso medio lleno de leche y diluirlo en ella. Luego, verter el contenido del vaso en el cazo de leche con chocolate.

-Remover la mezcla a fuego lento, y cuando esté a punto de hervir apagarlo. Verter en los recipientes donde se vaya a servir el postre, dejar enfriar, y cuando esté a temperatura ambiente meter en la nevera hasta que cuaje.


Trucos y consejos:

-No he calculado el tiempo exacto que tarda la mezcla en cuajar, pero recomiendo dejarlo un mínimo de cuatro o cinco horas, pues cuanto más se asiente más rico estará. Yo suelo hacerlo a mediodía para tomármelo por la noche, o de un día para otro.

-Como recipientes, yo uso vasitos de barro cocido en los que va la cuajada que compro en Mercadona. Cuando nos terminamos la cuajada, lavo los vasitos en el lavavajillas y los guardo limpios para estos postres. Estos vasitos también pueden comprarse en tiendas de menaje de hogar, o bien se puede verter la mezcla en flaneras grandes o en vasos de cristal. Si usamos las flaneras, los vasos de cristal o los de barro, salen unas ocho raciones. No os preocupéis aunque parezcan muchas, porque aguantan más una semana en la nevera en perfecto estado y están tan buenas que siempre te las acabas comiendo antes. También se puede verter la mezcla en un bol, en cuyo caso saldrán 4-5 raciones más grandotas, que lógicamente necesitarán un poco más de reposo.

-El asunto de utilizar flan Royal es importante, por la textura. Con Potax, por ejemplo, queda más tipo crema, como si fueran natillas sólidas, y a mí me gusta que quede con textura flan, que es lo que pasa con el Royal. De todos modos, si no os gusta la textura flan y preferís el modo natilla, probad con el Potax. De otras marcas no sé deciros, porque no las he probado.

-No añado azúcar a este postre porque el preparado Royal y el chocolate ya son lo bastante dulces, y la verdad es que no lo echo en falta. Si el preparado de flan que vosotros uséis no lleva azúcar añadido, igual tenéis que echarle un par de cucharadas. Probad la mezcla antes de verterla en los recipientes por si acaso.


Espero que os animéis a probarlo en casa. Y si lo hacéis, recordad terminároslo antes del lunes que viene, porque el noveno capítulo de esta temporada de Juego de Tronos se llamará Las Lluvias de Castamere, y teniendo en cuenta las implicaciones de ese título y que la sinopsis habla de cierta boda que yo me sé, es muy posible que con el visionado del capítulo se nos atragante el postre...


jueves, 9 de mayo de 2013

Receta: Carbonara light


Bueno, vale. Si entendemos por light esos platos a base de verduritas a la plancha, queso fresco y pescado al vapor, light, lo que se dice light, no es. Pero mi receta de spaghetti a la carbonara es bastante más ligera que el 99% de las recetas de este tipo que andan circulando por ahí.
Yo tengo un pequeño problema con este plato, y es que detesto dos de sus principales ingredientes: el tocino (entiéndase como tocino también el bacon, la panceta, la papada, o cualquiera de sus variantes) y la nata. Son dos ingredientes que me parecen increíblemente grasientos, bastos, y con un sabor que a mi paladar no le complace nada. De hecho, basta con que un platillo lleve bacon o se cocine con nata líquida para que a mí me dé arcadas.
Partiendo de esta base, no era muy probable que yo me decidiera a incluir los spaghetti a la carbonara en mis menús semanales, hasta que me encontré con un libro llamado La pasta clásica, de Giuliano Hazan. En él aparecía una receta de carbonata bastante novedosa, a la que haciendo algunos cambios y poniéndole mi toque personal, he conseguido convertir en una receta que no sólo me encanta, sino que aporta muchísima menos grasa que la carbonara tradicional, y por ello es muy adecuada para darnos un caprichito durante estos meses, cuando las ensaladas y los filetes a la plancha empiecen a parecernos cansinos. Aquí va:





INGREDIENTES:
(Para 4 personas)

-500 gramos de spaghetti.
-6 yemas de huevo.
-Una cuña de queso parmiggiano-reggiano.
-200 gramos de jamón serrano (o ibérico, si el presupuesto lo permite) en lonchas.
-Aceite de oliva.
-Sal y pimienta al gusto.


PREPARACIÓN:

-Poner agua a hervir en una cacerola grande. Mientras se calienta,  retirar la grasa a las lonchas de jamón, que deberán ser de un grosor medio: ni muy gordas, ni muy finitas. Cortarlas en tiritas y rehogarlas brevemente -no más de treinta segundos- en un poco de aceite de oliva. retirar y dejar a un lado.

-Colocar las yemas de huevo en un bol, saplimentar y rallar el queso encima. Ir removiendo poco a poco, y parar de añadir queso cuando la mezcla tenga una textura pastosa y espesa, con el queso y el huevo perfecatmente integrados. Deberá quedar pegada al dorso de una cuchara sin resbalar, en caso contrario hay que añadir un poco más de queso.

-Cuando el agua hierva, añadir una cucharada de sal y cocer los spaghetti hasta que estén al dente. Escurrirlos, volverlos a poner en la olla -cuyo fondo se habrá secado por efecto del calor residual- y añadirle el jamón. Cuando esté bien mezclado, añadir poco a poco la mezcla de huevo y queso, removiendo sin parar los spgahetti para que se distribuya por igual. Dejar reposar un minuto y servir.


CONSEJOS Y OBSERVACIONES:

-Yo uso sólo las yemas en esta receta porque de este modo el plato es más contundente y tiene un sabor más intenso. Pero podéis añadir también las claras si queréis. En este caso, usad sólo tres huevos, batidlos como para hacer una tortilla y mezclarlos con el queso. En este caso, es mejor dejar los spaghetti molto al dente (que es como están un minuto antes de estar al dente), porque habrá que dejarlos reposar tapados de dos a cuatro minutos para que el huevo se cuaje con el calor de la olla y el vapor que despide la propia pasta caliente.

-Los spaghetti están al dente cuando al morderlos se nota que el centro aún está firme, un poco durito. ¿Sabéis ese truco de lanzar los spaghetti contra la pared, y si se pegan es que están hechos? Bueno, pues es una herejía tan grande como lo de meter chorizo y magro de cerdo en la paella. Si se pegan a la pared, es que ya están pasadísimos de cocción. La única forma de saber si la pasta está hecha es sacando un ejemplar y probándolo para ver el punto. Los tiempos de cocción indicados en los paquetes ayudan, pero son orientativos; siempre es mejor probar la pasta un par de minutos antes y dejarla cocer un poco más si aún está muy dura, que dejar que se reblandezca, porque entonces el mal ya no tendrá remedio.

-El parmiggiano-reggiano es el mejor queso, con muuucha diferencia, para este plato. Puede encontrarse en cualquier mercado o charcutería. Sin embargo, si no lo encontráis, podéis sustituirlo por grana padano (ambos quesos son de la variedad que los españolitos vulgaris conocemos como "parmesano"). Lo que sí es imprescindible es que se ralle al momento, NO vale ponerle queso de esos paquetes en los que viene ya rallado. En primer lugar porque ese queso es un truño (y rara vez es parmesano de verdad), y segundo, porque aunque lo sea, es demasiado seco para esta receta, y nunca le aportará el sabor y la jugosidad de un queso recién rallado. No racaneéis con esto y sacad el rallador, porque es una de las cosas que más gracia le da a este plato.

-El jamón hay que cortarlo igual que lo cortaríamos para hacer guisantes con jamón, una menestra o un rehogado de verduras. Mejor en tiritas que en cuadraditos. Queda terminantemente prohibido comprar uno de esos envases de taquitos de jamón serrano; además de que 9 de cada 10 veces resulta ser un jamón de sabor mediocre y calidad dudosa, este tipo de tacos son demasiado gruesos para este tipo de plato. Los trocitos de jamón de la carbonara han de ser el doble de largos y tres veces más finos.

-Lo de quitar la grasa al jamón es sobre todo para reducir lo máximo posible el aporte calórico del plato. Un plus también puede ser utilizar spaghetti integrales; el sabor no se ve afectado pero tienen mucha más fibra que los spagehtti normales.


Bueno, eso es todo. Espero que os animéis a probarla, ¡y me contéis el resultado! :-)

lunes, 25 de febrero de 2013

Jamones nostálgicos


Mis suegros suelen tener siempre en casa unos jamones excelentes. Guijuelos, jabugos, y toda clase de exquisiteces de pata negra, que hacen las delicias de todos los desayunos y meriendas. Y claro, como nos ven a Tindomion y a mí (sobre todo a mí) devorándolo con tanta alegría, siempre nos dan un poco para que nos lo llevemos a Valencia, bien envuelto en papel de plata.
Pero, ¿qué pasa cuando llegamos a Valencia? Pues que el muy maldito, al cabo de veinticuatro horas, está reblandecido, con un gusto raro, y ya no tiene casi nada que ver, ni por textura ni por sabor, con ese magnífico jamón que nos comíamos en Barbastro.
habrá quien diga que es cosa del clima, más húmedo en la costa que en el interior, o de la diferencia de presión atmosférica. Yo también lo creía, por eso me compré una nevera no-frost, de las que eliminan la humedad, para proteger el jamón de los excesos mediterráneos. Ni con esas.
Luego, pensé que tal vez las capas de papel de plata o de plástico lo asfixiaban, y me aprendí bien cómo lo guardaba mi suegra en su propia nevera. Intenté guardarlo igual. Ni con esas tampoco.
Así que he llegado a la conclusión de que en realidad no es culpa del contraste entre la humedad y sequedad del clima, o la diferencia de altitud (300 metros, que tampoco es tanto), ni de los rigores del viaje. Lo que sucede es que los jamones son unos nostálgicos. Le cogen cariño a la primera tierra en la que ven la luz, y una vez allí, cualquier viaje o desplazamiento los llena de tanta melancolía que se les reblandece el alma y se les trastoca el sabor para siempre. Es la única explicación que se me ocurre, además, porque los jamones que mi padre compra enteros y corta en su jamonero en Valencia están sabrosísimos y por mucho tiempo que pasa mantienen una textura tan impecable como los aragoneses.
Supongo que eso significa que estoy condenada a gastarme fortunas que no me puedo permitir en hacerme con un jamonero, una cuchillo decente, un cursillo de corte y el jamón en cuestión, o seguir resignándome a probar tales delicias sólo cuando voy a casa de mi padre o de mis suegros y estos tienen un ejemplar listo para ser consumido.
Ay de mí.

PD: Con el ternasco de Aragón pasa exactamente lo mismo. Jamás en mi vida he conseguido probar un cordero como el que sirve mi suegra en su casa. Ya puedo gastare dinero en los puestos de carnes de los mercados valencianos, ya. Naranjas.

sábado, 9 de febrero de 2013

Tentaciones dulces


Ocurrió que la señorita Estelwen, en sus afanes culinarios y reposteros, tuvo la brillante idea de pedir una amasadora Kenwood para Reyes. Al principio iba a ser una Kitchen Aid, pero al final cambié a la Kenwood porque esta tenía complementos que me permitían hacer algo que la Kitchen Aid no podía: elaborar pasta fresca casera.
Así que la Noche de Reyes, entre otros muchos agradables presentes, recibí mi amasadora Kenwood. Y he aquí a la vez mi (deliciosa) dicha y mi (sabroso) problema. Porque me volví loca de alegría con ella y desde que la tengo de ahí han salido:

-Una tanda de 12 cupcakes de chocolate con su buttercream chocolateado.

-Dos hornadas de chapatitas.

-Cuatro raciones de tagilatelle caseros (que fueron acompañados con salsa de gorgonzola)

-Dos raciones de tortelloni caseros de calabaza.

-Dos raciones de maltagliati para sopa.

-Más de sesenta bolitas de galleta de mantequilla y chocolate (en tres tandas).

Y claro, resulta que queda poco más de un mes para Fallas y yo ya vivo con el miedo de no poder abrocharme mi flamante corpiño de mi flamante traje plateado. Y estoy intentando dejar un poco apartada la Kenwood. Bueno, de hecho, me he obligado a mí misma a NO comprar mantequilla porque de lo contrario la tentación de seguir haciendo bolitas de galleta es irresistible. Pero claro, sigo teniendo la harina 00 de Barilla que me compré en mi último viaje a Venecia. Y la harina de fuerza para hacer pan. Y las harinas me miran fijamente cada vez que abro la nevera y me dicen "amásanoooos... y compra anchoas para hacer en aceite y más gorgonzola en el mercado para acompañar las delicias que harás con nosotraaaas... vámos, Estelwen, amásanos o nos echaremos a perder, ¿de verdad no te impoooorta?".
Y a mí cada vez me cuesta más trabajo resistirme T__T

Tampoco me facilita las cosas la depresión que me ha causado ver las maravillosas imágenes de los Carnavales de Venecia de este año y saber que me los estoy perdiendo. Me MUERO de ganas de ir a los Carnavales de Venecia. Claro que es lo de siempre: si no conoces a nadie, con tanta aglomeración, no sabes ni lo que ves y además te pierdes las fiestas privadas que son las más divertidas.
Aprovecho para comentar, así como quien no quiere la cosa, que si me lee algún veneciano (o alguien que tenga familia/amigos en Venecia) que sea amante de la repostería, aprovechando que ahora tengo mi querida amasadora Kenwood igual podríamos llegar a un interesante acuerdo...

viernes, 6 de enero de 2012

¡Regalos! ¡Muchos regalos! ^o^

Se ve que este año he sido muy buena, porque los Reyes Magos se han portado genial, han llegado con los camellos bien cargados y me han traído un montón de cosas chulas :-)
Mi lista de regalos es:


Ropa y complementos:

-Un corpiño nuevo para mi traje de fallera.

-Un pulsera de oro.


Cosas para la casa:

-Un SAI para mi ordenador, para no perder la información cuando la instalación eléctrica de mi casa se pone impertinente.

-Un juego de tazas de café.

-Moldes de silicona variados para cupcakes, bizcochos y postres varios ^___^

-Un libro de cocina.

-Una sartén antiadherente nueva (¿estos tres regalos formarán parte de alguna indirecta? :-D).


Música:

-El CD Tear The World Down, de We Are The Fallen (¡¡God bless heavy metaaaal!!)


Libros:

-El Temor de un Hombre Sabio, de Patrick Rothfuss (antes de leerlo me tendré que releer la primera parte, que me la leí hace siglos y sólo me acuerdo del argumento por encima ^^U).

-El País de la Nube Blanca, de Sarah Lark.

-El Prisionero del Cielo, de Carlos Ruiz Zafón.

-La Summa Demoniaca, de José Antonio Fortea.

-El Bebedor de Lágrimas, de Ray Loriga.


Regalos conjuntos para Tindomion y para mí:

-Las Mansiones de la Locura, un juego de mesa de estilo lovecraftiano.

-Un vale para pasar una noche romántica en un spa de lujo ^o^



Como veis, han sido muy generosos. ¡Ahora, a disfrutar de los regalos! :-D
Y a vosotros, ¿qué os han traído? :-)

viernes, 30 de septiembre de 2011

Receta: Tarta de queso con arándanos

Debido a la cantidad de gente que me ha pedido la receta de mi tarta de queso con arándanos, he decidido publicarla en mi blog para que esté disponible si cualquiera de mis amigos o lectores quiere probarla. Es una tarta bastante fácil de hacer y ha tenido mucho éxito siempre que la he preparado (de hecho, ha pasado con Matrícula de Honor el examen de mi hermana, que es una auténtica amante de esta tarta y la pide en todas partes si la tienen de postre. Según ella, es la mejor que ha comido nunca, y no es precisamente del tipo de personas que lanzan elogios gratuitos por quedar bien). Si alguno se anima a probarla, espero que le aproveche.
Al final de la receta, como viene siendo costumbre en mis entradas de este tipo, hay una selección de truquitos y recomendaciones para que salga perfecta ;-)





Ingredientes:

- 400 ml de nata líquida 35% materia grasa para montar
- 3 cucharadas soperas de azúcar
- 500 gramos de queso Mascarpone
- 10 hojas de gelatina neutra, sin sabor
- 300 gramos de galletas María hojaldradas
- 130 gramos de margarina o mantequilla
- 1 bote de mermelada de arándanos
- 1/3 de vaso de leche desnatada
- 1 vaina de vainilla


Preparación:

-Picar las galletas hasta convertirlas en un polvillo granuloso. Derretir la margarina o la mantequilla en el microondas y agregar al polvo de galletas. Remover y mezclar hasta que se forme una pasta compacta. Debe estar firme, pero untuosa, para formar la base del molde sin resquebrajarse. Si se nota seca o se desmigaja, añadir más mantequilla.

-Extender la base de galletas por el fondo del molde creando una base uniforme, cuidando de no dejar huecos en los bordes, y meter en el congelador como mínimo media hora.

-Poner la leche con la vaina de vainilla troceada a fuego mínimo. Calentar lentamente, y cuando hierva, apagar el fuego y dejar que infusione.

-Remojar 7 hojas de gelatina en agua fría y dejarlas en remojo para que se ablanden.

-Montar la nata hasta que quede bien firme, agregar el azúcar y batir un poco más hasta que quede bien integrado. Echar en un bol.

-Mezclar el queso mascarpone con la nata montada. Colar la leche, mezclarla con la gelatina escurrida y remover bien hasta que la gelatina esté deshecha por completo. Mezclar la leche con el queso y la nata y batir hasta que la crema esté lisita y sin grumos.

-Sacar el molde del congelador y echar la crema de queso y nata dentro, alisándola bien con una espátula o una cuchara para que quede lo más lisa posible. Meter en la nevera un mínimo de 8 horas para que cuaje bien. Yo la suelo hacer por la noche para que esté en la nevera cuajando hasta la mañana siguiente.

-Cuando la tarta esté cuajada, poner al fuego un cazo con un poquito de agua y la mermelada de arándanos (yo pongo unas tres o cuatro cucharadas soperas). Calentar a fuego mínimo, y, mientras, poner las 3 láminas de gelatina que quedan a remojar en agua fría. Remover la mermelada de vez en cuando para que se deshaga, sin que llegue a hervir. Cuando la mezcla esté líquida, apagar el fuego.

-Escurrir la gelatina y mezclarla con la mermelada caliente hasta que se deshaga. Sacar la tarta de la nevera, derramar por la superficie la mermelada y distribuirla por la superficie hasta que quede totalmente cubierta. Volver a meter en la nevera y mantenerla ahí como mínimo tres horas antes de servir.


Trucos y recomendaciones:

-Existen decenas de recetas de tarta de queso, pero por lo general se pueden dividir en dos tipos: las que se cuajan en el horno con huevos, o las que se cuajan en frío con gelatina. A mí las que se cuajan en caliente nunca me han gustado demasiado, no sé por qué pero el huevo les da un sabor y una textura que no me convence, de modo que yo siempre hago la tarta cuajada en frío. Pero eso ya va en cuestión de gustos.

-¿Mantequilla o margarina? En principio da igual. Evidentemente con una mantequilla de buena calidad el sabor va a ser excelente, pero yo prefiero preparar la base con margarina porque no tiene tanto colesterol ni calorías como la mantequilla y también queda muy buena. Una vez más, a gustos. Lo que sí que es imprescindible es que las galletas sean de tipo María y de la variedad hojaldrada, especial para postres. Yo uso las de Hacendado. Las pico a mano con un mortero porque de esa manera creo que quedan mejor de textura, pero si hay prisa las podéis picar en un robot de cocina o en una Thermomix. Vigilad, sin embargo, la velocidad; si se pican demasiado, se convierten en un polvillo muy fino que cuesta más de ligar. Yo prefiero que queden hechas polvo pero de una textura un poco más gruesa.
Respecto al queso, hay recetas que utilizan Philadelphia o quesos en crema equivalentes, pero a mí no me convencen porque creo que son demasiado salados para esta receta y le dan un sabor dulce-salado un poco raro. El mascarpone, que es le mismo queso que se usa para el tiramisú, es mucho más neutro de sal y absorbe a la perfección el dulzor del azúcar, aparte de que le da a la tarta un sabor muy rico y especial que recuerda un poco al de la pannacotta.

-La nata, ¿se puede comprar ya montada? En teoría sí, pero yo no lo recomiendo. A mí personalmente me gusta más montarla yo misma porque le puedo dar la textura y la cantidad justa de azúcar que quiero. Si vais con prisa la podéis comprar ya montada en la pastelería (ni se os ocurra echarla en spray, esa no sirve) aunque en este caso hay que suprimir el azúcar de los ingredientes porque la nata montada de pastelería ya suele llevar azúcar, y probarla en el último momento antes de ponerla a cuajar por si os gusta más dulce. Pero si os animáis a montarla vosotros mismos, es conveniente tener en cuenta dos cosas muy importantes:
La primera, que la nata tiene la peculiaridad de que sólo emulsiona bien en frío. Es casi imposible montar una nata que está a temperatura ambiente. Así pues, tanto la propia nata como el recipiente donde se vaya a montar deben estar muy, muy fríos. Eso se consigue guardando los bricks de nata en la nevera (o poniéndolos un rato en el congelador, si vais muy mal de tiempo) y metiendo una hora antes el recipiente en el congelador, para que se enfríe. Aparte, yo bato la nata colocando el vaso de la batidora dentro de un bol de agua fría con cubitos de hielo, para que al batir la mezcla no se caliente. En este caso, hay que vigilar que no entre nada de agua dentro del vaso de la batidora.
La segunda es que hay que vigilar muy bien la velocidad a la que ponemos la batidora. Si batimos nata demasiado rápido o demasiado tiempo, se convierte en mantequilla. Así que, si no queremos llevarnos la desagradable sorpresa de oír un "choof" raro mientras batimos y descubrir que nuestra querida nata se ha convertido en un inútil (para esta receta) montón de mantequilla sin sal, es conveniente no poner la batidora a velocidad máxima. O bien la opción lenta a máxima velocidad, o bien la opción turbo a la mínima (yo por lo general pongo el turbo a la mínima y cuando veo que empieza a montar lo paso al máximo de la opción lenta). Es conveniente vigilar con atención la nata y verificar la textura cada pocos segundos una vez empieza a montar, para dejar de batir en cuanto esté lista.

-Lo habitual en una tarta de queso con arándanos, como es obvio, es usar mermelada de arándanos. Pero si no os gusta o queréis variar, se puede hacer pefectamente con mermelada de moras, de frambuesa o de frutas del bosque. El sabor no va a ser exactamente el mismo, pero también queda muy rico.

-Como veis, es una tarta fácil de hacer, pero tiene que tenerse prevista con bastante antelación; no funciona como postre improvisado. En mi opinión, lo mejor es hacerla a la víspera, o por la mañana temprano si va a tomarse como postre en la cena. Si se va a tomar después de comer o por la tarde, sin embargo, se hace imprescindible prepararla la noche anterior.

-Esta tarta, como ya os habréis imaginado, no es precisamente baja en calorías, aunque es muy rica en proteínas y calcio. Yo la preparo sólo cuando voy a tener invitados en casa o hay alguna fiesta familiar que requiera de tarta, así nos comemos sólo una porción cada uno y es asumible. Preparar esta tarta sólo para dos o tres personas puede hacer que a la semana siguiente a esos tres infortunados ya no les cierren los pantalones. Las cantidades que indico en esta receta sirven para unas ocho personas.

-Un apunte respecto al molde: yo uso uno de silicona, que va muy bien para desmoldar porque es flexible y la tarta se despega y se extrae de él con facilidad. Si no tenéis molde de silicona vale uno de los que tienen el fondo desmontable. Sin embargo, no aconsejo hacer esta tarta en un molde rígido normal. La única opción en este caso será cortarla dentro del propio molde y pasarla directamente a los platos, porque si se intenta desmoldarla se acabará con un amasijo de queso y galleta desmigajada en el plato. Y es una lástima, porque la presentación queda preciosa, con los tres colores (marrón galleta, blanco queso y rojizo azulado arándano) una sobre otro.


Y esto es todo. Espero que os animéis a probarla y me contéis qué tal os ha salido. ¡Buen provecho! :-)